Tomo XII: Barruntos de tormenta
IV. La sucesión presidencial de 1970

 

15. Hacia un programa económico

 

El candidato Echeverría seguramente estaba consciente de que su triunfo electoral estaba asegurado de antemano. Sabía que para llegar a la presidencia bastaría con cumplir el trámite de una campaña tradicional; sabía también que el partido político que lo postulaba estaba magníficamente preparado para su organización. Sin embargo, Echeverría optó por una campaña sin precedentes, marcada por una intensidad y una extensión que a muchos dejaron sorprendidos. ¿Había que pretender que el voto verdaderamente se encontraba en juego y que se debía luchar por él? Posiblemente, pero también entraron en consideración otros elementos. En el orden personal de ese candidato, la campaña tenía que ser congruente con su psicología. Antes que nada tenía que reflejar su fortaleza física, su capacidad para encontrarse en actividad permanente. A ello había que agregar la oportunidad para disfrutar un poder por el que tanto se había trabajado, tan largamente acariciado. Por último, aunque no de menor importancia, Echeverría vio en la campaña la posibilidad, quizá irrepetible, de obtener información de primera mano sobre los problemas que aquejaban a los mexicanos en los lugares donde vivían, y que su gobierno tendría que encarar y resolver.

El candidato Echeverría no sólo parecía creer en la utilidad de la campaña como medio para conocer más a fondo al país y a sus circunstancias locales, sino que hizo de esa idea un argumento de proselitismo. A manera de ejemplo en Río Bravo, Tamaulipas, en abril de 1970, el candidato habló de “la voluntad definitiva, enérgica y profunda de estudiar… como en esta campaña lo estamos haciendo… los problemas esenciales de los mexicanos, para que el triunfo sea, el de un gobierno con una amplia base de entusiasmo popular…”. El planteamiento se había expuesto bajo el encabezado de “dinamismo en la campaña política”. Era de festejarse ese dinamismo, toda vez que se venía “reuniendo un material informativo de primera mano, porque, en contacto directo con quienes viven y frecuentemente sufren los problemas económicos y sociales esenciales, en cada entidad federativa, se va poniendo a disposición del candidato… un gran conjunto de elementos ponderado, equilibrado, apegado a la realidad”. Después del triunfo electoral, toda esa riqueza informativa permitiría “formular planes de trabajo de alcance nacional… con un criterio de prioridad para lo esencial, con un panorama de conjunto respecto a todo el país”. “A continuación, esos planes serían el fundamento que el siguiente gobierno pudiera desempeñar tareas de sólido y de real progreso para el país…”.[1]

En sus discursos de campaña el candidato Echeverría también prometió que el Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales del PRI (IEPES) cumpliría una tarea de gran valor al también participar en forma sistemática en la recolección de información para el futuro gobierno. Los técnicos afiliados a esa unidad, a través de los centros estatales del partido, habían venido recogiendo “por centenares, frecuentemente por millares”, solicitudes y ponencias de todos los grupos sociales que ya seleccionadas “nos den y sean puestas a la mano para su posterior estudio y reflexión”. Ulteriormente, los equipos de trabajo que arribarían a las secretarías de Estado y a los departamentos autónomos recibirían todos los documentos que fueran procesados por los técnicos del IEPES durante la campaña –estudios, solicitudes, ponencias– “a efecto de que así, con mejor información, sean los funcionarios mejores servidores públicos”. Según el candidato, ese sistema de captación y procesamiento de información estaba significando “una democratización muy honda de los procedimientos políticos y administrativos mexicanos” y al próximo presidente de la República y a todas las dependencias les facilitaría grandemente “la administración pública”.[2]

La campaña electoral de Luis Echeverría se inició con el acto de toma de protesta como candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que tuvo verificativo el 15 de noviembre de 1969. Según una publicación de propaganda dada a conocer por ese organismo, “la impresionante ceremonia que se efectuó en el Palacio de los Deportes de la Magdalena Mixhuca, en el Distrito Federal, constituyó el principio de una campaña electoral sin antecedentes y el nacimiento de una nueva forma de hacer política…”. La campaña electoral de Echeverría se dividió en ocho etapas. La primera de ellas, que se extendió del 16 de noviembre de 1969 hasta el 13 de enero del año siguiente, abarcó 10 entidades federativas y realizó eventos y sesiones en al menos 37 poblaciones y sitios. Las entidades federativas que se atendieron en esa etapa fueron Querétaro, Michoacán, Guanajuato, Jalisco, Colima, Nayarit, Sinaloa, Territorio de Baja California, Baja California y Sonora para concluir con la realización de 14 mítines en el Distrito Federal. En la segunda etapa, que se extendió del 14 de enero hasta el 28 de febrero, se recorrieron los estados de Tlaxcala, Puebla, Veracruz, Chiapas, Tabasco, Campeche, Quintana Roo y Yucatán. A continuación, en la tercera etapa se visitaron Guerrero y Oaxaca y en la cuarta Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila y Chihuahua. Por su parte, en la quinta etapa se recorrió Hidalgo, San Luis Potosí, Aguascalientes, Zacatecas y Durango y la sexta se concentró en el Estado de Morelos. Acto Seguido, en la séptima etapa la campaña regresó a San Luis Potosí y visitó Veracruz para concluir en el Estado de México.[3] La última etapa se cubrió con mítines y eventos en la zona metropolitana de la capital.

Al menos en términos cuantitativos, los datos estadísticos de la campaña electoral del candidato Echeverría arrojaban números impresionantes. El periplo incluyó a las 37 entidades federativas del país, habiendo durado 228 días y visitado 908 poblaciones, con un recorrido total de 47.6 miles de kilómetros. En cuanto al programa cubierto, se pronunciaron 801 discursos, la mayoría, como es obvio, a cargo del propio candidato. En cuanto a eventos, el programa incluyó 14 reuniones nacionales para el estudio de problemas específicos, 32 reuniones estatales de estudio para el desarrollo económico y social, 32 asambleas juveniles y otras tantas con el sector femenil del partido. Cabe aclarar que en el anterior recuento no se incluyen las muy numerosas declaraciones hechas a la prensa por parte del candidato o las respuestas a preguntas que se le formularon durante los eventos de la campaña.[4]

Visto desde la actualidad, el discurso de toma de posesión de Luis Echeverría como candidato del PRI es un documento muy bien escrito, con un lenguaje apropiado y cuidadosamente prudente. Tomando en consideración las circunstancias históricas en las que se produjo y se pronunció, no debe sorprender que dentro de sus características formales, el texto se encuentre pletórico de sentencias políticas y doctrinales archisabidas y escuchadas sobre los logros de la Revolución y los principios inmutables e intocables incorporados en la Constitución de 1917. Todo lo anterior, que es lo más en esa pieza de oratoria política, resulta en realidad prescindible. El reto es descubrir las novedades que traía en cartera el flamante candidato y que, con un lenguaje muy cuidadoso, están filtradas en ese texto, bien legibles para quien las quiera detectar. El ejercicio es particularmente interesante, pues según confesión del propio candidato, en ese discurso no contaba todavía con “un programa de acción” ni “un esquema completo” de lo que intentaría hacer durante su administración. Así, en ese discurso el candidato se concentró en enunciar sus “ideas y convicciones” personales, sus “anhelos y propósitos”. El programa de acción del gobierno que encabezaría, se formularía posteriormente a la campaña con fundamento en un “diálogo con el pueblo a partir de los estrechos contactos que esper[aba] tener con todos los sectores del país y en todas las regiones. Hablaré a los mexicanos, pero en especial habré de escucharlos”.[5]

Al parecer, una preocupación clave en la mente de ese futuro presidente era el peligro de caer en un “prudente conformismo” (sic). Contra esa posibilidad habría que desplegar “un ejercicio consciente de la audacia y la imaginación creadora”. La marcha de México hacia el futuro debía ser “arriba y adelante”, sin quedarse nunca “en ningún centro estático e incoloro”. El propósito era claro: “la paz de que disfrutamos no será complacencia ni estancamiento, sino un proceso de cambio y desarrollo mientras lo norme la ideología de nuestros grandes movimientos sociales”. Echeverría había aceptado su designación como candidato, “en nombre propio y en el de toda una nueva generación” a la que creía pertenecer y a la cual se sentía capaz de encabezar. Esa nueva generación podía traer la reorientación que a su juicio se requería, a fin de “corregir muchos de nuestros objetivos, cambios de método cuando sea necesario y alterar profundamente viejos esquemas mentales”. Más adelante, al hablar de la Educación Integral el candidato señaló que “como todo lo verdaderamente revolucionario, nuestro sistema educativo debe ser dinámico”. Sin embargo, es claro que este énfasis en los peligros del inmovilismo y en la necesidad de la acción a toda costa claramente podría llevar a un activismo desordenado y desorientado.

Seguramente alertas los redactores de ese discurso de aceptación sobre la conveniencia de no herir susceptibilidades, despertar inquietudes o suscitar desconfianza, los pasajes relativos a crecimiento económico fueron articulados con gran cuidado. En este frente la intención sería la de “lograr el más rápido crecimiento del país a través de la mejoría de sus hombres, de sus familias, de sus localidades, de sus regiones y de todas las entidades políticas”. Y los conceptos que a continuación se enunciaron en ese discurso sobre la necesidad de “un esquema equilibrado de desarrollo” podrían haber sido escritos por Ortiz Mena o Rodrigo Gómez desde la perspectiva del Desarrollo Estabilizador. “Nos interesa crecer más rápido –dijo en su discurso de aceptación de la candidatura Luis Echeverría– pero evitando las presiones inflacionarias que sólo perjudican a los pobres y dan una sensación de falso acomodo a las clases medias… Nos interesa crecer conservando la solidez y estabilidad de nuestra moneda”. En otro pasaje de esa alocución, el orador dijo tener siempre en la mente a los que “viven de su propio trabajo, ya sea como pequeños productores, como prestadores de servicios o como asalariados, a quienes las contracciones del mercado y la inflación perjudican por igual”. Respecto de esto último, particular preocupación le despertaba el caso del ama de casa “que al ir de compras no debe encontrarse con la desagradable sorpresa de que un artículo de primera necesidad subió injustificadamente de precio…”. Hacia futuro habría “mucho campo para la iniciativa y el ahorro de los mexicanos… Quienes faciliten sus ahorros a la economía nacional pueden confiar plenamente en los propósitos de la firmeza monetaria…”. Según ese candidato, ya en la presidencia “habremos de cuidar y estimular el ahorro, la más alta productividad del capital, del trabajo y de los recursos, así como la estabilidad de los precios”.[6]

¿En dónde estaban, entonces, las novedades propositivas y las nuevas aspiraciones que proponía ese candidato en el campo económico? “Los cimientos económicos de México –dijo el candidato Echeverría– están ya erigidos, pero ahora nos aguarda lo más difícil: edificar sobre esos cimientos una estructura social plenamente justa”. En cuanto a los objetivos de la estrategia económica, al candidato dijo interesarle impulsar el crecimiento “acelerado simultáneamente con el proceso productivo y la capitalización…”. Y a esas metas habría que agregar la de la “distribución del ingreso”. Toda vez que, en muy buena medida, los problemas de la desigualdad en México tenían su origen en las zonas rurales, las políticas de beneficio económico debían poner énfasis en combatir “el subempleo y la miseria en el campo”. Dijo respecto de ello el candidato Echeverría: “Mi preocupación por el campo y por los campesinos es fundamental… Haremos compartir esa misma preocupación a los empresarios, industriales, banqueros y comerciantes, quienes por solidaridad social y por el mismo progreso de sus negocios deben llevar recursos de capital a nuestros campos…”. Echeverría consideraba como “una inversión patriótica a la inversión en el campo”, pero esa inversión era también, a un plazo no muy largo, “un buen negocio para los productores de bienes y servicios”. La clave para imprimirle al desarrollo del campo mexicano un nuevo impulso, residiría en lograr que la Reforma Agraria pasara a una segunda etapa:

“La Reforma Agraria es irreversible… [Pero] iniciamos ya su segunda etapa que es la organizativa y consiste en modernizar todos los métodos de cultivo y explotación, facilitar el crédito y la técnica, impulsar a los campesinos a formar unidades de producción y elevar el rendimiento de su trabajo agrícola, ganadero o forestal… Tenemos que llevar al campo más recursos de capital, obras grandes y pequeñas de riego y mayor auxilio técnico; pero también los principios de una sana economía rural, del extensionismo, de los nuevos métodos de producción”.[7]

En ese discurso de aceptación de su candidatura el abogado Echeverría no únicamente plasmó sus “ideas” y “convicciones”, sus “anhelos” y “propósitos”, también hay en esa pieza oratoria indicaciones, quizá incompletas, de lo que serían las políticas económicas a seguir en su administración. Por un lado, con base en “nuestra propia experiencia histórica y política… habremos de continuar, sin falsos optimismos pero también sin desaliento”. En esa línea de continuidad se ubicaban los objetivos de garantizar “justas prestaciones para la clase obrera, precios remunerativos para los productos del campo, participación proporcionada del Estado en la economía y beneficio legítimo para el espíritu empresarial”. Desde el punto de vista sectorial, debería intensificarse el desarrollo de la “pesca marina y la de aguas interiores y promover unidades industriales de explotación forestal”. Sería también necesario que la ganadería creciera más rápido a la vez de ampliar “sus exportaciones y crear una industria capaz de repoblar zonas propicias”. A futuro también habría que “multiplicar las exploraciones y explotaciones mineras” a la vez de “seguir incrementando las comunicaciones y los transportes y también el turismo”.

Hasta aquí todo era conocido, una continuación de lo ya iniciado previamente por otras administraciones. Las novedades programáticas empezaron con la idea de poner en marcha en México un programa de inversión en energía nuclear (que se iniciaría con la planta nucleoeléctrica en Laguna Verde, Veracruz). Según el candidato, “en el próximo sexenio México debe incorporarse a los países que aprovechan la energía nuclear con fines pacíficos”. En cuanto a otros programas de corte novedoso:

“… debemos desconcentrar la industria para propiciar un desarrollo regional armónico y favorecer la urbanización de los pequeños y medianos núcleos rurales, o de aquellas poblaciones que requieren de la industria para su transformación efectiva. Estimularemos todas las medidas encaminadas a conectar la economía agropecuaria con la economía industrial, como urgente vía de tránsito para el desarrollo de nuestras pequeñas comunidades”.

Tratándose de las “ideas” y de las “convicciones”, de los “anhelos” y “propósitos” de un individuo que se encontraba en vías de adquirir un gran poder, resulta particularmente revelador conocer también sus fobias: los alterantes que despertaban su antagonismo, su disgusto y repulsión. Así, en ese discurso de aceptación de la candidatura, Luis Echeverría se pronunció en contra de quienes simpatizaran o fueran impulsores del “colonialismo tecnológico” o del “monopolio científico” así como de aquellos que, nostálgicos, quisieran regresar al latifundio “atentando contra la paz social mediante el acaparamiento de tierras abierta o simuladamente”. A juicio de ese candidato, la Reforma Agraria en México era indiscutible aunque en algunas regiones la fase distributiva del proceso agrario hubiese ya concluido o estuviese próxima a terminar. Pero la puntería de Echeverría se afinó en el caso de los empresarios, en particular de aquellos que habían tenido éxito en sus negocios. Al candidato le gustaba el hombre de empresa que tenía una visión “muy clara de su responsabilidad social”. En cambio, su postura se volvía antagónica cuando hablaba de los segmentos más altos de la clase empresarial:

“Cuando hablamos de desarrollo no pensamos en las clases pudientes que a veces tienen el mal gusto de hacer ostentación de su privilegio económico. A ellas no las tomamos en cuenta en nuestros planes como beneficiarias del desarrollo, sino como corresponsables, junto con el Estado, de crear las fuentes de trabajo de las mayorías, y como obligadas a disminuir sus gastos superfluos de consumo”.[8]

En términos autobiográficos, en cuanto a orígenes y visión, Echeverría parecía sentirse completamente distanciado de ese segmento de la sociedad. El candidato se consideraba a sí mismo “de origen modesto, de pensamiento liberal, de propósitos optimistas”. En congruencia con esa visión, tenía puesta su mente en otros mexicanos más necesitados, a su juicio, de atención por parte del Estado. En ese catálogo se encontraban primeramente los que “viven de su propio trabajo, ya sea como pequeños productores, como prestadores de servicios o como asalariados…”. En su agenda de grupos dignos de apoyo, el candidato también incluía a las amas de casa y a los agricultores cuya actividad productiva dependía “de los precios oficiales de garantía, del crédito eficiente y aún de los fenómenos naturales…”. Y en ese catálogo también tenían un lugar importante los servidores del Estado, las mujeres que laboran, los jubilados, los trabajadores eventuales, los comisionistas y empleados de comercio, los cooperativistas, los profesionales de la clase media y “todos los jefes de familia que afrontan diariamente el problema de la subsistencia y el de la educación de sus hijos”. Por último, en ese recuento no podían faltar “los cientos de miles de jóvenes que al truncar sus estudios o lograr terminarlos, tienen la imperiosa necesidad de encontrar empleo u ocupación remunerativa”. El candidato Echeverría pensaba que los frutos del progreso nacional deberían corresponder de preferencia a todos los mencionados.

Y una idea contenida no sólo en el discurso de aceptación de la candidatura sino que se reiteró en muchas otras intervenciones durante la campaña fue la del relevo generacional que él, Echeverría, representaba con fidelidad y que estaba llamado a encabezar. Según ese candidato, llegar a la primera magistratura mediante el voto popular significaría el “advenimiento de una nueva generación que con ideas renovadas… tiene ahora –por determinación de los mexicanos– la oportunidad de llegar a determinar los caminos inmediatos y mediatos de la Revolución Mexicana”. Echeverría pensaba pertenecer a esa “nueva generación formada por un ejército de ciudadanos esparcidos en todo el país que son los míos, que son de los que yo me considero realmente capitán, de aquéllos que independientemente de su edad están contribuyendo a labrar un México nuevo, el México del futuro”. No se trataba entonces de un mero hecho biológico. Esa nueva generación llegaba al poder con la promesa de un compromiso de renovación y de cambio.[9]

La promesa de cambio y de renovación venía casi implícita en el relevo generacional. La nueva generación llegaría al poder para dar cabida al “momento de la audacia y de la imaginación”. El cambio se produciría por “todos los elementos espirituales y todas las energías físicas que pueda aportar esa generación, que yo llamaría la del espíritu nuevo”. Así, la llegada al poder de esa nueva generación traería consigo “una modernización de nuestro pensamiento” a fin de darle “un nuevo impulso a nuestra patria con los principios de la Revolución y con el gran instrumento de acción que es nuestra norma de normas, la Constitución de 1917”. Un impulso particularmente poderoso provendría del factor renovación: de “ese elemento subjetivo interior de la generación optimista, que tiene la mirada puesta en el futuro de México…”.[10]

Había implícito en esa promesa de cambio un juicio crítico muy adverso en contra de las tendencias que provenían del pasado. Ese pasado, en el que muy posiblemente el candidato Echeverría incluía a la administración de Díaz Ordaz y a los sexenios precedentes, llevaba a “seguir sentados con indolencia en un sueño de siglos sobre riquezas dormidas…”. La voz de alerta tenía que darse en razón de que había “una serie de tradiciones mentales de las que todos los mexicanos deberemos liberarnos más aprisa…”. El gobierno efectivamente debía de pugnar porque se fuera dejando de lado “cualquier forma de abulia, de pereza o de rutina” a la vez de alejarse con rigor “de las soluciones de gabinete y de escritorio, desde las oficinas de la ciudad de México…”. Sólo de esa manera, con un dinamismo intenso, se podrían superar las inercias susceptibles de llevar a México al “riesgo de un prudente conformismo”.[11] En cuanto a las campañas electorales, el juicio del candidato respecto de cómo se habían realizado en el pasado era implacable:

“No se trata ya, como ocurrió en épocas trascendidas, de una presentación demagógica de los problemas o de que éstos fueran reformados en su presentación por intereses personales, por amistades de los candidatos, por compadrazgos o por vínculos inconfesables. Nosotros hemos preferido… que las propuestas para la modificación de disposiciones legales ya inoperantes, que las quejas sobre errores o inmoralidades, que las protestas sobre trabajos diferidos nos sean presentados como ustedes han observado…”.

Un elemento clave para entender cómo sería la administración que encabezaría el candidato Echeverría residía en la convicción de que iba a conformar un gobierno verdaderamente excepcional. Es decir, un gobierno que no solamente sería superior a los que lo habían precedido en la etapa posrevolucionaria, sino que además lograría reorientar el rumbo de México hacia horizontes superiores de desarrollo: “¡Arriba y adelante!”. Así, según el candidato Echeverría, en caso de desearse una “renovación creadora de formas nuevas de desempeñar todas las tareas relativas a cada cargo público” era desde el gobierno de donde debía venir “el ejemplo en todos sus aspectos”. Con base en esa nueva visión que tenía su origen en el relevo generacional y en las aspiraciones y valores sostenidos por el candidato, su gobierno estaba llamado a “desempeñar tareas de sólido y de real progreso para el país, en las que ninguna zona, ninguna región, ninguna entidad federativa quedará al margen”.[12]

En la administración que encabezaría el candidato Echeverría se iniciaría “una etapa de superación que motive y permita que nuestro país siga un camino ascendente lo más pronto posible, con la mayor aceleración que nos sea posible”. Ese candidato aprovecharía la oportunidad que su partido le había brindado “para multiplicar las energías combinadas del pueblo y del gobierno, para que juntos, en todas las actividades, busquemos caminos sólidos, sensatos, serios y honestos de superación”. Así, en abril de 1970 el candidato anunció en Parral, Chihuahua: “Despertaremos muchas riquezas dormidas a través de una política vital que se instrumentará en el próximo sexenio”. Con relación al campo, la tarea consistiría en llevar a cabo su transformación, con la finalidad de “cambiar en beneficio de los campesinos las relaciones sociales y de propiedad y mejorar la economía rural en beneficio de la nación”. Y en términos generales, la aspiración de esa administración sería ciertamente una “tarea muy difícil: la de vencer en la lucha contra la pobreza secular de nuestro pueblo”.[13]

Las promesas eran muchas y se fueron multiplicando. Los objetivos que tendría la nueva administración se habían incrementado en lo cuantitativo y se habían ampliado en lo cualitativo. Por ello, el diseño de la estrategia de desarrollo económico a seguir en el sexenio 1970 – 1976 sería determinante en los esfuerzos que desplegaría esa administración. En ese ámbito, el candidato empezó rechazando las posibilidades de acudir a una asesoría profesional, fundada en los conocimientos y la experiencia. Por eso llegó a advertir: “los técnicos a veces candorosamente, aunque patrióticamente y de buena voluntad, nos plantean soluciones del todo inaplicables…”. Y a lo anterior agregó que “por otra parte, la falta de noción, la falta de conexión con los fines últimos de cada proyecto, de cada obra, hace que nuestros compañeros que ejecutan en otros niveles los acuerdos de políticos y técnicos carezcan de la emoción que con los anteriores deben de compartir a efecto de que entre todos sirvamos mejor al pueblo”. Así, para la definición de una nueva estrategia económica diferenciada habría que buscar inspiración en otras motivaciones distintas a la sapiencia técnica y a la experiencia. Reveladoramente, en marzo de 1970 el candidato Echeverría declaró en Tonalá, Oaxaca:

“La Revolución Mexicana está buscando nuevas formas de vida económica. En realidad, las ha buscado en muchas partes del país y ahora es preocupación mía, de llegar a la Presidencia de la República, encontrar todas las formas en que se pueda activar la economía en los sitios en que ésta se ha desarrollado menos en el país”.[14]

Durante la campaña presidencial, ya se ha dicho, el candidato Echeverría visitó 908 poblaciones y pronunció 801 discursos. De todas esas alocuciones fue surgiendo un panorama o mapa de ideas, principios y propuestas que el aparato administrativo de la propia campaña se encargó de seleccionar, clasificar y darle publicidad. Por un lado, en una de tales series editoriales el PRI publicó la totalidad de los discursos que el candidato Echeverría pronunció durante su campaña. En otra edición, bajo el título de “Luis Echeverría, Praxis Política”, se seleccionaron y se recogieron las principales tesis expuestas por ese candidato. En términos metodológicos esas tesis se clasificaron en cuatro categorías: ideología, descripción de realidades y hechos, objetivos y aspiraciones y finalmente propuestas de acción: “Esfuerzo común y acción revolucionaria”. Es en este renglón, concretamente en el capítulo de Política Económica, en donde cabe centrar la atención. Material no falta en los cinco volúmenes en los que se integró esa serie editorial. No obstante, el interés por el tema de la estrategia económica se concentró hacia el quinto de dichos volúmenes, en cuya presentación se escribió: “El próximo será un sexenio de desarrollo… El país iniciará así una nueva etapa de su historia en la que lo fundamental será el trabajo coordinado de los mexicanos para acelerar el desarrollo económico y hacerlo más equilibrado y justo”.[15]

Es decir, el candidato presidencial Luis Echeverría no pareció cobrar interés particular en los temas de desarrollo económico hasta la etapa final de su campaña que tuvo verificativo durante los meses de mayo y junio de 1970. Lo anterior no quiere decir que durante las etapas previas no se tocaran temas económicos, pero su tratamiento estuvo marcado por tres características visibles. En primer lugar, se hizo evidente la estrechez mental del candidato en lo relativo a los problemas económicos. Lo segundo fue una reiteración continua de algunas tesis que si bien eran relevantes, no se distinguían tampoco por su profundidad, contenido técnico, ni por su novedad. Era entendible que en su retórica el candidato otorgara prioridad al desarrollo del campo, al bienestar de los campesinos, a la necesidad de impulsar la explotación ganadera, forestal, pesquera, pero se necesitaban mayores indicios sobre cómo lograr esas finalidades.

En suma, la campaña se fue desarrollando y el candidato Echeverría centró de preferencia su atención en otros temas distintos al económico; es decir, en lo relativo a las cuestiones de desarrollo y de estrategia económica. Con todo, en esos discursos ya se habían hecho notar ciertas ideas que se repetían de manera reiterada. Por ejemplo, el candidato mostró tener desde los inicios de su campaña interés en la descentralización industrial y en la planeación económica. En cuanto al desarrollo industrial, la industria nacional debía ampliarse y descentralizarse. La industria nacional debería ampliarse a donde fuese necesario, “en todo el norte del país, en la faja fronteriza, en la zona aledaña para dejar de importar productos extranjeros y enviarlos al centro y al sureste del país y también exportarlos”. La descentralización de la industria sería determinante para los planes que tenía el candidato Echeverría de lograr en México un desarrollo equilibrado. Para ese fin sería esencial el desarrollo regional. Así, en Aguascalientes, en mayo de 1970, ese candidato expresó:

“Nos proponemos atacar con la máxima atención y energía los problemas de las regiones de la provincia mexicana, para disipar los grandes contrastes que hoy distinguen desfavorablemente a muchas y amplias zonas de la República, para que no haya varios Méxicos, sino uno sólo: el México del desarrollo rápido y equilibrado…”.[16]

La planeación económica fue también un asunto que tuvo muy presente Echeverría a todo lo largo de su campaña. ¿Por qué cobró tanto interés ese candidato en la planeación? Ese interés tenía varios orígenes pero parecía dictado en particular por consignas de moda intelectual. Primeramente, la planificación debía fincarse en un diagnóstico adecuado: “Planificar supone conocer a fondo la realidad, reunir medios y recursos, precisar medidas y procedimientos, señalar plazos y asegurar la ejecución para obtener los resultados y fines que se persiguen”. Y la intención voluntarista estaba claramente implícita en la propuesta de apelar a la planeación: “Tratamos y trataremos de alentar unas actividades y desalentar otras, previo el examen riguroso de las necesidades y conveniencias del pueblo y de la nación…”.[17]

En realidad, a todo lo largo de la campaña electoral se aportó muy poca o nula idea de lo que sería la estrategia económica a aplicarse durante la administración llamada a iniciarse en diciembre de 1970. Pero según se ha dicho, el panorama empezó a cambiar hacia las etapas finales de la campaña. Un hito importante se dio cuando el candidato empezó a desarrollar su tesis sobre el intervencionismo estatal. Como punto de partida, los gobiernos revolucionarios habían sido “el motor del desarrollo nacional”. El “épico aceleramiento de la historia para superar siglos de retraso” tuvo necesariamente que haberse realizado bajo la dirección del gobierno en estrecha comunión con su pueblo. Según ese candidato, tendría que seguirse “una política de equilibrio, en que, por una parte, el propio Estado administre empresas industriales y, además, promueva la creación de capitales y el desarrollo de tecnologías modernas…”.

De manera particularmente notable, no pudo encontrarse en los documentos de la campaña de Luis Echeverría referencia alguna a los fenómenos de la moneda y del crédito. A diferencia, ese candidato sí habló de la conveniencia de impulsar el cooperativismo y la colonización. En su visión, el cooperativismo sería determinante para impulsar el desarrollo del sector pesquero. Por su parte, la colonización podía ser la solución adecuada para el problema de la explosión demográfica y también del excedente de población campesina en algunas zonas del país. Para esos núcleos de mexicanos que habían sido poco beneficiados por el desarrollo hasta entonces alcanzado, había que procurar una política de abaratamiento de las subsistencias populares. De manera destacada, hacia los primeros meses de su campaña electoral el candidato Echeverría empezó a olvidarse de la influencia para esos fines de las medidas monetarias y crediticias. Se habían empezado a infiltrar en la mente de ese candidato, o algunos se habían encargado de susurrarle al oído, las concepciones estructuralistas sobre las causas del encarecimiento de los satisfactores. La pregunta que se le planteó fue: “¿Podrá abaratarse el costo de la vida en el país durante su mandato y los procesos inflacionarios que acompañan a cada etapa del desarrollo económico mexicano?”:

“… sólo incrementando la producción se puede combatir la carestía; es decir, opera la invariable ley de la oferta y la demanda. Entonces, es preciso que logremos el aumento de la producción de bienes y de servicios, a efecto de que la vida se abarate. Es el único camino seguro”.[18]

Pero algo en el camino sucedió. O probablemente, alguien o algunos lograron que en la mente del candidato Echeverría tomara forma una idea más definida de lo que sería la estrategia económica a aplicar durante su administración. El punto de partida fue una divergencia tajante con algo que se suponía había sido una postura típica en la estrategia económica seguida por México durante épocas anteriores:

“Rechazamos las tesis de quienes piensan que primero debemos crecer para luego tener que distribuir y proclaman que la acumulación acelerada de capital debe fecundarse en el aprovechamiento ilimitado de mano de obra mal remunerada. Nuestra política no puede dirigirse, exclusivamente, a estimular las inversiones para que aumenten las oportunidades de trabajo, que pueden serlo también de explotación. Si así lo hiciéramos, acabaríamos retrocediendo a nociones y prácticas económicas propias de siglos anteriores, porque favoreceríamos una tendencia hacia la concentración del ingreso por mano de obra abundante y capacidad productiva limitada”.

El objetivo había quedado planteado. En opinión del candidato Echeverría, el progreso económico del país debía “apoyarse en el incremento de la capacidad de consumo de los sectores mayoritarios del país, cuya demanda efectiva habrá de constituir, a su tiempo, la causa y el efecto del impulso industrial”. La cuestión crucial entonces era la relativa a los procedimientos a que podría recurrirse para satisfacer “la necesidad de fortalecer los mecanismos de justicia distributiva para constituir, sobre bases sólidas, el futuro de México”.

El cambio –la promesa de cambio que tanto pareció molestar al presidente Díaz Ordaz durante la campaña de su sucesor–[19] se empezó a delinear con mayor precisión en lo que hace a estrategia económica hacia las etapas finales de ese periplo. El interés por el tema de la estrategia económica que debería seguirse en el sexenio siguiente no sólo se hizo más frecuente en las intervenciones de campaña del candidato, sino también en una de las publicaciones oficiales que se editaron con la finalidad de dar promoción a sus ideas y a sus propuestas. Así, en la que fue quizá la más importante de esas publicaciones se escribió con toda claridad: “El próximo será un sexenio de desarrollo”. Es decir, México iniciaría “una nueva etapa de su historia en la que lo fundamental ser[ía] el trabajo coordinado de los mexicanos, para acelerar el desarrollo económico y hacerlo más equilibrado y justo”.[20] En otras palabras, el replanteamiento de la estrategia económica derivaba de una redefinición y ampliación de los objetivos: mayor dinamismo, desarrollo más equilibrado y una más justa distribución del ingreso.

Parecía haber en el pensamiento del candidato Echeverría una interpretación muy propia y ciertamente sesgada, de lo que había sido la estrategia económica en sexenios anteriores, en particular durante los que encabezaron López Mateos y Díaz Ordaz. Como si nunca nadie hubiera hablado y hecho nada sobre los problemas de la equidad, sobre la necesidad de apoyar a los pequeños productores del campo y de combatir el rezago y la desigualdad. Ese sesgo era bastante tajante en la mente del candidato: sin matices, con insuficiente información sobre lo deseado y lo hecho –la brecha entre aspiraciones y logros– y sobre las dificultades que se habían encontrado:

“Para algunos, que intentan ocultar sus verdaderos intereses, el desarrollo económico tiene un valor autónomo y debe lograrse mediante una política general que permita altas tasas de inversión, a través de un proceso acelerado de acumulación de riqueza, producto, a su vez, de una elevada tasa de ganancias. Para esos grupos el desarrollo económico tiene valor aun a costa de la explotación de los trabajadores y de los bajos niveles de vida de amplios sectores de la población… Es erróneo suponer que en la sociedad contemporánea primero deba procurarse la creación de riqueza y en un momento histórico ulterior se proceda a su mejor reparto…”.[21]

Recurrente en la oratoria de ese candidato estuvo la idea de un desarrollo económico “equilibrado”. ¿Qué quería decir con ello? En una primera aproximación, había una conexión de ese concepto con las cuestiones de la equidad distributiva. Es decir, México presentaba un caso “de crecimiento desequilibrado que parece caracterizarse por la concentración de la riqueza y la pobreza…”. La otra dimensión del “equilibrio”, se refería al régimen de economía mixta en que el Estado tenía “un papel regulador y orientador de la economía”. El equilibrio también debía buscarse en cuanto al desarrollo industrial para que se diera acorde con un proceso de descentralización paralelo con un desenvolvimiento acelerado y dinámico del sector agrícola. “Un desarrollo económico equilibrado se transforma pronto en un desarrollo social equilibrado”. En suma, el desequilibrio debía “atacarse en todos los planos, mediante una estrategia que coordine las diferentes políticas que el gobierno puede ejercer”.

En términos del candidato Echeverría, el desarrollo económico de México debería ser “acelerado, autosostenido e independiente”. Para que se alcanzara un crecimiento acelerado no bastaría con que el producto nacional se elevara anualmente, sino que lo hiciera en una proporción mayor a la población; es decir, que el producto real per cápita también creciera. Incidentalmente, se les olvidaba a aquellos críticos que en esa materia el Desarrollo Estabilizador había conseguido resultados verdaderamente buenos. A continuación, que el desarrollo fuera independiente implicaba que no estuviera “condicionado de manera esencial ni a la inversión extranjera, ni al conocimiento tecnológico del exterior”. Por último, se invocaba que el desarrollo fuese “autosostenido” pero no se reconocían tampoco los logros del Desarrollo Estabilizador en ese ámbito, ni tampoco el papel clave de los equilibrios macroeconómicos para que ocurriese de esa manera. Por el descuido de este último principio esencial, el futuro traería para el sexenio del presidente Echeverría consecuencias muy negativas.[22]

En el tomo v de la publicación “Luis Echeverría. Praxis y Política”, se menciona que ese candidato ya había elaborado “los lineamientos de un programa de gobierno que al mismo tiempo que procure el desarrollo económico, implique una afanosa lucha contra la desigualdad”. También se anunció en esa publicación “la formulación de un plan nacional de desarrollo y de planes regionales, a fin de unificar el sentido y la dirección del esfuerzo…”. Sin embargo, hasta el momento de la toma de posesión hubo escasos indicios sobre la política económica que aplicaría el régimen durante su sexenio. Sobre la política fiscal se anunció que la inversión y el gasto público continuarían “siendo factores decisivos en la orientación y en el ritmo del crecimiento” y que esa política debería ser “cada día más moderna y progresiva” para lograr convertirse en “factor clave de la distribución de la riqueza”. La inversión extranjera sería aceptada pero en forma limitada, siempre que se dirigiera a la apertura de empresas en sectores permitidos, se asociara con capitales mexicanos, enriqueciera la tecnología nacional y reinvirtiera sus utilidades en México. Asimismo, habría “una política destinada a lograr, por la vía del estímulo, la colonización interna que permita una mejor redistribución de la población sobre el territorio nacional…”.[23]

El discurso de toma de posesión de Luis Echeverría mostró que Horacio Flores de la Peña y los economistas de nuevo enfoque con los que se rodeó el candidato no habían sembrado sus semillas en suelo infértil. En los párrafos sobre economía de esa alocución inaugural quedó explícita y claramente anunciada la voluntad de modificar la estrategia económica. “México –proclamó el nuevo mandatario– ha vivido un período prolongado de paz creativa. El régimen ha fortalecido la autonomía del país y conformado un amplio consenso público que hace posible tomar grandes decisiones”. Ahora “es necesario modificar la estrategia de nuestro desarrollo con la finalidad de satisfacer los mandatos de la Constitución… La Revolución –agregó Echeverría– acelerará su marcha”.[24]

¿Y para que se deseaba modificar la estrategia de desarrollo y acelerar la marcha de la Revolución? La gran diferencia y el distanciamiento con los regímenes precedentes se marcó respecto de la necesidad de atender en forma más directa los aspectos redistributivos. “Aunque se consiguió abolir antiguas desigualdades estructurales, otras nuevas aparecieron durante las últimas décadas… Mientras los mexicanos más pobres no hayan alcanzado niveles decentes de existencia, nuestro programa seguirá siendo revolucionario…”. En al menos seis párrafos de su discurso de toma de posesión, el presidente Echeverría se refirió al problema de las desigualdades y al imperativo de combatirlas mediante las políticas económicas. A guisa de ejemplo, solo una de esas referencias:

“Subsisten, sin embargo, serias deficiencias e injusticias que pueden cancelar nuestros éxitos: la excesiva concentración del ingreso y la situación de marginalidad de grupos grandes de la población amenazan la continuación harmónica del desarrollo”.

En términos técnicos, con la inclusión explícita de la meta de la redistribución del ingreso (y de la riqueza), se ampliaba el marco de los objetivos macroeconómicos de la estrategia. La continuidad con la estrategia del Desarrollo Estabilizador se marcó con respecto a la necesidad de crecimiento económico, pero en la nueva estrategia la expansión tenía que ser más acelerada. Con claridad dijo Echeverría en su alocución inaugural que “[L]a Revolución acelerará su marcha” y que “[D]e hecho, el empleo y el ingreso deben incrementase con mayor rapidez que hasta ahora”. Pero el imperativo de un crecimiento más rápido no implicaba descartar el “equilibrio institucional” y la estabilidad. “Las clases populares –declaró enfático el nuevo mandatario– resienten fuertemente el aumento en los costos de vida”. De ahí que había que preservar la estabilidad monetaria y además había que “promover la capitalización del país a fin de alcanzar rápidamente un progreso autosostenido”. Sin embargo, la gran brecha se marcó respecto del lugar que debería corresponderle a la estabilidad entre los objetivos de la estrategia:

“No es cierto que exista un dilema inevitable entre expansión económica y distribución del ingreso. Aquéllos que predican que tenemos que crecer primero para redistribuir después están equivocados o mienten en función de sus propios intereses… Por esta razón, es indispensable conciliar ingreso con igualdad y ampliar el mercado interno de consumo”.

Es extraño que en su momento los aspectos contrapuestos incorporados en ese mensaje inaugural no fuesen objeto de una crítica más vigorosa. Asimismo, tal vez la perspectiva histórica nos ofrece una claridad analítica que no se tenía en esa coyuntura. Quizá también las corrientes de moda en el pensamiento económico dificultaban ese juicio crítico. En una investigación digna de citarse, se hace ver que los enfoques estructuralista (influido por la CEPAL y el ILPES) y neokeynesiano habían cobrado prestigio y algo aún más relevante: el diseño de la política económica había recibido en varios países una influencia determinante de esas corrientes.

“… el programa reformista mexicano observa rasgos comunes con la política económica adoptada en otros países de América Latina por este tiempo. Fue el caso de Perú, bajo la presidencia de Juan Velasco Alvarado (1968-1975); Bolivia con Juan José Torres González (1970-1971), Argentina con Héctor Cámpora (11 de marzo a 13 de julio de 1973) y Juan Domingo Perón (1973-1974) y Chile con Salvador Allende (1970-1973)”.[25]

Pero la falta de claridad contemporánea –además de la miopía analítica– no eliminan del enfoque planteado en ese discurso inaugural los elementos contradictorios y las inconsistencias. En cuanto a contradicción, quizá la más evidente era la que podía leerse entre la convicción indeclinable de “avanzar con mayor rapidez” y la promesa de conservar la fijeza del tipo de cambio que “ha mantenido su fortaleza durante los últimos 16 años”. Formalmente, el presidente Echeverría se comprometió a “preservar la fortaleza de nuestra moneda y a mantener la libre convertibilidad”. Sin embargo, dudas legítimas podían suscitarse cuando se informaba sobre las causas a las que se atribuía la sustentabilidad de la paridad: “La estabilidad monetaria de que gozamos tiene su origen en la estabilidad política y en el trabajo intenso”. Si bien esto era cierto, no hubiese estado de más que el presidente Echeverría destacara también la importancia que a ese fin conllevaba un manejo monetario congruente y responsable por parte del banco central y un balance razonable de las finanzas públicas. Sin embargo, eran tiempos demasiado cepalinos y neokeynesianos para una declaración de ese corte sensato y prudente.

Otra gran inconsistencia aparece respecto del tema de la estabilidad de precios. Para una mente práctica resulta difícil entender cómo puede rechazarse y repudiarse lo que ha funcionado con eficacia. El Desarrollo Estabilizador había sido inmensamente exitoso en cuanto al control de la inflación. En esta materia no ocurría como en lo relativo a la distribución del ingreso donde la inequidad era factual. Sin embargo, la obcecación de cambiar por cambiar las explicaciones teóricas sobre los fenómenos parece muy poco congruente desde un ángulo retrospectivo. Al parecer los tiempos que corrían eran de irreverencia teórica. Había que actualizarse doctrinalmente y sobre todo ponerse a la moda intelectual. El mundo se había transformado. La inflación ya no era causada por un exceso de demanda agregada estimulado por la expansión monetaria a cargo del banco central para financiar déficit fiscal. Ahora, la idea era ya otra:

“La causa real de este fenómeno no proviene de los incrementos salariales que expanden la circulación monetaria pero también necesariamente estimulan el volumen de la producción. Al contrario, [el encarecimiento] es provocado por la escasez de bienes al igual que por mecanismos especulativos que deberán ser suprimidos en beneficio de los intereses generales”.

No es y no puede ser la finalidad de estas disquisiciones poner de relieve los perfiles del nuevo pensamiento económico que era sostenido por la mayoría de esos economistas de nuevo cuño de que se rodeó el presidente Echeverría y a la mayoría de los cuales les entregó cargos de elevada jerarquía sin que tuvieran prácticamente experiencia previa en la administración pública. Para muchos de ellos, el mérito para el llamado provino únicamente de su participación como “críticos de la estrategia económica seguida en las últimas décadas”. Por lo regular, se trató de funcionarios que no habían tenido responsabilidades de alto nivel en el quehacer gubernamental o cuya incorporación a la administración pública había sido muy reciente.[26] En suma, se iniciaba un sexenio en el que se dio poca importancia, o se desdeñó de plano, un elemento que debe pesar siempre en toda designación: la experiencia.

Con todo, en la posteridad Echeverría declaró que para diseñar e instrumentar la política económica que siguió durante su sexenio había puesto “a gente capaz en economía”. Toda vez que sus “contactos en la política no habían sido con las personas de la economía, ni el Banco de México ni Hacienda” ese presidente había reclutado a esa “gente capaz en economía” de otros ámbitos institucionales y de otras corrientes doctrinales.[27] El juicio de la posteridad no puede ser benigno para ellos empezando porque la estrategia que se aplicó mostraba errores graves de diseño. Y lo peor es que los resultados que se obtuvieron fueron muy desfavorables, con un gran costo social.


[1] Ideario Revolucionario para un Programa de Gobierno, México, (s.e.), mayo de 1970, pp. 38 y 48.

[2] Ibid., pp. 42-43.

[3] Luis Echeverría, Campaña Político-Electoral. Declaraciones y Principios, México, (s.e.), (s.f.), 2ª. de forros, pp. 3-97.

[4] Ibid., p. 111.

[5] Ibid., pp. 12-13.

[6] Ibid., pp. 6-7 y 10.

[7] Ibid., pp. 8-9.

[8] Ibid., p. 10.

[9] Ideario Revolucionario para un Programa de Gobierno, México, (s.e.), mayo de 1970, pp. 26 y 28-29.

[10] Ibid., pp. 28-30.

[11] Ibid., pp. 29-30, 40 y 50.

[12] Ibid., pp. 50 y 38.

[13] Ibid., pp. 31, 54 y 57.

[14] Ibid., pp. 58-59.

[15] Luis Echeverría, Praxis Política, vol. 5, México, (s.e.), (s.f.), p. 11.

[16] Ibid., p. 360.

[17] Ibid., p. 359.

[18] Ibid., p. 137.

[19] Castañeda, op. cit., pp. 64-65, 68 y 70.

[20] Luis Echeverría, Praxis Política, México, (s.e.), (s.f.), vol. v, p. 11.

[21] Ibid., pp. 12-13.

[22] Ibid., pp. 14 y 19-20.

[23] Ibid., pp. 14 y 20-21.

[24] Las citas del discurso inaugural del presidente Echeverría provienen del apéndice B en Leopoldo Solís, Economic Policy Reform in Mexico. A case study for developing countries, New York, Pergamon Press, 1981, pp. 199-206.

[25] Elsa M. Gracida Romo, “La década de 1970 en México: etapa de la transición del pensamiento económico” en María Eugenia Romero Sotelo (Coord). Historia del Pensamiento Económico en México. Problemas y Tendencias (1982-2000), México, Trillas, 2005, p. 291.

[26] Gracida, op. cit., p. 291.

[27] Castañeda, La Herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México, México, Alfaguara, 1999, pp. 29 y 76.

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