A pesar del muy satisfactorio desempeño que había tenido la economía mexicana a lo largo de por lo menos tres lustros, no todos los observadores y comentaristas se mantuvieron como apologistas de la política económica que se siguió en el periodo. Desde principios de los años sesenta e incluso antes, surgió entre los economistas de ciertas filiaciones la moda intelectual de criticar al Desarrollo Estabilizador. Esa corriente no fue generalizada en el país: prendió de preferencia entre los segmentos afines al keynesianismo o posturas ideológicas más inclinadas hacia la izquierda. En México el gremio de los economistas ha distado de conformar una homogeneidad. Aunque las fronteras entre las distintas escuelas de pensamiento nunca han estado marcadas con precisión, es claro con cuáles tendencias se identificaban quienes dieron en oponerse a la estrategia en cuya definición habían tenido una intervención clave el secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, y el director general del Banco de México, Rodrigo Gómez.
Las motivaciones de esos críticos respondieron a una variedad de razones. Una de ellas fue claramente la ideología. Había que analizar críticamente una estrategia económica cuya identificación en el espectro se encontraba alejada del extremo con el que esos contingentes de profesionistas se sentían más cómodos. El otro elemento, no del todo separado del ideológico, era del orden doctrinal. Había que reivindicar planteamientos del pensamiento económico distintos a la corriente que predominaba en los principales centros universitarios de Norteamérica y, en lo específico, de Estados Unidos. En este sentido no era sólo el keynesianismo lo que deseaba reivindicarse, también el estructuralismo que había florecido en el cono sur del continente, diversos planteamientos promovidos por la Comisión Económica para América Latina y, en particular, un rechazo muy vehemente al monetarismo ortodoxo que se cultivaba en la Universidad de Chicago. Pero los resortes de ese movimiento, ahora lo sabemos, no eran exclusivamente intelectuales. En el fondo de los corazones de varios de aquellos analistas también estuvo sembrada la semilla de la ambición política. Había que cambiar el modelo de política económica con la esperanza de que, de ese reemplazo, viniese el mágico llamado para conducir la nueva estrategia en la búsqueda de objetivos más amplios. Por último, a una minoría de aquellos alternantes también la empujaron motivos personales: antipatías antiguas con altos funcionarios del gobierno o agravios pendientes que había que saldar (aunque fuese simbólicamente).
El contexto global en que se dio la crítica al Desarrollo Estabilizador tuvo bastante influencia, indirecta y hasta directa, en cuanto a la conformación de los argumentos y principalmente en la creación de un ambiente ideológico propicio para su desarrollo. Mientras que ese movimiento de crítica se gestó principalmente a lo largo de la década de los sesenta con algunos antecedentes previos, la llamada Guerra Fría tuvo sus orígenes en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y se extendió hasta el desplome del comunismo. Esto último ocurrió a partir de 1989, teniendo como causa la caída de la “cortina de hierro” y el desmembramiento de la Unión Soviética. La Guerra Fría –el enfrentamiento irreductible entre los Estados Unidos y la Unión Soviética– fue prácticamente general. Es decir, se manifestó en todas las expresiones de la civilización, sobresaliendo, en especial, los aspectos filosóficos, políticos, sociales, económicos, culturales y hasta artísticos y deportivos. En el orden filosófico, o para ser más precisos, axiológico, las sociedades estadounidense y soviética parecían irreconciliables porque estaban edificadas sobre valores esenciales diametralmente distintos. Mientras que la sociedad soviética aspiraba a la búsqueda de la igualdad absoluta entre los ciudadanos, el valor fundamental de su contraparte estadounidense era garantizar la libertad individual. En el orden político, mientras que Estados Unidos había reivindicado desde sus orígenes la forma de gobierno democrático y republicano, en la Unión Soviética se había buscado en forma explícita y desde un principio, implantar “la dictadura del proletariado”. Y debe quedar claro: ninguna dictadura puede ser a la vez democrática.
En el ámbito de la economía, también se dieron posiciones irreconciliables entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Y por extensión geográfica, así ocurría también entre el bloque de los países comunistas, en el cual podía incluirse desde 1949 a la China Continental, y las naciones democráticas del Hemisferio Occidental. La expresión concreta de ese enfrentamiento fue entre la economía de mercado –fincada en la propiedad privada del capital y la tierra– y la economía centralmente planificada, que tenía su fundamento en la estatización de esos factores de la producción. La confrontación tuvo desde un principio una meta bien clara: mostrar cuál de los dos modos de producción era más eficaz, productivo y viable. A manera de ejemplo, en materia de la carrera espacial el sistema más racional terminaría por lograr el triunfo para su causa. Y por extensión, lo mismo sería válido para el enfrentamiento armamentista. El punto medular es que hacia finales de los años sesenta el desenlace de esa confrontación distaba de estar resuelto. Ningún analista digno de respeto imaginaba entonces la hecatombe que esperaba al sistema comunista a la vuelta de tan solo tres décadas. Muy al contrario, en círculos intelectuales amplios de América Latina, la planificación soviética y sus logros productivos y científicos disfrutaban de muy buen prestigio. Por tanto, tampoco faltaban las exhortaciones para su emulación en los países del subcontinente.
¿Cómo se vivió la Guerra Fría en México? Con gran habilidad y éxito, a todo lo largo de la Guerra Fría el gobierno mexicano logró mantener un balance entre las dos fuerzas en conflicto. Un corolario de esa política fue que México mantuvo relaciones diplomáticas ininterrumpidas con la Unión Soviética y ése fue también el caso con los países del bloque socialista, principalmente de Europa del Este. Los grupos de izquierda locales siempre vieron con buenos ojos ese hecho y su beneplácito fue ciertamente muy grande cuando después de que la Cuba revolucionaria decidiera abrazar el marxismo en 1960, México se negó a romper relaciones con ese país caribeño. Ello, a pesar de las muchas presiones que ejerció en ese sentido el gobierno de Estados Unidos a través de la OEA (Organización de Estados Americanos) y por otros conductos. En los estudios sobre México que se publicaron en la urss, sus autores no escatimaron elogios a las políticas progresistas del régimen que había emanado de la Revolución Mexicana, principalmente el programa de reforma agraria, la expropiación de la industria petrolera y, en general, el espíritu del nacionalismo revolucionario. También es sabido que el Estado soviético apoyó por décadas al proscrito Partido Comunista Mexicano (PCM) y esa política, que ejerció con mucha discreción, despertó simpatías entre algunos grupos en México.[1] En el orden intelectual, a todo lo largo de la Guerra Fría se mantuvieron en acción los académicos que impulsaban la Economía Política en México y que indudablemente hacían proselitismo ideológico en el país en favor de su causa.
El movimiento estudiantil de 1968 y en particular la forma en que concluyó con una intervención activa por parte del ejército, dejó en todos los mexicanos una impresión imborrable teñida de dramatismo y conmoción. En la medida en que fue un asunto general y dada la diversidad de las posturas ideológicas en la sociedad, las opiniones se extendieron en un rango muy amplio, teniendo en los extremos al anticomunismo más radical y en las antípodas la típica visión profética de los redentores de izquierda. Con mesura, algunos comentaristas moderados hicieron notar la paradoja de que una marcha muy positiva de la economía hubiera venido sorprendentemente aparejada con problemas políticos y sociales asociados a ese movimiento. El presidente Díaz Ordaz pareció coincidir con este último enfoque y por esa razón pensó que si los problemas de México eran del orden político ésa era la especialización que debería tener quien debiera ser su sucesor en la primera magistratura. Fue aparentemente en la aceptación de esa lógica en donde se gestó la candidatura presidencial del entonces secretario de Gobernación Luis Echeverría. En automático quedó descartado de la sucesión “el presidente que no fue” (Enrique Krauze dixit): el ministro de Hacienda Antonio Ortiz Mena.[2] La lectura que hicieron de aquellos sucesos agitados del año 1968 los científicos sociales considerados “progresistas” –politólogos, economistas y sociólogos– fue previsiblemente muy distinta. No era aceptable esa dicotomía entre una economía próspera y una administración política autoritaria y represiva. Según esa perspectiva, la estrategia económica aplicada debería haber tenido mucho que ver en el estallido de una movilización para cuya sofocación el Estado habría tenido que recurrir a las balas y a las bayonetas.
¿Por qué se formó el movimiento de crítica en contra del Desarrollo Estabilizador? La década de los sesenta, aunque también su precedente, fueron periodos de incertidumbre y efervescencia. Algunos pensadores la han entrevisto como una época de relevo generacional en la que una hornada consolidadora e institucional fue reemplazada por otra generación subsecuente que se caracterizó por un espíritu disruptivo, contestatario, rebelde y hasta destructivo. Lo anterior es en cuanto al espíritu general que caracterizó al periodo. La confrontación entre economía planificada contra economía de mercado (llamada comúnmente Guerra Fría) se desenvolvía en pleno furor y los economistas locales que se autodenominaban progresistas se afanaban y se ufanaban en identificarse con el bando soviético aunque viviesen en un país del sector occidental una cómoda existencia de clase media. El hecho central es que un conjunto de fuerzas de índole diversa concurrieron para que la estrategia económica que México seguía desde al menos tres quinquenios se convirtiera en blanco de embestidas y andanadas académicas. Esa estrategia de política económica no era perfecta, desde luego, pero la crítica que surgió, sobre todo en ciertos medios intelectuales, estuvo marcada de una cierta intolerancia que no invitaba al debate. Ni los críticos estuvieron anuentes a que tuviera curso ese debate, como tampoco los impulsores de la estrategia –cabe advertirlo– lo consideraron conveniente o necesario. Los números y los resultados estaban a la vista. El problema es que los críticos no los vieran o que quisieran ver otras evidencias diferentes que en su opinión, validaban su postura antagónica. ¿Dónde estaban –comentó alguna vez Ortiz Mena, no sin cierta perplejidad– los críticos como Horacio Flores de la Peña cuando a mi regreso de Washington después de presentar con gran éxito el folleto “El Desarrollo Estabilizador… la prensa local estalló en una pirotécnica de celebraciones triunfalistas? La respuesta es que sí estaban esos críticos, pero se encontraban confinados en sus propios círculos académicos e institucionales y tampoco tenían muchos ánimos para dialogar y contrastar ideas.
En México no existían en esos tiempos las instancias institucionales para que movimientos intelectuales de cierta envergadura pudieran hacerse oír por quienes detentaban el poder. Pero en el caso de México esos críticos se mantuvieron en actividad y se sintieron identificados con algunas corrientes de pensamiento que lograron prestigio en el extranjero. Los respetados investigadores estadounidenses Romer y Romer (2002) analizaron cómo las ideas propaladas en nombre de John M. Keynes impregnaron las políticas fiscal y monetaria en ese país a manera de dar lugar a las espirales inflacionistas que se hicieron presentes en los años sesenta y setenta del siglo XX.
Centrando esos autores su atención en la experiencia de Estados Unidos, la hipótesis general de su trabajo fue que los cambios que había mostrado la política macroeconómica de control de la demanda tenían como principal causa las concepciones teóricas sostenidas por los funcionarios encargados de su diseño y aplicación. “Había tenido lugar –argumentaron– una evolución en el conocimiento económico. Sin embargo, esa evolución no se había dado en la forma de una progresión lineal de menos a más conocimiento”. Lo que ocurrió en la realidad es que esa evolución avanzó del sostenimiento de un modelo sencillo pero fundamentalmente coherente en la década de los cincuenta a modelos más rebuscados formalmente pero con fallas, los cuales se aplicaron con perseverancia durante esas dos últimas décadas. En palabras de esos autores, tanto la política fiscal como la monetaria fueron usadas con agresividad a fin de estimular y sostener un crecimiento económico rápido… Sin embargo, la inflación se convirtió en un problema persistente a lo largo de toda esa época y episodios de recesión severa fueron necesarios para poder contener las presiones alcistas que se suscitaron. Incidentalmente, tuvo lugar en Estados Unidos una conducción de las políticas fiscal y monetaria abiertamente en contraposición con lo que pensaban en México Ortiz Mena y Rodrigo Gómez. La propuesta de que existía una relación inversa estable entre inflación y desempleo fue ampliamente sostenida en Estados Unidos a lo largo de los años sesenta por académicos y funcionarios públicos y esa concepción pudo haber sido conocida en México y también ganado adeptos.[3]
Un primer episodio de crítica al Desarrollo Estabilizador tuvo verificativo en el gozne transexenal entre las presidencias de Adolfo Ruiz Cortines y su sucesor Adolfo López Mateos. El economista Gilberto Loyo y el abogado Eduardo Bustamante habían tenido cargos elevados en el gobierno de Ruiz Cortines –habían sido, respectivamente, ministro de Industria y Comercio y Patrimonio Nacional– y cuando se aproximó la transición de fin de sexenio les afloró la aspiración de obtener una cartera de nivel de gabinete en la administración de López Mateos. Se cuenta que para tal fin Loyo y Bustamante prepararon para ese candidato con la asesoría de dos economistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Horacio Flores de la Peña y Antonio Sacristán, un programa económico que haría las veces de guía para la conducción de la política económica en su administración. Incidentalmente, se sabe que en ese programa se planteaba una política monetaria más expansiva de la que había venido aplicándose por lo menos desde la devaluación de 1954. A todo lo largo de la década de los sesenta, varios economistas vinculados a la Escuela de Economía de la UNAM compartieron esa idea, entre ellos el propio Horacio Flores de la Peña, el maestro José Luis Ceseña, y de manera destacada don Antonio Sacristán Colás. Finalmente, López Mateos rechazó la propuesta de Loyo y Bustamante porque decidió aceptar el programa alternativo que le presentó a su consideración el futuro secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena.[4]
El economista Gilberto Loyo no alcanzó nombramiento en la administración de López Mateos, pero ése no fue el caso de Eduardo Bustamante. Este último resultó redesignado secretario de Patrimonio Nacional y el presidente López Mateos puso bajo la jurisdicción de esa entidad funciones económicas de gran relevancia: la administración de los contratos de obras públicas, el control y la supervisión del sector paraestatal y la gestión de las inversiones públicas. Así, desde su ubicación como secretario de Estado, Bustamante se convirtió en un canal muy importante para que agentes económicos y políticos con una visión diferente de las cosas –lo que podría denominarse la oposición económica dentro del gobierno– pudieran hacer llegar propuestas críticas a la atención del presidente López Mateos. Una institución fue clave para ese proceso –la Sociedad Mexicana de Crédito Industrial– con su promotor y director general: don Antonio Sacristán Colás. Refugiado español, abogado experto en banca y finanzas y docente de vocación, Sacristán venía impartiendo cátedra en la Escuela de Economía prácticamente desde su llegada a México a principios de los años cuarenta. Esos contactos universitarios le permitieron a Sacristán formar un grupo de reflexión en cuyo seno se analizaba la marcha de la economía y la política económica.
Así, por testimonio de Francisco Suárez Dávila sabemos que el director general Antonio Sacristán creó en la Sociedad Mexicana una Gerencia de Estudios Económicos en cuyo seno se escribieron trabajos analíticos en los que se ponía en duda la estrategia de política económica que se había apoyado en forma fundamental en la idea de conservar la salud de las finanzas públicas y la aplicación de una política monetaria prudente. Encabezada dicha Gerencia por Horacio Flores de la Peña y en la cual trabajaron economistas jóvenes con una visión heterodoxa como el ya mencionado Carlos Tello y José Andrés de Oteyza, se le encargó colaborar en la preparación de un programa de política económica “expansionista con bajas tasas de interés”.[5]
La sociedad Mexicana de Crédito Industrial era la institución financiera más importante del sector privado. A ello cabe agregar la capacidad de convocatoria que tenía Sacristán en un espectro amplio de los economistas de México. El elenco de dicho grupo era extenso ya que a esas reuniones asistían, entre otros, Horacio Flores de la Peña, el ya mencionado Gilberto Loyo, Natán Warman, Ricardo Torres Gaitán, Jorge Espinosa de los Reyes y Carlos Tello.[6] Entonces, de ese grupo emanaban las propuestas que por el diligente conducto del secretario Bustamante llegaban a manos del presidente López Mateos para su consideración. El modus-operandi del mecanismo era que dentro de ese grupo de estudio se elegía un tema sobre el cual se encargaba la redacción de una nota a algunos de los asistentes. La nota se circulaba y a continuación se convocaba a una nueva sesión para estudiarla y comentarla. A continuación, correspondía a Flores de la Peña y a Tello preparar una versión resumida y depurada que era la propuesta que se le hacía llegar al ministro Bustamante por cuyo conducto entraba a la oficina presidencial y a la atención del primer mandatario. Es de suponerse que estos hechos y su trasfondo institucional y personal, fueran del conocimiento del secretario de Hacienda Ortiz Mena y que no despertaran en él ninguna simpatía. De ahí la versión no confirmada de que cuando la Sociedad Mexicana de Crédito Industrial empezó a tener problemas de liquidez y solvencia hacia principios de los sesenta, los hechos narrados hayan influido en el ánimo de Ortiz Mena para que la solución fuera muy dura en contra de los intereses de quien había sido el fundador y promotor de esa institución financiera.[7]
Don Antonio Sacristán perdió la Sociedad Mexicana de Crédito Industrial al pasar ese intermediario a manos del gobierno pero su actividad como docente, investigador y crítico del Desarrollo Estabilizador no declinó. Se mantuvo en ese rumbo viento en popa merced a la cátedra que impartía, al diálogo con los múltiples contactos que tenía con sus colegas de la Escuela de Economía que obviamente siguió cultivando, y en una relación también activa con discípulos que con el tiempo pasaron a la categoría de compañeros de jornada, interlocutores y feligreses de la misma capilla intelectual. El movimiento que se empezaba a formar y sus participantes actuaron con perseverancia en al menos tres frentes de acción: el de las publicaciones y escritos, el de la cátedra académica y el de las discusiones y debates en foros abiertos y cerrados. De la acción en ese primer frente subsisten muchos textos que es posible consultar con gran interés historiográfico a más de cuatro décadas de distancia. De la actividad en los otros dos frentes se tienen sólo testimonios y referencias personales aisladas.
La inmensa mayoría de los críticos del Desarrollo Estabilizador lo fueron por razones de orden intelectual, ideológico y político. Pero según se ha visto, el caso de don Antonio Sacristán Colás fue distinto y constituyó por tanto una excepción a esa tendencia principal. Lo que es posible deducir de referencias y sobre todo de los hechos, es que Sacristán criticó la estrategia económica que se venía aplicando en México a partir de 1955 tanto por las corrientes de pensamiento económico con las que se identificaba como por el tratamiento que dieron las autoridades al proyecto bancario y financiero que había liderado e impulsado desde 1941: la Sociedad Mexicana de Crédito Industrial. Como se ha dicho, la situación en su esencia es que ese importante intermediario empezó a tener problemas que al agudizarse desembocaron en la intervención por parte del gobierno y su transformación en banco mixto. Francisco Suárez Dávila ha resumido como sigue el desenlace en que cayó la llamada Sociedad Mexicana:
“Don Antonio Sacristán defendió siempre que los activos [de la financiera] excedían ampliamente a los pasivos. [Sin embargo,] el presidente López Mateos designó por recomendación de Ortiz Mena [secretario de Hacienda] a un interventor… y finalmente, el Gobierno tomó la decisión en 1963 de realizar lo que sería la primera nacionalización bancaria importante, adquiriendo el control de la Mexicana… Así surgió el primer banco mixto. Fue la mayor quiebra de un Banco ocurrida hasta entonces. Se trataba de la mayor financiera privada y se vendieron o liquidaron 60 de sus empresas… La Sociedad ciertamente tenía problemas… [No obstante], con una actitud más favorable del gobierno se hubiera podido salvar, pero el factor político, la animadversión de las autoridades financieras a un crítico de su política, significó que se ensañaron, quizá excesiva e injustamente, sobre Antonio Sacristán”.[8]
Es imposible no coincidir con Francisco Suárez Dávila en que el caso de la Sociedad Mexicana es “muy controvertido” y que amerita una historia objetiva. Ello, como un ejemplo “fascinante de la historia financiera mexicana, importante por sus implicaciones y antecedentes”. Con todo, lo que aquí importa destacar es el papel que cumplió Antonio Sacristán como crítico del Desarrollo Estabilizador. ¿A qué otras personas involucró Sacristán en ese proceso? ¿En qué medida el desenlace de la Sociedad Mexicana de Crédito Industrial exacerbó el espíritu crítico de Antonio Sacristán? En una semblanza escrita de preferencia desde el ángulo intelectual, David Ibarra calificó a ese personaje como “un Quijote de la razón económica” y en dicho texto se sugiere que su temperamento y psicología llevaban con facilidad al maestro Sacristán a la confrontación dialéctica y a una “admirable e irrenunciable terquedad con que en todos sus escritos no ces[ó] nunca de afirmar su opinión con respecto a la sabiduría admitida…”.
En el orden teórico, a todo lo largo de su larga trayectoria como catedrático universitario, Antonio Sacristán cultivó una actitud crítica en contra de la llamada síntesis neoclásica dentro de la teoría económica y también respecto de la estrategia económica que se aplicó en México después de la devaluación de 1954 y hasta la transición sexenal en el año 1970. Probablemente resulte imposible hacer un deslinde estricto entre ambas posiciones críticas porque claramente corría una secuencia causal de la primera hacia la segunda. Dos testimonios de valor inapreciable (de Tello y David Ibarra) retratan la postura antagónica que sostuvo por años Sacristán en oposición al enfoque neoclásico:
“Dentro de la teoría económica, el doctor Sacristán rechazó la hoy llamada síntesis neoclásica, por considerar que sus supuestos y postulados no corresponden a la realidad de los sistemas económicos. Para el doctor Sacristán la forma en que el pensamiento monetarista analiza a la economía y las proposiciones de política –y su puesta en práctica– que de ese análisis se derivan han llevado al estancamiento y a la crisis”.
“Banquero y empresario, [Sacristán] repudia el monetarismo y la importancia de la tasa de ganancia en la formación de capital; profesor de economía, rechaza el predominio abrumador en el mundo occidental de la escuela neoclásica anglosajona…”.[9]
Las especulaciones teóricas del doctor Sacristán adolecen como acertadamente señaló Francisco Suárez Dávila “de las limitaciones del economista autodidacta de extracción jurídica…”. Es decir, “en ocasiones su pensamiento se vuelve confuso y difícil de seguir, particularmente al entrar a los elementos más complejos de la teoría económica”.[10] Sin embargo, más que confusa resulta en lo especial la aventurada concepción de ese autor de que el banco central se encuentra en posibilidad de determinar discrecionalmente en todo momento la tasa de interés real en la economía. En consecuencia, si se supone infundadamente que el banco central se encuentra en posibilidad de determinar discrecionalmente una tasa de interés reducida y no ejerce esa facultad, su comportamiento únicamente puede explicarse porque se ha coludido con “empresarios y rentistas por suponer que de esa manera se va a aumentar la acumulación de capital”. Toda una brecha de contradicción se revela en el pensamiento del Dr. Sacristán cuando hace la siguiente afirmación vaga y confusa: “Por eso, la tasa de interés tiene efecto acumulativo a interés compuesto en el proceso inflacionario de los precios. Esto incluso empieza ya a ser reconocido hasta por los expertos del Banco de México”. En sentido contrario, lo que sugiere la lógica económica más elemental es que tasas de interés altas corresponden, considerando constante todo lo demás, a una situación de restricción monetaria y ello conduce más que a exacerbar la inflación a sofocarla. En la siguiente afirmación de Sacristán, ciertamente abstrusa, había una crítica explícita a la política monetaria que se había venido siguiendo en México por años:
“… las políticas de tasa de interés, tal como están concebidas, no tienen ni pies ni cabeza, ni fundamento, ni consistencia, ni el efecto que se propone con ellas seguir. En cambio, tiene el efecto clarísimo de acentuar el desempleo y la inflación. Si la crisis es una crisis de desempleo, la crisis estará determinada por el alza de las tasas de interés; por lo tanto la responsabilidad de la crisis económica que padecemos corresponde a las decisiones del Banco de México, tomadas unilateralmente sin confrontación alguna con los distintos elementos del proceso económico. Ni qué hablar de consulta popular, pues poco ha habido de una consulta popular en lo que a tasas de interés concierne. Se le considera como el fruto olvidado del mecanismo bancario; pero no del verdadero mecanismo bancario, sino del mecanismo ideológico de los banqueros”.[11]
Políticas fiscal y monetaria expansionistas no conducen a tasas de interés bajas sino al contrario. Sin embargo, en la visión heterodoxa de la teoría económica que cultivó por décadas don Antonio Sacristán la secuencia lógica de causas a efectos respondía a un resultado diferente, preconcebido de antemano. El modelo macroeconómico en el que don Antonio Sacristán se apoyó para sus planteamientos críticos a la estrategia económica que seguía el gobierno y para sus propuestas de política monetaria, adolecía de fallas fundamentales. Era posible detectarlas a primera vista en los tres principales temas que motivaban su interés analítico: las causas que daban lugar a la inflación (en la economía mexicana se entiende), al desequilibrio comercial en la balanza de pagos y al desempleo. A manera de ejemplo ilustrativo, ese autor no hacía la distinción conceptual entre la inflación como un fenómeno continuo de elevación del nivel de precios y una situación en la cual la influencia de un factor –es el caso del blanco analítico favorito del Dr. Sacristán: la elevación de la tasa de interés– da lugar a un nivel más alto de los precios. Una situación de elevación permanente de los precios difícilmente puede sostenerse, como lo propala el enfoque monetarista, sin una ampliación también continua de la oferta de dinero. Pero el Dr. Sacristán traía un pleito a-priori irreductible con ese enfoque y sus impulsores. Ello, a pesar de que los impresionantes episodios de hiperinflación en Europa posteriores a la Primera Guerra Mundial validaban claramente la explicación monetarista. Sin embargo, no son las fallas de ese esquema explicativo el punto a destacar, sino que las críticas del Dr. Sacristán a la estrategia del Desarrollo Estabilizador formaron parte de un movimiento al cual se sumaron muchas otras plumas y participantes.
A la formación de un ambiente propicio para la crítica a la estrategia económica que había llevado a la materialización del llamado “Milagro mexicano” contribuyó el desarrollo del enfoque Estructuralista de la inflación. Aunque la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) nunca apadrinó oficialmente ese enfoque, de cualquier manera se le vinculó a él por una razón muy simple: porque muchos de los autores que con sus escritos contribuyeron al desarrollo de ese enfoque prestaron sus servicios por largo tiempo en dicho organismo. Prebisch hizo todo lo posible por deslindar a la CEPAL de ese esquema explicativo y hasta escribió un texto que tuvo como una de sus motivaciones esa finalidad: “El falso dilema entre desarrollo económico y estabilidad monetaria”.[12] Con todo, a pesar de ese deslinde y de la postura que asumió el economista argentino no debe caber duda de que muchos estudiosos en México tuvieron acceso por años a la copiosa producción que escribieron sobre el tema Aníbal Pinto, Osvaldo Sunkel, José Olivera, Celso Furtado y otros autores distinguidos de esa corriente. En cuanto a México cabe destacar el caso de Juan F. Noyola quien además de ser oriundo del país fue un economista de gran reconocimiento hasta que un accidente aéreo cegó prematuramente su carrera ascendente a la edad de apenas 40 años. Noyola aportó a la formación de esa corriente su importante texto del año 1957 “Inflación y desarrollo económico en Chile y México”.[13]
El texto citado de Noyola ilustra con bastante claridad la esencia del enfoque. Así, según ese autor “la inflación no es un fenómeno monetario. Es el resultado de desequilibrios de carácter real que se manifiestan en forma de aumentos del nivel general de precios”. En el modelo de Noyola, las presiones inflacionarias básicas se originaban en desequilibrios de crecimiento localizados, casi siempre, en dos sectores: el comercio exterior y la agricultura. El mensaje era rotundo y claramente retador: Si en América Latina la inflación encontraba sus causas en factores de tipo estructural y no en la conducción de las políticas fiscal y monetaria –como era la interpretación tradicional de ese fenómeno que solía darse con apego a la economía ortodoxa– sería en la remoción de esas causas a donde deberían orientarse los esfuerzos para sofocar las presiones alcistas. Con la aceptación de esa postura se abrían muy importantes implicaciones –preñadas de consecuencias ominosas– para la política monetaria y también fiscal, en los países del subcontinente. De ahí el llamado para que esas políticas se concentraran en proporcionar un mayor volumen de crédito y en impulsar el desarrollo económico más que en preocuparse por las repercusiones de su curso de acción sobre la estabilidad de precios y la balanza de pagos.
¿Cuándo se inició el movimiento de crítica en contra del Desarrollo Estabilizador? Si se entiende ese término como una actitud y una postura intelectual e ideológica, tal vez sea imposible una respuesta precisa. Sin embargo, como un proceso que incluyó aportaciones editoriales concretas, el proceso tuvo hitos fundamentales. Así, un antecedente clave para el movimiento de crítica que se fue formando, si se quiere en sus principios no de manera deliberada, fue el trabajo de la economista Ifigenia Martínez sobre el tema de la distribución del ingreso. Habiendo concluido la licenciatura en la entonces Escuela Nacional de Economía matriculándose después en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, Martínez cobró bastante prestigio profesional cuando apenas llegaba a las tres décadas de edad a raíz de la publicación de un trabajo que circuló bastante y también fue muy leído. “La Distribución del Ingreso y el Desarrollo Económico de México” fue editado por el Instituto de Investigaciones Económicas y la Escuela Nacional de Economía de la UNAM en 1960. Con esa obra Ifigenia Martínez no sólo consiguió incluir la distribución del ingreso como una variable de referencia imprescindible en los trabajos analíticos sobre la economía de México sino algo de mucha importancia para la presente investigación: ofreció a los críticos del Desarrollo Estabilizador un argumento retórico que a la postre resultó clave para acontecimientos que se producirían a muchos años de esa novedad editorial. Entre ellos y de manera muy destacada, el proceso de sucesión del cual saldría el sucesor en la Primera Magistratura del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Escrito con claridad y concisión, el argumento de partida en el trabajo de Martínez era que si bien México había logrado durante ya bastante tiempo un proceso importante de desarrollo económico “entendido como el aumento sostenido del producto per cápita incluso comparable con el que habían logrado en sus etapas de mayor prosperidad algunos países avanzados, el progreso no había sido uniforme para todos dejando atrás a grandes grupos de la población”. Martínez argumentó enfáticamente que existía “una relación de dependencia entre distribución del ingreso y desarrollo económico” en razón de un factor de estabilidad económica “al elevar el nivel de consumo y un factor de desarrollo económico al estimular aquellas inversiones directamente productivas que generan un mayor valor agregado”. En una cierta fase de su disertación Martínez parece contradecirse al afirmar que “una distribución igualitaria del ingreso es incompatible con el proceso de desarrollo económico, porque éste se manifiesta a través de cambios estructurales que alteran en forma desigual la distribución de los factores productivos y sus costos”. Sin embargo, no hay duda de que su punto de vista personal ya está determinado en el sentido contrario:
“Juzgando el desarrollo económico no como un fin, sino como el único medio para proporcionar un mayor bienestar económico a la población, el investigador no puede conformarse con aceptar cifras de incremento del producto sin analizar cómo se reparte ese mayor ingreso entre los diferentes sectores y factores de la producción, entre las diferentes zonas geográficas y entre los distintos grupos de la población. Es decir, tendrá que estudiar un fenómeno muy discutido, por ser de la máxima importancia en la vida económica, política y social de un país: el de la distribución del ingreso”.[14]
Quizá sin proponérselo, Ifigenia Martínez les ofreció el que sería el punto de partida común para las argumentaciones de todos los críticos del Desarrollo Estabilizador que aflorarían durante la década siguiente (con excepción de los marxistas a quienes los motivaba una inquietud doctrinal diferente y absoluta). Si esos seguidores conocieron el trabajo de Martínez y no lo citaron, seguramente no fue por falta de coincidencia con sus tesis. Gradualmente se fue formando entre ciertos grupos una suerte de consenso que llegó a reiterarse casi de manera automática como una verdad revelada. En opinión de la economista Martínez de Navarrete, en México el resultado del desarrollo económico sobre la distribución del ingreso había “sido muy disparejo”. Ese resultado había sido benéfico para los factores de la producción que habían “podido aprovecharse de los cambios estructurales y colocarse en una mayor situación” a la vez de desfavorables para los factores menos ágiles que no habían tenido “oportunidad de transferirse a una mejor posición”.
Hondo calaron en la conciencia de muchos de sus colegas el tema, los procedimientos y sobre todo las conclusiones del trabajo de Ifigenia Martínez. Tanto así, que, como se verá más adelante, una versión prospectiva de su investigación se incluyó en la muy influyente publicación que bajo el título “El perfil de México en 1980” vio la luz pública en 1970 dentro del sello editorial Siglo XXI. En cuanto a la distribución del ingreso, esa autora reportó que de 1950 a 1957 el 20 por ciento de las familias en el estrato más bajo de la población habían sufrido un deterioro absoluto y un deterioro relativo las familias ubicadas en el siguiente estrato de 30 por ciento. En contraste, el número de familias con un ingreso semejante al medio había pasado del 18 al 19 por ciento mientras que el número de familias con un ingreso superior al medio habían pasado del 12 al 16 por ciento. En ese periodo el ingreso medio familiar en México había aumentado 23 por ciento en términos reales “poco repartido en forma muy desigual” con lo cual el bienestar de la quinta parte de la población ubicada en la escala más baja de ingresos había sufrido un deterioro tanto absoluto como relativo y lo opuesto había ocurrido con los estratos más altos. En paralelo, también había habido una distribución muy desigual por zonas geográficas resultando el proceso en perjuicio de las entidades dedicadas prioritariamente a la agricultura tradicional.[15]
Las conclusiones anteriores, expuestas en forma mucho más amplia en el texto de Ifigenia Martínez, no necesariamente llevaban a un diagnóstico sobre la política económica que se había seguido en México y en particular a una propuesta de la forma en que la estrategia debería reorientarse para supuestamente atender el objetivo de la distribución del ingreso. Sin embargo, la autora se apresuró a hacer una aportación en ambos temas, esfuerzo en el que adquirió prioridad la intención propositiva. La cuestión tiene importancia tanto porque es una anticipación del recetario que a lo largo del decenio que se iniciaba se ofrecería de manera reiterada para dizque superar las insuficiencias de que adolecía una estrategia económica que se había aplicado con asiduidad. Se adivinan también en esas recetas indicios incipientes de la escasa atención que se prestaría en ciertos enfoques doctrinales a la cuestión de la importancia de los equilibrios macroeconómicos.
“Por tanto, en el caso de México una distribución menos desigual contrarrestaría las fuerzas que frenan el desarrollo económico y lo aceleraría. Para lograr que ambas metas –progreso económico y distribución equitativa– sean complementarias y no excluyentes [se requiere de acción en varios frentes]”.
A continuación venía un recuento de las medidas que serían necesarias para alcanzar tal finalidad. La primera propuesta era de tipo tributario y planteaba una reforma fiscal que mediante la grabación “del 5 por ciento de las familias en la escala superior de ingresos” produjese el ahorro público suficiente para cubrir las necesidades insatisfechas de inversión y consumo. Así, con mayor ahorro público habría recursos financieros suficientes “para realizar un mayor volumen de inversiones públicas, las que deben jerarquizarse y ordenarse conforme a un plan integral de desarrollo”. En igual medida, habría más recursos para gasto social en educación y entrenamiento técnico, vivienda popular, salud e higiene y comunicaciones, principalmente en apoyo de los grupos más necesitados de la población. Parte de ese esfuerzo reivindicativo debería incluir una elevación del “consumo individual de tipo popular en el campo y la ciudad”, además de un apoyo amplio para “aquellas zonas que todavía no se incorporan al desarrollo del país”. Por último, en comentario especial merece la recomendación final –expuesta un tanto crípticamente por esa autora– en el sentido de que “las autoridades financieras, además de atender los problemas de estabilización monetaria” deberían prestar más atención “a problemas de utilización de recursos y distribución de ingreso…”.[16]
[1] Lorenzo Meyer, “La guerra fría en el mundo periférico. La utilidad del anticomunismo discreto”, en D. Spencer (Coord.), Espejos de la Guerra Fría. México, América Central y el Caribe, México, CIESAS y Miguel Ángel Porrúa, 2004.
[2] Enrique Krauze, “El presidente que no fue”, en Mexicanos Eminentes, México, Tusquets, 2012, pp. 191-198.
[3] Christina D. Romer y David H. Romer, The Evolution of Economic Understanding and Postwar Stabilization Policy, National Bureau of Economic Research, Working Paper 9274, octubre 2002, p. 1 y 9-12.
[4] Entrevista Carlos Tello Macías-ETD, marzo de 2013, y Francisco Suárez Dávila, Biografía de Antonio Sacristán (mimeo), 2013, p. 4.
[5] Suárez Dávila, op. cit., p. 4.
[6] Ibid.
[7] Suárez Dávila, op. cit.
[8] Ibid.
[9] Ibid., pp. 12 y 16.
[10] Ibid., p. 7.
[11] Antonio Sacristán Colás, “La crisis mundial y el envilecimiento de la teoría económica”, en Carlos Tello (et. al.), Ensayos en Torno al Pensamiento Económico de Antonio Sacristán Colás, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Económicas, 1993, pp. 71-72.
[12] Raúl Prebisch, “El falso dilema entre desarrollo económico y estabilidad monetaria”, en Boletín Económico de América Latina, (Naciones Unidas), vol. VI, núm. 1, marzo de 1961.
[13] Juan F. Noyola, “Inflación y desarrollo económico en Chile y México”, en Panorama Económico, vol. II, núm. 170, julio de 1957.
[14] Ifigenia Martínez de Navarrete, La Distribución del Ingreso y el Desarrollo Económico de México, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Económicas y Escuela Nacional de Economía, 1960, pp. 11-12 y 96.
[15] Ifigenia Martínez de Navarrete, “La distribución del ingreso en México. Tendencias y perspectivas”, en Víctor L. Urquidi et. al., El Perfil de México en 1980, vol. I, México, Siglo XXI, pp. 94-95.
[16] Ibid., pp. 97-99.