Tomo I: Antecedentes, fundación y despegue
I. Antecedentes y fundación

 

3. El fin del principio

 

3.3 Fundación

Las actividades legislativas de la comisión redactora avanzaron en forma ininterrumpida, de manera que para julio de 1925 los trabajos estaban casi concluidos. La ley constitutiva del Banco de México fue promulgada el 25 de agosto de 1925.[1]

La ley del banco, que contenía cinco capítulos y una sección de preceptos transitorios, estaba estructurada de acuerdo con las funciones principales de la doctrina de la banca central, lo cual resultaba hasta cierto punto lógico, si se consideran las aspiraciones operativas del instituto que estaba a punto de inaugurarse. El capítulo inicial, intitulado “De la constitución del Banco de México como sociedad anónima”, cubría los siguientes tópicos: a) duración y denominación de la sociedad, b) capital y accionistas, c) objeto de la institución, d) administración y e) distribución de utilidades.

La disposición medular, establecida en la fracción VI del artículo 1o., hablaba sobre las finalidades del nuevo banco central:

  • Emitir billetes.
  • Regular la circulación monetaria, los cambios sobre el exterior y la tasa de interés.
  • Redescontar documentos de carácter genuinamente mercantil.
  • Encargarse del servicio de Tesorería del Gobierno Federal.
  • Efectuar con las limitaciones de la propia Ley Orgánica operaciones bancarias pertinentes a los bancos de depósito y descuento.

En cuanto a la organización de la sociedad, la ley establecía que ésta tendría vigencia de 30 años, domicilio en la ciudad de México, denominación de “Banco de México, S.A.” y facultad para establecer “sucursales y agencias en la república y en el extranjero”. El ordenamiento orgánico preveía, además, que las ganancias se distribuyeran en el orden siguiente: primero debería separarse un 10% de las utilidades para el fondo de reserva y la retención de aquella cantidad que asegurase un dividendo de 6% a las acciones pagadas; del superávit remanente se entregaría 50% al gobierno federal, 10% como gratificación a los funcionarios y empleados y 5% a los consejeros del banco.

El capítulo II normaba lo relativo a la emisión de billetes, y el número III, intitulado “De la regulación de la circulación monetaria y de las operaciones con el gobierno federal”, amparaba la preceptiva de las funciones de control circulatorio y agente financiero del Estado. El capítulo IV resultaba fundamental para el instituto que se pensaba crear, ya que reglamentaba lo referente a la gestión de banquero de bancos y prestamista de último recurso. El capítulo número V resultaba de carácter misceláneo; en él se enumeraban por ejemplo las operaciones prohibidas para el banco, se establecían las normas para la presentación de sus estados financieros y se consagraban las operaciones comerciales permitidas a la institución. Entre las restricciones que la ley imponía al banco sobresalían las siguientes: conceder crédito al gobierno federal por un monto superior al 10% del capital exhibido, realizar operaciones con los gobiernos estatales municipales, efectuar las actividades bancarias pertinentes a las instituciones de habilitación, refaccionarias e hipotecarias, abrir créditos en cuenta corriente excepto a bancos asociados, extender crédito sobre documentos que no contaran con aval de dos firmas solventes o garantía prendaria y que tuvieran un plazo mayor de 90 días, permitir que el saldo deudor de cualquier persona física o moral excediera de 50 mil pesos, e invertir en títulos o valores cantidades que excedieran del 5% del capital exhibido del banco.

En general, la ley orgánica del banco fue estructurada a partir de cuatro grupos de elementos: 1) la teoría: y la doctrina de banca central; 2) los proyectos antecedentes de esa misma ley; 3) las motivaciones circunstanciales emanadas de la propia coyuntura económica, bancaria e histórica que experimentaba en esa época el país, y 4) los antecedentes estructurales e institucionales incorporados en la herencia de la Comisión Monetaria. Dos casos ilustran con claridad ese proceso: las normas regulatorias de la emisión y de la función de banco de bancos; el capítulo sobre emisión es resultado de una combinación equilibrada de los principios de la doctrina con la sensible pulsación de la historia emisora experimentada por el país en el pasado reciente:

Motivo de especial estudio constituyó para el legislador el régimen a que debería ajustarse el banco en lo relativo a emisión de sus billetes. Este régimen ofrecía dos serias cuestiones: las de naturaleza puramente científica y las que se relacionan con los prejuicios enraizados en la opinión pública, prejuicios que —con serlo— debían tomarse en cuenta, pues sabido es que, en materias económicas y financieras, el criterio público tiene influencia poderosísima sobre el éxito de las reformas que se trata de llevar a cabo...

No era pequeña dificultad la de tener que luchar contra el recuerdo, vivo todavía en la memoria popular, del doloroso periodo del papel moneda.[2]

Teniendo en mente los elementos anteriores la ley integró en su texto los requisitos de emisión más parcos y precavidos que pudiera imaginarse La exclaustración de billete sólo era posible en función de tres operaciones: a) a cambio de oro amonedado o en barras; b) en contrapartida de giros sobre el exterior convertibles a la vista en oro; o c) a través del redescuento efectuado por el banco con sus instituciones asociadas.

Los estatutos sobre la función de banco de bancos son una de las pruebas más fehacientes de la pulsación empírica emprendida por los ponentes en el diseño de la ley.

Las condiciones que entonces prevalecían estaban lejos de favorecer la implantación y el desarrollo de un banco destinado a servir de eje y núcleo de enlace a un sistema bancario realmente nacional. En rigor el país carecía de bancos, pues de los establecimientos que ostentaban ese nombre, apenas si lo merecían por la importancia de sus operaciones, y las sucursales de bancos extranjeros abiertas pocos años antes que no por manejar buena parte de los capitales libres mexicanos tenían —el tiempo habría de demostrarlo— verdadero arraigo.[3]

La prudencia más elemental descartó que los bancos comerciales fueran forzados a asociarse al Banco de México; además, las operaciones que el banco pudiera efectuar con sus asociados se plantearon también con cierta modesta sobriedad. La principal de ellas, que era el redescuento, sólo podría realizarse con efectos comerciales de la mayor liquidez a 90 días de plazo; sin embargo, el instituto estaba permitido de efectuar con los asociados otras gestiones accesorias, como la apertura de crédito en cuenta corriente o el descuento de bonos de caja y de aceptaciones con requerimientos especiales (arts. 17 y 18).

La ley orgánica disponía que el capital del banco fuera de 100 millones de pesos, distribuido en dos series de acciones. La serie A, reservada al gobierno federal, cubriría el 51% del capital, y la serie B, que podría ser cubierta por el propio gobierno, los particulares o los bancos asociados, absorbía el resto de los títulos. El valor de la acción era de 100 pesos oro (art. 1o.-IV).

El Consejo Administrativo estaría formado por cinco consejeros de la serie A y cuatro de la serie B, además de que en la asamblea, los accionistas de ambas series tendrían el derecho de recusación sobre los candidatos al consejo presentados por la serie opuesta. Esta fórmula de equilibrio resultaba también reforzada por el derecho de veto concedido al secretario de Hacienda en cuestiones de emisión, control cambiario o regulación de la circulación monetaria, además de que la marcha interna de la sociedad estaría vigilada por dos comisarios representantes de la serie B de accionistas.[4]

Al inaugurarse el Banco de México, el gobierno expidió dos cheques a favor del banco y en contra de la Comisión Monetaria por la suma agregada de 57 034 500 pesos. El primero de los documentos, que amparaba la cantidad de 55.9 millones, seguramente cubrió las 510 mil acciones de la serie A y las 4 900 acciones B que el gobierno adquirió en el momento de la fundación. El segundo de los cheques, por el monto de 134 500 pesos, liquidó títulos serie B que el gobierno entregó al Banco de Londres y México como pago parcial de la deuda bancaria, lo que permitió la suscripción definitiva del de Londres como asociado del banco central.[5]

La ley orgánica había previsto que las acciones de la serie B pudieran ser suscritas por particulares o por los bancos comerciales, pero salvo las adquisiciones del gobierno, la toma de estos títulos resultó realmente raquítica. En el cuadro 6 se presenta la lista de los accionistas fundadores con sus aportaciones correspondientes. Dicha información señala, por ejemplo, que sólo dos compañías privadas accedieron a suscribirse: la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, con 100 acciones, y J.B. Ebard y Compañía Sucesores, con 200; todo lo cual ascendió a la insignificante contribución al capital de 3 mil pesos. Además, el banco no logró de hecho ninguna suscripción espontánea de personas individuales. Las suscripciones que registra la lista aludida pertenecen a los miembros del primer Consejo de Administración, entre los que se encontraba el director inicial, Alberto Mascareñas. En fin, la información sólo registra dos instituciones asociadas: el Banco de Sonora, con 2 mil acciones, y el Banco de Londres con 13 mil.

CUADRO 6
ACCIONISTAS FUNDADORES DEL
BANCO DE MÉXICO, S.A., 1o. DE SEPTIEMBRE DE 1925
Nombre
Acciones*
SERIE A
Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos
510,000
 
SERIE B
Gobierno Federal
473,450
Banco de Londres y México, S.A.
13,000
Banco de Sonora, S.A.
2,000
J.B. Ebard y Cía, Sucs.
200
Cía. Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey
100
Elías S.A. de Lima
100
Carlos B. Zetina
100
Manuel Gómez Morin
100
José R. Calderón
100
Alberto Mascareñas
100
Adolfo Prieto
100
Ignacio Rivera
100
Bertram Holloway
100
Salvador Cancino
100
Alfredo Pérez Medina
50
Hilarión N. Branch
50
Vicente Etchegaray
50
Lamberto Hernández
50
Ernesto Otto
50
Joaquín López Negrete
50
Pedro Franco Ugarte
50
TOTAL
1,000,000
* Valor de la Acción $100.00.
Fuente: Antonio Manero., El Banco de México: Orígenes y fundación, Nueva York, F. Mayans, 1926, pp. 297-298.

Los empleados fundadores todavía recuerdan la odisea que significó el traslado de los recursos metálicos que integraron el fondo de caja del Banco de México. Para agosto de 1925, la Comisión Monetaria se encontraba ya rebosante de las monedas con que el de México iniciaría sus labores; en sus bóvedas se habían acumulado 42 millones de pesos en especies metálicas, lo que significaba un volumen considerable de bolsas de lona repletas de monedas acuñadas de curso legal. Los sacos de lona fueron sacados a mano por los empleados a la acera, y una vez ahí se trasladaban al Banco en los pequeños transportes de alquiler que pasaban casualmente por el lugar. Cuando el vehículo quedaba cargado, partía en él un empleado que fungía como vigilante del traslado. Entre el edificio de la Monetaria y aquel del Banco de México mediaban unas cuantas manzanas, ya que el primero de esos inmuebles estaba situado en la esquina de Isabel la Católica y Venustiano Carranza mientras que el del banco se encontraba en Bolívar y 16 de Septiembre, lo que permitió que cada camión participara en varias rondas de transporte. No obstante lo anterior, la recepción del dinero resultó aún más complicada. Con ese objeto, se instaló en el edificio del banco una rampa que iba a desembocar, a través de una ventana, directamente a la bóveda del inmueble. Durante dicha operación se había agrupado a un lado y otro de la rampa un gran número de personas, y en la operación varios sacos cayeron del tobogán desparramándose su contenido en dinero por el suelo. Los mismos curiosos que habían estado presenciando el desembarque ayudaron a recoger las monedas sin que en el transcurso de la colecta se extraviara un solo centavo.[6]

Las diligencias para conseguir un local al banco único de emisión habían arrancado desde principios de 1923, cuando las negociaciones del ministro De la Huerta con los banqueros extranjeros hacían pensar que el establecimiento de dicha institución era ya un asunto inminente. Se tenían desde esa fecha dos alternativas para la sede del banco central: el edificio de La Mexicana, empresa que había entrado en liquidación y cuyo local se hallaba situado en la esquina de Madero e Isabel la Católica, o el edificio de La Mutua, localizado en las calles de 5 de Mayo y Teatro Nacional (hoy Lázaro Cárdenas). La Mutua, compañía de seguros, había sido una empresa filial (o sucursal) de The Mutual Life Insurance Co., de Nueva York que, al parecer, se había declarado en bancarrota a finales de 1922.[7] La elección, como es sabido, recayó sobre el edificio de La Mutua, que es el local ocupado hasta el día de hoy por la oficina matriz del Banco de México y cuyo perfil ha servido también como logotipo de la institución.

A pesar de que las gestiones de compra-venta sobre La Mutua se iniciaron durante el régimen obregonista, no es sino hasta la Presidencia de Calles, inminente ya la inauguración del banco, cuando fructifica esa operación. La correspondencia oficial indica que la operación se cerró en julio de 1925, pero el trámite no se consagró jurídicamente sino hasta el 29 de agosto, con un decreto que autorizaba “la enajenación del edificio de 'La Mutua' ”. La Memoria de Hacienda consigna que el precio cubierto por el gobierno a La Mutua fue de 1.25 millones de pesos, a pesar de que en un principio, durante las gestiones con Obregón, los propietarios en Nueva York alegaban un valor para la edificación de 850 mil dólares, lo que equivalía en moneda nacional a casi 1.6 millones de pesos.[8]

La historia del patrimonio del Banco de México y en especial de sus inmuebles es un asunto que merece sin duda un estudio aparte. El relato de la compra de La Mutua resultaría quizás un caso particularmente interesante. En su primer fase, dicha narración describiría las peripecias vividas por intermediarios vendedores y comprador para llevar a buen fin su venta, y en segunda, el recuento de las adaptaciones arquitectónicas e ingenieriles realizadas sobre el inmueble para que éste pudiera cumplir dignamente su fin de albergar al banco único de emisión. Estos trabajos duraron más de dos años, razón por la que el banco tuvo que aplazar la inauguración del edificio hasta el 12 de octubre de 1927, fecha en que, durante solemne ceremonia encabezada por el presidente Calles, se abrieron sus puertas al público.

En esos primeros años, el Banco de México instaló la oficina central en la planta baja del edificio matriz del Banco de Londres y México, situado en las calles de 16 de Septiembre, número 38, esquina con Bolívar, lugar en donde se celebró también la ceremonia de apertura y la firma del acta constitutiva.

El Banco de México inició sus operaciones buscando el máximo apoyo del público y de los principales grupos comerciales, bancarios, industriales y políticos del país. La integración de su primer Consejo de Administración refleja esa política. La presidencia, vicepresidencia y secretaría de ese órgano directivo fueron cubiertas por los integrantes de la comisión redactora de la ley orgánica: Manuel Gómez Morin, Elías S.A. de Lima y Fernando de la Fuente. Como consejeros titulares de la serie A fueron designados, además de Gómez Morin y De Lima, el señor Carlos B. Zetina (industrial, fundador y dueño de la fábrica de zapatos más importante del país, Excélsior, S.A.), José Calderón (directivo de la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey) y el propio director del banco, Alberto Mascareñas. Los consejeros propietarios de la serie B fueron Adolfo Prieto (fundador y accionista principal de la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey y gerente de la fábrica de hilados La Victoria, S.A.), Ignacio Rivero, Bertram E. Holloway (director de los Ferrocarriles Nacionales) y Salvador M. Cancino (abogado, socio del influyente despacho Cancino y Riba y representante de la empresa de petróleos El Águila). Entre los consejeros suplentes de la serie A estaban Alfredo Pérez Medina (líder laboral, secretario general de la Federación de Sindicatos del Distrito Federal y miembro destacado de la CROM), Hilarión N. Branch (representante de la Huasteca Petroleum Company) y Vicente Etchegaray (influyente ferretero de la ciudad de México), mientras de la serie B fueron designados Pedro Franco Ugarte (banquero, originario de Torreón) y Lamberto Hernández (destacado político).[9]

En fin, la integración humana del banco fue otra de las instancias en donde se manifestó el legado hereditario de la Comisión Monetaria. Casi la mitad del consejo administrativo provino de su similar en la comisión: Elías de Lima, Pedro Franco Ugarte, Ignacio Rivero y Carlos B. Zetina.[10] Pero esa sucesión es todavía más evidente en el caso del personal fundador del banco, tanto empleados como funcionarios. El nombramiento más delicado resultó desde un principio el del director de la institución. La bendición, como se sabe, recayó sobre el sonorense Alberto Mascareñas, que había sido gerente de la Monetaria desde que ésta fue transformada en sociedad anónima a finales de 1924. Mascareñas inició la carrera bancaria en su estado natal; “siendo contador del Banco de Sonora, y pasando después a encargarse sucesivamente de la gerencia de las sucursales de la propia institución en Guaymas, Nogales, Chihuahua y Sinaloa y finalmente, gerente de la institución en la matriz de Hermosillo”. Poco tiempo después, con el advenimiento de los sonorenses al poder, Mascareñas llegó a ser cónsul en Londres, agente financiero en Nueva York y subsecretario de Hacienda. Mascareñas y Calles habían nacido en Guaymas, ambos en el año de 1876, hecho que quizás explique la gran amistad que siempre unió a estos dos personajes.

Los subgerentes del banco provinieron de la Comisión Monetaria. Epigmenio Ibarra, nacido en Ensenada, había hecho carrera bancaria trabajando en Baja California y Sonora, hasta que en 1922 Álvaro Obregón lo nombró director del Monte de Piedad; de ahí pasó a la Monetaria y finalmente al Banco de México. Bernabé del Valle y León Escobar, oriundos de Zacatecas y Chihuahua, se iniciaron en el rubro bancario trabajando en sus entidades de origen. Del Valle prestó servicios en el Banco Francés de Amiliex Lacaud antes de brincar a la Monetaria, empresa de la cual saltó tiempo después al Banco de México.[11]

El nombramiento de los funcionarios anteriores, algunos de ellos identificados con el callismo, no dejó de levantar cierta crítica en los medios bancarios y periodísticos. Desde 1923 el periodista Querido Moheno había tronado en El Universal: la primera condición, “es que el banco no sea un banco para los sonorenses... Desde que fuimos conquistados por los hombres del norte no hay puesto ni golosina apetitosa que no sea para un sonorense...”.[12] En octubre de 1925, el presidente Calles recibía una misiva de felicitación por la inauguración del banco único, pero en la cual se daba también

...el más sentido pésame por el fracaso de la gerencia del propio banco que no ha correspondido a los esfuerzos de Uds., cosa que puede Ud. comprobar muy fácilmente, oyendo a la opinión pública y muy especialmente a los centros bancarios, bursátiles y casas de cambio en donde reconocen la incompetencia de los actuales gerentes del Banco de México y están muy resentidos con ellos por su altivez y grosería, pues despachan a uno con cajas destempladas. Si se solicita oro contra plata, dicen que no operan, si da uno oro y solicita plata, tampoco operan, si se desean dólares, únicamente dan cantidades muy limitadas y lo insultan pues dicen que los quiere uno para coyotear...; tratándose de préstamos la cosa es materialmente imposible y los otros bancos de la ciudad se están comiendo al de México y a voz en cuello lo dicen y afirman que si el Banco de México no tuviera el movimiento de la Tesorería de la Nación, ni una mosca se pararía en él; pero eso sí sus gerentes se dan un bombo terrible...

Ojalá y se confirmen los rumores de que muy pronto saldrán de tan importante institución tan torpes individuos.[13]

Algunos jubilados del Banco de México recuerdan que, al fundarse la institución, prácticamente todos los empleados de la Monetaria pasaron al banco, excepto aquellos que permanecieron en ella para efectuar la liquidación de dicho organismo. En efecto, de la primera nómina del Banco de México (sin considerar a los empleados de servidumbre, meritorios o comisionados) al menos 94 empleados de 149 provenían directamente de la Monetaria. Entre ellos se encontraban algunos que serían luego funcionarios del banco, como Antonio López, Gustavo Maya, José y Raúl Torres, Fernando Núñez Rábago, Eduardo A. Claisse, Arturo Díaz Uribe, Roberto L. Silva, Luz María Carranza y otros.[14]

El Banco de México se inauguró en medio de una intensa campaña de propaganda y rodeado por un ambiente de optimismo y adhesión pública. Es cierto que siempre hubo respaldo al proyecto del banco único; incluso en 1923, cuando se decía que De la Huerta iba a entregar las finanzas y la moneda nacional en manos de los buitres internacionales de la banca. Las sugerencias de los proyectistas anónimos florecieron en esa época, como aquella del humilde ciudadano Pioquinto Moreno (la ortografía es la original):

Por los últimos dos meses me e dado cuenta del fracaso que el Governo a tenido en el Extrangero del Banco, Unico que ustedes descellan Poner en México, no tiene nesecidad de pedir Dinero a extraños, ni pagar interes a, naiden Yo tengo un proyecto de poner en su conosimiento de que en diez meses tendra usted en la tessorria de Hascienda cien millones de oro, Nacional, y establecer dicho Banco... tengo la confianza de que sera aprobada mie proyecto y me daran, cincuenta mil pesos, O.N.. y, Doscientos cienta mil pesos, $ 250 000.00 de axciones a los diez meses que avran...[15]

Con todo, la erupción de adhesiones no se desata sino hasta que la inauguración del banco se perfila como un hecho inminente. Los desplegados periodísticos proliferan, y también los anuncios comerciales que aprovechan la oportunidad para hacer su propia publicidad. Los anuncios de la Cervecería Central, S.A., Cajas Registradoras National, Chapultepec Heights Co. y otras empresas proclamaban que recibirían gustosos de su clientela “los billetes del Banco de México”. Otras casas, como los almacenes Fal, El Reflex (venta de radios) y la antigua ferretería de La Palma, ofrecían descuentos a las compras que se liquidaran con billetes del banco. Los siguientes bancos también se unieron a la cargada, manifestando al Banco de México “sus sinceros deseos de cooperación”, aunque ninguno de ellos se asociara finalmente a la institución central: A. Zambrano e Hijos, Banco Germánico de la América del Sur, Banco de Montreal, Compañía Bancaria de Hipotecas y Préstamos y otros. El Universal incluso organizó un concurso de caricaturas sobre el tema “el billete del Banco de México”.[16] Los telegramas de felicitación también fueron muy numerosos. En el Archivo General de la Nación fue posible encontrar más de 100 telegramas enviados al presidente Calles con motivo de la inauguración del Banco de México; uno de ellos muy significativamente provino del general Álvaro Obregón.[17]

El Banco de México, por lo tanto, inició sus actividades dentro de una intensa campaña de propaganda emprendida por el gobierno federal y por el propio banco. En la publicación norteamericana The Annalist, por ejemplo, vio la luz pública un anuncio intitulado “México, the Land of Opportunity” que arrancaba señalando: “The establishment of the Bank of Mexico is perhaps the greatest achievement of President Elias Calles Administration”. El Universal del 3 de septiembre de 1925 ostentaba un desplegado que ejemplificaba la anterior campaña: “el banco de mexico saluda cordialmente a la banca, a la industria, al comercio, a las organizaciones obreras y al público en general, agradece profundamente las felicitaciones que se le han hecho con motivo de su inauguración y ofrece su más activa cooperación para el firme desarrollo del bienestar de la República”.[18]

 

“Habiendo recibido dos caricaturas de diferentes autores sobre el mismo asunto y siendo éste de palpitante actualidad, publicamos a la vez las dos y notificamos a sus autores, los señores 'Cher' y C. J. que pueden pasar a recoger el premio correspondiente de $ 10.00 por cada caricatura, al Departamento de Caricaturas de este diario, Madero 50 Bis”.


En el norte del país los gobiernos locales del estado de Chihuahua y de Sonora emprendieron “una intensa labor de difusión pública” en favor del Banco de México. La tarea buscaba dar a conocer al público las metas que perseguía la nueva institución y conminar a los ciudadanos a participar en una labor “pro patria” en favor del billete del banco. “La etapa caótica de la emisión inmoderada”, decían, “había quedado en el pasado”, por lo tanto el billete en el futuro estaría perfectamente garantizado y debería ser acogido con plena seguridad.[19]

La anterior escalada de adhesión, sin embargo, no debe ocultar el ambiente de antagonismo que envolvió al proyecto del Banco de México desde su inicio en 1917. El escritor José Vasconcelos, por ejemplo, se perfiló siempre como un opositor intransigente del Banco de México. Vasconcelos, en su libro La tormenta, se pronunciaba drásticamente en oposición del establecimiento del banco, “señalando que éste obedecía a intereses sectarios del gobierno carrancista, era contrario al interés del público y pretendía destruir a los bancos existentes de capital franco-mexicano o anglo-mexicano para entregar el banco único 'exclusivamente a la influencia yanqui' ”. Vasconcelos conservó esta antipatía por el Banco de México aún después de fundada la institución, a pesar de los esfuerzos realizados por Gómez Morin para persuadir a su mentor de las bondades de esa empresa.[20] Argumento semejante esgrimía un oscuro ensayista de nombre Gustavo Dresel, quien alegaba en favor de los antiguos bancos de emisión y en contra del banco central al señalar que “el pueblo no quiere ver centros de dominio financiero, centros prepotentes, monopolizadores y únicos”.[21]

Así, en forma semejante se podrían citar innumerables ejemplos de personas o grupos sociales que hostilizaron en un momento u otro los trabajos de creación del banco central. Incluso en los círculos gubernamentales surgieron en ocasiones manifestaciones de escepticismo respecto al futuro del banco único. En noviembre de 1923, el sonorense Manuel Padrés, que había sido subsecretario de Hacienda con De la Huerta, escribía a Álvaro Obregón: “La apertura del banco de emisión, en mi concepto puede producir una crisis monetaria de resultados perjudiciales para el Gobierno de la Unión...”.[22]

Con todo, la máxima instancia de oposición se recibe a finales de agosto de 1925, cuando la inauguración del Banco de México era ya inminente. La referencia alude a la protesta que elevó el Comité Internacional de Banqueros, órgano representante de los acreedores internacionales de México, presidido por Thomas W. Lamont, en contra de la próxima fundación que haría México de su banco central. En términos de ese comité, el gobierno no debería emprender tal gestión, ya que en dicha empresa se utilizaban los fondos comprometidos para solventar el servicio de la deuda externa. En vista de que la citada reclamación se reiterara con marcada insistencia y por diversos conductos, el secretario Pani decidió dar respuesta a los lamentos de Lamont:

Recibí sus dos mensajes del veintiséis de agosto protestando, en nombre del comité, por el uso de los fondos procedentes de los derechos de exportación del petróleo y del impuesto sobre las entradas brutas de los ferrocarriles, como una parte de la aportación del gobierno en el capital social del Banco de México.

No puedo ocultar a usted la extrañeza que me causó, en primer término el raro conducto por el cual envió usted uno de dichos mensajes —la Embajada de los Estados Unidos— teniendo el comité un representante debidamente acreditado ante esta Secretaría, y, en segundo término, el hecho de que el comité proteste contra la aplicación de los fondos mencionados en un objeto distinto del que les asigna el convenio de dieciséis de junio de mil novecientos veintidós, cuya vigencia está legalmente suspendida y, sobre todo, porque dichos fondos han sido destinados a la satisfacción de una necesidad nacional inaplazable, de acuerdo —según comunicó el suscrito a ese comité en enero del año en curso y después lo ha reiterado insistentemente al representante del mismo comité— con el plan financiero que este gobierno adoptó, precisamente, con el fin de posibilitar la reanudación sobre bases de absoluta seguridad, del servicio de la deuda exterior. Es pues de extrañar que un apoderado proteste contra actos notoriamente benéficos para sus poderdantes. —Secretario de Hacienda, A. J. Pani.[23]

Por fin, a finales de agosto de 1925 fue posible informar que se encuentra todo dispuesto para la solemne inauguración del Banco de México. El acontecimiento era la etapa final de un periodo de casi ocho años de esfuerzos, que culminaría aquel trascendente 1o. de septiembre. La ceremonia dio principio a las 10 de la mañana, cuando el presidente Plutarco Elías Calles, acompañado de su gabinete, arribó a las oficinas centrales del Banco de México situadas en el edificio del Banco de Londres, en las calles de 16 de Septiembre y Bolívar. También estuvieron presentes “los más altos representantes de la banca, la industria, el comercio y las organizaciones obreras”, así como los miembros del cuerpo diplomático acreditado en nuestro país.

Señalan las crónicas que la ceremonia arrancó con el otorgamiento del acta constitutiva de la sociedad, acto formalizado por el conocido notario público Manuel Borja Soriano. Los firmantes del documento fueron el propio presidente Calles; Manuel Padilla, presidente de la Suprema Corte de Justicia, y Ezequiel Padilla, presidente de la Cámara de Diputados. En segunda instancia, se procedió a rubricar el contrato de sociedad anónima que celebraban el gobierno federal, representado por el secretario de Hacienda, Alberto J. Pani, y las siguientes personas: Elías de Lima, Alberto Mascareñas, Carlos B. Zetina, José R. Calderón, Vicente Etchegaray, Pedro Franco Ugarte, Ernesto Otto (comisario), Lamberto Hernández, Joaquín López Negrete (comisario), Hilarión N. Branch, Alfredo Pérez Medina, Manuel Gómez Morin, Ignacio Rivero, Salvador Cancino, Bertram E. Holloway, Roberto S. Rodríguez a nombre de Adolfo Prieto, Luis A. Martínez a nombre del Banco de Sonora, S.A., Federico T. de Lachica como apoderado de la Fundidora de Monterrey, Louis Magar y Moisés Solana a nombre del Banco de Londres y México, y Pedro Bremond a nombre de J.E. Ebard Sucesores.[24]

Dos actos simbólicos culminaron la inauguración: el primero de ellos fue el obsequio del billete número 1, serie A, del Banco de México, con denominación de cinco pesos, que se entregó en calidad de recuerdo al general Calles; los señores Pani, Mascareñas, Epigmenio Ibarra y León Escobar recibieron los billetes 2, 3, 4 y 5, respectivamente. Posteriormente, ya en el despacho del director del banco, el secretario de Hacienda, Pani, entregó al señor Mascareñas los cheques 32485 y 32486 en contra de la Comisión Monetaria, correspondientes a los fondos necesarios para integrar el capital del banco.

Pocas horas después de la inauguración, Calles pronunciaba su primer informe de gobierno como presidente de México. En la exposición de los logros en el ramo de Hacienda, el discurso señalaba “que la realización del proyectado Banco de Emisión, a últimas fechas, se ha convertido en necesidad nacional inaplazable y en imperiosa demanda popular...”, y concluía:

...cierro esta parte de mi mensaje dándome la satisfacción de comunicaros y, por vuestro muy respetable conducto, a la nación entera que hoy, día primero de septiembre de mil novecientos veinticinco, a las diez horas de la mañana, fue inaugurado el Banco de México, S.A., con cuyo acto queda satisfecha otra de las condiciones de seguridad para la reanudación del servicio de la Deuda Exterior y, por tanto, del restablecimiento del crédito de México en el extranjero, cumplido uno de los números más salientes del programa revolucionario que nuestro pueblo escribió, con su sangre generosa, en la Constitución de 1917, y recorrido un largo tramo del sendero que conduce a la autonomía económica nacional.[25]

Para Gómez Morin el acontecimiento resultaba uno de los capítulos más sentidos en su carrera de reconstructor nacional. El propio Calles, en su mensaje presidencial, había hecho mención específica de la comisión redactora de la ley del banco, citando los nombres de sus integrantes, “hecho totalmente inusitado en la historia anterior y posterior de los informes de gobierno de México”. Quizás la satisfacción moviera a Gómez Morin para escribirle a su maestro y amigo José Vasconcelos, exiliado en Europa:

Tengo la novedad de que, yo no sé por qué motivos o casualidades fui encargado de trabajar en la ley, en la escritura y en los estatutos del Banco de México y que al fundarse el banco me encontré entre los nombrados consejeros y fui designado presidente de la institución. Así que me tiene usted en estos momentos de banquero y no de banquero cualquiera, sino de un banco que por ser mexicano ha sido y será en muchas ocasiones un banco trágico, hecho en medio de la hostilidad de mucha gente, cuando las dificultades económicas de México son más grandes que nunca; de fuera y dentro todo el mundo está haciendo una guerra tenaz. El banco ha sido un éxito completo y entró, como dicen, con pie derecho. El Consejo es absolutamente independiente y esperamos que se mantenga así para bien de todos.[26]

Tal vez la etapa fundadora del Banco de México concluya con otro acto simbólico de significación, ocurrido en el seno del consejo administrativo, durante la segunda sesión que celebrara en su historia:

Asunto: Moción del presidente Gómez Morín para que el Consejo en masa, en compañía del señor gerente Mascareñas y el suscrito secretario, se trasladen inmediatamente a la Secretaría de Hacienda, a fin de hacer presentes al señor secretario de Hacienda sus agradecimientos por la distinción y confianza que para todos ellos significa el haber puesto en sus manos la dirección de una institución tan importante para la vida económica del país, como es el Banco de México; felicitándolo al mismo tiempo por haber consumado una obra tan extraordinariamente importante como es el propio banco. También se pedirá al señor ministro se sirva obtener una audiencia del señor Presidente de la República para el personal directivo ya expresado, con el propósito de significarle verbalmente los mismos conceptos.

Acuerdo: Se aprobó la iniciativa por unanimidad, y para dar cumplimiento a este acuerdo se dio por terminada la sesión a las veinte horas, levantándose para constancia esta acta que firman los que en ella intervinieron.[27]


[1] “Ley que crea el Banco de México” (25 de agosto, 1925), en Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Legislación sobre el Banco de México, México, 1958, p. 85, y Virgil M. Bett, Central Banking in México, Ann Arbor, U. of Michigan Press, 1957, p. 34.

[2] “Ley que crea...”, op. cit., pp. 63-64.

[3] Antonio Manero, El Banco de México: Orígenes y fundación, Nueva York, F. Mayans, 1926, pp. 190, 195-196.

[4] “Ley que crea...”, op. cit., art. 1, fracciones IV, VII, y art. 30, pp. 86-88 y 100.

[5] Joseph E. Sterret y Joseph S. Davis, The Fiscal and Economic Condition of Mexico, Nueva York, 25 de mayo, 1928, pp. 21-22.

[6] Entrevista Eduardo Turrent Díaz (ETD)-Antonio López, mayo de 1980.

[7] “Perspectivas del Banco de México”, El Universal, 2 de marzo de 1923, p. 1.

[8] Memoria de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, 1923-1926, t. I, p. 86, y t. II, p. 511, y Charles F. Bishop a Álvaro Obregón, 16 de febrero de 1923, en Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes Obregón-Calles, 711-B-3.

[9] “El Banco de México llega a su XXV aniversario...”, El Universal, 1o. de septiembre de 1950, p. 1, y Enrique Krauze, La reconstrucción económica. Historia de la Revolución Mexicana, 1924-1928, vol. 10, México, El Colegio de México, 1977, p. 43.

[10] Fernando de la Fuente, “La Secretaría de Hacienda de 1924 a 1926”, Excélsior, 4 de abril de 1950, en Alberto J. Pani, Orígenes de la política crediticia, México, Ed. Atlante, 1951, pp. 55 y 60-61.

[11] Enciclopedia de México, vol. 7, p. 7, y entrevista ETD-Eduardo Claisse, 5 de agosto de 1981.

[12] Querido Moheno, “Legal pero no forzosa. La circulación de billetes y el banco único”, El Universal, 10 de abril de 1923, p. 3.

[13] A. González a Plutarco Elías Calles, 28 de octubre de 1925, Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes Obregón-Calles, sin clasificación.

[14] “El Banco de México llega...”, op. cit., p. 14, y Banco de México, “Nómina de sueldos”, 30 de septiembre de 1925.

[15] Pioquinto Moreno a Álvaro Obregón, 27 de marzo de 1923, Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes Obregón-Calles, 711 -B-3.

[16] El Universal, 16, 29, 30 y 31 de agosto de 1925, y 1o., 2, 3 y 16 de septiembre de 1925.

[17] Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes Obregón-Calles, 104-B-46.

[18] El Universal, 3 de septiembre de 1925, p. 9.

[19] Enrique Krauze, Caudillos culturales en la Revolución Mexicana, México, Siglo XXI, 1976, pp. 42-43, y Jesús Antonio Almeida (gobernador de Chihuahua) a Plutarco E. Calles, 26 de agosto de 1925, Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes Obregón-Calles, sin clasificación.

[20] Borja Martínez, Orígenes..., op. cit., p. 18. Véase también para este asunto Krauze, Caudillos..., op. cit., pp. 223-225.

[21] Gustavo Dresel, Una noche de años y el despertar de la patria, México, Tipográfica Guerrero Hnos., 1920, p. 1.

[22] Memorándum de Manuel Padrés a Álvaro Obregón, 1o. de noviembre de 1923, Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes Obregón-Calles, sin clasificación.

[23] Manero, La reforma..., op. cit., pp. 146-148 y 475-478.

[24] “El Banco de México llega a su XXV aniversario...”, El Universal, 1o. de septiembre de 1950, tercera sección, p. 1.

[25] Plutarco Elías Calles, “Informe de Gobierno”, Diario de los Debates del Congreso de la Unión, 1o. de septiembre de 1925, p. 17.

[26] Krauze, La reconstrucción..., op. cit., pp. 38 y 39, y Krauze, Caudillos..., op. cit., p. 223.

[27] Banco de México, “Actas del Consejo de Administración”, libro 1, pp. 3bis-4, 2 de septiembre de 1925, acta 2.

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