Tomo I: Antecedentes, fundación y despegue
II. Los años nuevos

 

6. Pinitos en banca central

 

6.2 La sombra del bilimbique

La gran esperanza pública, al fundarse el Banco de México, provino básicamente de su privilegio de emitir billetes. La ley orgánica, al señalar los objetivos de la sociedad, mencionaba primeramente la facultad de emisión. Se pensó que a través de las emisiones se podría, al fin, resolver el problema de la circulación monetaria interna. El país llevaba varios años de vivir una situación de clara astringencia monetaria y los billetes del Banco de México podían ser el instrumento capaz de llenar el vacío circulatorio que tanto afectaba al desarrollo de la economía nacional.[1] Los resultados, sin embargo, fueron decepcionantes. En el cuadro 14 se muestra la evolución de esta variable, sobresaliendo el hecho de que el monto de billetes en circulación para 1925 fue superior que el correspondiente a 1931. Es decir, la circulación de billetes en lugar de incrementarse descendió durante ese periodo.

CUADRO 14
EMISIÓN DE BILLETES, 1925-1931
(miles de pesos)
Al cierre de ejercicio   
Billetes emitidos
Billetes en circulación
1925
8,139.9 (a)
3,220.2 (b)
1926
10,939.9 (a)
2,552.8 (b)
1927
11,099.9 (a)
1,776.2 (b)
1928
11,099.9 (c)
3,627.6 (b)
1929
11,549.3 (c)
2,720.6 (b)
1930
11,549.3 (c)
2,833.4 (b)
1931*
11,549.3 (a)
791.1 (b)
* Al 30 de junio.
Fuentes: a) Banco de México, “Libro de resumen de billetes”, núm. de archivo 213. b) Banco de México, “Libro de balances mensuales”, núm. de archivo 238, ff. 9, 33, 57, 81, 105, 129, 141. c) Banco de México, “Libros de balances consolidados”, núms. de archivos 622, 624 y 625.

Una emisión tan pobre difícilmente podría haber incrementado la oferta monetaria total. Gurza puntualiza que, en 1925, el stock monetario interno se estimaba entre 200 y 230 millones de pesos, mientras que la emisión de billetes era de sólo 3.2 millones, o sea únicamente 1.4% de la cifra anterior.[2] Martínez del Sobral hizo estimaciones semejantes para 1927; sus cálculos indican que el acervo de moneda metálica ascendía a 365 millones de pesos.[3] De manera que la participación del billete en oferta circulante había disminuido aún más para esta fecha (0.5%), con un total de papel en circulación de 1.8 millones de pesos.[4] Esto motivó a José Vasconcelos para escribir: “Se mira que no es institución 'de crédito' la que mantiene 40 millones en caja y expide o emite sólo 3 millones de billetes. ¿Qué objeto tiene entonces el billete? Pero no han podido obrar de otra manera puesto que si emitieran billetes, el pueblo no los retendría sino que se apresuraría a irlos a cambiar, y antes de tres meses el banco se quedaría sin oro”.[5]

Ningún estudio ha hecho un análisis profundo sobre las causas de la actuación tan limitada en lo que respecta a emisión. Bett afirma que el billete no pudo penetrar debido a que la ley constitutiva resultó ser demasiado rígida y estricta en lo que a las reglas de emisión se refería.[6] Ese ordenamiento señalaba que la expedición de esos títulos sólo era posible: 1) en cambio de oro amonedado o por lingotes del mismo metal, 2) en cambio de giros sobre el exterior pagaderos a la vista en oro, 3) en virtud de las operaciones de redescuento que el banco realizara con sus bancos asociados.[7]

Con claridad se percibe que de estas operaciones, la única por la cual el billete podría haber incidido sobre la oferta monetaria era la tercera, o sea el redescuento. En cambio de oro nacional o extranjero, lo único que se hubiera logrado habría sido sustituir signos monetarios de un tipo por los de otro.

El canje de giros sobre el exterior con dificultad, habría incrementado la masa circulatoria, ya que el número de estas operaciones que puede realizar un banco central es relativamente pequeño. El único canal abierto entonces para la inflación monetaria era el redescuento, pero se tienen indicios de que el banco lanzó muy poco billete por esta vía. Al respecto, en el Consejo de Administración se afirmó en 1931: “...se han celebrado con los Bancos Asociados (hasta la fecha), operaciones de redescuento que ascienden a doce millones de pesos aproximadamente; que en ese concepto convendría que desde ahora se tomaran en cuenta dichas operaciones para los efectos de la emisión de billetes...”.[8]

Esto indica que el grueso de las emisiones realizadas por el banco en esta época fueron hechas a través de operaciones distintas del redescuento. Lo anterior resulta verosímil, ya que ningún banco asociado, sólo por el hecho de serlo, estaba obligado a recibir el billete del de México. La ley orgánica era muy clara en este punto: los billetes eran —incluyendo a las instituciones asociadas— “de circulación enteramente voluntaria”.[9] Es lógico, por lo tanto, que al realizar redescuentos los bancos asociados exigieran en contrapartida moneda metálica.

Es más, ni aun recurriendo al redescuento se hubiera podido aumentar significativamente el volumen de billete en circulación.

Si los 12 millones de redescuento total se prorratean entre los siete años que cubren el periodo 1925-1931, el resultado indica sólo 2 millones más de emisión anual.

El billete del Banco de México nace bajo el signo de la suspicacia y repulsa públicas. Quizá la memoria de lo sucedido durante la Revolución con el papel moneda ensombrecía el presente del recientemente fundado instituto emisor. En pocas palabras: se temía el surgimiento de un nuevo “bilimbique”.

Una de las plazas en donde el papel moneda tuvo más problema para penetrar fue la ciudad de Monterrey. En octubre de 1925 se recibieron las primeras noticias de que los bancos de Nuevo León se negaban terminantemente a aceptar el billete del Banco de México. El enviado plenipotenciario del banco para resolver ese conflicto fue el consejero Adolfo Prieto, accionista de la Cía. Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey y una persona muy influyente en los medios empresariales neoleonenses. Gracias a la intervención del señor Prieto, en octubre de 1925 se informó en el seno del Consejo de Administración que por fin se había llegado “a un acuerdo con los bancos de Monterrey y Nuevo León para que aceptaran los billetes”.[10] La resolución obtenida por el señor Prieto resulta ser transitoria ya que en febrero de 1927 otra vez surge el problema:

Expuso el señor presidente Gómez Morín que tenía conocimiento de que los bancos de Monterrey, con excepción de la sucursal del Banco de Montreal, se había coaligado con el propósito de no recibir los billetes del Banco de México, mediante descuento de medio por ciento, aduciendo como razón el hecho de que nuestra sucursal no canjea por ahora los expresados títulos por oro, sino que entrega a cambio de ellos, de acuerdo con nuestra ley constitutiva y nuestros estatutos, giros a cargo de esta matriz. Esto lo habían aceptado los bancos locales y las sucursales de los bancos nacionales y extranjeros, habiéndose suspendido la aplicación del acuerdo.[11]

Con todo, los bancos no fueron las únicas instituciones que repudiaron el billete. En octubre de 1925 se recibió la noticia, por ejemplo, que el Ferrocarril de Coahuila y Zacatecas se obstinaba en no aceptar los referidos títulos. En este caso, al igual que en el anterior, el mediador fue otro consejero, Salvador Cancino, quien “ofreció sus servicios” para arreglar dicho asunto con esa empresa”.[12] Sólo recurriendo a las actas del Consejo de Administración es posible documentar diez o doce casos más de antagonismo similares al anterior. Aún después de transcurrida la primera fase de consolidación en la vida del instituto emisor, todavía es posible detectar sucesos que esclarecen la susceptibilidad y la desconfianza que rodeaban al billete. En 1934, el secretario de Hacienda envía un telegrama al presidente: “...en vista de la campaña alarmista del periódico La Prensa se han registrado síntomas de desconfianza respecto a los billetes del Banco de México en Guadalajara, Jalisco y Matamoros, pero el suscrito para demostrar solidez de la institución hace con esta fecha declaraciones dando cuenta del estado de la caja del banco que lo capacita para devolver totalidad billetes...”.[13]

Algunos autores, como Jaime Gurza, atribuyeron los modestos resultados obtenidos en emisión al mantenimiento de una política cauta y conservadora por parte del banco en esta materia.[14] El acceso a documentos nunca antes analizados permite plantear una nueva hipótesis: que el banco intentó orquestar un programa de emisión de gran alcance y fracasó en su plan. En el archivo del banco existen dos libros llamados “Resúmenes de billetes emitidos”, uno para la serie A y otro para la serie B. Lo asentado en ellos revela la premura, casi apresuramiento, que tenían las autoridades para llevar a cabo estas funciones. Las cifras muestran que, de septiembre de 1925, en que se funda el banco, a junio de 1926 se habían emitido ya casi 11 millones de pesos en billetes, aunque la cantidad máxima que el banco pudo mantener en circulación nunca rebasó el monto de 5 millones.

No es sino hasta abril de 1926 cuando se alcanza la suma máxima de papel en circulación: 4.8 millones de pesos. De esa fecha en adelante el monto total de títulos en circulación empieza a descender, hasta llegar a 1.5 millones en abril de 1927. En contrapartida, la cantidad de billetes emitidos se mantiene fija a partir de octubre de 1926 (11 millones), cifra que ya no se alteraría prácticamente hasta diciembre de 1930.[15] En suma, mientras las emisiones seguían creciendo, el banco no lograba mantener en circulación más que un monto casi constante de papel. Quizás la economía del país tenía una capacidad inamovible de absorción para el billete y ésta alcanzó pronto su punto de saturación. La gráfica 1 lo acusa.

GRÁFICA 1
EMISIÓN DE BILLETES, 1925-1931
(miles de pesos)

Por último, las causas del desenvolvimiento de la emisión deben ser buscadas en la propia circunstancia económica que se vivía en esa época. Es evidente que de momento nunca surgió verdaderamente una necesidad monetaria que el billete del Banco de México viniera a cubrir, y esto por el desencadenamiento primero interno y después mundial de la recesión económica. Las estadísticas muestran que, mientras el producto interno bruto disminuyó entre 1926 y 1930 de 5 154 a 4 399 millones de pesos, la oferta monetaria aumentó en el mismo lapso de 536.5 a 684.0 millones de pesos.[16]

En un periodo de auge productivo quizá la situación hubiera sido diferente, especialmente a la luz de las condiciones monetarias imperantes en el país. No obstante, con la recesión, a pesar de la rigidez en la oferta monetaria y de la relativa escasez de moneda metálica no surgió la coyuntura de una función circulatoria que el billete del Banco de México pudiera llenar.

El testimonio escrito demuestra cómo el billete del Banco de México fue rechazado y repudiado por la población; los datos estadísticos iluminan la forma en que el Banco de México, a pesar de forzar un tanto la emisión, no pudo mantener en circulación más que una proporción relativamente pequeña de billetes. Después de todo, quizás la adopción de una estrategia prudente de emisión haya sido la mejor alternativa posible:

Forzar la circulación, sería crear un problema monetario incomparablemente mayor que el que se ha venido manifestando con motivo de la moneda de plata, porque si la especulación en el mercado y la inseguridad de frecuentes oscilaciones fueron graves tratándose de esa moneda, serían irreparables si se presentaran con relación al billete del banco... La emisión, por tanto, no podrá festinarse a riesgo de crear trastornos gravísimos en nuestra economía.[17]

Habría por tanto, que aguardar tiempos mejores para que el papel moneda se transformara en el instrumento monetario que de él se esperaba.


* “Bilimbique” se le llamó al papel moneda emitido por el gobierno de Venustiano Carranza, que se devaluó como una exhalación.

[1] Virgil M. Bett, Central Banking in Mexico, Ann Arbor, University of Michigan, 1957, p. 44.

[2] Banco de México, “Libro de balances mensuales”, núm. de archivo 238; Jaime Gurza, “Las funciones monetarias del Banco de México”, mimeo, 1941, p. 51.

[3] Citado en Raúl Ortiz Mena, La moneda mexicana, México, Ed. América, 1942, p. 76.

[4] Banco de México, “Libro de balances mensuales”, op. cit.

[5] Enrique Krauze, La reconstrucción económica. Historia de la Revolución Mexicana, 1924-1928, vol. 10, México, El Colegio de México, 1977, pp. 47-48.

[6] Bett, op. cit., p. 45.

[7] “Ley que crea el Banco de México” (25 de septiembre de 1925), art. 1o., en Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Legislación sobre el Banco de México, p. 87.

[8] Banco de México, “Actas del Consejo de Administración”, libro 6, p. 74, 23 de septiembre de 1930, acta 372.

[9] “Ley que crea...”, op. cit., art. 5o., p. 90.

[10] Banco de México, “Actas...”, libro 1, pp. 14-15, 9 de octubre de 1925, acta 7.

[11] Ibid., libro 2, p. 69 bis, 5 de febrero de 1927, acta 84.

[12] Ibid., libro 1, p. 18, 16 de octubre de 1925, acta 8.

[13] Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes Obregón-Calles, sin clasificación.

[14] Gurza, op. cit., p. 53.

[15] Banco de México, Archivo del Depto. de Auditoría, “Libros de resúmenes de billetes emitidos”, núms. de archivo 205, 208 y 213.

[16] “Medio siglo de estadísticas económicas seleccionadas”, en Ernesto Fernández Hurtado (sel.), Cincuenta años de banca central (1925-1975), México, FCE, 1976, pp. 130 y 138.

[17] Banco de México, Tercera asamblea general ordinaria de accionistas, México, Ed. Cultura, 1928, pp. 34 y 32.

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