Mensaje del Lic. Alejandro Díaz de León, Gobernador del Banco de México, con motivo del 95 aniversario de la fundación del Banco de México

Hace 95 años, el 25 de agosto de 1925, se promulgó la Ley constitutiva del Banco de México, que fue formalmente inaugurado el 1 de septiembre de ese mismo año. La creación del Banco de México, contemplada en la Constitución de 1917, materializaba una añeja aspiración de que la provisión de monedas y billetes a la economía nacional fuera encomendada a un banco único de emisión, a cargo del Estado. Los antecedentes de esta aspiración se remontan hasta principios del siglo XIX, tras consumada la Independencia, cuando en 1822, durante el imperio de Agustín de Iturbide, se presentó, sin éxito, un proyecto para crear una institución con la facultad de emitir billetes, que se denominaría "Gran Banco del Imperio Mexicano". Posteriormente, en el artículo 28 de la Constitución de 1857, se abría la posibilidad de establecer una instancia única que emitiera moneda.

Dadas las circunstancias de inestabilidad política y económica, así como la ausencia de un marco legal aplicable de forma precisa a las instituciones bancarias, no fue sino hasta 1864 cuando se estableció el primer banco privado de emisión. En las décadas siguientes surgieron otros bancos emisores, aunque a menudo con una concesión distinta tanto respecto a sus atribuciones como respecto a su lapso de vigencia.

Hacia finales del siglo XIX se trató de establecer una regulación más específica y adecuada para el sector financiero. Sin embargo, estos esfuerzos no fueron lo suficientemente armónicos y consistentes y puede decirse que en el país privó, hasta antes de la Revolución, la pluralidad de emisiones, bajo un régimen regulatorio que brindaba poca certidumbre.

A lo largo de las luchas revolucionarias, la diversidad de emisiones de papel moneda aumentó, pues las distintas facciones recurrieron a la emisión de dinero para su financiamiento, por lo que tanto el monto como la variedad de billetes proliferaron, generando un desorden mayúsculo y una profunda desconfianza de la población en este medio de pago. De hecho, el ingenio popular acuñó el término "bilimbiques" para denominar al papel moneda fabricado por el gobierno de Venustiano Carranza, que perdía valor rápidamente.

A la vista de la experiencia de la caótica emisión y circulación de dinero durante la Revolución, se arraigó aún más la conciencia de la necesidad de un banco único de emisión. Si bien los distintos bandos revolucionarios concordaban, con algunos matices, en esta idea, fue hasta la Constitución de 1917 cuando se plasmó la reorganización bancaria de la República y el establecimiento del banco único de emisión.

La circunstancia bélica y sus consecuencias postergaron la posibilidad de concretar la idea de un banco central, aunque sí se estableció una Comisión Monetaria en 1916, la cual constituye un importante antecedente institucional del banco central, pues entre sus funciones estaban las de contraloría monetaria, emisión, retiro y canje de moneda, y el manejo de los fondos metálicos para la regularización y garantía de la circulación fiduciaria, así como algunas operaciones como agente bancario del gobierno.

Una vez iniciados los trabajos del Congreso Constituyente de 1917, el subsecretario de Hacienda, Rafael Nieto, presentó una iniciativa para la redacción final del artículo 28 de la futura Constitución, en la cual consignaba la prohibición de cualquier monopolio en el país, exceptuando aquellos privilegios que por ley corresponden al Estado, entre ellos la acuñación de moneda y la emisión de billetes, función que debería realizarse mediante un banco central controlado por el Gobierno Federal.

La definición del mandato y las características concretas que tendría el banco central incluyó un rico debate en el constituyente. Al final se impuso la noción de que era imprescindible que el banco central conservara un margen de independencia suficiente, a fin de garantizar que la emisión del dinero respondiera a los imperativos de emitir una moneda que fuera estable y ampliamente aceptada, orientándose con objetivos de largo plazo y no a las necesidades coyunturales de los gobiernos en turno. Esta característica resultaba fundamental para restaurar la confianza de la población en el uso del dinero fiduciario, tan minada por las prolongadas etapas de inestabilidad política y económica.

Los esfuerzos por fundar el banco central durante el régimen del Presidente Venustiano Carranza fracasaron debido a la dificultad de integrar el capital necesario. A la caída del régimen carrancista en 1920, el Congreso aprobó una iniciativa que constituía al banco como una sociedad anónima con participación del capital privado, pero los siguientes gobiernos tampoco contaron con los recursos necesarios para su fundación. Esta circunstancia pudo superarse hasta 1925, durante la presidencia de Plutarco Elías Calles.

La ley constitutiva del Banco de México fue promulgada el 25 de agosto de 1925. La fracción VI, del artículo 1o., establecía como finalidades del nuevo banco central las de:

  • Emitir billetes.
  • Regular la circulación monetaria, los cambios sobre el exterior y la tasa de interés.
  • Redescontar documentos de carácter genuinamente mercantil.
  • Encargarse del servicio de Tesorería del Gobierno Federal.
  • Efectuar con las limitaciones de la propia Ley Orgánica operaciones bancarias pertinentes a los bancos de depósito y descuento.

El primer Consejo de Administración del Banco de México fue integrado por Manuel Gómez Morin como presidente, y Elías de Lima y Fernando de la Fuente como vicepresidente y secretario respectivamente. Como director fue nombrado Alberto Mascareñas.

Así, tras casi ocho años de esfuerzos en su creación, el Banco de México se inauguró con una solemne ceremonia el 1 de septiembre de 1925. El acto de inauguración dio principio a las 10 de la mañana, cuando el presidente Plutarco Elías Calles, acompañado de su gabinete, arribó a las oficinas centrales del Banco de México situadas en ese entonces en el edificio del Banco de Londres, en las calles de 16 de Septiembre y Bolívar.

La fundación del Banco de México consumó un largo anhelo de la nación y su establecimiento cerró un prolongado periodo de inestabilidad y anarquía monetaria. Desde sus inicios, el Banco de México tuvo que enfrentar diversas dificultades, como la arraigada desconfianza de la población hacia el uso del dinero fiduciario.

Para superar éste y otros obstáculos, nuestro banco central ha buscado consolidar el activo más valioso para una institución emisora, la credibilidad. Éste ha sido un esfuerzo permanente durante 95 años. Hoy en día, el Banco de México es una institución sólida, que ha construido credibilidad y reputación nacional e internacional. Además, desde 1994 el Banco goza de autonomía, lo que le permite concentrarse eficazmente en la consecución de su objetivo prioritario de proveer a la economía de moneda nacional procurando mantener la estabilidad de su poder adquisitivo, así como en sus otras finalidades de promover el sano desarrollo del sistema financiero y propiciar el buen funcionamiento de los sistemas de pagos.

A diferencia de muchos periodos del pasado cuando la población desconfiaba de las monedas y billetes circulantes, en la actualidad es cada vez mayor la certeza que tenemos los mexicanos de que nuestro dinero conservará su valor a lo largo del tiempo y que funcionará plenamente como medio de pago, depósito de valor y unidad de cuenta. Este logro y los beneficios que ha conferido a la sociedad deben valorarse y celebrarse.

Celebremos pues el 95 aniversario de la fundación del Banco de México reviviendo su apasionante historia, contenida en la colección de libros "Historia del Banco de México" (disponible en html, pdf y epub), y conozcamos a detalle la formación y transformaciones de nuestra institución, así como los principales retos y desafíos que ha superado a lo largo del tiempo.


* Este texto está basado en la obra "Historia del Banco de México" de Eduardo Turrent Díaz.