Tomo XII: Barruntos de tormenta
IV. La sucesión presidencial de 1970

 

13. Precandidatos

 

El académico Jorge G. Castañeda logró entrevistar al ex presidente Luis Echeverría Álvarez como fuente para el importante libro de su autoría “La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México”. En un pasaje clave relativo a la sucesión presidencial de 1970, Echeverría reveló a ese entrevistador que, con grandes expectativas, se hablaba de las candidaturas de [Alfonso] Corona del Rosal, [Antonio] Ortiz Mena, [Emilio] Martínez Manautou y de él mismo en su calidad de secretario de Gobernación en el régimen presidido por Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). Como se ha señalado en forma reiterada, Ortiz Mena había sido secretario de Hacienda desde 1958 y el médico Martínez Manautou se había encargado de la Secretaría de la Presidencia a todo lo largo del sexenio diazordacista. Por su parte, el prestigiado político Corona del Rosal era regente del Distrito Federal desde septiembre de 1966. También como precandidatos a esa carrera sucesoria de 1970, aunque con mucho menos posibilidades de ser el “destapado”, en su entrevista con Castañeda, Echeverría recordaba al jefe del Departamento Agrario, el ingeniero Norberto Aguirre Palancares, y al presidente del partido oficial, Alfonso Martínez Domínguez.[1]

El proceso de 1970 de selección del candidato presidencial por el Partido Revolucionario Institucional se llevó a cabo de acuerdo con el ritual que tenía décadas de estar consagrado. Se trataba ciertamente de una facultad metaconstitucional de que gozaban los presidentes de México poder seleccionar a quien sería su sucesor. En el ejercicio de esa prerrogativa el presidente saliente –en el caso que nos ocupa, el abogado Gustavo Díaz Ordaz– disponía de un margen amplio de acción aunque confrontado con la limitación de que la persona elegida no fuera a ser rechazada por sectores poderosos, por los conglomerados corporativistas del sistema político o que de plano el elegido cometiera un “disparate garrafal”.[2] Respecto de la sucesión presidencial de 1970 el presidente Díaz Ordaz tuvo a su favor un elemento adicional de fuerza: que no hubo un candidato de oposición dentro del sistema político instituido. Es decir, en ese delicado periodo transexenal no ocurrió como en 1940 o en 1952 que se perfilaron como candidatos de oposición los militares Juan Andreu Almazán y Miguel Henríquez Guzmán.

El secretario de Hacienda Ortiz Mena siempre negó haber tenido aspiraciones presidenciales. Sin embargo, una cosa son las declaraciones posteriores de alguien que participó en forma determinante en la administración pública y otra muy diferente los sentimientos que anidaba en su corazón en momentos clave del devenir político. Y un momento clave era siempre el de una transición transexenal. Ortiz Mena era elegible como candidato para el presidente saliente Díaz Ordaz por tres razones determinantes. La primera de ellas, que no tenía impedimento legal para ser presidente, además de haber cumplido con un desempeño muy exitoso en su función de secretario de Hacienda y ser ese ministerio uno de los más importantes en la estructura orgánica del Ejecutivo Federal. Posteriormente, las relaciones personales entre Antonio Ortiz Mena y Luis Echeverría fueron menos que cordiales, pero si el secretario de Hacienda no hubiera tenido boleto a la candidatura es muy dudoso que aquél lo habría mencionado entre los finalistas en la carrera sucesoria de 1970.

En el año 1981, tiempo después de haberlo conocido en su oficina del Banco Interamericano de Desarrollo, el historiador Enrique Krauze escribió una semblanza profunda del competente funcionario que encabezó la Secretaría de Hacienda de 1958 a 1970 bajo un título sugerente: “Antonio Ortiz Mena, el presidente que no fue”.[3] En opinión de ese autor, “la trayectoria de este abogado sagaz que aprendió economía en la práctica es una muestra de que el servicio público, en todos sus niveles, no requiere tanto de títulos académicos como de esas raras cualidades entrevistas por Lucas Alamán desde el siglo XIX: probidad, inteligencia, decoro y, sobre todo, experiencia”. Esas dotes habían quedado ampliamente demostradas durante la larga carrera previa de Ortiz Mena como abogado litigante y después como servidor público empezando por su colaboración en el Departamento del Distrito Federal en donde llegó, siendo aún muy joven, a la jefatura de la dirección jurídica. A ello le siguió la actuación de Ortiz Mena como director del Seguro Social en donde se le encomendó enderezar el panorama financiero ya que la proyección de la curva de egresos mostraba una tendencia mucho más acelerada que la de los ingresos. Según esa semblanza, Ortiz Mena se ganó la candidatura para ser secretario de Hacienda en el sexenio 1958-1964 gracias a que fue el único funcionario que logró explicar en “términos que todos entendieran” la devaluación de 1954. El momento cumbre en el ensayo de Krauze se alcanza cuando se hace la pregunta: ¿qué habría ocurrido si el presidente Díaz Ordaz hubiera destapado a su secretario de Hacienda?

“Con Ortiz Mena como presidente las cosas hubieran sido distintas, acaso no tan exitosas como su gestión en Hacienda, pero seguramente mejores de como por desgracia ocurrieron. Desde la devaluación de 1954 –cuando convenció a los líderes obreros sobre las razones de la medida– mostró que era un gran comunicador. Durante el periodo de López Mateos –cuando tranquilizó al sector privado explicando el sentido de la nacionalización eléctrica– confirmó sus dotes notables como negociador. Ambas prendas provenían de su experiencia como abogado. Era un financiero nato, un pujante empresario del sector público, un conocedor profundo de la técnica jurídica y legislativa, un instrumentador eficacísimo…”.[4]

Posteriormente, sus críticos han querido retratar a Ortiz Mena como “un campeón del liberalismo a ultranza”. La visión es a todas luces falsa. Ese funcionario nunca adoptó la teoría del Estado pasivo, pequeño e indiferente ante las grandes necesidades colectivas. Más bien se trató de un pragmático perspicaz y efectivo, un ecléctico que aplicaba a la solución de problemas concretos enfoques teóricos aparentemente incompatibles. Durante sus doce años como ministro de Hacienda, Ortiz Mena no sólo fue el líder de la materialización de la nacionalización eléctrica, también llevó a cabo una reforma fiscal, creó el ISSSTE, impulsó proyectos de inversión como el que se concretó en el establecimiento de la empresa Transportación Marítima Mexicana, “proyectó al Estado como inversionista en programas de fertilizantes en América Latina, fomentó la reconversión industrial de empresas como Cordemex y propició inversiones en petroquímica”. Ortiz Mena, junto con otros funcionarios notables como lo fue Rodrigo Gómez en el Banco de México, visualizaba un problema, preparaba su diagnóstico y a partir de ahí impulsaba las propuestas para solucionarlo. ¿Cómo lograr que la banca privada se interesara en financiar a las empresas manufactureras que se iniciaban en la exportación o la construcción y adquisición de vivienda de interés social? De esa intención surgieron mecanismos que con tales fines llegaron a operar muy eficazmente como bancos de segundo piso.

La obra de Antonio Ortiz Mena como funcionario de excepción fue mucho más amplia que el recuento anterior y muy posiblemente el presidente Díaz Ordaz la conocía con pormenor. Así debió ser, aunque entre ellos las relaciones personales nunca hubieran llegado a ser de gran intimidad y cordialidad. En la hoja de servicios de Ortiz Mena lucían también haber construido durante su gestión a la cabeza del IMSS la vivienda de interés social más barata y de mayor calidad, haber impulsado la construcción del Museo de Antropología que desde entonces es motivo de orgullo para todos los mexicanos y también haber discurrido el importante programa que con mucho éxito se puso en ejecución durante el sexenio 1964-1970 relativo al desarrollo de la frontera norte. Ortiz Mena también tuvo una participación clave en la estrategia para establecer en México centros turísticos integralmente planificados que se puso en ejecución hacia finales de su encomienda al frente de la Secretaría de Hacienda. Y en el balance de su gestión, se incluye también un muy importante programa de desarrollo agrícola.

Ortiz Mena era elegible como candidato a la sucesión de 1970 no sólo por su obra realizada y por los importantes proyectos de desarrollo que se dejaron en el tintero ante la imposibilidad de poder ponerlos en ejecución sino también por sus dotes personales. Krauze lo recordaba por sus “penetrantes observaciones, anécdotas notables e ideas clarísimas” además de haber sido un “funcionario pragmático” que en sus momentos de mayor lucidez “adquiría el perfil de un arquitecto institucional o social”. Así ocurrió durante su encomienda al frente del Seguro Social, entidad a la que logró sanear financieramente mediante la aplicación de “los principios de la descentralización, subsidiariedad y autogestión”. En otro lugar escribí acerca de la figura histórica de Ortiz Mena que como funcionario había sido “hábil, laborioso, buen político, líder (pero sin opacar nunca a los presidentes a quienes sirvió), magnífico administrador, perspicaz, creativo, negociador y conocedor, enérgico, conciliador, tenaz, leal, economista, financiero, abogado muy entendido de las leyes y de la ciencia del Derecho”.[5] Pero el momento histórico del destape para la sucesión de 1970 no le fue propicio al ministro Ortiz Mena. El factor clave fue la secuela del movimiento estudiantil de 1968.

¿Por qué el muy exitoso secretario de Hacienda, Ortiz Mena, –el artífice del “milagro mexicano”– no fue seleccionado por el presidente Díaz Ordaz para la ambicionada candidatura? Además del muy obvio hecho de que la coyuntura prevaleciente a finales de ese sexenio no le fue favorable –la herida por Tlatelolco seguía abierta y la economía marchaba satisfactoriamente– la razón irrefutable sólo la podría haber aportado Díaz Ordaz. Ante este último hecho, sólo quedan conjeturas y algunos indicios. En su libro sobre la sucesión presidencial, Castañeda sugiere que una posible explicación para la marginación de Ortiz Mena haya derivado de los problemas de salud que ya padecía. Según ese autor, el ministro Ortiz Mena “nunca colocaba las manos encima del escritorio para evitar que se le notara la severa y prematura temblorina semi-parkinsonista que padecía desde entonces”. Sin embargo, si los problemas de salud que afectaban a Ortiz Mena hubieran sido tan severos, definitivamente no habría podido desempeñar una labor tan elogiada al frente del Banco Interamericano de Desarrollo durante largos 18 años.[6]

Otra de las razones por las que Ortiz Mena pudo haber quedado fuera para la sucesión habría sido su edad. En ello probablemente hubo semejanza con otro de los elegibles que fue el regente Corona del Rosal. Mientras que hacia finales de 1969 el ministro de Hacienda ya contaba con 61 años de edad, el político y militar era todavía aproximadamente dos años más viejo. El otro factor tuvo posiblemente su origen en que algunos veían y otros se empeñaron en hacer aparecer a ese funcionario, como demasiado cercano con los medios financieros del extranjero. Según el testimonio de Echeverría, Ortiz Mena “tenía demasiado apoyo exterior, del mundo de las finanzas de Norteamérica, que lo consideraba muy eficaz”. Entonces, dice Echeverría, provino de esa comunidad un esfuerzo por impulsar su candidatura, lo cual fue muy mal visto por el presidente Díaz Ordaz. Ese hecho debió ser decisivo para que Ortiz Mena dejara de ser considerado dentro del círculo de los elegibles.[7]

En su interesante libro sobre la sucesión presidencial, Castañeda cita y explora la hipótesis atribuida al expresidente Adolfo Ruiz Cortines de que un presidente, cualquiera que fuera, “no podía tener ni más de tres candidatos, ni tampoco menos de tres”. “Si [los candidatos] son dos, y [el presidente] se inclina por uno desde el principio, la jauría lo hace pedazos y llega al final muy lastimado”. Además, si el predestinado “se enferma o tiene un escándalo, hay que echar mano de otro, y éste se va a creer plato de segunda mesa o que llegó al proceso por sus méritos, y los demás van a pensar que el Presidente se equivocó. Pero nunca el número es superior a tres: lo demás es relleno para que se repartan los trancazos”. Curiosamente, treinta años después Miguel de la Madrid compartió una reflexión similar a propósito de la contienda que se suscitó dentro del PRI para suceder al doctor Ernesto Zedillo: “si son sólo dos candidatos, el perdedor puede dividir al partido, si son más de tres, se atomizan los apoyos”.[8] Así, a raíz de la marginación de Ortiz Mena de aquel proceso sucesorio, el escenario quedó conformado de acuerdo con la hipótesis de Ruiz Cortines con exactamente tres aspirantes: el regente del Distrito Federal, abogado y general Alfonso Corona del Rosal; el secretario de la Presidencia, el médico Emilio Martínez Manautou, y el secretario de Gobernación, el abogado Luis Echeverría Álvarez. En el libro de Castañeda hay una información muy valiosa respecto de la marginación que sufrieron Corona del Rosal y Martínez Manautou de ese proceso sucesorio en favor de la candidatura de Echeverría. En contrapartida, ese investigador no tuvo interés en recabar más referencias sobre cómo fueron y quiénes conformaron los movimientos en favor del regente y del secretario de la Presidencia. La omisión es ciertamente lamentable.

En un acto de falsa modestia, o quizá de hipocresía con el fin de desorientar a su entrevistador, en su momento Luis Echeverría declaró a Castañeda que en el proceso sucesorio de 1970 “Don Alfonso Corona del Rosal era mi candidato…”. Según Echeverría, en esa contienda él se encontraba al final (en último lugar) en parte porque era el aspirante más joven. En opinión del entonces secretario de Gobernación, Corona “tenía todas las promisiones por los cargos que había desempeñado con mucho acierto y con mucha experiencia”. De manera muy loable, Corona había realizado sus estudios universitarios ya “siendo oficial del Ejército y llegó a ser profesor muy respetado de la Escuela de Leyes”. En suma, el regente Corona tenía gran experiencia y sobrados méritos y por tanto Echeverría confesó haber observado su precandidatura “con entusiasmo y con escepticismo” la suya. Por tanto, en razón de su juventud y del relativo rezago de su candidatura, cuando los tres candidatos “se reunían a tomar un café, yo no concurría, realmente no lo consideraba necesario, ni prudente, ni discreto; una mezcla de todo eso”.[9]

Corona del Rosal efectivamente contaba con una gran experiencia administrativa y además tenía mucho oficio político y demostrada inteligencia. Un elemento adicional que habría que considerar es que con vista a la sucesión presidencial había conformado un equipo de colaboradores que, con la discreción debida, desde luego, trabajaron en forma asidua en favor de la candidatura de su jefe y líder. Muy posiblemente, los más distinguidos de ellos ya tenían importantes puestos predefinidos en caso de que la fortuna política los favoreciera con el mágico destape. A manera de ejemplo, el más destacado de esos colaboradores, el experimentado político sinaloense Rodolfo González Guevara, seguramente habría ocupado la secretaría de Gobernación de haber llegado Corona a la presidencia. Otro de los colaboradores destacados del regente fue el abogado yucateco Antonio Mena Brito que en esa administración capitalina estuvo encargado de la construcción de vivienda. Una vez que estalló el conflicto estudiantil en 1968 a raíz del enfrentamiento de los estudiantes de una preparatoria contra los de una vocacional y se levantó un clamor público por la supuesta brutalidad con que se había conducido la policía –el cuerpo de granaderos en concreto– Mena Brito comentó con gran pesar a uno de aquellos colaboradores de Corona: “este incidente nos ha resultado muy dañino;… ¡Ya perdimos la presidencia!”.[10]

Tiempo después, a poco más de un año de esos sucesos, cuando Luis Echeverría resultó el destapado, esa misma persona que había sido su condiscípulo en la carrera de leyes y que lo había visto desempeñarse como compañero y contraparte en los debates universitarios, comentó con sarcasmo que “el echeverriato iba a ser la pendejocracia”. ¿Voz de profeta o simplemente resentimiento por la victoria del antagonista y la derrota propia? ¿Qué elementos negativos debe haber conocido el abogado Mena Brito de Luis Echeverría que resultaron totalmente desapercibidos a los ojos del presidente Díaz Ordaz durante los muchos años en que fue su subordinado? Una cosa debe quedar aceptada de principio: que como funcionario público, Echeverría fue un consumado maestro del engaño, del disimulo, del camaleonismo político. Durante su trayectoria burocrática Echeverría pudo haberse efectivamente convertido en un experto en mimetismo político, aunque tal vez no empezó a cultivar esa estrategia desde sus años de estudiante universitario. Por ello, alguno de sus condiscípulos pudo haber advertido en su persona fisuras o insuficiencias que durante su trayectoria profesional logró ocultar hábilmente a los ojos de otros observadores y alternantes en general. Años después, un interlocutor antagonista confrontaba al abogado Mena Brito en su calidad de militante del coronismo: “¡Ustedes se equivocaron!” La respuesta fue tajante: “¡Nosotros no nos equivocamos! … Lo que sucedió es que perdimos, pero eso es algo diferente”.[11]

El movimiento estudiantil de 1968 fue efectivamente catastrófico para las aspiraciones presidenciales tanto del regente Corona del Rosal como del ministro Martínez Manautou. En particular, especialmente dañino resultó para Corona el desenlace que tuvo ese episodio, con una intervención visible, violenta y ampliamente publicitada por parte del Ejército. Los críticos podrán argumentar que las balas y las bayonetas culminaron lo que no se había podido resolver mediante la política y la negociación. Curiosamente, aun siendo militar de carrera Corona siempre insistió en que se buscara una salida negociada para ese conflicto, algo a lo que siempre estuvo muy renuente el presidente Díaz Ordaz. El movimiento estudiantil surgió y se desarrolló en la jurisdicción del gobierno del Distrito Federal y por esa razón las autoridades correspondientes siempre pensaron que tenían que hacer algo al respecto, que tenían que intervenir. Es decir, que no podían quedarse cruzados de brazos y tan sólo observar mientras el activismo estudiantil en lugar de aminorar se exacerbaba. Las autoridades capitalinas debían tener un plan de acción y una estrategia para intervenir. Y esa estrategia se fundó, en buena medida, en un intento de intervenir en el conflicto mediante la negociación. Sin embargo, cuando llegaron a oídos del presidente Díaz Ordaz esos afanes, su reacción fue de gran disgusto.[12] En su multicitado libro, no por casualidad Castañeda menciona a este último hecho como una de las razones no para el destape de Corona del Rosal sino para su marginación:

“El último factor, ya mencionado, consistió justamente, en su proclividad a la negociación. A través de Rodolfo González Guevara entabló repetidamente contactos con el Consejo Nacional de Huelga y con la Juventud Comunista, en la persona de Arturo Martínez Nateras. Por supuesto que [Corona] no vaciló en recurrir a la mano dura cuando lo consideraba indispensable y oportuno, pero intuitivamente, por lo menos, comprendió que el empleo de la fuerza lo dañaría de modo irremediable. No se opuso al recurso a la fuerza, pero dejó entrever su inclinación por otra salida. Acarició demasiado la solución tranquila y ordenada, sutil y suave, al estilo de la política de toda su vida”.[13]

Castañeda exploró extensamente en su libro las razones por las cuales el regente Corona pudo no haber llegado al destape. A su juicio, antes que la intención de negociar en el conflicto de 1968 hubo otros dos factores de peso: la supuesta avanzada edad de ese abogado y militar además de, precisamente, su vinculación profesional con el ejército. De haber llegado Corona a la primera magistratura, al concluir su sexenio habría rebasado los 68 años.

“Hubiera tenido entonces exactamente la misma edad que el decano de los presidentes modernos de México, Adolfo Ruiz Cortines, que asumió la primera magistratura a los 61 años y once meses, y llegó en parte por haber insistido durante medio sexenio en que ‘no era más que un viejito sin perspectivas’. Corona del Rosal pertenecía a la generación de Gustavo Díaz Ordaz, que a su vez era coetáneo de Adolfo López Mateos; según la teoría de Mario Moya Palencia, se imponía ya un salto generacional. Y es cierto que Díaz Ordaz había esgrimido [sic] cierta debilidad por la inclusión de jóvenes, si no en el gabinete, por lo menos en otros puestos y recurrió al argumento de la sangre nueva en varias oportunidades. Pero el razonamiento podía leerse también al revés: en un país ya maduro, seguro de sí mismo y en plena expansión económica, con un civilismo consolidado y una presentación esplendorosa en la escena mundial a través de la Olimpiada, ni la etiología militar ni la edad, en sí mismos, parecían obstáculos insuperables. De haberse resuelto el movimiento del 68 sin estragos y de no haberse manchado el éxito organizativo e internacional de los Juegos Olímpicos con la sangre de Tlatelolco, Corona del Rosal, con todo y sus sesenta años, y gracias a sus antecedentes políticos, administrativos, regionales e ideológicos, podía convertirse en un Presidente funcional y adaptado a las necesidades del país: el guardián de una transición a la vista pero inminente”.[14]

Para Castañeda, “a la luz de los acontecimientos de 1968”, el factor decisivo que coartó la llegada del regente Corona al destape fue su origen militar. La clave no residió en el hecho en sí de que Corona fuese militar, aunque sí en cuestiones de orden cualitativo. Todos los años, el 16 de septiembre, las fuerzas armadas desfilaban orgullosas, incluso luciendo su armamento y sus vehículos blindados. La existencia del Ejército y su poderío eran un valor entendido en la sociedad mexicana. De hecho, durante conflictos sociales precedentes, como ocurrió en el caso del movimiento ferrocarrilero y magisterial de 1958 y principios de 1959, el Ejército intervino. Sin embargo, no lo hizo en una forma definitiva, tajante y cercana como sucedió en ocasión del movimiento estudiantil de 1968. Lo que marcó la diferencia fue la contundencia de los hechos de Tlatelolco y también la visibilidad de la acción militar: su proximidad. Los soldados no únicamente habían disparado sobre los estudiantes y profesores sino que al término del enfrentamiento el ejército se había llevado a los sobrevivientes en calidad de detenidos al Campo Militar No. 1 y a otras instalaciones militares. Los muertos habían sido muchos y también los detenidos.

Una vez consumada la represión de Tlatelolco, no únicamente el presidente Díaz Ordaz sino también el propio Ejército y su personal, fueron calificados por la crítica como “delincuentes históricos” y “genocidas”. Mucha eficacia lograron en difundir dichas acusaciones los llamados intelectuales progresistas, a quienes Echeverría intentó cortejar durante su presidencia con tanto ahínco y con resultados tan raquíticos. La consecuencia fue que en ese ambiente tan crispado, resultó imprudente y hasta desaconsejable que el candidato presidencial fuera un militar. “Ello, no obstante las altas cualidades y merecimientos políticos de Corona del Rosal”, como lo apuntó certeramente en su momento el economista Jorge de la Vega Domínguez, quien durante esa coyuntura colaboraba de manera muy cercana con el presidente del PRI, Alfonso Martínez Domínguez. Todos comprendieron esas razones dentro del aparato administrativo y político del gobierno y el presidente Díaz Ordaz no fue la excepción. No había un impedimento insuperable en contrario, no había obstáculo legal, “de ninguna manera la postulación de Corona del Rosal hubiera equivalido a una asonada, pero podía parecer un golpe blanco”.[15] En otras palabras, en política las apariencias sí cuentan y mucho.

En lo personal, siempre se supo que Emilio Martínez Manautou fue una persona mucho más cercana y querida para Gustavo Díaz Ordaz que, digamos, Alfonso Corona del Rosal y, por supuesto, Antonio Ortiz Mena. Sin embargo, hubo por parte de aquel secretario de la Presidencia detalles de comportamiento que le causaron daño a sus aspiraciones de llegar al destape. Uno de ellos, ya mencionado, fue la excesiva cercanía de ese médico involucrado en la política con figuras de la intelectualidad que habían simpatizado con el movimiento estudiantil de 1968. El otro fue de tipo conductual. Según Castañeda, “la creciente seguridad y arrogancia de Martínez Manautou irritaban a Díaz Ordaz. En una oportunidad, a medio sexenio, le comentó a su yerno Salim Nasta: ‘Éste ya se siente Presidente’ ”.[16] Echeverría nunca cometió un error de ese tipo. Siguió comportándose hasta el destape como siempre lo había hecho: obediente, callado, puntual, cumplidísimo.

¿Por qué el médico Emilio Martínez Manautou fue precandidato al destape que se anunció en el otoño de 1969? Sin que exista constancia de esos hechos en ninguna fuente consultada, cabe aventurar que esa precandidatura se perfiló por cuatro razones. La primera es que muy posiblemente la impulsó el propio presidente Díaz Ordaz como un elemento del proceso sucesorio que necesariamente tendría que poner en ejecución a finales de su administración. La segunda provenía de que Martínez Manautou encabezaba una dependencia muy importante con funciones de gobierno claves, como era la Secretaría de la Presidencia, y tan sólo ese hecho lo situaba como un posible precandidato. Otra razón adicional, fue que el doctor Martínez Manautou logró reunir a su alrededor funcionarios, profesionistas e intelectuales de relevancia, los cuales estuvieron dispuestos a impulsarlo en la búsqueda del destape. Una última razón, también de peso, era el talento que mostró por años ese personaje nacido en Tamaulipas, tanto para la política como para las tareas de la administración pública.

Poco menos de tres años mayor de edad que Luis Echeverría, Martínez Manautou había nacido en Ciudad Victoria en julio de 1919, se había formado como médico en la Universidad Nacional Autónoma de México y realizado estudios de posgrado posteriores en Nueva York y Massachusetts, Estados Unidos. Sin embargo, pesó más en él la vocación política que la medicina. Inició su carrera en el PRI de su Estado natal, pasando sucesivamente de delegado estatal a diputado y a senador por Tamaulipas en el periodo 1958-1964. Por cierto que fue durante esa última etapa, concretamente en el año de 1963, cuando el senador Martínez Manautou tuvo el acierto de apoyar la precandidatura a la presidencia del secretario de Gobernación Díaz Ordaz, con quien conservó siempre una amistad muy cercana. Fue seguramente la concurrencia de todos los elementos descritos lo que perfiló a ese médico para convertirse en precandidato al destape.[17]

Martínez Manautou tuvo como subsecretario en la Secretaría de la Presidencia al economista (y también hermano del ministro de Hacienda) Raúl Ortiz Mena. Fue por ese conducto que entraron a trabajar en ese ministerio muchos otros funcionarios con esa misma formación profesional, entre ellos Emilio Mujica Montoya, director general de Planeación, y Guillermo Velázquez, director general de Gasto Público. Aunque Julio Rodolfo Moctezuma Cid no era propiamente economista aunque sí financiero, fungía como secretario particular de Raúl Ortiz Mena y uno de sus asesores fue Héctor Villamichel. De manera relevante y premonitoria (¡quien imaginaba entonces que podría llegar a la primera magistratura!) encabezaba la Oficina Jurídica – Consultiva de esa dependencia el abogado José López Portillo y en otra posición de influencia fungía como asesor del ministro Martínez Manautou el prestigiado politólogo y escritor Henrique González Casanova. Por invitación de Raúl Ortiz Mena ingresó a laborar a principios de 1965 en la subsecretaría que encabezaba, el economista Carlos Tello Macías y por su conducto también entraron posteriormente a trabajar en esa área los economistas vinculados a la UNAM Eduardo Pascual y Rolando Cordera. A esa dependencia estaba también vinculada la economista Ifigenia Martínez con la función de asesora del ministro. Por cierto que fue sorpresivo e impredecible que simpatizando ambos con la misma corriente ideológica en materia económica, Ifigenia se convirtiera en esa dependencia en antagonista implacable de Carlos Tello. Al respecto, escribió Tello posteriormente: “Ifigenia Martínez de Navarrete desconfiaba de nuestro trabajo, en particular del mío. Buscaba desprestigiarme dentro de la SP con sus funcionarios. No lo logró. Más bien logró lo contrario: desprestigiarse ella. Sostuvo varias veces en público que Rafael [Izquierdo] y yo no decíamos la verdad. En realidad, era ella la que no sabía mucho (aunque hablaba demasiado) sobre la forma en que funcionaba la economía mexicana en ese entonces”.[18]

Un elemento clave, verdaderamente relevante en el equipo del secretario Martínez Manautou, fue su asesor Henrique González Casanova, hermano de un también muy distinguido científico social identificado con la Universidad y quien incluso llegó a ser rector: Pablo González Casanova. Henrique realizaba muchas tareas para su jefe en la Secretaría de la Presidencia: era su asesor en materia política y también su enlace con la comunidad mexicana de intelectuales progresistas, muchos de ellos asociados laboral y académicamente con la unam. Por sus muy buenos contactos con escritores, filósofos y académicos, visitaban con regularidad la oficina de Henrique una gran gama de intelectuales. Destacaban entre esos visitantes asiduos el literato José Emilio Pacheco, el profesor universitario y editorialista Gastón García Cantú, y Edmundo Valdés, profesor emérito de la Universidad y también fundador de la revista Gaceta cuya finalidad fue hacer realidad que “los universitarios sepan lo que hacen los universitarios y lo que sucede en la unam”.

El apoyo y las influencias de Henrique González Casanova fueron determinantes para una publicación que promovió el ministro Martínez Manautou. Se trató del folleto que se dio a conocer en mayo de 1969 bajo el título “México, el dilema del desarrollo: democracia o autoritarismo”, editado por la Academia Mexicana de Ciencias Humanas. En esa publicación se dieron a conocer textos de los intelectuales Víctor Flores Olea, Francisco López Cámara, Horacio Labastida, Gastón García Cantú y el propio Henrique González Casanova.

El tema principal de esas colaboraciones estuvo enlazado de manera directa con el título del folleto y la tesis era que hacia el futuro México confrontaba una disyuntiva entre democracia y autoritarismo. Se dice que tanto en ese folleto como en la revista Espejo, se apoyó abiertamente la candidatura de Martínez Manautou y que se presentaron propuestas de carácter programático en favor de un nuevo rumbo para la marcha de la nación. Según referencias, aquel movimiento se inició a partir de unas declaraciones de ese ministro que aparecieron con cabeza de ocho columnas en el diario Excélsior el 20 de mayo de 1969. En esas declaraciones el ministro aspirante a candidato expresó su opinión en favor de un programa de desarrollo destinado a elevar el nivel de vida de todos los mexicanos. También hizo énfasis el declarante en que sólo un desarrollo nacional sólido podría ser la garantía de la democracia mexicana.[19]

En su importante libro sobre la sucesión presidencial, Castañeda cita un testimonio de Díaz Ordaz: “vea el doctor Martínez Manautou se ha rodeado de economistas que sólo nos estorban; si les hubiera hecho caso ya hubiéramos paralizado al país”. Se refería, entre otros, a Ifigenia Martínez de Navarrete y al grupo de intelectuales de la Universidad afines al ministro. Díaz Ordaz le había insinuado con anterioridad a su secretario de Salubridad y Asistencia la incomodidad que le provocaban esas amistades de Martínez Manautou. Por su parte, Moreno Valle había cuestionado preventivamente a su “gallo” para la presidencia a causa de esos contactos: “Tienes a Ifi, a los González Casanova aquí en tus oficinas. ¿Cómo es posible que tengas aquí a los enemigos del Presidente?” Pero Martínez Manautou, al igual que Manuel Camacho veinticinco años después, contestó confiado: “El Presidente lo sabe; es un valor entendido entre nosotros, nos conviene…”. Sin embargo, en el sistema sucesorio mexicano no había peor pecado que vincularse con los enemigos del jefe, “cualquiera que sea el origen de la animosidad presidencial, cualquiera que sea la encomienda presidencial al respecto, y cualquiera que sea la relación presidencial con dichos enemigos, que puede en efecto existir, con o sin el conocimiento del interesado”.[20]

Al igual que en el caso de Corona del Rosal, el descarrilamiento de Martínez Manautou en su búsqueda del destape lo produjeron varios factores. Uno de ellos fue la descalificación que mucho afectó a ese funcionario por su profesión de médico. Otro más, también de bastante peso, fue el exceso de confianza que llegó a mostrar en el desempeño de sus tareas administrativas. Incluso una cierta arrogancia en la actitud de ese personaje llegó hasta irritar a Díaz Ordaz a pesar de la amistad que siempre los había unido. Según referencias, a ojos del presidente el secretario de la Presidencia adolecía de un gran defecto: “no era abogado y Díaz Ordaz lo era obsesivamente”. El Estado en cualquier sociedad es principalmente una expresión normativa y por eso los abogados suelen ser los candidatos más idóneos para gobernar. Como es sabido, el doctor Martínez Manautou no tenía esa preparación además de que incurrió en otros errores.[21]

El testimonio de Luis Echeverría recogido en el libro de Castañeda indica que durante el movimiento estudiantil Díaz Ordaz le encargó a Martínez Manautou la muy delicada encomienda de explicar y convencer a artistas, intelectuales y escritores para que comprendieran el punto de vista del gobierno en tan delicado conflicto. Sin embargo, esa encomienda resultó demasiado difícil para el ministro de la Presidencia, como probablemente también lo habría sido para cualquier otro funcionario a quien se hubiese asignado tan difícil misión. Según Echeverría, era muy complicado que en una situación tan tensa como la que se formó a raíz de ese conflicto un funcionario pudiera ponerse a discutir y a convencer a personas con “un pensamiento crítico, con un fuero especial dentro de la libertad”. No se trataba de individuos sin calificación, se trataba de “intelectuales distinguidos”, de actores con peso en la opinión pública. En contrario, esos intelectuales y escritores con quienes entró en contacto Martínez Manautou “participaban de alguna forma o mostraban simpatías por el movimiento estudiantil”. Así, atraerlos para apoyar la causa del gobierno resultó una tarea imposible. Por tanto, en opinión de Echeverría, “probablemente” ese hecho fue lo que determinó “que el candidato no fuera Emilio Martínez Manautou”.[22]

Luis Echeverría había llegado a la Secretaría de Gobernación y a la etapa finalista de la sucesión presidencial sin paso previo por un cargo de elección popular y sin haber nunca desempeñado una labor docente como catedrático o conferencista. Sin embargo, al presidente Díaz Ordaz no parecieron preocuparle esas insuficiencias en el perfil de su secretario de Gobernación. En el desempeño de ese cargo y de sus encomiendas anteriores, el abogado Echeverría había sido siempre inmensamente cumplido, puntual, ordenado y leal con sus superiores. Además, obraban en su favor otros aspectos personales y familiares. Su esposa María Esther era una impulsora incansable de las virtudes familiares mexicanas; tenía una granja en su casa y dirigía a un grupo de bailes autóctonos. Por su parte, el patriarca de esa familia numerosa (tenían 6 hijos y 2 hijas) era un admirador muy fervoroso de Juárez, del general Lázaro Cárdenas y de los muralistas mexicanos. “Todo en su vida parecía minuciosamente planeado para ser (y parecer) el mexicano ejemplar… Un místico laico. Nadador, tenista, golfista madrugador, trabajador incansable todo el día, amigo generoso del gran poeta español León Felipe los fines de semana… ¿Qué más se podía pedir? El tapado perfecto”.[23]

En una forma natural, Echeverría quedó ubicado ideológicamente en el terreno intermedio entre Martínez Manautou –con su afinidad muy visible respecto de intelectuales de avanzada como Henrique González Casanova y Gastón García Cantú– y Ortiz Mena, identificado, por muchos, con los círculos financieros del exterior, los funcionarios de los organismos financieros internacionales, los grandes banqueros en Londres y Nueva York y el gran capital en general.[24] La agitación estudiantil de 1968 y la respuesta castrense a que recurrió el gobierno, fortalecieron en forma muy clara e indudable la candidatura de Echeverría. Esos hechos empezaron por debilitar a sus oponentes más poderosos: a Corona del Rosal por ser militar y a Martínez Manautou por no haber podido conseguir apoyos para el presidente por parte de la élite intelectual y académica. Simultáneamente, durante esa coyuntura el entregado secretario de Gobernación logró mostrarle al presidente Díaz Ordaz su mejor cara: “la de la lealtad, la firmeza y la eficacia”.[25]

Al igual que muchos de los colaboradores cercanos al regente Corona del Rosal e incluso él mismo, Castañeda se sintió sumamente atraído por la teoría de un complot orquestado por el ministro Echeverría para desorientar al presidente Díaz Ordaz y por esa vía fortalecer su candidatura. Es decir, supuestamente el ministro de Gobernación Echeverría había facilitado secretamente el movimiento estudiantil, se había abstenido de intentar una negociación para resolverlo pacíficamente y ya en vísperas de la inauguración de las Olimpiadas había propiciado una solución militar. A mayor abundamiento, se ha especulado que tal vez tan encumbrado funcionario había preparado maquiavélicamente la provocación que sufrió en Tlatelolco el ejército merced a francotiradores que dispararon sobre los soldados desde la azotea de los edificios que circundan a la plaza en donde se celebró el último mitin del movimiento estudiantil. Sin embargo, ni en su momento ni posteriormente han podido recabarse evidencias que permitieran darle plausibilidad a esas especulaciones. Según Castañeda, no hubo tal “celada echeverrista” en la que supuestamente cayó el presidente Díaz Ordaz. A diferencia, ese mandatario siguió ejerciendo el poder a plenitud hasta el momento del destape, “y no iba a dejar que sus subordinados lo engañaran en algo tan sensible”.[26]

Mucho más aceptable es la hipótesis de que dos personajes muy cercanos al presidente Díaz Ordaz, que gozaban de su confianza y tenían al alcance su oído, empujaron el destape en favor del secretario de Gobernación. Se trata de la teoría de que en todos los sexenios fuerzas indirectas influyeron sobre la decisión sucesoria. Únicamente el presidente tenía el poder para decidir la sucesión, pero otros actores privilegiados podían influir para inclinar en un sentido u otro al “fiel de la balanza”, según la ilustrativa expresión posterior de José López Portillo. Aparentemente, el encargado del Estado Mayor Presidencial durante el sexenio de Díaz Ordaz, general Luis Gutiérrez Oropeza, “fue el aliado interno, leal y eficaz, de Echeverría, sin dejar nunca de inspirarle una confianza merecida a su jefe…”. En opinión de Castañeda, parecida labor pudo también haber realizado el entonces director de la Agencia Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios. Supuestamente, ese funcionario siempre enviaba dos copias de sus informes a instancias superiores: “una a su jefe directo Luis Echeverría, que concluía Respetuosamente, y otra al Presidente con el colofón Muy Respetuosamente”.[27]

Adicionalmente, Castañeda supuso en su momento que también el carácter de destape por descarte que benefició a Echeverría pudo haber obrado para fortalecer prematuramente a ese candidato frente al presidente Díaz Ordaz. En opinión de ese analista, se trataba de una de las peculiaridades del “destape por descarte”: el elegido empezaba pronto a acariciar la ilusión de que había sido destapado gracias a sus méritos personales y a partir de ahí mediaba poco terreno para que empezara a autoconstruirse una percepción de independencia y, aún más, de autosuficiencia. Merced a su conocimiento de que no había sido predesignado con anticipación, el candidato por descarte tendía “a atribuirse a sí mismo los méritos de su victoria”: y si el éxito de la nominación se debía de preferencia a sus aciertos y no a la generosidad del elector ¿cuál era la conducta indicada a seguir? Es decir, la lógica del destape por descarte propiciaba que se debilitara pronto el reconocimiento al padre y que incluso el hijo putativo empezara a cuestionar esa paternidad (política).

“De modo previsible, el elegido comienza a perder con mayor celeridad que en otros casos la sensación de deuda o gratitud para con el elector. A la vez, la inevitable desilusión por parte del saliente degenera más rápidamente en un sentimiento de traición; no habrá manera de desterrarlo después. La ruptura se acelera y se ensancha: con el tiempo puede alcanzar dimensiones e intensidades intolerables para el sistema [político]. Echeverría insiste hoy [Castañeda escribió esas líneas hacia 1998] en que después del 1° de diciembre de 1970, cuando Díaz Ordaz le entregó la banda presidencial, nunca volvió a ver a su predecesor ni a cruzar palabra con él…”.[28]

En su libro, Castañeda aventura la hipótesis de que, mientras existieran, todas las sucesiones se apegarían a dos modelos definidos con mucha nitidez. En un extremo estaba la sucesión por designación anticipada y planeada y en otro la sucesión como resultado de un descarte o eliminación. En las sucesiones por designación, con gran anticipación, quizá desde “el primer día de su mandato”, el presidente tomaba una decisión y la mantenía invariable aunque secreta hasta el momento del destape. Al parecer e incluso por testimonio del propio presidente Díaz Ordaz, el destape que llevó a cabo en 1969 no fue claramente por decisión anticipada. “Díaz Ordaz procedió por eliminación: escogió a Echeverría porque representaba, según la afortunada frase de Porfirio Muñoz Ledo, ‘la única carta restante’”. “Todo indica, en efecto, que Díaz Ordaz se quedó sin ases; escogió a Echeverría por eliminación y porque éste se lo ganó al final de la contienda. Ese Presidente probablemente seleccionó a quien le sucedería en el poder durante los primeros meses de 1969, aunque –según Luis Echeverría– le avisó hasta junio y la postulación oficial se produjo hasta el 8 de noviembre”.[29]


[1] Jorge G. Castañeda, La Herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México, México, Alfaguara, 1999, pp. 41 y 54.

[2] Daniel Cosío Villegas, “Compuerta”, Plural, diciembre de 1975, p. 51.

[3] Enrique Krauze, Mexicanos Eminentes, México, Tusquets, 1999, pp. 191-197.

[4] Ibid., p. 195.

[5] Eduardo Turrent Díaz, “Ortiz Mena: El Desarrollo Estabilizador y su principal artífice”, El Trimestre Económico, abril-junio de 1999, vol. lxvi, núm. 262 (2), pp. 293-308.

[6] Castañeda, op. cit., pp. 329-330.

[7] Castañeda, op. cit., pp. 44-45.

[8] Ibid., p. 325.

[9] Ibid., pp. 41-42 y 54.

[10] Entrevista Antonio Mena Brito–ETD, 2004.

[11] Ibid.

[12] Ibid.

[13] Castañeda, op. cit., pp. 334-335.

[14] Ibid., p. 333.

[15] Ibid., p. 334.

[16] Ibid., p. 331.

[17] Rosa María Mirón Lince, “1970: un estilo personal de sucesión presidencial”, en Georgette José (Coordinadora), Candidatos, Campañas y Elecciones Presidenciales en México, 1867-2006, México, unam, Instituto de Investigaciones Sociales, 2012, p. 638.

[18] Carlos Tello Macías, Ahora recuerdo. Cuarenta años de historia política y económica de México, México, unam, Facultad de Economía, México, 2013, p. 11.

[19] María Marvan Laborde, “La ideología en transición y la elección de Luis Echeverría”, en Carlos Martínez Assad (Coord.), La Sucesión Presidencial en México, 1928-1988, México, Ed. Nueva Imagen, 1981, pp. 229-230.

[20] Castañeda, op. cit., p. 331.

[21] Ibid., pp. 330-332.

[22] Ibid., pp. 45-46.

[23] Enrique Krauze, La Presidencia Imperial, México, Tusquets, 1997, p. 405.

[24] Osorio Marvan en Martínez Assad (Coord.), La Sucesión Presidencial en México, 1928-1988, México, Ed. Nueva Imagen, 1981.

[25] Castañeda, op. cit., p. 335.

[26] Ibid., pp. 335 y 340.

[27] Ibid., p. 343.

[28] Ibid., p. 349.

[29] Ibid., pp. 323-324, 325 y 327-328.

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