Resultaría difícil negar que al candidato Echeverría lo impulsaban auténticas y sinceras intenciones de llevar a cabo un buen gobierno. Había en él un deseo muy grande de seguir impulsando el desarrollo económico de México, incluso a tasas de crecimiento más elevadas que las logradas en el pasado. Asimismo, también acariciaba realizar acciones más efectivas para combatir la pobreza, inducir mayor equidad distributiva en la sociedad mexicana y dar mayores esperanzas de progreso en el campo, que había sido una meta prioritaria para el general Cárdenas a quien admiraba con la mayor de las convicciones. Echeverría deseaba fincar la estrategia económica de su gobierno enarbolando las banderas de la Revolución Mexicana que habían también inspirado a la Constitución de 1917. Sin embargo, a pesar de todas esas buenas intenciones, difícilmente cuestionables, la gestión económica del presidente Echeverría terminó a la postre arrojando resultados muy cuestionables.
Ya hacia mediados de la administración echeverrista, los métodos y los resultados de la estrategia económica eran cuestionados por muchos observadores. Las críticas habían aflorado a pesar de que el escritor Fernando Benítez hubiera proclamado en su momento que la disyuntiva era “Echeverría o el fascismo” y su colega el intelectual Carlos Fuentes agregara que no apoyar a Echeverría equivaldría a “cometer un crimen histórico”.[1] Desgraciadamente, también el trabajo político realizado por ese régimen resultaba fuertemente cuestionado y a las impugnaciones no sólo se había sumado el respetado historiador Daniel Cosío Villegas con su libro “El estilo personal de gobernar”.
En el orden económico la inflación creciente había revertido el avance de los salarios reales; muchos de los planes del régimen –como el proyecto turístico de Bahía de Banderas en provecho de los ejidatarios– habían fracasado, no se había conseguido realizar una reforma fiscal y la deuda pública externa había crecido en forma exponencial. Hacia 1976 Cosío Villegas comentaba a un discípulo: “¿Ha visto usted el nivel de la deuda externa? Llega a casi 26 mil millones de dólares. Ya nos llevó la chingada”. Y el golpe de gracia a todo ese programa económico ambicioso que había intentado una reorientación estratégica, se produjo con la crisis de balanza de pagos y devaluación que se anunció a tres meses de que concluyera el sexenio.
Echeverría no era el primer mandatario mexicano que terminaba su presidencia cuestionado y criticado. Aunque no fue abrumador, sí resultó bastante amplio el desprestigio en que cayó el expresidente Miguel Alemán por su débil ética política. A López Mateos se le impugnaron sus desplantes de frivolidad y su inclinación excesiva hacia el bello sexo. Díaz Ordaz murió estigmatizado por su autoritarismo y los actos criminales que se cometieron en Tlatelolco en 1968. No obstante, en el caso del presidente Echeverría la censura pública estuvo marcada por magnitudes diferentes en el orden cuantitativo y cualitativo. En cuanto a lo primero, por la amplitud tan grande de la crítica a su régimen que a la postre prácticamente se quedó sin apologistas. La reprobación resultó casi universal. En el orden cualitativo, a Díaz Ordaz pudo habérsele acusado de genocida y otros horrores, pero nadie puso nunca en duda su cordura intelectual. Tampoco nunca se elevaron cuestionamientos respecto de la salud psicológica de otros presidentes anteriores, empezando por Lázaro Cárdenas. Pero en el caso del presidente Echeverría, sus dislates verbales, sus contradicciones, sus equivocaciones dieron lugar a que el humor colectivo se encarneciera en contra de su persona. En este último aspecto de la dudosa capacidad cerebral, sólo otro mandatario había sido antes objeto de tantas burlas y escarnios: a Pascual Ortiz Rubio, efímero presidente de México de 1930 a principios de 1932, el pueblo le aplicó el mote burlón de “Nopalito… por lo baboso”. Poco faltó para que al presidente Echeverría le ocurriera algo parecido.
El tema de una presidencia que se inició con tan buenos augurios e intenciones y que terminó en un fracaso estrepitoso es ciertamente digno de curiosidad. ¿Por qué el desenlace de la propuesta económica del presidente Echeverría resultó tan desfavorable a su causa? Hubo varias razones. A pesar de las buenas intenciones, adoleció ese programa económico de errores muy graves de diseño y también de instrumentación. En lo que hace a diseño, fue ciertamente una contradicción insalvable que se quisiera aplicar expansionismo fiscal y monetario simultáneamente con el mantenimiento de un tipo de cambio fijo. La expresión financiera de esos errores de diseño fue la práctica de solicitar empréstitos externos no para el financiamiento de proyectos de inversión específicos sino de déficit fiscal y de déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos. Por su parte, los errores de instrumentación fueron muchos, empezando por la política que quedó frustrada –la impidió la inflación que el propio gobierno desató– de elevar los salarios reales de la clase trabajadora. Y todos esos desenlaces se empezaron a gestar desde la campaña presidencial del candidato Luis Echeverría.
La trayectoria de servicio público de Luis Echeverría de casi 24 años de duración, había sido muy exitosa desde sus principios. Echeverría había logrado ese éxito siendo inmensamente laborioso, cumplidor estricto con las instrucciones de sus superiores, religiosamente puntual, disciplinado, discreto, ordenado y muy leal. Todas esas cualidades habían sido muy apreciadas por sus sucesivos jefes y de manera muy particular por el presidente Díaz Ordaz. En alguna ocasión posterior este último confesó que como su subordinado, Echeverría “había sido tan callado, tan leal, tan ‘entrón’, que no había tenido tiempo o forma de conocerlo”.[2]
En la posterioridad sabemos que a un político nadie lo conoce plenamente hasta que no se encuentra en la cima del poder, según la máxima expresada por Fernando Gutiérrez Barrios que algo sabía sobre el tema.[3] La lógica indicaría, entonces, que si en la presidencia Echeverría se hubiera seguido conduciendo de la misma manera que en sus anteriores encomiendas, seguramente habría obtenido resultados mucho más favorables. El argumento es de aceptarse, aunque presenta un ángulo de gran vulnerabilidad. En rigor, como mandatario habría sido imposible que Echeverría se condujera igual que como había procedido en sus encomiendas previas. En el desempeño de aquéllas una de las claves para su actuación había sido la obediencia: cumplir estrictamente las órdenes del superior. El problema es que un presidente no tiene ya, ni puede tener, órdenes que cumplir. Su misión es la opuesta y consiste en emitir órdenes que sean coherentes, razonables, viables y eficaces. Y fue probablemente en este último ámbito en donde tuvieron origen los principales errores del presidente Echeverría.
Las bibliotecas nos ofrecen con frecuencia hallazgos sorprendentes. A esa categoría corresponden unas publicaciones, seguramente encargadas a plumas mercenarias, que respondieron a la finalidad de apoyar la candidatura presidencial de Luis Echeverría. En una de ellas, de la autoría de un tal Carlos J. Sierra, simplemente se presenta una semblanza pormenorizada de aquel candidato, con una recopilación de unos cuantos artículos editoriales que escribió durante su etapa estudiantil y también de los muy escasos discursos que pronunció, principalmente durante su paso por la secretaría de Gobernación.[4] En la otra publicación mencionada, la finalidad queda revelada con tan sólo el título: “Por qué Luis Echeverría debe ser presidente”.
En ese último pasquín de propaganda política, su autor proclamó ver en el secretario de Gobernación los méritos suficientes para llegar a la presidencia. Así, entre “las cualidades precisas, indispensables, para sacar avante a nuestra Patria en el momento que atravesamos”, el ministro Echeverría destacaba antes que nada, por su “discreción, cultura y virtud política”. El autor de ese texto promocional encontraba también en el candidato Echeverría que era “carismático”, “culto y eficiente”, “con gran sentido de responsabilidad, poseedor de fino tacto político y don de gentes…”. En general, el precandidato Echeverría poseía todas “las facultades que caracterizan al estadista”, entre ellas una “visión panorámica” con “conocimiento de los problemas del país y las soluciones aplicables” además de “equilibrio” y “discreción administrativa desprovista de burocratismo”.[5]
Sin embargo, ya en su calidad de destapado y seguro próximo presidente de la República, la embestida de los búfalos con todo lo que ello implicaba obró con el abogado Echeverría una verdadera transmutación. Tal vez todo empezó en el momento en que al saber su designación, los partidarios de Echeverría “se adueñaron de los pasillos y antesalas de la secretaría de Gobernación. Era suyo el espacio, el aire. Lanzaban porras, gritaban sin cesar, cantaban”. El periodista Julio Scherer García vio cómo sigue ese proceso de alquimia humana:
“Ante la mirada atónita del país, Echeverría logró su transfiguración. De un día para otro apareció en escena elocuente, vivaz, desenvuelto. Aprendió a sonreír, perdió peso. Si había sido tieso, arrojaba sacos y corbatas al guardarropa y ponía en circulación la guayabera. Si su estilo había sido el de un cortesano, el oído al acecho del superior, sus nuevas maneras eran las del hombre libre”.[6]
Se dirá que era parte de las reglas del juego. Que todos los precandidatos presidenciales anteriores se habían ido distanciando paulatinamente del presidente que los había destapado. Los tratadistas habían siempre hablado de que ese distanciamiento era algo propio del sistema político mexicano, algo necesario para su funcionamiento. Sin embargo, en el caso de Echeverría y de Díaz Ordaz más que distanciamiento tuvo lugar una ruptura. Aun sin considerar la grave herida que infligió Tlatelolco, Díaz Ordaz dejaba la presidencia con una imagen muy poco atractiva. En paralelo con su fealdad física, en la opinión pública se le recordaba frío, cruel, distante, deshumanizado (casi misántropo), aislado, desdeñoso, desconfiado. El candidato Echeverría tenía que deslindarse de ese estereotipo mediante la distancia para no quedar contaminado con los estigmas. Eso había que entenderlo; era lógico. Sin embargo, quizás Echeverría llevó la ruptura a extremos excesivos, imprudentes, insanos. No todo lo del pasado heredado tenía que desecharse. Había mucho que rescatar mediante una continuidad razonable e inteligente. No ocurrió así. No ocurrió en particular con la obra hacendaria de Antonio Ortiz Mena. Según Echeverría, “tenía un modelo económico el señor secretario de Hacienda. Ortiz Mena había manejado las finanzas con mucha habilidad, pero sólo había estado inmerso en el mundo de las finanzas…”. Aparentemente, el candidato Echeverría abrigaba otra visión y aspiraciones distintas: “decir ‘arriba y adelante’ era mostrar que estábamos estacionados, y para mí así había sido el desarrollo estabilizador”.[7]
En la literatura sobre la sucesión presidencial de 1970, se habla con insistencia de que en cierto momento, a principios de la campaña de Luis Echeverría, el presidente Díaz Ordaz estuvo muy tentado de quitarlo como candidato. Se ha rumorado que incluso así lo sugirió su secretario de la Defensa Nacional, general Marcelino García Barragán. Políticamente, ya se ha dicho, el candidato Echeverría tenía razones para buscar un alejamiento con el presidente Díaz Ordaz. Este último saldría de su presidencia desprestigiado y además manchado por el estigma de Tlatelolco. Pero quizá la gran ceguera, o el gran error del régimen echevérrico, haya residido en no haber limitado esta voluntad de ruptura al ámbito de las relaciones personales con el presidente antecesor. Tal vez la gran falla consistió en radicalizar esa voluntad de ruptura y aplicarla por extensión a todos los ámbitos de las políticas de gobierno y de las instituciones de un Estado que se encontraba ya bastante maduro. Muchas políticas de gobierno requieren de continuidad; en otros casos la modificación debe ser gradual y cuidadosa. Sólo en casos de fracasos evidentes y sonados se requiere de un cambio drástico. Sin embargo, es claro que imbuido de una obsesión por la ruptura, desde su campaña Luis Echeverría se volvió sordo a los matices y a los grados que requiere todo buen gobierno y que sugerían además la experiencia y la lógica más elemental.
Quizás antes de iniciar su campaña, las fuerzas que simpatizaban con Echeverría hayan visto en él a un político discreto, prudente, culto y laborioso, pero ya en el ejercicio del poder las apreciaciones se modificaron y de manera muy intensa. Hacia mediados del sexenio el prestigiado historiador Daniel Cosío Villegas, fino analista y brillante escritor, había entrevisto en ese presidente y en el régimen que encabezaba, rasgos muy negativos. Habiendo sido durante su carrera burocrática previa inmensamente parco, incluso hermético, al viejo maestro le sorprendió sobre todo la locuacidad de ese presidente, una incontinencia verbal que lo llevaba a hablar urbi et orbi como impulsado por una necesidad fisiológica. A esta característica, ya preocupante en sí, Cosío agregó una visible incapacidad de reposar en el presidente Echeverría: “la prisa con que se mueve, la prisa con que quiere hacer las cosas y la prisa con que quiere que otros, todos, lo hagan”.[8] Todavía más grave resultó la marcada “inclinación egocéntrica” que reveló ese mandatario, al intentar que por su conducto pudieran resolverse no sólo los grandes problemas de México sino también del mundo, como volverse el artífice de la paz en Medio Oriente entre Israel y sus enemigos árabes. En suma, ese mandatario mostraba monomanía y otros graves desequilibrios ya que visiblemente llegó a creer que “su voz [sería] escuchada y atendida por todos los mexicanos, desde luego, pero también por los grandes monarcas y los poderosos jefes del universo”.[9]
Según algunos testimonios, esa tónica de apresuramiento, desorden, excesos en el uso de la palabra, contradicciones y confusión, aglomeraciones y revolturas, caracterizó a la campaña presidencial de Luis Echeverría. Entre las varias facetas y comportamientos de ese candidato que despertaron molestia en el presidente Díaz Ordaz y en algunos de sus allegados, estuvo la campaña electoral. Durante esa campaña se fueron repitiendo las expresiones –sutiles si se quiere pero bien claras– que lo alejaban de la administración que estaba por concluir y también del mandatario que la había presidido. Otra de las causas de desagrado para Díaz Ordaz fue el estilo de la campaña, la excesiva cantidad de lugares que se visitaban, las multitudes que se acarreaban, el abuso discursivo con declaraciones sin ton ni son, a veces confusas, a veces contrapuestas. Un elemento adicional mencionado por Krauze debe haber sido el presupuestal. Por el número de lugares visitados y por las multitudes involucradas, la campaña que hacía Echeverría tenía también un elevado costo económico.[10] Y esa práctica era apenas un indicio que marcaría al sexenio que estaba por iniciarse. Otro factor adicional fue el distanciamiento deliberado que el candidato determinó con respecto a la dirigencia del partido político que lo había postulado para la presidencia.
El dirigente del PRI en esa coyuntura era nada menos que el político regiomontano Alfonso Martínez Domínguez, a quien ya en la presidencia Luis Echeverría designaría regente del Distrito Federal. Quién sabe si habría acordado ese nombramiento de haber sabido que el regiomontano había cuestionado reiteradamente a Díaz Ordaz su acierto al destaparlo como candidato. Según testimonios, ese mandatario había respondido a su dubitativo interlocutor: “¿Por qué me preguntas? Es la decisión más importante de mi vida y la he pensado bien”. Sin embargo, poco tardaron las fricciones en aflorar. Previsiblemente, la primera de ellas instigada por el secretario de la Defensa cuando telefónicamente confrontó a Martínez Domínguez: “Tenemos que ir juntos a ver al Presidente para pedirle que retire a Echeverría como candidato”. Quizás el presidente Díaz Ordaz nunca pensó seriamente en cambiar al candidato, pero hay indicios de que sí trató de limitarlo y subordinarlo. Un momento clave ocurrió cuando al regreso de la etapa por Baja California, esperaba al candidato en el aeropuerto “desencajado” el “líder del pri”: “tengo algo muy grave y urgente que platicarle. Usted ha descuidado mucho al Presidente; empieza a formarse un sentimiento adverso en contra suya; sus giras son demasiado largas y los candidatos derrotados siguen aquí en México y le dan malos informes al Presidente”. Según el politólogo Castañeda, “Echeverría, que no había llegado hasta allí por ingenuo o por tonto, entendió que Díaz Ordaz y/o Martínez Domínguez buscaban retomar las riendas de la campaña; optó, obviamente, por no permitirlo”.[11]
En su momento, algunos escritores lograron imágenes impresionistas imborrables de lo que fue la singular campaña electoral de Luis Echeverría. Uno de ellos fue el periodista Julio Scherer García, director general del diario Excélsior cuando se produjo la sucesión presidencial de 1970:
“Sobre la cubierta del transbordador ‘La Paz’, la cara al muelle de Mazatlán, María Esther [Zuno de Echeverría] aguardaba al candidato. Ciudadana del ciudadano, atendía el parloteo de las señoras que viajaban con ella… [El candidato] precedido de un rumor ensordecedor, en el centro de un trajín frenético, envuelto en serpentinas, bañado por confeti en todos los colores, apareció exaltante bajo los últimos rayos del sol. Sus brazos y sus manos eran aspas que saludaban a los cuatro puntos cardinales, su boca era un alarido a los rostros desconocidos que se le aproximaban con un ansia casi sexual. Hombres y mujeres avanzaban hacia él para tocarlo y gritarle incoherencias. La multitud se hinchaba y comprimía, bramaba, hacía sonar las maracas, desgranaba porras. Bajo el cielo en llamas, confundidos todos con todos, la alegría era como una epidemia contagiosa. Finalmente zarpó el transbordador… A la distancia quedaron los sueños de los soñadores”.[12]
¿Por qué el connotado historiador Daniel Cosío Villegas se interesó en estudiar la figura política de Luis Echeverría Álvarez? En realidad su curiosidad intelectual respondía a motivos mucho más amplios. El objeto principal de la curiosidad de tan ilustre intelectual era por supuesto México y su historia. Pero toda vez que el desenvolvimiento del país dependía en una medida muy importante del sistema político, a su estudio dedicó ese pensador muchas horas de reflexión. Aunque el país había promulgado en el año de 1917 una nueva Constitución, en la realidad las cosas funcionaban de manera muy diferente al régimen republicano previsto en las leyes. No había en el país la división de poderes supuesta en una democracia auténtica, como tampoco sufragio efectivo. Así, dado el predominio abrumador del poder Ejecutivo era inexorable que la persona que fungiera como presidente le imprimiera al gobierno su marca personal. El círculo de análisis se cerró con el caso singular del presidente Echeverría y el rumbo que deseaba darle al país durante su administración. De esa confluencia de intereses emanó el libro, en su momento muy vendido e influyente, “El estilo personal de gobernar”. Según tan relevante obra:
“… el gobierno de Echeverría se inició bajo los auspicios de una típica ‘comedia de equivocaciones’. Ésa, como toda comedia, tuvo más de un acto. El primero puede identificarse con la campaña electoral, y su nota principal fue de confusión, es decir de ‘falta de orden, de concierto y de claridad’. El candidato brincaba con tanta prontitud y tan repetidamente de un lugar a otro que resultaba difícil seguirle, no ya la pista ideológica, sino la simplemente geográfica… Luego, como resultaba inevitable hablar en cada sitio visitado, se produjo un torrente de declaraciones improvisadas, muchas incompletas, vagas y aun contradictorias, cosa perfectamente explicable, pues aun cuando el candidato tenía tras de sí una larga carrera administrativa, su experiencia previa, en el mejor de los casos, era tan sólo política, de modo que resultaba precario su conocimiento de las cuestiones económicas, sociales e internacionales”.[13]
La voluntad del candidato Echeverría por redefinir la estrategia económica se empezó a hacer evidente durante la campaña, aunque de manera sutil. ¿Cuáles fueron sus fuentes de inspiración? Una de ellas estuvo evidentemente en la propia tabla de valores del candidato; es decir, en su galería de figuras históricas dignas de emulación. En sus testimonios a Jorge Castañeda, Luis Echeverría le explicó que “en 1938, la expropiación petrolera, la figura de Lázaro Cárdenas, nos influyó a muchos jóvenes… vivimos la expropiación como un gran acto nacionalista, patriótico, audaz, que despertó una gran emoción popular”. A ello cabe agregar otro antecedente escasamente conocido. Durante sus años iniciales como estudiante de leyes, Luis Echeverría tuvo noviazgo con Guadalupe Rivera, la hija del famoso muralista. Gracias a ese contacto pudo convivir con Diego Rivera, contemplar con una mirada más fina sus murales en la Escuela Nacional Preparatoria y en la sep, “donde notablemente Diego pinta a la provincia de México”. Pero sobre todo, merced a su relación con Guadalupe, vio “pintar a Diego” y sobre todo conoció sus “ideas políticas”.
No en lo ideológico aunque sí en el ámbito de las vivencias personales, Diego Rivera resultó aún más trascendental para el joven Luis Echeverría. En casa de Diego y Frida, a quienes siguió frecuentando, conoció a su futura mujer María Esther Zuno. Era hija de un antiguo político de Jalisco, veterano de la revolución y gobernador de su Estado durante la presidencia de Álvaro Obregón, cinco décadas atrás. A don José Guadalupe Zuno se le recordaban logros de su gubernatura, como la fundación de la Universidad de esa entidad. También era conocido ese personaje por su filiación progresista e incluso procomunista, ideología que lo había llevado a establecer relaciones de amistad con Diego Rivera y Frida Kahlo, como también con los pintores José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, ambos simpatizantes de la izquierda. El propio Echeverría recordaba a su familia política “con una tradición liberal, no lo que ahora se llama liberalismo, sino el liberalismo tradicional del siglo pasado, una familia enteramente laica”.[14] Hay también la importante referencia de que María Esther siempre trató de “conservar un lugar en el corazón de su padre”, además de “hacerse de un sitio al lado de su marido priísta”.[15]
A lo largo de toda la carrera política previa de Luis Echeverría, su esposa María Esther había cumplido un papel muy funcional de apoyo tácito. Le ofreció siempre a su cónyuge una “gran solidaridad familiar”, criando con esmero a una descendencia de ocho hijos en una casa alejada con un ambiente campirano. Según Echeverría, su esposa siempre había manifestado “preocupaciones sociales” y en términos del periodista Julio Scherer doña María Esther “había sido una luchadora social contenida por la rigidez y las ambiciones del secretario de Gobernación”. Sin embargo, al parecer el destape y el inicio de la campaña también obraron en ella una suerte de renacimiento: “el presente la revivía”. “Llamaba al candidato por su apellido, Echeverría, y en su voz había pasión y orgullo. Dejaba en claro que se dirigía a él como a un ciudadano. Echeverría era un nombre para todos y también ella deseaba oírse llamar como una igual entre iguales: ‘Dígame compañera’, pedía”. Ya después de la toma de posesión y viviendo en Los Pinos, esa primera dama “iba y venía como si se le acabaran las horas para salvar al país, ajena al tiempo que renacía en el tiempo y multiplicaba sus oportunidades para ayudar a las mujeres que la acosaban”.[16]
El otro elemento clave fue el que podríamos llamar generacional− ideológico. La propuesta se hizo bien explícita a todo lo largo de la campaña e incluso cuando Echeverría aceptó la candidatura proclamó que no sólo lo hacía “en nombre propio, sino de toda una generación de jóvenes que irrumpía en el escenario político nacional”. Más adelante reiteró: “esta generación en cuyo nombre hemos llegado a la presidencia” y agregó tiempo después, durante su octava gira de trabajo como presidente, que muchos de sus colaboradores eran jóvenes y para comprobarlo ejemplificó con los casos de su secretario de Gobernación, el cual contaba con 37 años de edad, y con el secretario de Relaciones Exteriores de 45. La congruencia entre esa idea de que Echeverría gobernaba en representación de una generación de jóvenes y la integración de su equipo de trabajo fue tiempo después analizada críticamente por don Daniel Cosío Villegas. Ello, toda vez que en el momento de la toma de posesión ese presidente llegaba ya casi a 50 años de edad, de manera que “la noción de joven es bastante elástica, tanto que se oye decir que lo es quien cree serlo”. Sin embargo, lo que cabe enfatizar aquí es esa idea tan obsesiva en Echeverría de que encabezaría un gobierno de jóvenes.[17]
Ahora bien, esa generación de jóvenes con la cual se identificaba el candidato Echeverría y en nombre de la cual supuestamente gobernaría, resultó una hornada intensamente inquieta en el orden ideológico. Una autora reconocida en el tema se ha referido sagazmente a ese asunto sin por desgracia haberlo desarrollado plenamente. A lo largo de su campaña electoral, Echeverría “promovía la recuperación de los orígenes nacionalistas, campesinos y justicieros de la Revolución, pero con contenidos ideológicos que habían sido formulados por los intelectuales del marxismo académico francés que integraban la generación de medio siglo con la que Echeverría se identificaba”. Según esa autora, durante su campaña ese candidato sugirió “el replanteamiento del modelo económico, mediante la sustitución del agotado (sic) desarrollo estabilizador ‘por un desarrollo compartido basado en la teoría de la dependencia’ ”.[18] Es decir, un enfoque que aplicaba el modelo marxista al estudio de la situación económica de los países situados en la periferia (explotados) con respecto a los ubicados en el centro (explotadores). Por su parte, en testimonios posteriores Echeverría manifestó haber arengado a los jóvenes reunidos en la Universidad Nicolaita “ante el retrato de mi admirado Fidel Castro y de mi admirado Che Guevara, que no debían pedir héroes prestados a los extranjeros”.
Desde que se inició la campaña, fue evidente la intención del candidato por incluir en su movimiento a maestros universitarios y a los estudiantes agraviados por el movimiento de 1968, así como a representantes del sector intelectual. Respecto de los maestros universitarios fue notable que algunos de ellos, como Porfirio Muñoz Ledo o Enrique González Pedrero, llegaran a ocupar puestos de gabinete en el sexenio de Luis Echeverría y que el candidato no se negara a incorporar también a Víctor Flores Olea, aunque antes éste hubiera apoyado abiertamente el destape de Martínez Manautou.[19] También es muy posible que desde los inicios de la campaña Echeverría se acercara al escritor Carlos Fuentes y que a la postre terminara consiguiendo su simpatía.
Desgraciadamente, mucho menos se ha escrito del esfuerzo desplegado por el candidato Echeverría por reclutar para su causa a economistas no identificados con las corrientes ortodoxas de pensamiento. Un caso muy sobresaliente fue el de Francisco Javier Alejo, despedido de la Secretaría de la Presidencia por orden del presidente Díaz Ordaz hacia finales de su régimen. Otro caso también muy notable fue el del economista regiomontano Jesús Puente Leyva. Éste logró un primer acercamiento con el candidato Echeverría gracias a su audacia y facilidad de palabra. A continuación consiguió que con base en su inteligencia se le incorporara a los círculos cercanos que brindaban asesoría al candidato. El momento mágico de Puente Leyva ocurrió precisamente en un mitin de la campaña.
Aquella campaña multitudinaria y omniabarcante del candidato Echeverría hizo en algún momento un alto en la ciudad de Aguascalientes. En el presídium flanqueaban al candidato dos economistas de su generación. A las claras se veía desde esos inicios que Horacio Flores de la Peña y Jorge de la Vega Domínguez ocuparían cargos importantes en la administración que presidiría Echeverría. Después de un discurso del candidato en que presentó un panorama sobre el sector agrícola y habló de la gran tragedia que era la pobreza rural, el orador cerró su alocución con el slogan de su campaña que se haría famoso: “Arriba y adelante”. Entonces, en medio del público se puso de pie un joven que con aplomo preguntó al futuro presidente: “¿Qué tan alto es arriba y qué tan lejos es adelante?” El aplomo, la audacia y la seguridad de aquel interlocutor lograron que Echeverría lo tomara en cuenta y lo acercara a su entorno.[20]
Puente Leyva fue un factor muy activo para que el candidato Echeverría reclutara nuevos economistas. Fue en esta labor que se logró contactar a Francisco Javier Alejo, joven profesionista con especialidad en finanzas públicas que había publicado algunos textos interesantes. Ese fue también el caso de Eugenio Anguiano Roch y de Jorge Eduardo Navarrete que resultaron designados por el presidente Echeverría para ocupar respectivamente las embajadas en China continental y en Venezuela. Otro caso parecido fue el de Gustavo Romero Kolbeck, quien después de una ya larga trayectoria profesional llegó a la embajada en Japón en 1971 y de ahí regresó en 1973 a ocupar la dirección general de Nacional Financiera convirtiéndose en jefe precisamente de Puente Leyva.
Independientemente del acierto técnico de sus tesis, un denominador común en todos esos economistas y en sus trabajos fue un rechazo, a veces explícito, a veces implícito, de los elementos ortodoxos tácitos en el modelo del Desarrollo Estabilizador. Otra de sus características comunes fue el desdén, o si se quiere un aprecio no muy elevado, por la forma en que se había manejado la economía en los sexenios precedentes; es decir, por la política económica que se había aplicado. Un elemento común más en ellos fue el de la impaciencia por cambiar las cosas a fondo en lugar de buscar una combinación armónica entre lo que se tenía y que servía y lo que se necesitaba hacer y no se había hecho. Por último –integrantes los más de ellos de una nueva generación u hornada–, su actitud psicológica era la de la prisa por acceder al poder y estar en posibilidad de poner un ejecución sus ideas.
[1] Enrique Krauze, La Presidencia Imperial, México, Tusquets, 1997, p. 371.
[2] Krauze, op.cit., pp. 368-369.
[3] Castañeda, op.cit., p. 343.
[4] Carlos J. Sierra, Luis Echeverría. Raíz y dinámica de su pensamiento, México, Testimonios de Atlacomulco, 1969.
[5] Por qué Luis Echeverría debe ser Presidente. 148 años en la vida política de México, México, (s.e.), (s.f.), pp. 3, 52, 54-56, II y V.
[6] Julio Scherer, Los Presidentes, México, Grijalbo, 1986, p. 12.
[7] Castañeda, op.cit., pp. 45 y 70.
[8] Daniel Cosío Villegas, El Estilo Personal de Gobernar, México, Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1975, pp. 31-40.
[9] Daniel Cosío Villegas, “L.E. Divagar entre las naciones”, Excélsior, 24 de marzo de 1973, p. 7(A).
[10] Enrique Krauze, La Presidencia Imperial, México, Tusquets, 1997, p. 375.
[11] Castañeda, op.cit., p. 347.
[12] Julio Scherer García, Los Presidentes, México, Grijalbo, 1986, p. 13.
[13] Daniel Cosío Villegas, El Estilo Personal de Gobernar, México, Joaquín Mortiz, 1974, p. 17.
[14] Castañeda, op.cit., p. 57.
[15] Julio Scherer, Los Presidentes, México, Grijalbo, 1986, p. 50.
[16] Ibid., pp. 12 y 50.
[17] Daniel Cosío Villegas, El Estilo Personal de Gobernar, México, Joaquín Mortiz, 1974, pp. 20-21.
[18] Rosa María Mirón Lince, “1970: un estilo personal de sucesión presidencial”, en Georgette José (Coord.), Candidatos, Campañas y Elecciones Presidenciales en México, México, UNAM, 2012, pp. 645-646.
[19] Enrique Krause, La Presidencia Imperial, México, Tusquets, 1997, pp. 406 -407.
[20] Entrevista Jesús Puente Leyva-ETD, mayo de 2007.