Horacio Flores de la Peña se aparece como una figura omnipresente en todos los episodios relevantes del movimiento de crítica que se formó en contra del Desarrollo Estabilizador. Flores de la Peña fue la cabeza de la Gerencia de Estudios Económicos que Antonio Sacristán estableció en la Sociedad Mexicana de Crédito Industrial y de manera obligada fue asistente principal a las reuniones que su jefe organizaba para analizar críticamente la marcha de la economía y preparar notas propositivas que se intentaban hacer llegar a la atención del presidente López Mateos. A todo largo de los años sesenta Flores de la Peña continuó con sus actividades académicas y docentes en la Universidad y fue director de la Escuela de Economía de 1965 a 1966. También produjo en ese periodo diversos textos que alcanzaron a ser publicados y fueron ampliamente leídos al menos en el círculo de sus adherentes.
Con todo, sería quizás imposible precisar la medida en que Flores de la Peña contribuyó al movimiento de crítica en contra del Desarrollo Estabilizador. Se cuenta, sin embargo, con indicios muy conocidos y por tanto imposibles de refutar. Por ejemplo, fue ampliamente sabido que ese economista siempre estuvo en favor de una mayor intervención del gobierno en la conducción de la economía y, en particular, en la participación del Estado como propietario y administrador de unidades productivas. También fue sabido que Flores de la Peña pugnaba porque el banco central aplicara una política monetaria más expansionista con dos fines: apoyar un gasto público más cuantioso y también inducir un crecimiento más rápido. En el orden personal, nunca ocultó Flores de la Peña su falta de simpatía por los banqueros centrales tradicionales y en particular por los funcionarios del Banco de México. Así, la influencia de ese economista en favor del movimiento de crítica que aquí se estudia se dio en al menos cuatro órdenes.
Primeramente, en la labor docente que desarrolló en la Escuela de Economía de la Universidad entre cuyos alumnos logró cultivar no pocos seguidores intelectuales e ideológicos. A ello cabe agregar su participación como ponente en foros, seminarios y exámenes profesionales. También se cuentan sus intervenciones intermitentes en la función pública. Por último, ya se ha dicho que Flores de la Peña escribió y fue leído.
En el año de 1999 se publicó en el diario La Jornada una entrevista con Horacio Flores de la Peña que recibió amplia difusión. Contaba entonces ese economista, exfuncionario público y exdiplomático, con 76 años de edad y aún se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales. En uno de los pasajes más reveladores de ese testimonio, el entrevistado pierde toda discreción: “Los tecnócratas”. Nada merece un juicio más severo del exfuncionario y exembajador. Parafrasea a Cosío Villegas: “Del régimen de los licenciados pasamos al de los bribones”. La corrupción de antes no es nada comparada con la de ahora. Ubica el momento del relevo en 1982, “cuando el grupo Banco de México se transformó en gobierno”.[1] Flores de la Peña propaló reiteradamente la idea de que la inflación en los países de América Latina tiene sus causas en factores estructurales –“en la inelasticidad de la oferta para reaccionar ante ampliaciones de la demanda efectiva por un incremento de la inversión bruta”– y no en las explicaciones tradicionales “apegadas a métodos de análisis exclusivamente monetario…” y cuya aplicación ha conducido a “resultados sumamente pobres”. Otra constante más en el discurso y en los escritos de Flores de la Peña de los años cincuenta y sesenta fue la necesidad que existía de reorientar la política económica: “si el gobierno actual tiene un deseo sincero de trabajar por el bien de México, debe rectificar la orientación impuesta a la política económica… desarrollando para ello una nueva filosofía que norme sus actos”.[2]
Un capítulo clave en el proceso se escenificó hacia finales de la década de los sesenta, merced a un interesante proyecto editorial. La casa Siglo XXI dirigida por su fundador Arnaldo Orfila Reynal puso en práctica la idea de un foro editorial para analizar desde una perspectiva multidisciplinaria la proyección económica, social y demográfica de México a una década de distancia. El carácter prospectivo de ese esfuerzo editorial quedó plasmado con toda claridad en el título del proyecto: “El Perfil de México en 1980”. Había cierta novedad en ese proyecto primeramente por su enfoque prospectivo y además cabe poner de relieve otra característica: la capacidad de convocatoria que desplegó esa casa editorial al involucrar en el elenco a un conjunto de plumas muy prestigiadas. De hecho, al menos desde la perspectiva de economía y demografía el grupo no pudo haber sido más distinguido. Así, en el primero de los dos volúmenes en que se integró esa obra el índice incluyó por orden de aparición a Víctor L. Urquidi (“Perfil general: economía y población”), Ifigenia M. de Navarrete (“La distribución del ingreso en México: tendencias y perspectivas”), Leopoldo Solís (“El sistema financiero en 1980”) y David Ibarra (“Mercado, desarrollo y política económica: perspectivas de la economía de México”).[3] Incidentalmente, fue con esta obra antológica con la cual pretendieron contender y polemizar los autores que colaboraron en el proyecto alternativo, ya referido en estas páginas, “El Milagro Mexicano”.
Aparentemente, fue el proyecto editorial El Perfil de México en 1980 el resorte para que el escritor Miguel Wionczek se involucrara en el movimiento de crítica en contra del Desarrollo Estabilizador. A diferencia de otros actores que se sumaron antes a ese movimiento no había antecedentes claros que permitieran anticipar una reacción de Wionczek en ese sentido. Fue ese proyecto editorial lo que ofreció oportunidad para que Wionczek se afianzara como coordinador y líder de la edición y también para que participara como colaborador, lo cual llevó a cabo con dos trabajos intitulados “La inversión extranjera privada: problemas y perspectivas” y “El subdesarrollo científico y tecnológico: sus consecuencias”. Imbuido por un espíritu confrontativo, Wionczek habría deseado –por confesión propia– que la antología se intitulara “El contraperfil de México” a fin de polemizar en forma directa con el proyecto alternativo “El Milagro Mexicano” realizado por escritores marxistas. Finalmente no ocurrió de esa forma y con mayor asepsia editorial y espíritu conciliador la cabeza de la publicación resultó a la postre simplemente “La sociedad Mexicana: presente y futuro”.[4]
Particularmente reveladores de las opiniones que le merecían al editor Wionczek el Desarrollo Estabilizador y la estrategia económica que a su juicio debería implantarse en México son los prólogos que aportó para las dos ediciones a que se hizo acreedora esa antología y sobre todo el texto introductorio de su pluma que llevó por cabeza “Las condiciones básicas del futuro desarrollo económico y social”. ¿En cuál momento ocurrió una conversión tan absoluta de Wionczek a la relativamente nueva fe de los deturpadores del Desarrollo Estabilizador? En su opinión el proceso no era tan remoto pues, apenas “a últimas fechas” el país había “entrado en una etapa de revisión muy amplia de políticas y prácticas de toda índole, seguidas durante alrededor de un cuarto de siglo bajo el lema ‘orden y progreso’…”. Y evidentemente, el editor Wionczek, al igual que los autores que habían aportado textos a la antología comentada, estaban animados por la voluntad de participar en esa tarea “revisionista” que eventualmente pudiera desembocar en un cambio de la estrategia de desarrollo, ya que se habían agudizado de una manera inaceptable “las desigualdades tanto en lo que se refiere al desarrollo regional como al sectorial y al social”.
Tal vez la clave para la catequización de Wionczek haya ocurrido –según confesión propia– a partir de la lectura del ensayo de David Ibarra “Mercados, desarrollo y política económica: perspectivas de la economía de México”. En opinión de Wionczek los intelectuales mexicanos tenían “el deber de plantear los problemas que en el decenio pasado –o sea, durante los sesenta– no se había considerado conveniente exponer en forma abierta “y el trabajo de Ibarra era un ejemplo de esa senda a seguir”. A diferencia, el editor destacaba el contraste de su actitud con el “coro de cortesanos de toda índole que hasta hace muy poco insistían en que de alguna manera milagrosa México ya había entrado en una etapa de crecimiento autosostenido que nos llevaría en un par de decenios a los niveles de desarrollo y bienestar social que son característicos de algunas partes de Europa…”. Afortunadamente para Wionczek, los planteamientos críticos en contra del Desarrollo Estabilizador se estaban “multiplicando” y ello era motivo para la convicción en favor de un cambio en la estrategia de desarrollo “a fin de resolver (sic) la disyuntiva entre el crecimiento cuantitativo y el verdadero desarrollo económico del país”:
“Sólo de esta manera sería factible movilizar mejor y más equitativamente el ahorro interno total, ampliar el ahorro del sector público y disminuir la creciente dependencia de México de los recursos financieros externos, mejorando a la vez la distribución sumamente incorrecta del ingreso nacional que refleja el costo social del modelo de desarrollo seguido por México en los últimos decenios”.[5]
El libro de 1960 le había dado a Ifigenia Martínez prestigio académico y algo adicional: tema para intervenir hacia el futuro en foros, tribunas, congresos, viajes académicos y publicaciones. Este último fue el caso de su participación en “El Perfil de México en 1980”. Aunque mediaron diez años entre ambos textos, no hay en el segundo de ellos ninguna novedad digna de notarse en el orden conceptual, argumentativo y sobre todo propositivo. Desde luego, formalmente hay diferencias entre ambos textos en cuanto a extensión y estructura pero cabe destacar en particular otra diferencia del orden metodológico: mientras que el trabajo de 1960 respondió a un enfoque de análisis retrospectivo, el de 1970 fue de carácter prospectivo: ¿cuáles eran las perspectivas de la distribución del ingreso en México hacia finales de la década que apenas empezaba? Así, en términos técnicos el trabajo de Martínez de 1970 consistió en presentar tres escenarios básicos. En todos ellos los resultados fueron en el sentido de que “en ausencia de factores correctivos automáticos que aseguren el disfrute de los beneficios del crecimiento del producto a toda la población… todo parece indicar el predominio de fuerzas que llevan a la concentración en masa de riqueza en grupos muy restringidos…”.[6]
Intitulada “El imperativo de una nueva política económica que combine el crecimiento del producto con la distribución del ingreso”, la sección que incluye la parte propositiva en el texto de 1970 es en particular evocadora, y en buena medida repetitiva, del texto correspondiente de 1960 sobre el tema. El meollo ya no era el de dar respuestas a la pregunta “¿Hacia dónde vamos?”, sino señalar, casi imperativamente, qué era lo que debía hacerse en cuanto a la reorientación de la política económica para supuestamente alcanzar “el objetivo de mejorar a todos los estratos de la población” (sic). La propuesta se hacía casi con el carácter de exigencia, ya que la autora se sentía estar escribiendo desde la perspectiva de la bondad absoluta y de la filantropía incuestionable. Al parecer sólo desde esa perspectiva podía aspirarse, legítimamente, a hacer propuestas que pudieran llevar a la “humanización del proceso de desarrollo” (sic nuevamente).
“En definitiva, el que las políticas y planes de desarrollo se ajusten en mayor o menor medida a las necesidades colectivas y tengan –por lo menos en nuestro medio– alguna probabilidad de propiciar las transformaciones sociales indispensables depende estrictamente de la sensibilidad de las autoridades para interpretar las demandas justificadas de todos los estratos de la población, así como de su capacidad para comunicar o hacer inteligible al público, la necesidad de las medidas adoptadas y de su habilidad para lograr el predominio de los intereses del país sobre los particulares y de grupo”.[7]
Resulta sorprendente que las modificaciones de política económica que Ifigenia Martínez propuso en su texto de 1970 fueran prácticamente las mismas de su libro de una década atrás. Algo muy parecido ocurrió también con las justificaciones aportadas en el sentido de que “[s]e necesita una política de desarrollo que incluya correctores económicos y políticos para acelerar la transformación social”. A tal fin esa autora propuso una política de empleo “para que toda la fuerza de trabajo quede incorporada a la producción”; una política de ingresos con la inclusión, en particular, de “una política de salarios crecientes en relación con la oferta de bienes de consumo popular…”; una política fiscal “como el instrumento más idóneo para modificar la distribución del ingreso”, además de una política social a fin de intensificar los programas de desarrollo “de los recursos humanos, de protección a la familia y a la infancia…”. La autora también exigió “una política sana de industrialización” que se enunció sazonada con las amenazas tradicionales en los economistas de su filiación a la estabilidad cambiaria y monetaria. Es decir, se demandaba aplicar “políticas monetarias, crediticias, cambiarias, de protección y subsidios donde no se subordinen a segundo plano sus repercusiones en la distribución del ingreso”.
“A un observador superficial pudieran parecer en extremo ambiciosos los puntos de vista que se han expresado… En los próximos años nos aguarda el reto de la nueva revolución económica y tecnológica que difícilmente puede esperar –sin condenarnos– a que pausadamente se modifiquen las estructuras sociales y se resuelva el problema de la marginación y política que aqueja todavía a la gran mayoría de los mexicanos”.[8]
El texto de David Ibarra, “Mercados, desarrollo y política económica: perspectivas de la economía de México”, fue por mucho el que convocó mayor respeto y el que ejerció una influencia más poderosa de todos los que formaron parte del movimiento de crítica en contra del Desarrollo Estabilizador. Ocurrió así por varias razones, empezando por el prestigio intelectual de Ibarra como contador público y economista de excelencia, además de contar implícitamente con el apoyo institucional del organismo (CEPAL) en el cual había prestado por años sus servicios. Otro factor de importancia fue el carácter técnico de que su autor dotó a ese trabajo. A tal fin utilizó un modelo econométrico global que permitió “examinar con un mínimo de exactitud las principales interrelaciones de las fuerzas en juego” y así poder anticipar “la naturaleza y la magnitud de algunos problemas en gestación”. El modelo se integró con “19 relaciones de comportamiento tecnológico y de definición” a manera de formar “un sistema completo al contener el número de ecuaciones necesario para determinar los valores de las variables endógenas en función de las de carácter exógeno o predeterminado”. Considerando que se habla de un trabajo que se escribió en 1970, cabe imaginar el respeto académico que se derivó de un esfuerzo semejante.
El trabajo de Ibarra se asemeja por su prolijidad al que escribieron sus compañeros de jornada, aunque antagonistas, en El Milagro Mexicano, en el sentido de que hubiera podido decir lo mismo en la mitad de páginas, pero hasta ahí los paralelismos. Por otra parte, Ibarra incorporó claramente en su trabajo las tesis de Ifigenia Martínez, a quien menciona explícitamente en los agradecimientos, pero de cuyo enfoque toma prudentemente distancia. Más inteligente intelectualmente que esa economista y también con mayor sensibilidad política, su intención no es hacer una denuncia con tintes de indignación moral sino desarrollar un análisis que merezca atención en los altos círculos del poder y de la influencia. Por ello el cuidado con el que se escribió ese texto, con un lenguaje pulcro y aséptico desprovisto de expresiones emocionales e ideológicas o términos con implicaciones peyorativas. Claramente este aspecto formal debe haber sido importante para darle a Ibarra y a su trabajo efectividad política. De hecho, con esa finalidad probablemente lo escribió. La oportunidad cronológica de esa publicación –la coyuntura de una transición sexenal– se explica también por esa motivación.
El texto de Ibarra es no únicamente excesivamente extenso sino también difícil de escudriñar. En los pasajes técnicos y analíticos el lenguaje es claro y directo pero una vez que se llega a los temas que son claramente de debate el tratamiento se vuelve muy suave y también, quizá deliberadamente, más oblicuo y ambiguo. El análisis de Ibarra fue hecho poniendo atención en los tres mercados macroeconómicos fundamentales –el de bienes y servicios, el mercado laboral y el sector externo– y dos fueron los escenarios que eligió ese autor para sus proyecciones: un primero, en que la economía avanzaba hacia 1980 como una continuidad de su tendencia histórica previa y un segundo en que todas la variables se sincronizaban a manera de lograr un equilibrio completo en el mercado laboral, erradicándose el desempleo y el subempleo. En opinión de Ibarra, en ambos escenarios se requerían cambios en la estrategia económica, pero en especial en el segundo.
La clave de mercadotecnia (política) en el texto de Ibarra se encuentra en la última sección que lleva por título “señalamientos de Política Económica”. El objetivo no consiste en hacer una propuesta de políticas económicas –lo cual sí se hace, pero no como la finalidad prioritaria– sino algo un tanto diferente y de carácter más general: persuadir al lector de que la modificación de la estrategia de desarrollo era inexorable ya que necesariamente el cambio “habrá de producirse cualquiera que sea la tónica de la política gubernamental”. Acto seguido, el autor procede a explicar la congruencia de su hipótesis. Para tal fin introduce el concepto de módulo o pauta de crecimiento por lo cual “debe entenderse una forma de desarrollo que se mantiene durante lapsos relativamente prolongados y posee características distintivas que le dan unidad y la diferencian de otros periodos”. La tesis de Ibarra era entonces que un análisis detenido permite comprobar “síntomas de agotamiento de la pauta de desarrollo” que había estado vigente en México a la vez de un “desfasamiento (sic) de la política económica”, lo cual debía entenderse como “la aplicación de soluciones que fueron adecuadas en otros tiempos pero que probablemente ya no lo sería en el futuro”.
“En más de un sentido se ha mantenido una visión de los problemas nacionales que corresponde a la situación de los años treinta o cuarenta, sosteniéndose ideológica y prácticamente una serie de planteamientos que impiden con claridad favorecer los cambios indispensables”.[9]
Según Ibarra había “síntomas de agotamiento de la pauta de desarrollo” en razón de un debilitamiento irreversible de los vectores que habían impulsado el crecimiento durante la vigencia de la pauta o módulo que a su juicio estaba en vías de declinación. Esos impulsos habían provenido de la reforma agraria para estimular la producción en el sector agropecuario, del sistema de sustitución de importaciones para fomentar la industrialización del país, de la demanda externa como fuente de divisas del gasto del sector público. La reversión del debilitamiento de esos impulsos únicamente podría lograrse con una modificación deliberada del “módulo de crecimiento con el propósito de disminuir los costos sociales del cambio y de asegurar la continuidad del progreso económico”. ¿Cómo modificar el módulo o la pauta de desarrollo? Ibarra proponía una renovación o fortalecimiento de la estrategia de desarrollo en tres frentes: “Política de empleo y distribución del ingreso”, “Promoción industrial y balanza de pagos” y “Finanzas públicas”. En este último ámbito, Ibarra recomendaba en especial la reforma fiscal que se había vuelto un consenso entre todos sus colegas de jornada: “Las medidas que podrían adoptarse para resolver los problemas anteriores son de sobra conocidos; basta señalar simplemente la realización de una reforma profunda a la política fiscal que incluya tanto los aspectos puramente tributarios como los criterios de asignación del gasto”.[10]
El epílogo de David Ibarra no podía quedarse corto a la categoría del texto, al soporte técnico que supuestamente lo sustentaba, al cuidado con el que se había escrito y, en particular, a la magnitud de las aspiraciones que lo impulsaban. Todo el armazón argumentativo estaba fundado en la idea de la inevitabilidad del cambio de una pauta o módulo de desarrollo que, a pesar de todos sus bemoles, había arrojado resultados satisfactorios. Dada la inevitabilidad de esa transformación, lo más conveniente y lo más generoso para los intelectuales sería encabezar ese cambio, ofreciéndole liderazgo y mapa planificador. De ese tamaño era su filantropía, vocación de servicio y compromiso con las causas de la nación mexicana. El llamado venía acompañado de otro guiño al poder político: la concepción y sobre todo la instrumentación de una nueva estrategia de desarrollo “tendrá que encontrar resistencias”. Por tanto, se planteaba abiertamente “la necesidad de mejorar los mecanismos sociales de control y orientación de las transformaciones económicas para que, sobre la base del análisis de las perspectivas históricas, puedan diseñarse políticas con alguna probabilidad de influir en la evolución del desarrollo”. El análisis había quedado planteado, al igual que el ofrecimiento de capacidad técnica para conducir la transición y, sobre todo, la oportunidad para el país de apoyarse en una nueva generación de especialistas y profesionales bien preparados para instrumentar esa propuesta de transformación: “hoy tenemos la posibilidad de aprovechar la experiencia histórica y de investigar por anticipado la forma de adoptar las fuerzas socioeconómicas a los cambios previsibles para el futuro”.[11]
La maestra Irma Manrique –egresada y después catedrática de la entonces Escuela Nacional de Economía– ha evocado con nostalgia la huella que dejó en ella y en otros condiscípulos la figura académica del profesor José Luis Ceseña. El fenómeno debió de haberse replicado multiplicadamente al menos con los profesores estrella de esa escuela. Así, docentes como Horacio Flores de la Peña y Ricardo Torres Gaitán que tuvieron arrastre entre sus alumnos, debieron formar adeptos y seguidores entre muchos de ellos. El suceso debió ser de importancia pues esos seguidores conformaron las filas de las infanterías que le dieron apoyo al movimiento que aquí se estudia. Mucho más importante fue el caso de los discípulos sobresalientes que con su trabajo hicieron fuerza por esa causa. Se destacó principalmente en ese papel el economista descendiente de transterrados españoles, Francisco Javier Alejo.
Una primera colaboración de la autoría de Alejo se publicó en la revista Comercio Exterior en 1963 cuando apenas contaba con 23 años de edad, precisamente sobre el tema que sería el de su especialidad profesional: finanzas públicas.[12] El trabajo de Alejo tuvo dos finalidades. La primera, difundir la idea, ampliamente compartida por todos los correligionarios de ese movimiento, de que en México se requería una reforma fiscal profunda a manera de sustento para las políticas redistributivas y compensatorias que debían aplicarse. La segunda, la propuesta de que en México se requería una reorientación de la política económica, obviamente en la dirección que venían señalando los adherentes a la corriente de pensamiento con la que simpatizaba. Ese último fue el tema dominante en su tesis de licenciatura, muy elogiada y con fecha de publicación hacia finales de la década.[13] Las conclusiones en la tesis de Alejo debieron haber hecho las delicias de Horacio Flores de la Peña, David Ibarra, Wionczek y otros, pues el joven economista había escrito lo que querían escuchar:
“La única razón lógica para que el sistema tributario se encuentre tan atrasado como se describió antes parece encontrarse en la forma como se negocia la política tributaria… La cuestión esencial estriba en si ese proceso de negociación se abriría, de modo que pueda aliviarse la situación financiera de la federación y ésta pueda sostener la tasa de crecimiento de la economía y elevar la asignación de recursos a los objetivos sociales…”.[14]
Muy favorables comentarios recibió en su momento la tesis profesional que escribió Alejo para obtener en 1969 el grado de licenciado en economía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Llevando por título “La Estrategia del Desarrollo Económico de México en 1920-1970”, en muy buena medida el argumento principal de la tesis se encuentra implícito en las cabezas de las tres secciones de que se integró el capítulo “Desarrollo y bienestar” correspondiente a “La Coyuntura Económica Actual de México, a manera de resumen y conclusiones”: “Crecer a cualquier costo”, “Generación de desigualdad en todos los órdenes” y “La acción del Estado no contrarresta la desigualdad”. Más claro, ni el agua. Así, por el afán de “crecer a cualquier costo” la estrategia de desarrollo económico había generado “desigualdad en todos los órdenes” sin que la acción del Estado hubiera podido revertir las tendencias que empujaban hacia una mayor desigualdad. Por lo tanto, lo que se seguía, necesariamente, era una exhortación para que se modificara dicha estrategia. La justificación desde el ángulo técnico para que ello ocurriese estaba fundada en que la política económica que se había venido siguiendo había entrado irremisiblemente “en su fase de agotamiento”. Ello, por “los desajustes estructurales de la economía, la tendencia de ésta a generar desigualdad y endeudamiento externo y las resistencias al cambio (sic) surgidas en el sistema político…”.[15]
Un adherente adicional al movimiento de crítica contra el Desarrollo Estabilizador fue el economista Jorge Eduardo Navarrete. Aunque la aportación más importante de Navarrete a ese movimiento se incorporó en la multicitada antología que editó Miguel Wionczek en 1970, también en su calidad de editor de la revista Comercio Exterior de 1967 a 1972 contribuyó a esa causa en muchos de los editoriales institucionales los cuales claramente provinieron de su pluma.[16] Navarrete coincidió con los de su cofradía en la tesis sobre el supuesto olvido de los rezagos sociales por parte de la política económica y la necesidad de hacer una revisión al respecto, pero su contribución se refirió en lo particular a las perspectivas del sector externo. La tesis principal fue que la cuenta corriente de México evolucionaba hacia un déficit creciente que solo podría financiarse con superávit, también creciente, en la cuenta de capital. Así, según Navarrete, la solución al problema residía, en una corrección de las finanzas públicas. Sin embargo, en este punto aflora una contradicción muy evidente con la visión de sus correligionarios: ¿elevar los ingresos fiscales mediante una reforma a fondo para financiar los gastos de beneficio social o para elevar el ahorro del sector público y así reducir el déficit en la cuenta corriente?
Aún visto desde una perspectiva actual (a más de cinco décadas de distancia), el diagnóstico del que derivó la crítica al Desarrollo Estabilizador parece sólido. ¿Por qué entonces las consecuencias históricas de ese movimiento resultaron tan negativas? ¿Qué motivó a que una vez instaurada la estrategia de desarrollo que se fincó en aquel diagnóstico, haya desembocado en resultados tan destructivos –en las antípodas de lo que se había buscado con tanta esperanza? Un primer alejamiento pudo haber provenido de las causas que se atribuyeron a la mala distribución del ingreso. Quizá, la falla de los críticos consistió en atribuir ese fenómeno de tipo estructural a una sola causa: la estrategia económica que tenía unos cuantos quinquenios de venirse aplicando con éxito. O para decirlo en otros términos: no hubo la perspicacia para dilucidar que una sociedad con siglos de atraso y desigualdad, difícilmente podía corregir esos factores en unas cuantas décadas de avance, sobre todo teniendo en cuenta las fuertes inercias del status-quo y otro factor esencial: la muy elevada tasa de explosión demográfica que tenía lugar precisamente en los segmentos más atrasados del país. Implícitamente, si tan sólo a la estrategia económica se le atribuían las desigualdades sociales y el estancamiento del campo, ese hecho llevaba casi inexorablemente a una propuesta alternativa de corte radical.
Como se ha visto, en mucho las críticas al Desarrollo Estabilizador tuvieron una filiación cercana con corrientes de pensamiento propensas a impulsar una mayor intervención del Estado en materia económica. Pero los marxistas ortodoxos y otros economistas radicales no fueron los únicos que se adhirieron a la crítica en contra el Desarrollo Estabilizador. Una de las claves es que a esa cargada se sumaron muchos otros actores identificados con escuelas de pensamiento menos extremistas. Así, una pléyade de keynesianos, cepalinos, estructuralistas y profesantes de algunas capillas se sumaron a ese movimiento, logrando enrarecer el ambiente en no escasa medida, al menos por dos razones. La primera de ellas fue simplemente del orden cuantitativo, ya que sumaron fuerzas y engrosaron la embestida. La segunda, de orden intelectual, es que al plantear una crítica más sofisticada y matizada hicieron más difícil su refutación. El fenómeno admite también una aproximación psicológica, algo que podríamos denominar el síndrome de superioridad doctrinal y ética. Si en el surgimiento del debate esos críticos se encontraban ya a-priori del lado del bien y de la bondad y además los asistía la razón doctrinal, el triunfo dialéctico les correspondía por definición de entrada. No necesitaban salir airosas de ningún debate, que, además, nunca buscaron. Sus ojos no estaban puestos en convencer a la opinión pública sino en conquistar la conciencia del poderoso que estaba en posibilidad de llegar a Los Pinos.
Aparte de una moda intelectual, la crítica en contra del Desarrollo Estabilizador fue también un proceso y formó parte de un movimiento intelectual más o menos deliberado y explícito. Hubo, pues, en ese movimiento conciencia de clase, por así, decirlo. Una primera razón para considerar que se trató de un proceso fue el tiempo de su duración. Así, en ámbitos institucionales restringidos y en círculos académicos no necesariamente muy amplios los diletantes de ciertas corrientes de pensamiento no dejaron a lo largo de más de una década de cincelar martillo en mano un movimiento de impugnación antagónico a la senda económica por la que decidieron marchar las administraciones que encabezaron los mandatarios López Mateos y Díaz Ordaz. Esos presidentes y los principales funcionarios económicos de sus administraciones, no se preocuparon por contestar a esas críticas tal vez por dos razones. En primer lugar, porque tal vez ensimismados en sus altas responsabilidades, no conocieron esos planteamientos críticos o si los conocieron no juzgaron que merecieran su atención. Una segunda razón tuvo que ver posiblemente con el hecho de que todo el esfuerzo dialéctico y retórico de esos funcionarios se agotó en sus empeños por ganar y conservar la confianza en el modelo por parte de los empresarios y banqueros locales y en particular en ganar la buena voluntad en favor de México de los gobernantes de Estados Unidos y demás países desarrollados, de las grandes instituciones financieras con presencia mundial y de los altos oficiales de los organismos internacionales.
Así, nunca hubo en la mente y en el espíritu de esos críticos margen para el gradualismo y los matices. Tampoco tolerancia para mediar, concertar y dialogar. En consecuencia, sus propuestas cayeron irremediablemente en una binariedad irreductible. El cambio de orientación económica tenía que ser a fondo, sin concesiones. Se abrió de esa forma a la postre una brecha abismal entre un diagnóstico y la nueva estrategia económica que inspiró y que no ha recibido en la historiografía una explicación plena. En ese escenario la disyuntiva se tornó radical: se trató de elegir entre un todo o nada, en razón de que no había margen para alguna síntesis de planteamientos. Claramente no se planteó algo así dentro del movimiento de crítica porque dentro de sus filas se hubiera visto no como una muestra de pragmatismo y flexibilidad, sino como una claudicación. La lógica detrás de ese desenlace es que los dueños de la verdad no tienen que transigir, ni dialogar, ni concertar. Así, en sus expresiones mayoritarias, como se ha visto, las posturas fueron tan excesivas e inflexibles que lo que se pedía en realidad no era una reorientación de la política económica sino, casi, un cambio de régimen. Pero el régimen ya estaba planteado –e incluso codificado– en la Constitución.
La crítica al Desarrollo Estabilizador: ¿programa, movimiento o proceso? No pudo desde luego tratarse de un programa porque careció de un plan a-priori, de un libreto explícito, de una organización. Se estará más cerca de la realidad si se piensa en un proceso: fue un movimiento que se mantuvo vivo y en acción durante bastante tiempo. El motor de esa actividad no fue tan sólo una inercia sino impulsos deliberados compartidos por un grupo bastante amplio de académicos y escritores. La caracterización sociológica como un movimiento se acerca aún más a la realidad pues además de impulsos compartidos entre los participantes hubo una red de vinculaciones entre aquellos autores. Los vectores compartidos de cohesión, ya se ha dicho, fueron instituciones orgánicas que les ofrecieron cobijo, creencias comunes en el orden de la ideología y de corrientes de pensamiento a lo cual cabe agregar una madeja de contactos interpersonales. Este último punto es fundamental. El espíritu de cuerpo subyacente se adivina con facilidad en los agradecimientos que se prodigan en la introducción de los textos que se produjeron al amparo del movimiento. Una revelación clave se encuentra en la importante colaboración de David Ibarra ya comentada páginas atrás: “… los reajustes de la política económica que aquí se han resumido… están basados en un conjunto de ideas que viene gestándose como resultado del estudio de los problemas nacionales y del subdesarrollo y que se basa en experiencias puestas en vigor en diversos países…”.[17]
Parcialmente, la crítica al Desarrollo Estabilizador se dio en el contexto de la cátedra que impartían los promotores de ese movimiento. Porque existió ese esfuerzo de proselitismo, ya haya sido espontáneo o deliberado, es que resultaría inútil y ocioso un intento de recuento exhaustivo de todos los que participaron en el proceso. Lo que sí es factible es una lista de los principales impulsores, elenco en el que no podrían faltar Antonio Sacristán y Horacio Flores de la Peña. Así, tomando en consideración el esfuerzo de proselitismo, cabría distinguir entre epígonos y continuadores; entre actores que empujaron el movimiento y simplemente simpatizantes o seguidores. Seguramente el número de estos últimos fue mucho mayor que el de sus mentores a lo cual cabe agregar que una minoría de éstos lograron también saltar, a pesar de su juventud, a la categoría de actores y participantes en el movimiento.
El movimiento de crítica en contra del Desarrollo Estabilizador admite otra aproximación de gran interés: la de los tiempos históricos en que tuvo lugar. Resulta iluminador que tanto sus inicios como el momento cénit de las acciones se produjeron en el contexto de procesos de transición sexenal. Ese hecho viene a confirmar un elemento que cualquier politólogo hubiera adivinado de entrada: la intención de ambición política que muy posiblemente movió a algunos de los principales actores en ese movimiento. El resorte intelectual se entiende y configura como una condición necesaria. Era del mayor interés nacional que científicos sociales bien capacitados intentasen una interpretación de la marcha de la economía distinta de la que se hacía desde el gobierno. Pero falta en ese panorama la indispensable condición suficiente. Gilberto Loyo y Eduardo Bustamante buscaron hasta su límite que el nuevo poder encarnado en la persona del candidato López Mateos los escuchara y, en particular, que tomara en consideración una propuesta alternativa de estrategia económica. ¿Por qué no considerar que esa intención (consustancial al ser humano) también haya motivado a los actores de la última etapa del proceso? Era natural que, en el fondo de su corazón, Ibarra, Alejo y Navarrete también tuvieran una pequeña veladora prendida en favor de aspiraciones que creían legítimas. Así fue y así nos fue. En los siguientes sexenios éstas se materializaron y todo se concretaría, por desgracia, en grandes daños para México.
Un punto medular en la discusión es respecto del lugar que ocupaban en la mente de esos críticos los principios de la estabilidad de precios. La mayoría de los textos que se publicaron al amparo de ese movimiento de crítica conformaron una amenaza explícita para las causas de la estabilidad monetaria y de la salud de las finanzas públicas. A manera de ejemplo, con base en una interpretación excesivamente personal y hasta caprichosa de los escritos de Keynes, don Antonio Sacristán suponía que el banco central estaba en posibilidad de determinar discrecionalmente el nivel de las tasas de interés y conservarlo sin dificultad. Por tanto, la determinación con la que se aferraba el instituto central a conservar esas tasas en un nivel que consideraban demasiado alto sólo podía concebirse como una obcecación doctrinal. A mayor abundamiento, los pensadores cercanos a la CEPAL ya habían determinado que la inflación en los países en desarrollo de América Latina se explicaba en lo fundamental por factores estructurales y por tanto no había necesidad de poner tanto énfasis en la aplicación de una política monetaria prudente compatible con el sostenimiento de esquemas de tipo de cambio fijo que se habían acordado con el Fondo Monetario Internacional. Economistas de esa corriente de pensamiento, aunque con una formación técnica mucho más sólida y no escasos talentos intelectuales, parecían, sin embargo, no discrepar con esas concepciones un tanto esquemáticas y superficiales de Sacristán y otros correligionarios. La amenaza estaba presente y se materializaría más adelante en la etapa subsecuente del desarrollo económico de México. Nuevamente, así fue y así nos fue.
La postura de esos críticos con respecto a la política monetaria, la banca central y los beneficios que cabría esperar de la estabilidad de precios y financiera era no sólo una espada de Damocles sino también una causa de preocupación. Ignoraban y descalificaban a-priori a toda una corriente de conocimiento que predicaba cosas diferentes a las que ellos proponían. Aún peor, se descontaba a esa corriente en forma anticipada con tan sólo el recurso a adjetivos descalificatorios sin un análisis serio y cuidadoso de sus premisas y conclusiones. Esa corriente no sólo se sustentaba en el trabajo de un elenco importante de autores que contaban con una obra reconocida, sino que se despreciaba una experiencia de años por parte de los principales banqueros centrales del mundo. Ningún banquero central respetado profesaba y proclamaba las ideas heterodoxas en que decían apoyarse. El lenguaje en que se planteaban las propuestas de cambio decía mucho de una actitud impregnada de exigencia voluntarista y arrogancia intelectual. Como no había sombra de duda alguna en el orden teórico, tampoco comedimiento –ni menos un ápice de sana humildad– en el fondo y forma de las propuestas. La invocación a la prudencia monetaria y a la moderación fiscal sólo podía explicarse por un conservadurismo reaccionario sin fundamentos técnicos. En suma, no se vivían tiempos de conciliación y de tolerancia.
En alguna medida, que debió ser importante, la presión que logró ejercer el movimiento de crítica al Desarrollo Estabilizador sobre la opinión pública, sobre el gremio de los economistas además de otros científicos sociales y, en particular, sobre grupos y actores de la clase política derivó del número de activistas que se sumaron al proceso. En un principio, ya se ha visto, la mecha se encendió en algunos espacios específicos del servicio público, el sector financiero y la Escuela de Economía de la Universidad. Cincel en mano, en el periodo intermedio no dejaron de impulsar las tesis básicas del movimiento –no se entiende suficientemente el rezago del campo y de los segmentos menos favorecidos, hay demasiados privilegios para la clase empresarial, falta una reforma fiscal, y las políticas fiscal y monetaria son innecesariamente restrictivas– actores relevantes como Horacio Flores de la Peña. Los marxistas radicales y figuras del pensamiento de izquierda como el maestro José Luis Ceseña, aportaron indudablemente algún impulso al movimiento. Aunque apenas se mencionan en este texto, cabe destacar también la contribución paralela que hicieron politólogos y académicos que desde otras disciplinas impugnaron al Estado que en lo económico había decidido aplicar la estrategia del Desarrollo Estabilizador y al cual consideraban insuficientemente democrático o “autoritario”. En razón de todos esos esfuerzos concurrentes, es que desde el punto de vista editorial una crónica completa del movimiento requeriría un espacio mucho mayor que el de este capítulo. Además, ya hacia la transición sexenal de 1970 se sumaron a la cargada algunas otras plumas que con su fuerza hicieron más potente al movimiento. A manera de ejemplo, al alimón con Ifigenia Martínez y David Ibarra fueron coautores en “El Perfil de México en 1980”; Víctor L. Urquidi (Población), Leopoldo Solís (Sistema financiero), Gerardo Bueno (Industria automotriz), Daniel Díaz y Díaz (Transportes), Eugenio Méndez Docurro (Telecomunicaciones), Horacio Flores de la Peña (Educación Superior e Investigación) y Luis Unikel (Urbanización).
En suma, las diversas fallas intelectuales y éticas de que adoleció ese movimiento de crítica se potenciaron para producir a la postre un resultado negativo y contraproducente. Antes que nada, a ese movimiento le faltó objetividad y realismo para reconocer que a pesar de los rezagos en el país, había en la estrategia económica que se seguía las condiciones esenciales para un resultado redistributivo: crecimiento económico sostenido con estabilidad y elevación de los salarios reales. Tratar de modificar esquemas que arrojan resultados positivos puede resultar desquiciante, como le ocurrió a la postre a la política económica de México en la década de los setenta, específicamente de 1970 a 1982. A los impulsores de la nueva propuesta parece aplicárseles la insensatez de aquel individuo que estando sano acudió de todas maneras a visitar al médico pues estando bien deseaba a contrapelo sentirse mejor. Cambiar no necesariamente significa y lleva a una mejoría si los cambios propuestos destruyen algunas de las virtudes del esquema que se intenta suplantar.
La insuficiente moderación y prudencia que a todo lo largo del movimiento mostraron la mayoría de sus participantes sólo puede entenderse tomando en consideración un radicalismo ideológico que a la postre resultaría perjudicial pues deterioraría, quizás sin remedio, un elemento de concordia nacional y confianza que era necesario para una marcha adecuada de una economía mixta como la que tenía entonces México. Asimismo, de manera muy clara le faltaron también a ese movimiento conocimientos técnicos para proponer una alternativa que resultara viable y funcional. En esto último tuvieron también mucho que ver los desaciertos técnicos implícitos en las propuestas de aquellos diletantes. Dos de ellos, fueron muy evidentes y hasta flagrantes. Primero, la contradicción inexorable entre el expansionismo fiscal y monetario que se propugnaba y la conservación de la estabilidad cambiaria. Una segunda inconsistencia técnica, la contraposición entre el expansionismo fiscal y el deseo declarado de moderar el déficit en la cuenta corriente y el recurso de México al crédito externo.
[1] Blanche Petrich, “Horacio Flores de la Peña. ¿Por qué nadie, en el gobierno reconoció que el ciclo del desarrollo estabilizador se había agotado? ‘Inercias, Un enemigo muy fuerte’ ”, La Jornada, 4 de abril de 1999.
[2] Horacio Flores de la Peña, “La mecánica de la inflación”, Investigación Económica, 1953, cuarto trimestre, pp. 314 y 333.
[3] Op. cit.
[4] Miguel S. Wionczek (selección), “La sociedad Mexicana: presente y futuro”, Lecturas de El Trimestre Económico, vol. 8, México, Fondo de Cultura Económica, 1979.
[5] Wionczek, op. cit., pp. 14-17.
[6] Ifigenia Martínez de Navarrete, “Distribución del ingreso en México: tendencias y proyecciones a 1980”, en El Perfil de México en 1980, vol. I, México, Siglo XXI, 1970, p. 52.
[7] Ibid., p. 56.
[8] Ibid., p. 59.
[9] Ibid., pp. 151-153.
[10] Ibid., p. 185.
[11] Ibid., pp. 155 y 186-189.
[12] Francisco Javier Alejo y Carlos Ocaña, “La carga fiscal en México. Su evolución e importancia”, Comercio Exterior, febrero de 1963.
[13] Francisco Javier Alejo, La estrategia del desarrollo económico de México en 1920-1970, Tesis de licenciatura, Escuela Nacional de Economía, unam, 1970.
[14] Francisco Javier Alejo, “La política fiscal en el desarrollo económico de México”, en Miguel S. Wionczek, La Sociedad Mexicana: Presente y Futuro, México, Fondo de Cultura Económica, Lecturas del Trimestre, vol. 8, 1971, pp. 96-97.
[15] Francisco Javier Alejo, La Estrategia del Desarrollo... op. cit., pp. 178, 183, 185, 186 y 191.
[16] Jorge Eduardo Navarrete “Desequilibrio y dependencia: las relaciones económicas internacionales de México en los años sesenta”, en Miguel Wionczek, (ed.), La Sociedad Mexicana: presente y futuro, México, Fondo de Cultura Económica, Lecturas del Trimestre, vol. 8, 1971, pp. 98-134.
[17] Ibarra, op. cit., pp. 186-189.