Tomo V: Reorganización programática
I. México en Bretton Woods

 

5. Notas biográficas sobre los integrantes de la delegación mexicana

 

 

Eduardo Suárez

Maestro, jurista, diplomático, financiero y “gran dialéctico”, según testimonio de Antonio Carrillo Flores, sucesor suyo como jefe de las finanzas nacionales (1957-1958). Se desempeñó como secretario de Hacienda por 11 largos años: desde 1935 hasta 1946. Suárez, nacido en Texcoco, estado de Hidalgo, en 1895, fue ministro de finanzas del presidente Lázaro Cárdenas durante la mayor parte de su sexenio y del presidente Manuel Ávila Camacho durante toda su administración.

Fue a lo largo de la trayectoria previa a su designación como jefe de las finanzas nacionales cuando se distinguió de manera destacada como maestro y jurista. Aún sin conocerlo muy bien en lo personal, el presidente Lázaro Cárdenas decidió designarlo en sustitución de su primer secretario de Hacienda, Narciso Bassols, por recomendación de Emilio Portes Gil, quien había sido presidente interino de México desde 1928 hasta 1930.

Durante su segunda gestión hacendaria en el sexenio del presidente Ávila Camacho, Suárez consiguió renegociar las antiguas deudas externas de México –directa y ferrocarrilera– de una manera muy ventajosa para el país. Un hito muy importante de su desempeño diplomático fue el convenio que se suscribió en noviembre de 1941 para que el gobierno de Estados Unidos reanudase las compras de la plata de México, mineral que nuestro país producía en grandes cantidades en su calidad de primer productor mundial.

En las Memorias que dictó Suárez obran los antecedentes de la preocupación del gobierno mexicano por asegurarle a la plata un mercado suficiente. Integrante en 1933 de la delegación mexicana que asistió a la Conferencia Monetaria Internacional celebrada en Londres, Suárez fue testigo del único logro que se alcanzó en ese cónclave global: un acuerdo para defender el precio de la plata.

El liderazgo de Eduardo Suárez, primero en la preparación de la delegación mexicana que asistiría a la conferencia de Bretton Woods, y después en su participación, estuvo marcado por varias motivaciones. En primer término buscó, con el apoyo de Eduardo Villaseñor, que en México se estudiasen con el máximo cuidado los temas que se iban a discutir en ese foro. Más adelante, aparte de los intentos porque se diese a la plata un papel en el sistema monetario mundial, otras finalidades que definió para la delegación de su país fueron que los países menos desarrollados tuvieran mayor intervención en las instituciones internacionales que estaban por crearse y que, en general, se asegurase para ellos un trato respetuoso y equitativo. En este principio de la equidad de trato se fincó, por ejemplo, la moción impulsada por México de que en el Banco Mundial se diese igual importancia al desarrollo que a la reconstrucción europea.

 

Antonio Espinoza de los Monteros

Solía decir el general Álvaro Obregón que “en la política se comete tan sólo un error: el resto son las consecuencias”. Después de una trayectoria exitosa en el servicio público, el error fatal de Antonio Espinosa de los Monteros fue apostar su futuro a la candidatura de oposición del general Henríquez Guzmán en la campaña presidencial de 1952. El resultado fue su marginación de los cargos oficiales por el resto de su vida.

Nacido en 1903, Espinosa de los Monteros había realizado sus estudios de educación media y superior en Estados Unidos y por tal razón dominaba el idioma inglés y tenía un conocimiento muy profundo de la cultura y de las costumbres de ese país. Fue uno de los primeros mexicanos en obtener un posgrado en economía en una universidad estadounidense. Y no se trataba de una universidad cualquiera sino de Harvard, en la cual, por cierto, fue condiscípulo de Daniel Cosío Villegas y de Harry D. White. Este último, la eminencia técnica que estuvo detrás de los proyectos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial.

Ya en México, Espinosa de los Monteros inició su carrera de servidor público a partir de 1929 en la Secretaría de Hacienda y en la Secretaría de Industria y Comercio. Su gran oportunidad profesional se presentó en 1940 cuando el ministro Suárez le pidió un proyecto para reorganizar a Nacional Financiera, a fin de transformarla en el banco del desarrollo industrial de México.

Tan exitosa resultó esa propuesta de reforma, que no sólo se le otorgaron a Nacional Financiera facultades muy amplias para operar en el campo de su especialidad sino que Espinosa de los Monteros fue designado para encabezarla, lo cual hizo durante todo el sexenio de Ávila Camacho. De acuerdo con su nuevo marco normativo, a la Nacional Financiera se le entregó el manejo del mercado de dinero interno –para poder captar ahorro–, se fortalecieron sus facultades crediticias –a fin de conceder financiamientos para la capitalización– y se le otorgaron capacidades de promoción –para impulsar el establecimiento de nuevas empresas.

La plataforma institucional para que Espinosa de los Monteros formara parte de la reducida delegación mexicana que asistió a Bretton Woods fue seguramente que era el mandamás del importante banco de desarrollo industrial de México. La plataforma personal derivó posiblemente de que el ministro Suárez le brindaba su confianza y respaldo. Otros argumentos eran que conocía Estados Unidos con profundidad y su amistad personal con Harry White.

Como se aprecia en las páginas de este texto, Espinosa de los Monteros y no Rodrigo Gómez fue el delegado que representó a México en la comisión I de Bretton Woods, donde se discutió la creación del Fondo Monetario Internacional. Poco tiempo después, fue el único representante de México que estuvo presente en la importante reunión de Savanaah, Georgia, celebrada en 1946, donde se tomaron las medidas prácticas para el establecimiento definitivo del Fondo Monetario Internacional. A finales de ese año el presidente Miguel Alemán designó a Espinosa de los Monteros en calidad de embajador de México ante Estados Unidos.

 

Rodrigo Gómez

Corría el año de 1933. El Banco de México había sido reformado, fortaleciéndose su especialización y obligándose a los bancos comerciales a que se asociaran al instituto central. La institución se había quedado sin jefe de cambios, y hasta las autoridades del organismo llegaron las referencias de que el mejor cambista del país trabajaba en Monterrey y se llamaba Rodrigo Gómez. Ya en el Banco de México, la nueva adquisición tuvo una participación destacada en el proceso de aproximaciones que culminó en la fijación del tipo de cambio en el nivel de 3.60 pesos por dólar.

¿Quién habría imaginado que aquel modesto contador privado egresado de la Academia Comercial General Zaragoza, en la sultana del norte, se convertiría en el más célebre banquero central de la historia de México? Rodrigo Gómez suplió con creces su insuficiente preparación formal con una intuición excepcional para entender los fenómenos económicos y en especial los monetarios, y un gran esfuerzo de estudio personal.

Desde sus inicios, cabe repetirlo, se destacó Rodrigo Gómez en el Banco de México. Su carrera posterior fue en ascenso secuencial y continuo. En el cargo de jefe de Cambios, que ocupó hasta 1940, se fue involucrando gradualmente en los asuntos de mayor importancia de la institución, incluyendo por supuesto los relativos a política monetaria y relaciones con el sistema bancario. En 1941, ya durante la gestión de Eduardo Villaseñor, fue ascendido a gerente y desde 1947 hasta 1952 ocupó el cargo de subdirector general. Es decir, se convirtió en el funcionario de mayor importancia por debajo del director general, Carlos Novoa.

Con base en su experiencia de cambista, Rodrigo Gómez conocía que en la determinación de los asuntos cambiarios tenía una gran influencia la cuestión monetaria. Vivir de cerca la crisis cambiaria con devaluación que ocurrió en la primavera de 1938 le confirmó que la supervivencia de un tipo de cambio fijo o de un régimen cambiario específico, es imposible sin una base suficiente de confianza pública.

Todos estos antecedentes explican sin más aclaraciones por qué Rodrigo Gómez fue seleccionado para integrar la delegación mexicana que participó en la conferencia de Bretton Woods. Es muy probable, aunque quizá resulte imposible de confirmar, que su inclusión en la misión haya sido sugerida por Eduardo Villaseñor, su superior en el Banco de México, y aceptada por el ministro Suárez. Además, Rodrigo Gómez había ya asistido a algunas de las reuniones previas a Bretton Woods.

Es muy probable, asimismo, que esta experiencia haya sido determinante para su designación en el periodo 1946-1948 como director ejecutivo del Fondo Internacional en representación de México y Centroamérica. El nombramiento de director alterno recayó en otro colega del Banco de México, también muy cercano a Eduardo Villaseñor: el abogado Raúl Martínez Ostos. Ambos se las tendrían que ver con la crisis cambiaria del peso mexicano que se inició en julio de 1948 y que terminaría en 1949 con una devaluación de casi 80%. Como es sabido, la designación de Rodrigo Gómez como el funcionario de mayor jerarquía en el Banco de México sobrevendría en diciembre de 1952.

 

Daniel Cosío Villegas

Muy pocos recuerdan que el ilustre historiador e intelectual Daniel Cosío Villegas trabajó en el Banco de México durante casi siete años. En contraste, el recuerdo de otras de sus obras y actividades es mucho más amplio. Por ejemplo, su desempeño como el empresario cultural que creó el Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México y la Historia moderna de México. También muy conocida es su acción como crítico de la Revolución Mexicana y su trabajo como historiador prolífico y agudo.

Anterior a su arribo al Banco de México, se encuentra la formación del maestro Cosío Villegas como economista especializado en problemas agrícolas. Cuando se recibió de abogado en 1924, ya había trabajado en la Secretaría de Educación Pública como colaborador de Vasconcelos. Deambuló por varios empleos breves y poco sustantivos hasta que su éxito como docente universitario le ofreció un importante cambio de rumbo profesional.

El agrónomo Marte R. Gómez convenció a Cosío de que en México se requerían economistas agrícolas y por ese intermedio se le concedió una beca para matricularse en la Universidad de Harvard. Así, en Harvard estudió economía general, en Wisconsin economía agrícola y en la Universidad de Cornell, avicultura. Posteriormente, una larga estadía en Inglaterra y Francia le permitió asistir a la London School of Economics y a L’École Libre des Sciences Politiques de París.

Además de varios trabajos que publicó en la revista El Trimestre Económico, de la cual fue fundador, uno de sus grandes logros en el segundo quinquenio de la década de 1930 fue el proyecto para traer a México a la intelectualidad española expulsada por la guerra civil y del cual derivó la fundación del Colegio de México actual.

Eduardo Villaseñor, gran amigo de Cosío Villegas, fue designado director general del Banco de México en 1940 en remplazo de Luis Montes de Oca. Proveniente de la subsecretaría del ramo en Hacienda, Villaseñor invitó a Cosío Villegas a que se sumase al Banco en calidad de jefe de Estudios Económicos.

Así, el equipo de funcionarios más cercanos a Villaseñor quedó integrado por el propio Cosío Villegas, Raúl Martínez Ostos –jefe del departamento de Crédito– y el joven Víctor L. Urquidi.

Cosío impulsó el desarrollo del departamento a su cargo y alentó la formación de economistas, preocupación de la cual derivó el primer programa nacional de becas para estudios en el extranjero. También colaboró en la creación de la Oficina de Investigaciones al frente de la cual fue designado el ingeniero Gonzalo Robles. Después de su regreso de Bretton Woods, el ministro de Hacienda, Eduardo Suárez, lo comisionó para recorrer los principales países de América Latina, buscando crear un bloque económico que contrapesara las inminentes alzas en los productos de importación y bajas en los de exportación que traería consigo el fin de la guerra.

 

Víctor L. Urquidi

Inteligente, estudioso incansable, trabajador, impetuoso intelectualmente, entregado, bilingüe, bicultural y visionario, así fue Víctor L. Urquidi. Su incorporación a las filas del Banco de México vino a enriquecer, y mucho, el capital humano de la institución. Siempre desquitó su sueldo con creces. Fue pionero en muchos ámbitos institucionales, entre ellos en cuanto al programa de becas para estudios en el extranjero.

Urquidi debía su formación como economista a la prestigiada London School of Economics. Hijo de un diplomático mexicano y de una dama inglesa, hablaba el inglés a la perfección y conocía con profundidad el temperamento anglosajón. Llegó recomendado al Banco de México con el director general, Luis Montes de Oca, a quien su padre había conocido en Europa en sus andanzas diplomáticas. Aunque Montes de Oca ya iba de salida, Urquidi decidió vincular su destino profesional al Banco de México. Contaba con apenas 20 años de edad.

Pronto las autoridades del instituto central cayeron en la cuenta de la valía profesional del joven economista. Rápidamente fue incorporado al grupo de colaboradores más cercano del sucesor de Montes de Oca en el timón del Banco de México: Eduardo Villaseñor. De esa relación laboral derivó la gran amistad que por el resto de sus vidas unió a Urquidi con Raúl Martínez Ostos, Daniel Cosío Villegas y Rodrigo Gómez.

En el Banco de México, en la cercanía con Cosío y bajo la tutela del director Villaseñor, Urquidi se convirtió en una suerte de “factótum” institucional. Para todos los temas de mayor interés era requerida su opinión, en todas las actividades prioritarias de la institución quedó involucrado.

Urquidi estuvo muy bien informado sobre los problemas que enfrentó en ese periodo la política monetaria. La Segunda Guerra Mundial indujo la entrada al país de flujos muy grandes de capital “golondrino”. Es más que probable que Urquidi haya intervenido en las deliberaciones orientadas a desarrollar los instrumentos de intervención para esterilizar la expansión monetaria que era generada por la acumulación de reservas internacionales. Urquidi confirmó sus conocimientos sobre este tema en la conferencia “Tres lustros de experiencia monetaria en México”, que pronunció en 1945.

Sobre todo durante el año de 1943, Víctor L. Urquidi se involucró con gran intensidad en el estudio de los proyectos para organizar la economía internacional de la posguerra. En 1994, en ocasión del medio siglo de la creación del FMI y del Banco Mundial, Urquidi publicó un artículo intitulado “Bretton Woods: un recorrido por el primer cincuentenario”. Su lectura es confirmatoria. No cabe duda de que conocía el tema a profundidad. El texto no sólo contiene un relato exacto de los antecedentes y de la fundación de esos dos organismos internacionales, sino que el autor también presenta una visión panorámica sobre la larga experiencia de esos organismos desde 1950 hasta 1971, para cerrar con un resumen acerca de “La perspectiva actual”.

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