Cuando se estableció el Banco de México en 1925, la empresa American Bank Note Company (ABNCo) alcanzaba ya 67 años de existencia aunque sus raíces se remontaban aún más lejos: hasta finales del siglo XVIII cuando el pionero de un gran proceso empresarial, el grabador Robert Scot, fue designado en 1788 para encabezar la casa de impresión de los Estados Unidos recién independizados de la Gran Bretaña. Pero la ABNCo surgió propiamente hasta 1857 como resultado de la fusión de siete empresas impresoras, todas ellas dedicadas al negocio de fabricar billetes de banco (que luego se convertirían en el moderno papel moneda), cheques, cheques de viajero, estampillas postales y bonos y títulos de propiedad (acciones) de empresas privadas. El nombre genérico del ramo era el de “productores de documentos de alto valor”. Desde su nacimiento, una finalidad prioritaria de esa industria ha sido la de aportar seguridad para esos documentos a fin de evitar su reproducción ilícita. Posteriormente, de 1858 a 1879 vino la etapa de la ABNCo “de la asociación”, durante la cual se produjo la fusión de al menos otras seis empresas del ramo. Finalmente, la compañía “consolidada” de 1879 se transformó en 1911 en el consorcio que se mantenía en existencia cuando se fundó el Banco de México.[1]
Tres características cabe destacar en el desarrollo de la ABNCo desde su formación en 1857. En primer lugar, su participación como factor activo en el logro de avances técnicos de significación en su campo de actividad. A manera de ejemplo, en 1891 la empresa introdujo su famoso papel “planchette” y a principios de los años veinte del siglo siguiente un nuevo papel de seguridad para imprimir papel moneda bajo las siglas “ABNCo Safety Paper”. En esa misma década, la empresa desarrolló un nuevo sistema de impresión para papel moneda y cheques con base en sus propios avances de investigación. En segundo lugar, hay que mencionar la expansión trasnacional lograda por la ABNCo principalmente en el gozne entre los siglos XIX y XX. Un gran paso en ese sentido fue el contrato que se concretó en 1896 para producir los billetes, las estampillas postales y otros documentos de alto valor para el Canadá. De ahí surgió la decisión para crear la subsidiaria canadiense de la empresa y una planta de producción en la ciudad de Ottawa. La tercera característica a destacarse se refiere a los contratos que la ABNCo fue logrando para maquilar el papel moneda de otros países. Entre ellos sobresalen los contratos obtenidos durante la Guerra de Secesión para fabricar billetes de banco para Grecia y Colombia. En el periodo posterior, similares acuerdos se lograron con Brasil, Ecuador, Uruguay, Perú, Argentina y varias colonias británicas en diferentes continentes. Ya a principios del siglo XX, en 1903 la ABNCo logró el contrato a través de su filial Bradbary, Wilkinson & Co. Ltd., para fabricar el papel moneda de España y en 1912 para la recién creada República de China.[2]
La ABNCo, con casa matriz en el Estado de Nueva York, siempre participó en un mercado singular caracterizado por ciertas especificidades. Una de las principales ha sido la secrecía exigida por la lucha permanente de las empresas del ramo contra los peligros la falsificación. El reto es producir documentos que desafíen a los falsificadores en el ámbito de lo que se conoce como “la industria de la fabricación de billetes”. En comparación con otras industrias es de relativamente pequeña envergadura. “Sin embargo, sus productos probablemente incidan sobre la vida de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo en mayor medida que los de cualquier otro ramo industrial”.[3] Con todo, las exigencias relativas a la seguridad han dado lugar a que se conozca poco de la naturaleza de ese ramo y sus actividades. Una cuestión adicional de importancia en esa industria ha sido la competencia. Al tratarse de una actividad con barreras de entrada relativamente altas por los montos de inversión requeridos y principalmente por los avances técnicos, ha sido una industria con pocos participantes muy conocidos entre sí. Pero esta característica de alta concentración no ha impedido la competencia entre los participantes los cuales siempre se han disputado comercial y políticamente zonas de influencia, rubros de actividad y contratos con clientes. No obstante, esta competencia nunca fue fácil y en ocasiones, en razón de los derechos de autor respecto de los diseños de cheques y billetes, prácticamente casi imposible.
A lo largo de su existencia la ABNCo tuvo frente a sí la rivalidad de la casa Thomas De la Rue Corporation Ltd., con su matriz del otro lado del Atlántico en la ciudad de Londres. Aunque establecida en 1813, De la Rue empezó a imprimir billetes de banco hasta 1860 y pronto se convirtió en el proveedor de esos instrumentos para Escocia e Irlanda del Norte. Sin embargo, únicamente durante la Primera Guerra Mundial tuvo el privilegio de producir billetes para el Banco de Inglaterra. Durante esa época, logró también convertirse en el proveedor principal de papel moneda para la India y otras colonias.[4] También del otro lado del Atlántico, pero en el cuerpo del continente, existía con sede en la ciudad de Leipzig una empresa impresora de documentos de alta seguridad: Leipzig Official für Gold and Werth-Papiere que se había establecido en 1852. Apenas cuatro años después, la posteriormente denominada Giesecke & Devrient entró también al negocio de imprimir billetes para los bancos privados de los principados germánicos. El primer contrato de esa empresa para imprimir billetes extranjeros se firmó en 1870 en favor de algunos cantones suizos y posteriormente vino el acuerdo de impresión para los billetes bancarios de Perú.
Así, una visión panorámica de la industria impresora de billetes hacia finales de los años treinta, antes de la Segunda Guerra Mundial, no presentaba realmente una gran diversificación. Estaban por un lado los fabricantes ingleses con Thomas De la Rue a la cabeza, seguida por Waterlow & Sons y Harrison & Sons. Frente a ellos actuaba en el nuevo continente la American Bank Note Co. con su filial inglesa Bradbury & Wilkinson y los casos menos relevantes de MS Banknote y British-American Banknote. Ése era el panorama del negocio hasta que poco después de la gran conflagración mundial apareció en el escenario la figura del ingeniero italiano Gualtiero Giori. Giori transformó a fondo ese mercado con dos avances formidables. Por un lado, fue el promotor de la máquina intaglio multicolor para la fabricación de papel moneda. Por otro, también fue el creador de un nuevo modelo de negocio con una empresa que ofrecía a su clientela un servicio completo con una suerte de integración vertical. Así, la Organisation Giori ofrecía en un paquete integral no únicamente la maquinaria de impresión sino también el desarrollo de los proyectos, la capacitación del personal, y los contratos de proveeduría y servicio una vez que las nuevas facilidades productivas estuvieran instaladas. Uno de los triunfos más sonados del italiano fue el de convertirse finalmente en proveedor de maquinaria para la fabricación del dólar estadounidense. Como el Congreso declinó la propuesta de que el dólar se convirtiera en multicolor para seguir siendo “greenback” (lomo verde), la empresa Giori logró crear con éxito, como un traje a la medida, la máquina “Mono-Intaglio”.[5]
En suma, por los rasgos oligopólicos de la industria impresora de papel moneda, la competencia dentro de ella ha estado plagada de interferencias e imperfecciones. Como lo señala el autor del libro Moneymakers, “se trata de un negocio altamente sensible en el cual no siempre es suficiente tener un producto bueno, incluso mejor que el de otros productores. Las consideraciones de tipo político juegan también un papel estelar respecto de la decisión sobre quién puede imprimir los billetes para cierto país”. Y entre las implicaciones políticas de esa decisión puede llegar a tener gran importancia el factor de la soberanía. Es decir, que el país en cuestión se encuentre en posibilidad de producir sus propios billetes.En el libro sobre la historia de la American Bank Note Co. no se menciona la relación de proveeduría que esa empresa neoyorquina tuvo con los bancos privados mexicanos a los cuales les maquiló los billetes que tenían autorización legal para emitir hasta que se inició la Revolución. Éste fue en particular el caso del más influyente de ellos en la era porfiriana, el Banco Nacional de México, y también el de su más importante competidor, el Banco de Londres y México, que se había establecido desde 1864.
Parecería una contradicción que habiendo sido históricamente Estados Unidos un campeón de la libre empresa y de la economía de mercado, al establecimiento de su banco central en 1913 –el Sistema de la Reserva Federal− ese país se adhiriera sin aparentes dubitaciones al modelo de producción estatal para su papel moneda. Fue de esa decisión que surgió la fábrica de billetes para la Fed: el Buró de Grabación e Imprenta (Bureau of Engraving and Printing). La contradicción podría ser incluso reforzada por el hecho de que al surgir la Reserva Federal, el país contaba con la importante presencia en su territorio de la American Bank Note Co., sus años de experiencia y su relación de proveedor con muchos países para la fabricación de sus billetes. Se dio así la aparente ironía de que la ABNCo nunca interviniera, ni en las circunstancias más extremas, en la fabricación del dólar. No obstante, visto el caso desde la perspectiva histórica, tal vez la decisión estadounidense de optar por la fórmula del productor estatal fue simplemente reflejo de una tendencia global.
Durante la era del billete bancario típica del siglo XIX, en que su emisión estuvo a cargo de bancos comerciales bajo un esquema de concurrencia múltiple, la tendencia en cuanto a la fabricación de las piezas fue el predominio de los impresores privados. Pero ese panorama se modificó gradualmente a raíz del establecimiento de los bancos centrales y de la concentración en sus manos de la exclusividad para emitir billetes. En ese escenario también surgió paulatinamente la tendencia a que los países tuviesen su propia fábrica de billetes. Pero aunque la tendencia a que los bancos centrales tuvieran su propia fábrica de billetes fue visible, en términos históricos nunca se convirtió en una regla. Así, se consolidaron en ese mercado cuatro modelos distintos. Por un lado, aquél al que se apegó Estados Unidos cuando se estableció la Reserva Federal mediante la apertura del Buró de Grabación e Impresión. A este modelo se apegaron también posteriormente los países con una mayor demanda de papel moneda como la India y China. En un camino intermedio estaba el modelo mixto en que los billetes de un país eran producidos simultáneamente por la fábrica de billetes nacional y un productor privado. El caso más ilustrativo fue en su momento el de la Alemania Occidental en que concurrieron en la producción del marco tanto la fábrica estatal como la empresa privada Giesecke & Devrient. En paralelo se observó el modelo de una sola empresa privada local a la que se le garantizaba la exclusividad en la producción de la moneda nacional. El modelo queda ilustrado por la experiencia de Suiza en la que el franco suizo fue fabricado en exclusiva por la firma Orell & Fursli.[6] Por último quedaba el modelo de los fabricantes privados que ofrecían a los países sus servicios para imprimir sus billetes. Por el lado de la oferta, la ABNCo y De la Rue ejemplificaban con toda precisión ese modelo.
Con su enfoque empresarial de ofrecer en el mercado un servicio completo además del monopolio virtual que mantuvo por décadas el consorcio Koenig−Giori de las impresoras intaglio multicolor se fortaleció claramente la tendencia a que los países tuviesen su propia fábrica de billetes con el reemplazo implícito del proveedor privado, la mayoría de las veces extranjero. El consorcio Koenig−Giori dio un paso muy importante en ese sentido cuando a principios de los años cincuenta consiguió que la empresa privada Enschede –que imprimía el florín holandés− y la alemana Giesecke & Devrient (con sede en Munich) adquirieran las primeras máquinas intaglio multicolor para incorporarlas en sus respectivos procesos de producción. Poco después hizo también lo propio la casa austriaca Oesterreischische National Bank (oenb).[7]
El propio Giori, con su fino olfato para los negocios, reforzó esa tendencia. Un caso ilustrativo fue el de Egipto que, en la era de Gamal Abdel Nasser, decidió a mediados de los cincuenta poner su propia impresora de billetes desplazando de esa tarea a las importaciones de la británica Thomas De la Rue. La puesta en ejecución del proyecto corrió a cargo de la firma alemana Giesecke & Devriant ya mencionada aquí. Esa firma tuvo también una participación clave en otro proyecto parecido a cargo de Burma para establecer su propia fábrica de billetes.
En la historia de la ABNCo se registra un curioso incidente referido a la relación de proveeduría que la empresa tenía con los dos principales bancos mexicanos. Podría imaginarse que el caso tuvo que ver con una operación típica de préstamo de última instancia pero en realidad no ocurrió de esa manera. Corría la primera etapa bélica de la Revolución y México no contaba aún con un banco central que cumpliera dicha función. El incidente tuvo preferentemente que ver con los créditos forzosos que el régimen espurio de Victoriano Huerta aplicó a los bancos. Sin depósitos suficientes con los cuáles atender esa exigencia, la única forma en que los bancos de emisión podían conceder los préstamos demandados por el dictador sería mediante una ampliación muy grande de su capacidad para emitir billetes. Fue así que a principios de 1914 la ABNCo recibió un pedido muy urgente de billetes para los bancos mexicanos que eran sus clientes. Según los registros del proveedor, la atención de ese pedido presentaba dos dificultades: primeramente, la producción de los billetes solicitados y a continuación el envío del pedido a su destino. Para la atención de lo primero, las prensas de la ABNCo se pusieron en actividad febril y “los billetes estuvieron listos como resultado de una producción de día y noche”. Después vino el problema de la transportación y la entrega, tarea que resultó aún más complicada. Los billetes, empacados como si fueran un envío de libros, fueron llevados por dos empleados de la empresa al puerto de Mobile, Alabama.
“Los dos empleados arribaron con su carga antes del amanecer y mientras uno de ellos permanecía en la plataforma con el dinero, el otro recorrió el muelle hasta que encontró una barcaza de bandera noruega dispuesta a llevar a Veracruz la carga de ‘libros’. La nave llegó a puerto después de tres días de tormenta e incomodidades. En ese destino los meticulosos y responsables aduaneros insistieron en revisar minuciosamente las cajas en sus atestadas oficinas registrando y pesando cuidadosamente todos los paquetes”.[8]
¿Cómo contrató el Banco de México la fabricación de sus billetes con la American Bank Note Company de Nueva York? Un antecedente muy importante, ya se ha dicho, fue que esa firma operó desde la era porfiriana como proveedor de los billetes de los dos más importantes bancos de emisión que existieron en México antes del estallido de la Revolución y de la promulgación del Art. 28 Constitucional por virtud del cual quedó prohibida en definitiva la emisión de billetes por bancos privados. Había efectivamente una tradición de que la American Bank Note fuera el fabricante de los billetes mexicanos, tradición que se confirma en el libro que sobre tal materia publicó el Banco de México en el año 1999.[9]
Dentro del régimen de emisión de concurrencia regulada amparado por la Ley bancaria de 1897, la ABNCo fabricaba desde luego los billetes del Banco Nacional y del Banco de Londres que, según esa obra, “circulaban nacionalmente en ocasiones revalidados en las diferentes plazas de la república”. Los billetes de esas instituciones “como los de la mayoría de los bancos privados de emisión, fueron impresos por la American Bank Note Company”. Es decir, la ABNCo fue también el proveedor de la mayoría de los bancos de emisión estatales que al amparo de esa ley pusieron billetes en circulación de 1897 hasta el año de 1914 en que el esquema colapsó por las grandes emisiones que impuso a los bancos el régimen huertista. Y esa relación de proveeduría puede corroborarse con una simple exploración visual de los billetes con que se ilustró esa obra, en cuyas imágenes puede verse el logotipo de la casa que imprimió las piezas. Éste es desde luego el caso de los billetes ahí ilustrados del Banco de San Luis Potosí, Banco de Tabasco, Banco de Michoacán, Banco Oriental de México, Banco de Guerrero, Banco de Morelos y Banco de Zacatecas. A mayor abundamiento, la ABNCo también fabricó algunas de las series que el movimiento Constitucionalista encabezado por Venustiano Carranza emitió durante el periodo de los “bilimbiques”, entre ellas las emisiones “República Mexicana” y, desde luego, las piezas del “billete infalsificable” que abortó en 1916-1917.[10]
Otro antecedente tuvo que ver con una suerte de repartición territorial del mercado mundial para la fabricación de billetes en la época posterior a la Primera Guerra Mundial. Los fabricantes británicos, encabezados por De la Rue, absorbían el mercado en el sur de Europa además de África y Asia. Por su parte, los fabricantes estadounidenses entre los que sobresalía con prominencia la ABNCo, prevalecían en Centro y Sudamérica, así como en China y las Filipinas.[11] Así, por los antecedentes señalados se podría suponer que al surgir el Banco de México en 1925 su relación de negocio con la ABNCo se produjo de manera casi espontánea.
¿Era ese reparto zonal del mercado mundial de papel moneda resultado de un acuerdo colusivo entre los fabricantes que existían? No hay indicios de que así haya ocurrido, pero en ese mercado tan concentrado fueron siempre observables las características típicas de los arreglos oligopólicos en los que en razón de barreras de entrada elevadas son pocos los oferentes que compiten en el mercado. En el caso que nos ocupa, esta competencia adquirió con frecuencia la forma de arrebatar los clientes a los productores con los que se contendía. Toda vez que el negocio tenía una expresión necesariamente contractual entre comprador y proveedor, el intento de arrebatarle un cliente a la competencia debió conllevar un elaborado proceso de espionaje y negociación diplomática. Como se verá, una expresión de esa realidad tuvo verificativo en México poco después de concluida la Segunda Guerra Mundial, habiendo sido protagonistas de ese affaire el Banco de México en calidad de contratante, la ABNCo como proveedor establecido y las otras empresas competidoras –en particular De la Rue- en un intento por arrebatarle un cliente a la competencia.
La gran revelación se materializó en junio de 1949 cuando el director general Carlos Novoa informó en el Consejo de Administración que el Banco de México había venido recibiendo “de diversos agentes de empresas que impriman billetes de banco” solicitudes para ofrecer sus servicios. Señaló a continuación Novoa que las empresas que habían hecho las propuestas relativas eran “Thomas De la Rue and Co. Limited, Waterlow and Sons Limited, de Londres, Hamilton Bank Note Co., Security Bank Note Co. de Nueva York y Organización Coen-Giori, de Buenos Aires…”. Uno de los ofrecimientos de esas empresas, o tal vez el principal, era el de fabricar los billetes mexicanos “a precios más bajos que la American Bank Note Co., con más seguridades contra falsificaciones, un mejor papel, marcas de agua, etc.”. En tal sentido, Novoa mencionó el antecedente de un contrato que se había suscrito con la firma Waterlow & Sons para la impresión de billetes de un peso y el cual se había cancelado “por considerarse inconveniente que aparecieran –es decir, que se pusieran en circulación– billetes de otro diseño”.[12]
El caso era también de relevancia pues algunas de las empresas que habían establecido contacto, sin especificar cuál de ellas o cuáles en lo concreto, habían acompañado su propuesta con el ofrecimiento de montar en México una planta de producción. Se trataba de la primera alusión oficial en que se manejaba la posibilidad de que los billetes se imprimieran localmente, aunque en esa etapa no se llegara ni siquiera a mencionar la posibilidad de que se prescindiera para tal fin de la intervención de un proveedor privado. Y ante tal asunto el director Novoa señaló que previamente ya se habían “hecho todas las consideraciones en pro y en contra respecto a la conveniencia de que los billetes se hagan en México, tomando en cuenta la dificultad de obreros, sistemas de control, etc.; pues por lo que hace a máquinas y técnicos no presentaría gran problema…”. Sin embargo, la propuesta se había principalmente descartado en razón de “la influencia psicológica adversa que pudiera tener en el público…” una modificación en el diseño de los billetes, el cambio de proveedor y tal vez el hecho de que los billetes se manufacturaran localmente. En ese mismo sentido, el presidente del Consejo, Evaristo Araiza, había señalado que esas consideraciones eran las que habían “prevalecido en ocasiones anteriores, casi exclusivamente, para no aceptar proposiciones similares”. Finalmente, el Consejo designó una comisión de su seno para:
“… estudiar detenidamente la conveniencia e inconveniencia de establecer la planta para la fabricación de billetes en México; de que se hagan parte en una empresa y parte en otras; de que todos se hagan en una sola compañía que ofrezca mejores precios o de que se continúe encargando su fabricación a la American Bank Note Co., que la viene haciendo desde la fundación del banco”.
El caso es de importancia porque de esas discusiones derivaron dos conclusiones muy importantes. Primeramente la determinación para que el Banco de México declinara la posibilidad de cambiar de proveedor de billetes. En términos metafóricos, se equiparó esa propuesta con el intento de reparar el motor de un aeroplano en pleno vuelo. El otro asunto tuvo que ver con el inicio de una etapa de negociaciones con la ABNCo para reducir el precio de los billetes que se fabricaban para el Banco de México. La clave residiría en utilizar como palanca para esas negociaciones las propuestas que en su momento presentó a México la empresa De la Rue. La estrategia fue sugerida por el consejero Eduardo Suárez en la ya mencionada sesión de Consejo del 22 de junio de 1949. En esa ocasión señaló el consejero Suárez “que las proposiciones de la casa De la Rue podrían servir para obtener alguna ventaja en los precios que cobra la American Bank Note de Nueva York”.
Sin que se articulara la explicación en términos de teoría microeconómica, por el hecho de ser el proveedor pionero la ABNCo había adquirido una suerte de privilegio monopólico en la fabricación de los billetes del Banco de México. Y se dice “una suerte”, en razón de que ciertamente no había impedimentos legales, técnicos o económicos absolutos que determinaran que el Banco de México enfrentaba una imposibilidad insuperable para cambiar de proveedor. Era simplemente que los costos de hacerlo y las incertidumbres que conllevaría esa acción de llevarse a cabo resultarían muy elevados. Oigamos las consideraciones que se expresaron en ese sentido en el Consejo de Administración:
“… teniendo en cuenta la inconveniencia de cambiar el aspecto de los billetes y que copiarlos es un tanto más difícil que diseñarlos originalmente, por la falta de seguridad en los trazos, por los detalles que pueden perderse, etc., así como el hecho de que desde un principio los ha fabricado esta casa [la ABNCo], que se ha manejado con ética absoluta y que ha mantenido relaciones enteramente cordiales con el Banco, procediendo a la vez con gran seriedad, se inclina a que se opte por seguir encargándole la fabricación de los billetes y que se den las debidas gracias a la firma Thomas De la Rue… tomando en cuenta que un nuevo pie de imprenta en los billetes pudiera ser motivo de alguna discriminación o de desconfianza por parte del público”.[13]
Así, en el inicio de los muchos episodios de enfrentamiento que se produjeron entre el Banco de México y la ABNCo, jugó un papel medular la casa Thomas De la Rue. Como ya se ha dicho, los intentos por arrebatarle un antiguo cliente estuvieron principalmente fundados en el ofrecimiento de un precio más bajo para los billetes que el que aplicaba su competidor estadounidense. Poco tiempo después de los primeros contactos, la casa De la Rue se acercó otra vez al Banco de México con una nueva propuesta de negocio. Mientras que la ABNCo fabricaba los billetes de un peso a 9.06 dólares el millar y el resto de las denominaciones a 10.77 dólares el millar “incluyendo gastos”, Thomas De la Rue hizo la oferta de fabricar los billetes a la cotización de 8.00 dólares “el millar de piezas puestas en México de todas las denominaciones, con la única condición de que el pedido inicial no [fuera] menor de 50 millones de billetes…”.
Así, ya fuese que la ABNCo haya tenido conocimiento por otros conductos de los ofrecimientos del fabricante británico o que éstos le fueran informados directamente por los representantes del banco central mexicano, la amenaza de la competencia mordió. En respuesta, la empresa neoyorquina ofreció cobrar precios tan sólo ligeramente superiores a los ofrecidos por el proveedor británico y por supuesto más reducidos que los aplicados antes al Banco de México. Manos a la tarea, la ABNCo ofreció una cotización de 8.15 dólares para el billete de un peso y 9.20 “el millar de otras denominaciones, puestas en Laredo, Texas, con el seguro pagado hasta la ciudad de México en lugar del precio actual de Dls. 8.75 los de $1.00 y Dls. 10.40 el millar de otras denominaciones puestos en Nueva York, a condición de que el banco acepte que no impriman la serie, porque este requisito les origina requisitos mayores”. Una consecuencia indirecta de esa negociación fue una decisión que tomó el Consejo para bajar el costo de fabricación de los billetes de 5 y 10 pesos. Toda vez que se había reducido sensiblemente “el poder adquisitivo de esas piezas en comparación con la época en que empezaron a fabricarse”; al igual, con el billete de un peso se acordó que se suprimieran “los sellos de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México, así como las figuras que se graban aquí y vinieran totalmente terminados de la American Bank Note Co., como lo hace con los billetes de $1.00 y obtener el mismo precio de Dls. 8.15 el millar”.[14]
Probablemente para consternación de la ABNCo, la casa De la Rue volvió a la carga con una nueva propuesta de precios aún más castigados para fabricar el billete mexicano. La fortuna y el azar le permitieron a esa firma británica hacer su nueva propuesta en razón de la desvalorización que previamente había tenido la libra esterlina frente al dólar de aproximadamente 30 por ciento. El director Novoa informó en el Consejo que la nueva cotización ofrecida por De la Rue era de 6.15 dólares al millar, la cual “consideraba digna de tomarse en cuenta y que podría servir de base para modificar los acuerdos anteriores tomados al respecto”. La decisión del Consejo fue nuevamente de declinar la posibilidad de cambiar de proveedor por los inconvenientes que ya se habían expresado, pero a la vez de utilizar el ofrecimiento de De la Rue para apretar a su proveedor tradicional. Con base en ese enfoque, el Banco de México consiguió que una nueva orden de impresión por un poco más de 33 millones de piezas fuera encargada al proveedor estadounidense “aunque al precio de Dls. 6.16 el millar para las denominaciones de $5.00 y $10.00 y de Dls. 7.26 para las de $20.00 en adelante, ligeramente superior al cotizado por Thomas De la Rue, un 10 por ciento por los primeros y 29.64 por ciento por los segundos, cotización de todos modos inferior a la que se tenía en vigor”.[15]
Gran satisfacción despertaron en los integrantes del Consejo de Administración las gestiones de Thomas De la Rue. Por ese conducto logró avanzarse mucho en el tema de abatir los costos de fabricación mediante la reducción de los precios de los billetes. Los principales logros en ese sentido se obtuvieron a finales de 1949 y 1950. Gracias a la intercesión del productor británico, el costo de fabricación de las piezas de un peso, cinco y diez pesos se redujo en poco tiempo en 38 por ciento al bajar de 9.06 a 5.70 dólares el millar. Por su parte, el precio de fabricación de los billetes de 20 pesos en adelante se bajó 40 por ciento al pasar de 10.77 a 6.44 dólares el millar. Como se ha dicho, un caso particularmente excepcional fue el de las piezas de 10 y 20 pesos ya que la reducción de su precio tuvo un origen doble. Por un lado, como ya se ha visto, por vía de la simplificación del diseño se consiguió que esos ejemplares pudieran llegar ya totalmente impresos de la ABNCo igualando su costo de producción con el de los billetes de un peso. El otro efecto de abaratamiento se derivó de la negociación con la ABNCo gracias a la aparición en el horizonte de mercado de la empresa De la Rue.
El sentimiento de gratitud y reconocimiento al productor británico fue unánime entre los integrantes del Consejo. Así, poco tiempo después el director Novoa volvió al tema considerando que pudiese dársele a la firma De la Rue alguna comisión o compensación en razón de las economías que se obtendrían en la fabricación de 138 millones de piezas y que ascenderían a 156 mil dólares en el caso de los billetes de 1, 5 y 10 pesos y de 450 mil dólares respecto de las piezas con denominación de 20, 50, 100, 500 y mil pesos. Asimismo se propuso y el Consejo lo aprobó unánimemente, que se ofreciera una comisión de 50 mil pesos al señor Juan Ortiz Monasterio que había representado en sus gestiones mexicanas a la firma De la Rue y “quien con gran eficacia intervino en la oferta de la referida casa…”.[16]
Otros enfrentamientos de parecida naturaleza con la ABNCo se iniciaron poco después del episodio motivado por De la Rue. Pero estos jaloneos ya no tuvieron la forma de negociaciones para reducir los precios sino de esfuerzos para moderar los incrementos que unilateralmente intentaba aplicar ese proveedor a las nuevas órdenes de impresión que periódicamente recibía del Banco de México. El incidente inicial se produjo a finales del año 1950 a raíz de la entrega de una última remesa de billetes de la orden de impresión que se había acordado previamente por 33.1 millones de piezas. Según se informó en el Consejo, el aumento unilateral no había sido aceptado en principio por el subdirector Rodrigo Gómez y por tanto el caso se había hecho del conocimiento del director Novoa que se encontraba de viaje por Europa “para que él resolviera sobre el particular”. A su regreso, en su tránsito por Nueva York, Novoa había aprovechado para reunirse con el presidente de la ABNCo, Albert L. Schomp, quien le había explicado “los motivos que ya habían expuesto al banco para elevar sus precios, que no eran otros que el aumento de los costos de materias primas y de salarios, como lo evidenciaba la huelga en que se hallaba precisamente” esa empresa. Sin embargo, el señor Schomp había prometido “estudiar la disminución que podían hacer”. El resultado de esa negociación había sido que un representante de la empresa, Henry M. Keith, había viajado expresamente a México con la finalidad de informar que los precios pretendidos originalmente para los billetes de uno, cinco y diez pesos de 7.50 dólares y de 8.50 pesos por los de 20 en adelante se habían ajustado “a Dls. 7.00 de cualquier denominación, puestas en Laredo, Texas y transporte y seguro hasta las bóvedas del banco por el valor de factura más 10%, después de un regateo al fin del cual parece haberse convenido en esa cotización, tomando en cuenta que el grueso de las piezas lo representan los billetes de bajas denominaciones”.[17]
Esa pauta, que se repetiría periódicamente cada vez que se gestionaba un nuevo pedido, fue explicada en el Consejo de Administración por Carlos Novoa, antecesor de Rodrigo Gómez como director general. Al respecto, habló “acerca de la conveniencia de preferir a la American Bank Note para la fabricación de los billetes” a pesar de “los regateos de precio a que da lugar cada vez que se encarga una nueva emisión, por el alza que han tenido el papel, mano de obra, etc.”. La experiencia se volvió a repetir en enero de 1953, febrero y septiembre de 1954 y julio de 1957. A guisa de ejemplo, en febrero de 1954 Rodrigo Gómez explicó en el Consejo que había estado tratando con el representante de la ABNCo acerca del aumento de precio que pretenden, “en vista, según dicen, de que perdieron dinero en el pedido anterior…”. Poco tiempo después el director Gómez volvió sobre el tema al explicar que había visitado en Nueva York las instalaciones de la ABNCo “con el fin de obtener una reducción en el precio de los billetes que se acordó recientemente o por lo menos la misma cotización…”.[18]
Posiblemente la decisión de que el Banco de México instalara su propia imprenta se fue gestando en el transcurso del segundo quinquenio de la década en razón de que no cesaron los forcejeos con el proveedor. En vísperas de cada nuevo pedido a los consejeros los asaltaba la duda sobre si la ABNCo elevaría sus cotizaciones y en demasiadas ocasiones eso fue precisamente lo que sucedió al enviarse la orden de trabajo. A manera de ilustración, al discutirse en el Consejo en agosto de 1958 la necesidad de “ordenar una nueva impresión de billetes” el director Gómez explicó “que si la American Bank Note Co. sostiene el mismo precio del pedido anterior el costo será de: Dls. 8.40 el millar de $1.00, Dls. 8.60 el millar de $5.00 y $10.00 y $20.00 y Dls. 9.65 los de $50.00, $100.00, $500.00 y $1000.00”. Dudas similares se volvieron a expresar cuando en enero de 1961 se empezó a sopesar la conveniencia de una nueva impresión quizá por el hecho de que en el pedido anterior la ABNCo había una vez más elevado sus cotizaciones sin aviso previo. Al referirse el director general al asunto “informó que la American Bank Note Co. de Nueva York ha elevado el precio en un 5.54 por ciento respecto del anterior…”. Agregó a continuación el ponente “que con motivo de este aumento en el precio y la tendencia a seguir elevándose [era] conveniente ordenar otra impresión de billetes…”.[19]
La primera referencia explícita en el Consejo “a la conveniencia de que el banco haga sus propios billetes” se remonta a noviembre de 1961. Todavía hay en el acta correspondiente algún resabio de indecisión al señalarse que se estaba considerando ese proyecto “no obstante la responsabilidad que implica, o [la posibilidad] de que alguna empresa especializada se establezca en México”. Con todo, el resto de la cita contiene una sucesión de afirmaciones propositivas que concluyen en la aprobación de la propuesta. En el inicio se señala que el director Rodrigo Gómez había hecho una amplia exposición respecto de la deseabilidad de que el Banco de México estableciera su propia fábrica de billetes. Sin embargo, no se incluyó en el acta el pormenor de esas consideraciones y tal vez cabría responsabilizar por tan grave omisión al Secretario de Consejo entonces en funciones. Asimismo, aunque en el acta también se hace referencia a “los estudios que se han hecho” para el proyecto, tampoco se incluyó como apéndice algún documento alusivo al tema. En cuanto a las razones para el proyecto, tan sólo se hace referencia a que la American Bank Note trasladaría “a Londres parte de su fabricación con objeto de abaratar sus costos” y que posiblemente ese hecho elevaría los de transporte además de poner en entredicho la seguridad del suministro por la lejanía geográfica y la necesidad de cruzar el océano en barco.[20]
A continuación vino una moción enlazada con lo anterior relativa a una nueva orden de impresión de billetes. Según el director, este pedido respondería a dos motivaciones complementarias: primero, “estar en buena posición tanto para negociar con las compañías que nos proponen [fabricar nuestros billetes] y segunda contar con “existencias para un tiempo mayor que el necesario para la instalación de una fábrica en México, que no sería menor de tres años”. El pedido, cuyo costo sería en cifras redondas de 90.4 millones de pesos, incluiría la totalidad de los billetes entonces dentro del cono de México en las denominaciones de uno a mil pesos y cuya orden de fabricación se daría “en dos o más partidas y en las fechas que se considere convenientes”. El acuerdo fue en el sentido de autorizar “a la Dirección General del banco para ordenar a la American Bank Note Co., de Nueva York, una impresión de billetes hasta por $15 850 000 000 (Quince mil ochocientos cincuenta millones de pesos)…”. Los datos en la exposición anterior sugieren en un monto aproximado el señoreaje implícito en la operación: producir 15 800 millones costaba tan sólo 90.4 millones de pesos.
La siguiente referencia en el Consejo al tema de la fábrica de billetes se ubica en abril de 1963. En la sesión correspondiente se reiteró que el proyecto ciertamente implicaría una responsabilidad muy grande para el Banco de México pero en favor se agregó que la posibilidad de que la institución estableciera su propia fábrica estaba expresamente permitido en el artículo 10 de su Ley Orgánica cuyo texto establecía lo siguiente:
“El Banco podrá fabricar sus propios billetes. Los Estatutos fijarán los datos que los mismos deban contener, así como sus denominaciones. Los billetes llevarán las firmas en facsímil o autógrafas de un Consejero, del Cajero del Banco y de un inspector de la Comisión Nacional Bancaria. El Consejo determinará las demás características de los billetes con aprobación de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público”.[21]
A continuación, el director Gómez explicó que se había preparado “un cuidadoso estudio” para el proyecto y que además también se había preparado, con fecha 29 de marzo de 1963, la petición que debería presentarse a la Secretaría de la Presidencia para que autorizara “el establecimiento y operación de una fábrica de papel moneda en México”. A continuación se explicaron las características que debería cumplir el proyecto:
Como usualmente ocurre en casi la totalidad de los proyectos inmobiliarios y manufactureros el presupuesto original de 49.1 millones de pesos se rebasaría ampliamente. Sin embargo, había que partir de una cantidad de despegue dentro de la cual tuvo que incluirse una “estimación del programa de inversiones en divisas extranjeras” con un monto aproximado de 2.8 millones de dólares. En el desglose de ese presupuesto se especificaron partidas adicionales en la forma siguiente: edificios e instalaciones auxiliares por 8.2 millones de pesos; maquinaria y equipo de producción por 33.2 millones; muebles, enseres, vehículos y otros por 2.7 millones; y el apartado final por concepto de “organización de la fábrica, adiestramiento de personal, elaboración de originales y asistencia técnica hasta lograr la operación normal de la planta” por 5 millones de pesos. Según el director Gómez, correspondía “al Consejo autorizar el establecimiento de la fábrica de acuerdo con el artículo 76 de los Estatutos”. También agregó el director que consideraba “conveniente que los señores Consejeros nombren una comisión que estudie y fije [las características de la fábrica] para someterlas a aprobación en próximas sesiones”. El acuerdo tomado por unanimidad de votos fue en el sentido de aprobar la propuesta “para la instalación de la fábrica de billetes”, sin embargo se acordó posponer “hasta que se considerara oportuno” el nombramiento de la comisión a cuyo cargo quedaría el estudio de las características que deberán tener los nuevos billetes de México.
El tema de la fábrica de billetes no volvió a tratarse en el Consejo de Administración sino hasta tres años y nueve meses después. El informe correspondiente se escuchó en un ambiente de optimismo y satisfacción ya “que se había cumplido [satisfactoriamente] con el requisito de formular la solicitud a la Secretaría de la Presidencia…”. A continuación el director Gómez explicó que “una vez recibida la aprobación de esa Secretaría” se había iniciado “la construcción del edificio e instalaciones necesarias…”. Para tal fin, se habían realizado los concursos correspondientes entre proveedores y contratistas y “al iniciarse la edificación, el señor Secretario de Hacienda [había considerado] que debería aprovecharse la fábrica para construir bóvedas de billetes y valores”. Asimismo, tomando en cuenta la larga vida que era previsible para tal inmueble se sugirió que esas bóvedas fueran “útiles para un periodo largo y adecuadas para necesidades crecientes de almacenaje de billetes con una capacidad de guarda de 1800 millones de piezas…”. También se informó que el secretario Ortiz Mena había sugerido que el edificio de la fábrica fuera “lo suficientemente grande para permitir la impresión de billetes y satisfacer tanto las necesidades de México como eventualmente de algunos países de América Latina”.
A continuación, en una reunión de Consejo de principios de 1967 se llegó al implacable tema de la cuestión presupuestal. A ese respecto el director Gómez explicó que desde la fecha original en que se había aprobado el proyecto –abril de 1963– se habían “elevado los salarios y los gastos de construcción…”. Ese hecho había dado lugar a “un aumento en la cantidad aprobada preliminarmente por el consejo, que hace ascender ésta a $83 000 000.00” con un incremento de casi 60 por ciento sobre el presupuesto original. Toda vez que esa elevación del presupuesto debería ser presentada para su aprobación a la Secretaría de la Presidencia, “pedía la autorización del Consejo para elevar el referido presupuesto a la suma” modificada. Acordado lo anterior, el funcionario informó que el edificio de la fábrica quedaría terminado durante el primer semestre de ese año de 1967. También explicó “que las primeras pruebas de impresión de billetes se realiza[rían] en el segundo semestre, previamente aprobadas en definitiva por el Consejo”. Y a la solicitud presentada por el consejero Manuel Sánchez Cuen de que se actualizara “el estudio económico” del proyecto para conocimiento y aprobación del Consejo, “el señor Director manifestó que ya esta[ba] hecho” por lo que “los señores consejeros, por unanimidad de votos, aprobaron el presupuesto sometido a su acuerdo…”.
Aunque nunca se expresó en esa forma en el Consejo es posible deducir que con toda seguridad hubo demoras prolongadas en el desarrollo del proyecto de la fábrica. De ahí una propuesta que el director Gómez presentó a consideración de ese órgano a principios de 1965 para hacer a la ABNCo una nueva orden de impresión de billetes, “en vista de las necesidades calculadas para cuatro años, por el tiempo que requiere la instalación de la fábrica impresora…”. Esa orden de trabajo fue por un total de 18.6 millones de piezas en las denominaciones de 10, 20, 50, 100, 500 y 1000 pesos. Y una orden de impresión adicional para la ABNCo, aunque por un motivo monetario más específico, fue acordada por el Consejo más adelante en junio de ese año. Ese motivo se dio por la escasez que se estaba padeciendo de monedas de un peso “en vista de la incapacidad de la Casa de Moneda para acuñar suficiente moneda fraccionaria…”. De ahí que se presentara la necesidad de “encomendar a la American Bank Note Co. la impresión de 100 000 000 de piezas de la denominación de un peso, por lo cual se solicita[ba] que el Consejo tenga a bien autorizar que se ordene la impresión de dichos billetes”.[23]
Hasta la inauguración de la fábrica en diciembre de 1969, las órdenes de impresión a la ABNCo se sucedieron periódicamente en un número de hasta cuatro hasta que se logró entrar al periodo de transición en que los billetes de producción local fueron reemplazando gradualmente a los de producción foránea. Así, en febrero de 1966 se ordenó a esa empresa una impresión adicional habiéndose encontrado que la dotación de billetes con la que contaba el Banco a ese momento, era insuficiente para atender la demanda futura pero también con la finalidad de “aprovechar, a la vez, el precio anterior” ofrecido por el proveedor.[24] Poco más de un año después se turnó al fabricante neoyorquino otra orden de impresión pero en esta ocasión para las denominaciones de un peso y 10, 20, 50 y 100 pesos por un total de 600 millones de piezas. Dicho pedido se envió con la finalidad de “satisfacer las necesidades de billetes durante los próximos meses” pero también “tomando en cuenta lo que tardará nuestra fábrica para que produzca cantidades suficientes para substituir a los actuales billetes…”. El saldo remanente de esa orden de impresión se ordenó hasta mayo de 1969, también (sic) “mientras funciona nuestra fábrica de billetes…”. Dado que habían transcurrido casi dos años sin solicitar la impresión de ese saldo pendiente, el proveedor decidió elevar “la cotización de Dlls. 9.35 a Dls. 9.95 el millar de piezas al pedido que acaba de hacerse de 50 millones de $1.00 y 30 millones de $10.00 que se consideran necesarias mientras funciona la fábrica”. Por último, en agosto de 1969 el director Rodrigo Gómez explicó en el Consejo “que mientras la fábrica de billetes no tenga toda su capacidad y no se resuelva acerca de la moneda de $1.00, es necesario pedir billetes de la American Bank Note Company…”. Así, una orden de producción adicional se turnó “por 20 millones de piezas de la denominación de 20 pesos y 100 millones del billete de 100 pesos valor facial”.[25]
Incluso antes de que entrara en operación la fábrica, el director Gómez había presentado a la atención del Consejo el tema del diseño de los billetes llamados a sustituir a los que maquilaba la ABNCo. Según el artículo 78 de los Estatutos del Banco, correspondía “al Consejo de Administración decidir respecto de los dibujos, viñetas, color y cualesquiera otras contraseñas o signos convencionales que deben llevar los billetes del Banco de México que ya se fabricarán en México…”. A continuación y en razón de lo establecido en el citado artículo, el ponente presentó a la consideración de ese órgano colegiado “las características de los billetes de $5.00 y $10.00, cuyo facsímil puso a la vista de los señores Consejeros…”. Agregó a lo anterior don Rodrigo que se había proyectado que todos los billetes de la nueva familia “contengan las figuras de nuestros héroes y hombres más destacados en lahistoria patria y los lugares que se relacionan con sus vidas”. Las propuestas fueron aprobadas por el Consejo, pero antes de la votación se explicaron a los consejeros las características que tendrían las nuevas piezas, explicación que se ilustra con el caso de la pieza de cinco:
“El de 5 pesos tendrá en el anverso, en grabado, en el lado derecho de doña Josefa Ortiz de Domínguez en color sepia, dos ‘rosetas’ en las esquinas superiores, un ‘rosetón’ central con el número 5 y los títulos. Los fondos y un águila mexicana, en el lado izquierdo inferior, estarán impresos en offset. El reverso tendrá en grabado un paisaje de la ciudad de Querétaro en color sepia y unos magueyes en un color verde, en primer plano; en offset tendrá una ‘roseta’ en la esquina superior izquierda y un águila mexicana, en la esquina inferior derecha, en registro con la del anverso. Los sellos serán impresos en offset”.[26]
A pesar de que en esa sesión del Consejo de enero de 1966 se hizo referencia a que en breve tiempo se presentaría a la consideración de los consejeros el facsímil correspondiente al proyecto del billete de 20 pesos, el tema no volvió a tratarse en ese órgano hasta más de tres años después. El motivo fue la aprobación definitiva, de conformidad con lo que disponían “los artículos 10 de la Ley Orgánica y 76 de sus Estatutos, de las características de los billetes de la denominación de $10.00 que se harán en nuestra fábrica…”. Agregó el director Gómez para concluir la presentación del tema “que estos billetes, se habrá visto, son diferentes en modelos, grabados, tintas, etc., a los que fabrica la American Bank Note Company de Nueva York y su impresión se iniciará con la serie A y el número 000 0001 anteponiendo al folio un prefijo”. El resto de la información respectiva al nuevo billete se presentó a la consideración del Consejo en el siguiente tenor:
“El cambio de las firmas del Cajero, del Interventor de la Comisión Nacional Bancaria y del Consejo del Banco se hará cada 100 millones de piezas, que estarán formadas de 10 series de 10 millones cada una y en grupos de 10 millones, anteponiendo el prefijo correspondiente a cada grupo, para lo cual se utilizarán las letras del alfabeto, excepto la ‘I’ y la ‘O’. El color del sello de la Secretaría de Hacienda se cambiará cada 50 millones de piezas de cada serie y el sello o contraseña del Banco de México se imprimirá con un único color en todos los billetes. [A continuación el director Gómez solicitó] la autorización del Consejo para ordenar por lo pronto la impresión de 50 millones de billetes con valor facial de $10.00 cada uno así como fijar la fecha que se imprimirá en los mismos y que ésta primera emisión sea firmada por el Presidente del Consejo de Administración, Lic. José Hernández Delgado, y por el Presidente de la Comisión Nacional Bancaria, Lic. Agustín Rodríguez”.[27]
Una decisión igualmente trascendente o quizá aún más respecto de la fábrica de billetes fue presentada a la consideración del Consejo de Administración con respecto a los proveedores de papel de seguridad que se debería contratar para el suministro de ese insumo indispensable. A tal respecto, el director Gómez explicó que “desde el año pasado, cuatro fabricantes de papel de seguridad especial para la impresión de billetes suministraron varias remesas de papel con o sin marca de agua…”. La finalidad de esas muestras fue que en el Banco de México ‘se probara’ su calidad empleando nuestras máquinas, con cinco variantes en sus características…”. Las decisiones deberían ser tomadas con base en los resultados de las pruebas, las cotizaciones y demás elementos de juicio. La conclusión preliminar era que el papel para los billetes de cinco, diez, veinte y cincuenta pesos lo podía suministrar cualquiera de los proveedores consultados pero “el papel para los de mayor denominación requiere que la marca de agua o filigrana sea de alta calidad, como lo que producen los fabricantes europeos Portals, Arjomori y Louisenthal”. A continuación, el director Gómez aportó con todo detalle los pormenores de las propuestas con “los precios fob planta o puesto de embarque en dólares por tonelada”. El caso era de la mayor importancia ya que el papel representaba alrededor del 35 por ciento de la manufactura de los billetes y el 30 por ciento del costo total, por lo que “una baja o alza en el precio repercute considerablemente en el costo del billete producido”. Así, las cotizaciones del papel sin marca de agua fueron como sigue: Crane & Co. (usa) 1 256.85; Arjomori (Francia) 1 319.00; Portals Ltd. (Inglaterra) 1 503.06, Security Printing (Alemania) 1 587.60 y Dontar Fine Papers Ltd. (Canadá) 1 650.00. Por su parte, las cotizaciones del papel con marca de agua fueron: Crane & Co. 1 311.98; Arjomori 1 319.00, Portals 1 503.26 y Security Printing 1 851.20. A continuación, el director Gómez señaló que en “cuanto a las medidas de seguridad y control todas las firmas ofrecen las mismas garantías”. Por tanto, las conclusiones debían tomarse en función de consideraciones de precio y otros factores:
“Que los dos precios más bajos con marca de agua fueron los de Crane de Estados Unidos y Arjomori de Francia… Que el transporte por vía marítima es más lento que por carretera desde Massachussetts, pero el papel de esa fábrica no es aceptable con marca de agua y la conveniencia del puerto de entrada al país es mayor por Matamoros, Laredo o Tampico… Que en vista de ese estudio y con el fin de tener dos abastecedores de papel, se considera que deben adquirirse de Crane & Co. de Estados Unidos y Arjomori de Francia las cantidades de papel con y sin marca de agua que se requieran y dado que el papel de Crane & Co. con marca de agua es incomparable en calidad con el de los abastecedores europeos solamente se le compraría papel sin marca de agua para los billetes de baja denominación”.[28]
Tan sólo tres asuntos adicionales se trataron en el Consejo respecto de la fábrica de billetes previamente al anuncio de su inauguración. El primero tuvo que ver con el suministro de gas “al edificio en que quedarán ubicados los talleres de impresión y almacenes del Banco…”. A tal fin, era necesario suscribir el contrato respectivo con Petróleos Mexicanos. En ese instrumento debería quedar estipulado que “de conformidad con las disposiciones legales aplicables, el ramal de gasoducto que dará dicho servicio” sería donado por el Banco de México. Así, los integrantes del Consejo “acordaron de conformidad la donación de que se trata” y señalaron que se formalizara en escritura pública.
Poco tiempo después el director Gómez se refirió en ese órgano a las obras de un colector de drenaje que se estaban llevando a cabo en la Avenida 5 de mayo. En razón de tales trabajos, había quedado interrumpida la comunicación subterránea entre el edificio principal y la bóveda del edificio Guardiola. Con tal motivo, se decidió trasladar para su custodia temporal “a la bóveda de la Fábrica de Billetes las existencias de moneda metálica y demás valores” que estaban almacenados en el sótano del edificio Guardiola. El secretario Ortiz Mena había tenido razón al señalar la conveniencia de que la fábrica tuviese una capacidad de almacenaje amplia.
Pero un poco antes, el director Gómez había solicitado al Consejo “conceder el uso de la firma al señor Ing. Jorge Pérez Rodríguez, segundo de la Fábrica de Billetes”. Ese poder le serviría a dicho funcionario para “firmar documentos y correspondencia relacionados con la fábrica, mancomunadamente con cualquiera de las firmas autorizadas del Banco”. Finalmente, en diciembre de 1969 se comentó en el Consejo que la fábrica había formalmente entrado en operación. A tal fin, el consejero “señor Ing. Gustavo P. Serrano pidió que se hiciera constar en el acta la felicitación del Consejo a la Dirección General por la inauguración oficial de la Fábrica de Billetes y su magnífica organización. El señor Gómez agradeció esta felicitación”. Faltaban poco menos de nueve meses para su sorpresivo y sensible fallecimiento.
[1] William H. Griffiths, The Story of American Bank Note Company, New York, 1958, pp. 19, 33-37.
[2] Op. cit., pp. 52-53, 66-68. 44-45, 56-57, 63 y 83.
[3] Klaus W. Bender, Moneymakers. The Secret World of Banknote Printing, Weinheim, Wiley-VCH Verlag, 2006, p. 10.
[4] Bender, op. cit., pp. 103-104, 130-131.
[5] Op. cit., pp. 56-69.
[6] Klaus W. Bender, Moneymakers. The Secret World of Bank note Printing, Weinheim, Wiley-VCH Verlag, 2004, p. 41.
[7] Op. cit., p. 61.
[8] William H. Griffiths, The Story of American Bank Note Company, ABNCo, 1959, p. 64.
[9] Banco de México, El Billete Mexicano, México, (s.e.), 1999.
[10] Ibid., pp. 62, 68-69 y 72-73.
[11] Klaus W. Bender, Moneymakers. The Secret World of Banknote Printing, Weinheim, Wiley-VCH Verlag, 2004, pp. 54-55.
[12] Banco de México, S.A., “Actas del Consejo de Administración”, Libro 19, pp. 59-61. Acta 1292, 22 de junio de 1949.
[13] Ibid., Libro 19, p. 81, acta 1302, 31 de agosto de 1949.
[14] Ibid., Libro 19, pp. 81-82, acta 1302, 31 de agosto de 1949.
[15] Ibid., Libro 17, pp. 113-114, acta 1318, 21 de diciembre de 1949.
[16] Ibid., Libro 19, p. 84, acta 1303, 7 de septiembre de 1949.
[17] Ibid., Libro 20, pp. 2-3, acta 1367, 29 de noviembre de 1950.
[18] Ibid., actas 1420, 1481, 1536, 1537, 1567 y 1713, 3 de diciembre de 1951, 19 de enero de 1953, 10 de febrero de 1954, 17 de febrero de 1945, 8 de septiembre de 1944, 22 de septiembre de 1954 y 10 de julio de 1957, Libro 20, pp. 106-107, Libro 21, pp. 10-11, 121 y 125, 160-161, 181-183 y Libro 23, pp. 46-47.
[19] Ibid., actas 1771, 1810 y 1891, 20 de agosto de 1958, 20 de mayo de 1959 y 25 de enero de 1961, Libro 23, pp. 131-132, 195-196 y Libro 24, pp. 138-139.
[20] Ibid., Libro 26, pp. 8-9, acta 1939, 8 de noviembre de 1961.
[21] Ley Orgánica del Banco de México, (26 de abril de 1941), en Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Legislación sobre el Banco de México, México, 1957, p. 340.
[22] “Actas del Consejo…”, op. cit., Libro 13, pp. 125-129, acta 2013, 10 de abril de 1963.
[23] Ibid., Libro 26, p. 129, acta 2015, 7 de junio de 1965.
[24] Ibid., Libro 26, pp. 112-113, acta 2126, 9 de junio de 1965.
[25] Ibid., Libros 26, 27 y 28, pp. 128, 98, 77 y 109, acta 2161, 9 de febrero de 1966; acta 2221, 10 de mayo de 1967; acta 2308, 21 de mayo de 1969 y acta 2322, 27 de agosto de 1969.
[26] Ibid., Libro 27, pp. 165-166, acta 2156, 5 de enero de 1966.
[27] Ibid., Libro 28, pp. 97-99, acta 2316, 16 de julio de 1969.
[28] Ibid., Libro 18, pp. 78-79, acta 2208, 24 de mayo de 1969.