Tomo IV: Banco central heterodoxo
II. Impulsos desarrollistas

 

2. Vocación promotora

 

2.1 Fascinación industrial

Fue en parte una respuesta a las circunstancias históricas, pero también expresión de la vocación desarrollista que, justificada o injustificadamente, animaba a los principales funcionarios del Banco de México de esa época. La peculiar situación económica creada por la Segunda Guerra propició que el Banco de México y muchas otras entidades públicas saltaran a la palestra con programas sui generis orientados a contrarrestar las distorsiones económicas más agudas del momento o a fomentar el desenvolvimiento de la producción.

En los capítulos anteriores se esbozan varios de los programas de este corte que puso en ejecución en esa época el Banco de México. Cabe recordar, entre otros, el plan para promover el establecimiento de nuevos bancos comerciales, de nuevas instituciones de apoyo financiero para la agricultura, o aquél en respaldo de las sociedades financieras. Estos esfuerzos vinieron acompañados de otros proyectos específicos de promoción, entre ellos un plan para el desarrollo en México de un mercado de bonos.

Siendo tan difícil de asir fenómenos intangibles y volátiles como las ideas, resulta todo un reto indagar la fascinación de esa generación a la que perteneció Villaseñor con la industrialización. Se trata, sin duda, de un fenómeno que pertenece a la historia de las ideas pero también a la de los acontecimientos. Pues esta concepción que floreció en aquella época dio lugar a programas y acciones encaminadas a transformar la estructura económica del país mediante la formación de un sector manufacturero nacional. Tanta fue la popularidad de dicha tesis, que en el extremo algunos llegaron a considerarla como una panacea. Pero, ¿cuáles fueron los orígenes de estas ideas? ¿De qué autores abrevaron Villaseñor y su grupo?

Esta fascinación fue un fenómeno generacional y en México tuvo en Villaseñor a uno de sus más ardientes entusiastas. Si se toma también en cuenta la singularidad de la situación histórica, no es raro que haya sido precisamente en esa época cuando se iniciaran formalmente las tareas de institución de fomento de cargo del Banco de México.

La evidencia documental y testimonial no deja dudas sobre la paternidad de esos afanes. Los proyectos de promoción del Banco de México, tanto los que se quedaron en el tintero como los que se echaron a andar, fueron principalmente motivados por la inclinación de Villaseñor hacia los problemas del desarrollo. Otro personaje relevante en esta cruzada fue el ingeniero Gonzalo Robles, inspirador también de muchas de estas inquietudes.

A pesar de que el desarrollo económico como rama de la ciencia económica no nace formalmente sino hasta finales de los cuarenta del siglo XX, con la transformación de las antiguas colonias de Asia y África en naciones soberanas y con el imperativo de acelerar su progreso material, es posible localizar en el pasado inmediato antecedentes significativos.[1] No es raro que, al menos en el ámbito intelectual, dos de los precursores de esa corriente hayan surgido en Europa Oriental, siendo su motivación la de tratar de explicar las diferencias de bienestar material entre las economías agrícolas del este europeo y las industrializadas del lado occidental del viejo continente. Así surgió la idea de promover a la industria como medio para cerrar la brecha existente en niveles de progreso material entre los países más adelantados y otros más rezagados.

En 1931, Mihail Manoilesco, ministro de Industria y Comercio de Rumania, adelantó esta tesis en un ambicioso libro en que se autoimpuso la poco modesta tarea intelectual de refutar la teoría de las ventajas comparativas desarrollada por Adam Smith y David Ricardo. Las argumentaciones de Manoilesco parecen muy endebles, y si se les mira con una óptica moderna, hasta rebasadas por la historia. Éste es también el caso cuando se analiza su texto con un criterio teórico. Resulta obvio, en particular, que ese autor fracasa en su intento de refutar los postulados en apoyo del libre comercio.

Obviamente, no es la finalidad de estas líneas juzgar la obra de tan controvertido y olvidado autor. Sí cabe hacer constar, sin embargo, el carácter, quizá seminal, de su alegato en favor de la industrialización como medio para elevar la productividad en las economías agrícolas. Señala Manoilesco, en su libro La teoría de la protección y del comercio internacional (The Theory of Protection and International Trade):

De hecho, si hacemos una clasificación económica de los países de Europa, debemos colocar, en un lado, a los países que exportan artículos industriales e importan materias primas: Inglaterra, Francia, Alemania. Éstos son los países ricos de Europa. En el otro lado, debemos considerar a los países cuyas importaciones son productos industrializados y cuyas exportaciones se componen de materias primas y productos agrícolas: Rusia, Rumania, Yugoslavia, Bulgaria. Éstos son los países pobres de Europa.[2]

Según Manoilesco, el caso de Inglaterra era ilustrativo ya que dicho país había encontrado en la industria el medio para que el crecimiento del ingreso nacional y la rapidez en la creación de riqueza fueran mucho más elevados que en sus clientes comerciales. Así, gracias a que “la productividad por trabajador era cinco, diez o cincuenta veces mayor en Inglaterra” que en el resto de los países de otros continentes, dicha nación se las había arreglado para intercambiar el trabajo de un solo trabajador ordinario por el trabajo de cinco, diez o cincuenta jornaleros de otras latitudes.

De ahí la invocación de Manoilesco porque se promoviera la industrialización con base en una política proteccionista. Esta protección debería definirse en forma “científica”. Para ello, Manoilesco se preocupó por desarrollar una teoría general de la protección, objeto y finalidad del libro comentado.

En 1943, Paul Rosenstein-Rodan publicó en el Economic Journal su célebre artículo “Problems of industrialization of Eastern and South Eastern Europe”, que a la vuelta de los años se ha venido a convertir en un clásico de la literatura en materia de desarrollo económico.[3] Dicho autor parte del principio de que la industrialización de esos países era el medio para que pudiera absorberse productivamente a la fuerza de trabajo redundante que había en la agricultura, y así lograr la elevación del nivel medio de vida.

Sin embargo, arguyó Rosenstein-Rodan, los obstáculos que rodean a la inversión en un país subdesarrollado son tan grandes, que para romper el círculo vicioso del atraso es necesario hacer un gran esfuerzo de inversión, estimulado y encabezado por la autoridad gubernamental. Así, de la pluma de ese autor surgió la muy conocida teoría del gran empujón o big-push. El lanzamiento de un país a la etapa del crecimiento autosostenido, apuntó Rosenstein-Rodan, es similar al esfuerzo que debe realizar un avión para lograr despegar del suelo. Existe una velocidad crítica que debe alcanzarse, “antes de que el aparato sea capaz de remontar el vuelo”.

Fueron muchos los argumentos dados por ese autor en favor de una industrialización dirigida de gran escala: las indivisibilidades que pesan sobre los proyectos de inversión (especialmente en infraestructura), la necesidad de aprovechar las economías externas de todo tipo que surgen en un proceso de crecimiento, la capacitación de la mano de obra y el imperativo de que, mediante el propio esfuerzo de inversión, se desarrollasen los mercados para que las nuevas plantas productivas pudiesen vender su producto. Esto último, toda vez que en pocas situaciones económicas es más evidente el principio de la “falacia de composición” que cuando se inicia el desarrollo:

Lo que es falso en el caso de una sola fábrica de zapatos, será verdad para un sistema complementario de cien fábricas y ranchos. Los nuevos productores serán los clientes del resto de los establecimientos y podrán verificar la Ley de Say al crear mercados adicionales para sus productos. La complementariedad de la demanda disminuirá los riesgos individuales de no poder encontrar mercados.

Aunque no se sabe a ciencia cierta, es probable que en su momento Eduardo Villaseñor y otros miembros de su generación hayan conocido la literatura mencionada. Y mucho más factible es que hayan estado al tanto de los esfuerzos pioneros de industrialización desplegados en su momento por algunos países en desarrollo. No era, ni nunca lo fue, el concepto de industria lo que resultaba una novedad, sino la idea de desarrollar una planta manufacturera mediante la aplicación de una estrategia deliberada y explícita para superar el subdesarrollo.

Eduardo Suárez −secretario de Hacienda de México de 1935 hasta 1946− argumentó en contra de una concepción muy difundida según la cual el desarrollo industrial de México se había iniciado hasta 1940 e incluso poco después. En opinión de Suárez, las bases para este desarrollo se empezaron a establecer desde el periodo presidencial de Plutarco Elías Calles, a mediados de los veinte. Principalmente con la ayuda de Alberto J. Pani, el general Calles empezó a crear el sistema de instituciones necesarias que sirvieron de apoyo para el desarrollo futuro del país. Ese régimen y los subsecuentes emprendieron una vasta y constante tarea de inversión para desarrollar la infraestructura básica del país. De ahí surgió una red de carreteras, obras de irrigación, la electrificación del territorio nacional, telégrafos, telefonía, etc. En suma, señala Suárez: “...puede decirse que desde que se inició el periodo constructivo de la Revolución, durante el periodo presidencial del señor General Calles, comenzaron a sentarse los cimientos indispensables para el desarrollo económico del país”.[4]

Esa visión parece confirmada por la investigación de Enrique Cárdenas sobre la industrialización de México en la década de los treinta. Según Cárdenas, durante la gran depresión y en los años posteriores, la manufactura del país experimentó un progreso sorprendente impulsada tanto por fenómenos provenientes del lado de la demanda como de la oferta. Por el lado de la demanda, argumenta Cárdenas, el principal factor de impulso fue un importante proceso de sustitución de importaciones. A su vez, esta influencia fue reforzada por impulsos también favorables inducidos por la demanda interna y externa, la política fiscal y el aumento poblacional en los centros urbanos de mayor tamaño. Así, en términos de ese autor, todo ello permitió que el sector industrial fuese “el motor del crecimiento económico en el periodo de 1925 a 1940”.

Por el lado de la oferta, la expansión industrial se explica por el efecto concurrente de tres causas: la existencia de capacidad instalada ociosa en dos industrias fundamentales —cemento y electricidad—, cuantiosa acumulación de capital generada por las elevadas tasas de rentabilidad y crecimiento de la productividad. Esto último fue posible gracias a la inversión pública que generó importantes economías externas. Y el último elemento fue una mayor “habilidad empresarial” propiciada, en parte, por la inmigración de inversionistas extranjeros.[5]

Cárdenas explica —y esto es muy importante— que la sustitución de importaciones que permitió la expansión manufacturera, no fue resultado de una política gubernamental deliberada. Dice ese autor que el fenómeno fue producido por la modificación de los precios relativos entre la manufactura importada y la local, y por el comportamiento del tipo de cambio, que “en última instancia es una variable política”. “Sin embargo, el gobierno no devaluó el peso con el fin de promover la sustitución de importaciones. Este hecho contrasta con la estrategia de desarrollo posterior a la Segunda Guerra, que se sustentó tan fuertemente en tarifas y otras restricciones a las importaciones para promover la industrialización nacional”.[6]

Con todo, quizá mucho más significativos y premonitorios hayan sido los esfuerzos de industrialización desplegados por otras naciones de Latinoamérica. Después del tremendo impacto infligido a los países monoexportadores del continente por la depresión de 1929, los estudiosos y responsables de la política económica en esas naciones empezaron a pensar en la industrialización como un medio para diversificar sus economías.

Antes de 1938, cabe recordarlo, en todos y cada uno de los países latinoamericanos el principal producto de exportación contribuía en promedio al menos con el 20% de los ingresos por exportación. Con sólo la excepción de México, en todos los países del área los tres principales productos de exportación aportaban al menos el 50% de las ventas al exterior. Los casos más extremos eran los de Cuba, Venezuela, Bolivia y Panamá, en los cuales un solo producto (azúcar, petróleo, estaño y plátano, respectivamente) aportaba 70% o más de los ingresos por exportación. México, ya se ha dicho, era la única excepción a este último patrón.

Mientras los mercados mundiales se expandieron estable y rápidamente, los peligros de esta excesiva especialización no se hicieron evidentes. Fue la crisis de 1929 la que puso en doloroso relieve dicha vulnerabilidad. En algunos países el choque externo fue excesivamente intenso. De 1929 a 1932, por ejemplo, el valor de las exportaciones de Chile se redujo en 88%. En el caso de Bolivia la contracción fue de 80%. Para los principales 20 países de Latinoamérica, el desplome resultó en promedio de aproximadamente 65%.[7]

La idea de impulsar la diversificación económica mediante el desarrollo industrial se fortaleció aún más durante la década de los treinta. Ello a raíz de las decepcionantes experiencias padecidas por los países latinoamericanos en las negociaciones comerciales llevadas a cabo en ese periodo. La escasa capacidad de negociación afloró en forma descarnada cuando se enfrentaron los despliegues proteccionistas de los países avanzados.

Así, una de las respuestas tanto a los embates de la depresión como al proteccionismo y a la posterior rudeza en las negociaciones comerciales internacionales fue la promoción de las manufacturas. En 1941, un escritor de nombre Percy W. Bidwell publicó el libro Economic Defense of Latin America, en el que explicaba con pormenor estos intentos.[8] Algunas de las políticas adoptadas con este propósito fueron de naturaleza prohibitiva o negativa, sobresaliendo entre ellas el control de cambios. Así, ante la imposibilidad de remitir utilidades al exterior, se conminó a las empresas extranjeras a la reinversión de las mismas. En esta misma categoría hay que destacar la intensificación del proteccionismo mediante la implantación de cuotas de importación y elevados aranceles. Empero, las medidas de carácter positivo fueron aún más socorridas, entre ellas, los subsidios a la inversión industrial, los estímulos fiscales, créditos preferenciales, etc. Se trataba, en suma, de los primeros e incipientes escarceos de la promoción industrial que florecería en las décadas siguientes.


[1] Gerald M. Meier, Leading Issues in Economic Development, Oxford, Oxford University Press, 5a. ed., 1989, p. 82.

[2] Mihail Manoilesco, The Theory of Protection and International Trade, Londres, P.S. King & Son Ltd., 1931, pp. VI, VII, XIV.

[3] Paul N. Rosenstein-Rodan, “Problems of industrialization of Eastern and South-Eastern Europe”, Economic Journal, junio-septiembre de 1943, pp. 204-207.

[4] Eduardo Suárez, Comentarios y recuerdos (1926-1946), México, Ed. Porrúa, 1977.

[5] Enrique Cárdenas, La industrialización mexicana durante la Gran Depresión, México, El Colegio de México, 1987, pp. 135-137 y 138-176.

[6] Cárdenas, op. cit., p. 186.

[7] Sanford A. Mosk, Industrial Revolution in Mexico, Los Ángeles, University of California Press, 1950, pp. 7-16.

[8] Percy W. Bidwell, Economic Defense of Latin America, Boston, World Peace Foundation, 1941.

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