Tomo XII: Barruntos de tormenta
III. Los críticos del Desarrollo Estabilizador

 

11. Las visiones radicales

 

Siempre hubo en la Escuela de Economía de la UNAM –explicó el conocedor Carlos Tello– un grupo de marxistas ortodoxos. El claustro les ofrecía tres cosas básicas: oportunidad de desarrollar una carrera académica congruente con sus convicciones ideológicas, amparo frente a un ambiente político externo que podía serles hostil y posibilidad para hacer proselitismo doctrinal y/o partidista (algunos eran militantes del Partido Comunista) entre sus colegas docentes y el alumnado. Por años su trabajo intelectual se desarrolló con apego a las líneas concebidas de su enfoque doctrinal. Casi parecía, y en muy buena medida lo era, un libreto dictado de antemano. Todo estaba debidamente predeterminado y preexplicado: “Marx ya lo había dicho”. Así, cualquier indicador económico o social que mostrara un rezago se debía a la explicación y explotación que el sistema imponía a las mayorías saqueadas (trabajadores y pequeños agricultores), cualquier hecho de la realidad que se analizara validaba a-priori lo que ya señalaba la verdad revelada que se seguía más como una devoción religiosa que como verdad científica. Con tesón, persistencia y también cierto aislamiento endogámico, los académicos de ese enfoque desarrollaban su obra. Una novedad apareció en el horizonte de esos escritores hacia finales de los sesenta: se sumaron al movimiento de crítica que se había formado en contra del Desarrollo Estabilizador. ¿Quién los convocó o porque se sumaron a ese movimiento?

En 1970, se publicó con bombo y platillo bajo el sello de la casa Editorial Nuestro Tiempo un volumen con cuatro ensayos bajo el provocador e irónico título de “El Milagro Mexicano”. Si la obra se publicó en ese año los largos ensayos con que se integraron debieran haber tomado bastante tiempo de preparación. No había ocultamiento: Fernando Carmona, Guillermo Montaño, Jorge Carrión y Alonso Aguilar ostentaban abiertamente su profesión de fe socialista y desde esa perspectiva plantearon abiertamente su análisis crítico a la estrategia económica que se aplicaba en México. La presentación, suscrita oficialmente por el editor, se escribió rebosante de ironías sobre los supuestos beneficios del milagro económico de México:

“Los autores de ‘El milagro mexicano’ no se permitieron pontificar. Conscientes de la complejidad del problema, no creen que serán tesis expuestas en libros –material en todo caso para discusión y estudio de realidades sociales– las que logren cambiar la situación económica y política de México. La praxis con su contundencia prevalecerá como siempre en el proceso de organizar a las fuerzas revolucionarias y llevar al pueblo al poder; lo que no excluye el examen crítico, la discusión, el planteamiento sin dogmatismo ni ánimo magisterial de los más graves problemas de México y de América Latina”.[1]

El llamado a la acción política al que se refiere claramente el párrafo citado conforma el resorte fundamental del ensayo de Alonso Aguilar. A diferencia, la explicación de por qué supuestamente “el desarrollo estabilizador” resultó en realidad “desarrollo enajenador” (sic) se encuentra de preferencia en el texto de Carmona. El mensaje es de fatalismo inexorable: la lógica del “capitalismo del subdesarrollo” conduce necesariamente a la formación en el orden interno de una clase derrochadora y parasitaria que obtiene beneficios enormes de su exacción de las clases mayoritarias y en el orden externo la subordinación y la dependencia con respecto a la potencia expoliadora mayor que son los Estados Unidos. Así, “la estructura de clases sociales y las relaciones de producción e institucionales correspondientes, nacionales e internacionales, apoyan y sostienen el crecimiento económico subordinado al impedir que las inevitables contradicciones conduzcan a la liquidación del régimen social”. Con esa visión, compartida previsiblemente por sus colegas de jornada, Carmona estaba impedido “estructuralmente” de adivinar variantes y matices en las estrategias económicas que habían seguido los gobiernos de México desde 1940. A partir de la corrección de rumbo aplicada por Ávila Camacho, el resto había sido simplemente un más de lo mismo:

“… ¡crecer manteniendo la estabilidad! Una condición más correcta, pues, sería que los últimos cinco gobiernos a diferencia de los que hasta 1940, en mayor o menor medida y con más o menos decisión, congruencia y firmeza trataron de llevar a la práctica los objetivos nacionalistas de la Revolución Mexicana, han trocado con el imperialismo y la burguesía dominante, y contra los anhelos y necesidades históricas de nuestro pueblo, mayor dependencia por estabilidad. El desarrollo estabilizador es en realidad un ‘desarrollo enajenador’ ”.[2]

Indirectamente en el texto de Carmona se insinúa que la única solución posible a la problemática económica de México sería la remoción del modo de producción capitalista. Por su parte, los llamados a la acción política se encuentran explícitamente a todo lo largo del ensayo de Alonso Aguilar como lo sugiere claramente su título: “Problemas y perspectivas de un cambio radical”. En esos ensayos, razonablemente bien editados y escritos aunque no sin múltiples redundancias, se admite la posibilidad de reformas importantes dentro del régimen de economía mixta prevaleciente pero en la concepción radical de los autores esas reformas serían meros paliativos a una forma de organización viciada de origen e imposible de sanear. La única reforma válida verdaderamente correctiva era de naturaleza estructural y tenía una única forma determinada de antemano. Todos los demás cambios imaginables significaban “simplemente ‘moderar’ la injusticia, mitigar la explotación, suavizar ciertos conflictos y, sobre todo, afirmar la estabilidad política y el orden…”.[3] Fernando Carmona, Alonso Aguilar y sus colegas de ideología llevaban años propalando este evangelio entre sus discípulos y lectores. La gran novedad fue que hacia finales de los años sesenta agregaron un nuevo demonio al infierno del cual había que exorcizar a México. A ese nuevo satanás, que en el mundo complaciente del imperialismo explotador se había dado en llamar “desarrollo estabilizador”, se le rebautizó –según se ha visto− como “desarrollo expoliador”.

“La idea de que en nuestro país no hay condiciones para un cambio revolucionario es, creemos nosotros, del todo infundada. El imperialismo es, históricamente, la antesala del socialismo y la etapa, por tanto, en que no sólo pueden –como ya ha acontecido– sino que deben producirse las mayores conmociones revolucionarias… Mientras haya imperialismo y guerras imperialistas con lo que ambos entrañan de irracionalidad y destrucción masiva –y a veces, incluso, genocida– de lo que el hombre ha creado con tanto esfuerzo y a lo largo de tanto tiempo, habrá condiciones para un cambio revolucionario”.[4]

Hubo en la Escuela de Economía de la Universidad otros economistas de izquierda que compartieron con Alonso Aguilar (et. al.) ideología y valores. Con todo, pocos tuvieron su capacidad retórica, su prestigio, su don para la escritura. Una excepción fue José Luis Ceseña, maestro por décadas en ese centro docente. Al igual que sus colegas de ideología, más que ser contrario a la estrategia de desarrollo que se aplicaba en México desde finales de los años cincuenta, la oposición de Ceseña era contra el sistema que hacía posible la dependencia de México con el exterior por la vía de un “desarrollo capitalista de tipo subordinado” que sólo era posible por la preeminencia en el país del capital monopolista que por vía de la inversión extranjera directa se había concentrado en el saqueo y la expoliación del país. El don de gentes del maestro Ceseña y su bonhomía lo hicieron una figura muy querida entre sus discípulos. Su larga trayectoria como editorialista en la revista Siempre y en el diario Excélsior lo convirtieron en un intelectual reconocido e influyente en los círculos de la opinión pública de izquierda. Ambos logros le fueron de gran utilidad para la promoción de las ideas que profesaba Ceseña y que como elemento esencial recomendaba una reorientación drástica de la estrategia económica que se seguía en México.

“La política que se recomienda consiste en volver a darle el curso correcto a la Revolución Mexicana con el fortalecimiento de los movimientos obrero y campesino, la ampliación de la intervención del Estado en la economía, especialmente en calidad de empresario en los renglones básicos de la industria y la infraestructura, y con arreglo a un Plan de Desarrollo con una orientación nacionalista y popular…”.[5]


[1] Fernando Carmona (et. al.), El Milagro Mexicano, México, Editorial Nuestro Tiempo, S.A., p. 9.

[2] Ibid., p. 74.

[3] Ibid., p. 250.

[4] Ibid., p. 361.

[5] José Luis Ceseña, México en la Órbita Imperial, México, Ediciones El Caballito, 1970, pp. 7-9.

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