La economía de México, ya se ha dicho, mostraba desde hacía tiempo un desempeño formidable y el caso mexicano empezó a atraer un interés creciente por parte de observadores y expertos. En paralelo, uno de los principales artífices de la estrategia económica que se seguía en México, el secretario de Hacienda Antonio Ortiz Mena, convocaba cada vez mayor respeto y admiración y de hecho se había vuelto una celebridad internacional en los círculos de estadistas, banqueros y financieros. Es de creerse que en los grandes foros globales fuera cada vez mayor el número de interlocutores que buscaban su contacto para conocer de manera directa sobre el éxito que había logrado México en materia económica. En dichos intercambios incluso se llegó a sugerir que la estrategia seguida por México podría ser de utilidad como guía u orientación para otros países en proceso de desarrollo. Fue en esas circunstancias que al ministro Ortiz Mena se le ocurrió preparar un documento en el que se presentara una explicación sistemática del modelo de política económica que se venía aplicando con éxito en su país natal.
El documento podría difundirse posteriormente de manera amplia en diferentes foros según fueran surgiendo las oportunidades y las peticiones. Sin embargo, en una primera instancia su redacción respondió a una motivación específica: presentarlo durante las reuniones de otoño del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial del año 1969. La oportunidad le pareció ideal al ministro Ortiz Mena. Por un lado, esos organismos eran “los dos brazos que los estadistas han dado al mundo… para promover el desarrollo económico estabilizador”. Según ese funcionario, una explicación oficial del éxito económico que había obtenido México era no únicamente oportuna sino también conveniente. Ese éxito no había sido producto ni de la casualidad como tampoco de la improvisación. Antes que nada, los resultados conseguidos habían requerido de una estrategia económica congruente entre medios y fines. Asimismo, la instrumentación de esa estrategia había dependido de esfuerzos continuos, además de “una capacidad dinámica de adaptación para absorber nuevas circunstancias, internas y externas”. Uno de los elementos clave de la estrategia había consistido en “reforzar los efectos estabilizadores de la expansión económica, en vez de los desestabilizadores que conducen a ciclos recurrentes de inflación-devaluación”.[1]
Nunca se obtuvo de don Antonio Ortiz Mena un testimonio completo de cómo se preparó el folleto sobre el Desarrollo Estabilizador que llegó a tener tan buena difusión y tan grande impacto. El liderazgo del proyecto lo debe necesariamente haber tenido ese poderoso y prestigiado secretario de Hacienda y lo más probable es que en su preparación haya participado de manera importante el hermano economista de don Antonio de nombre Raúl. Aparte de haber realizado con éxito estudios de posgrado en la reconocida Universidad de Harvard, Raúl Ortiz Mena había obtenido prestigio por la publicación de su tesis de licenciatura y su participación como coautor en la obra patrocinada por el Banco Mundial “El Desarrollo Económico de México y su capacidad para Absorber Capital del Exterior”. Poco después, Raúl intervino, también de manera destacada, en la preparación del documento “Política Económica Nacional” que el entonces director del Seguro Social le presentó al candidato a la presidencia Adolfo López Mateos y el cual recibió una aceptación elogiosa por parte de este último. También figuró en ese elenco uno de los asesores económicos que más respetaba y escuchaba el secretario de Hacienda de 1958 a 1970 y que colaboró con él de manera ininterrumpida: Rafael Izquierdo. A manera de muestra de la tolerancia y flexibilidad con que trabajaba ese ministro, otro de sus asesores cercanos fue el economista Alonso Aguilar, de declarada filiación izquierdista y diletante de la doctrina marxista. Muy posiblemente favoreció su permanencia en ese grupo de colaboradores la buena pluma que siempre tuvo Aguilar.
Nunca se aclaró tampoco a quién de esos colaboradores cabe atribuir la paternidad del término “Desarrollo Estabilizador” con el que no únicamente se intituló el folleto que se distribuyó en Washington en el otoño de 1969, sino con el cual ha venido a conocerse la estrategia económica que se siguió en México de mediados de los cincuenta hasta la conclusión del sexenio 1964-1970. Habría sido una ironía que el término hubiese sido discurrido por el mencionado Alonso Aguilar, un hombre que en el fondo de sus convicciones simpatizaba poco con un régimen de economía mixta en el que jugaba un papel tan determinante el espíritu empresarial y la iniciativa privada. Mucho más posible es que ese vocablo haya derivado de la inspiración de Rafael Izquierdo o de Raúl Ortiz Mena, más identificados con el enfoque ideológico de su jefe en la Secretaría de Hacienda, de filiación claramente ecléctica. Lo notable es que en el lado ortodoxo del eclecticismo económico de don Antonio Ortiz Mena, haya tenido un papel tan preponderante la estabilidad de precios como precondición para un desarrollo sostenido y sustentable. Sólo sin inflación era posible conjugar “la generación de un ahorro voluntario creciente y la adecuada asignación de los recursos de inversión” para dar lugar a un progreso económico viable y continuo.
Una aproximación desde la actualidad al folleto “El Desarrollo Estabilizador” podría intentarse con una intención crítica. Aunque nunca ha existido en el mundo texto perfecto, no resulta fácil encontrar fisuras en esa explicación que promovió y editó Ortiz Mena hace tantos años. Pero una cosa es el documento de difusión y otra distinta el modelo de estrategia que se venía aplicando en México desde mediados de los cincuenta. Perspicaz y previsor, Ortiz Mena se anticipó con elegancia y claridad a los posibles críticos de lo que se escribió en el folleto. Con un conocimiento muy profundo de dicho modelo de política económica, ese secretario de Hacienda anticipó que las andanadas podrían provenir de dos frentes: de la insuficiente capacidad recaudatoria del sistema tributario y de los rasgos de marcada inequidad que subsistían en la sociedad mexicana. Desde luego, esas dos cuestiones no eran independientes entre sí, pues aparte del hecho de que en México subsistían muchos de los elementos condicionantes del subdesarrollo que explicaban el atraso de segmentos importantes de la población, de cualquier manera era una opinión muy generalizada y la sigue siendo, de que el gasto público es la herramienta idónea para inducir la elevación del bienestar de los grupos rezagados. Y para contar con un gasto público grande y creciente se necesita también de la recaudación que permita su financiamiento. Precisamente en razón de estos últimos argumentos se explicó en el folleto:
“Los propósitos también fundamentales de equidad en los beneficios del desarrollo se lograrán por medio de la orientación del gasto público y por una política apropiada de salarios reales, prestaciones y seguridad social. En previsión del futuro se iniciaría un proceso permanente de reforma tributaria –legislativa y administrativa– para subsanar paulatinamente las deficiencias y conformar un marco de acción acoplado a los cambios de estructura de la economía nacional”.[2]
Aunque, como es ampliamente sabido, Ortiz Mena efectivamente logró poner en vigor una importante reforma fiscal mediante la cual se hizo posible la acumulación de los ingresos de los contribuyentes para darle progresividad al impuesto sobre la renta, las dificultades estructurales, sociales y hasta políticas para elevar la recaudación eran tan grandes que los márgenes de acción en materia de evolución impositiva resultaban estrechos. Por lo anterior, se señaló enfáticamente en el folleto, “conviene reflexionar sobre algunas de las características estructurales antes referidas en la opción entre impuestos y endeudamiento”.
“La participación del Estado en la actividad económica determina que muchas actividades importantes, de propiedad privada en otros países, en México lo sean de propiedad pública, por lo que no pagan impuestos, o bien pagan relativamente poco y aun reciben aportaciones cuantiosas del gobierno federal. La agricultura está sujeta a un trato preferente y la organizada en ejidos queda exenta de cualquier gravamen; las cooperativas de toda índole gozan asimismo de exenciones especiales. El Estado también ve reducida la recaudación impositiva efectiva en virtud de los sacrificios fiscales en que incurre deliberadamente para promover actividades del sector privado. Esto ha sido un proceso de amplio alcance que dura ya muchos años. Recientemente las actividades más importantes han sido la minería, la petroquímica y la industria automotriz… Asimismo, la importancia relativa del comercio exterior en la economía es muchas veces determinante del nivel de la carga fiscal. En México el comercio exterior ha perdido participación en la oferta-demanda global. Además, al no recurrir a devaluaciones como mecanismo de ajuste externo y, al contrario, promover la productividad y la oferta los gravámenes impositivos a la actividad interna han tenido que suplir la pérdida de importancia relativa de los originados en el comercio exterior”.[3]
Dentro de las limitaciones que imponían las crudas realidades a las aspiraciones de maximizar la recaudación impositiva, la administración hacendaria que encabezó Antonio Ortiz Mena tuvo bien presente la necesidad de mantener en saldos positivos la proporción del ahorro gubernamental sobre el producto interno. “Nada se gana en términos de crecimiento si la carga fiscal se compensa o nulifica con la proporción del gasto corriente en el valor agregado”. La elevación de la recaudación fiscal proveniente del sector privado debía ser congruente con la maximización del ahorro neto de la comunidad. En un país como México que siendo subdesarrollado tenía una larga frontera con los Estados Unidos, no resultaba posible intentar una reforma del sistema tributario si ese afán podía desatar una fuga de capitales de proporciones funestas o también causar un deterioro grave de la propensión a ahorrar o a invertir. En México –concluyó parcialmente el folleto en materia fiscal– el ahorro bruto del sector público había representado durante la época del Desarrollo Estabilizador aproximadamente entre 4 y 5 por ciento del producto.
¿Cómo había logrado el Desarrollo Estabilizador conseguir tasas de crecimiento tan elevadas sin inflación y con una solidez notable del tipo de cambio? Difícilmente Ortiz Mena estaría en desacuerdo, y probablemente tampoco Rodrigo Gómez del Banco de México, en que la clave había residido en usufructuar las ventajas de la estabilidad en beneficio del crecimiento. El crecimiento se deriva de la inversión, pero en una lógica aplastante que a veces se olvida, la inversión no puede materializarse sin el ahorro necesario para su financiamiento. Por razones de equidad social, Ortiz Mena se oponía a la generación de ahorro forzoso por vía de la inflación y de la devaluación. Un crecimiento sostenido con armonía social y mejoría de las grandes mayorías sólo era alcanzable si se generaba ahorro voluntario suficiente para sostener una tasa de crecimiento elevada. Como su nombre lo indica, el ahorro voluntario no puede generase mediante acciones coercitivas o medidas autoritarias. En términos técnicos modernos, los incentivos de los ahorradores tenían que alinearse al logro de ese fin. Los pasajes relativos a este tema son indudablemente los más importantes en el folleto comentado, pues ofrecen también la clave para entender el lugar axial que ocupaba la estabilidad de precios dentro de la estrategia.
El motor del ahorro forzoso era la inflación. Con inflación los salarios y las percepciones de los más pobres pierden participación en el producto real. Esa pérdida se redistribuye en favor de las ganancias del capital y de los ingresos por intereses. La única forma de lograr que el crecimiento del ahorro voluntario avanzara pari-pasu con la elevación de las percepciones del factor trabajo era mediante la existencia de estabilidad de precios y que a la vez tuviera lugar un incremento continuo de la productividad. Con clarividencia, en el folleto se especificó que “en condiciones inflacionarias las empresas y los dueños de los negocios, al obtener altas utilidades, se benefician del ahorro forzoso impuesto a la comunidad”. Por otro lado, el ahorro voluntario significaba estimular la reinversión de las utilidades en las empresas al dar alicientes a las inversiones productivas. Pero lo anterior se refería únicamente a los negocios. En lo relativo a los individuos, el ahorro voluntario se estimulaba cuando tenía lugar la concurrencia de dos factores: crecimiento continuo del ingreso disponible y un horizonte permanente de estabilidad de precios y de mantenimiento del tipo de cambio.
Pero la elevación del ahorro voluntario conformaba tan sólo la primera etapa en el reto de impulsar un círculo virtuoso de ahorro e inversión. El cierre de la pinza se daba al conseguir un destino productivo para los recursos disponibles. En un contexto de inflación y devaluación, los fondos disponibles se utilizaban para propósitos especulativos en terrenos, divisas extranjeras, inventarios y otras formas de atesoramiento. Aunque esas variantes de la inversión pueden ser rentables para los individuos, difícilmente se traducen en beneficios sociales en la forma de pago de salarios, adquisición de insumos, recaudación de impuestos y oferta de bienes y servicios útiles para la comunidad. El ahorro que se generara en forma voluntaria debía, antes que nada, contar con la seguridad de que no sería cercenado por la inflación, la devaluación o actos atentatorios contra los derechos de propiedad. Conseguido todo ello, el paso siguiente consistía en inducir la captación de ese ahorro por intermediarios institucionales para así canalizarlo a las actividades productivas prioritarias.
Y en la captación de un ahorro voluntario creciente es donde entraba en acción el sistema financiero. Durante el Desarrollo Estabilizador, ya se ha visto, el sistema financiero tuvo un desenvolvimiento formidable y, en general, las instituciones de ese sector se fortalecieron de manera importante. Los bancos y el resto de los intermediarios privados habían logrado conformar una clientela tradicional a la que atendían con profesionalismo. Pero no todos los sectores productivos contaban con el apoyo y la confianza de esos intermediarios y fue en esa coyuntura en donde entraron en acción las autoridades. Al menos tres instrumentos se utilizaban para la finalidad de que todos los sectores productivos de importancia recibieran irrigación de crédito. El primero, el financiamiento que se proporcionaba por vía del encaje legal y el control selectivo del crédito. El segundo, mediante los fideicomisos de crédito que el Gobierno había establecido para proveer de financiamiento a sectores como la agricultura, la vivienda, el turismo o las unidades productivas con capacidad para exportar. El tercer instrumento era la banca de desarrollo con su vocación para ofrecer crédito, asistencia técnica y garantías a diversos sectores productivos.
Como se aprecia, la estabilidad de precios jugó un papel medular en la estrategia del Desarrollo Estabilizador. Los productores la consideraban esencial como precondición para la planeación de los proyectos de inversión y para conseguir los financiamientos requeridos. También era indispensable la estabilidad para las familias. Éstas siempre han sabido, aunque sea a un nivel intuitivo, que la inflación deteriora sus ingresos y destruye sus ahorros en moneda local de una manera difícil de explicar pero muy cruel. La estabilidad de precios era la única manera de retener en el país el ahorro y evitar que, tarde o temprano, se produjese una corrida masiva de capital hacia el extranjero. Por último, ya se ha visto, la estabilidad era una precondición indispensable para que junto con el incremento de la productividad tuviera lugar un crecimiento continuo de los salarios reales, que fue precisamente lo que la estrategia del Desarrollo Estabilizador consiguió de manera sobresaliente.
Aparte de los importantes pasajes explicativos y analíticos, en el folleto El Desarrollo Estabilizador se hizo un recuento bastante prolijo y bien documentado de los importantes logros conseguidos durante la instrumentación de la estrategia. A fin de mostrar las aristas más salientes de ese recuento cabe incluir, en adjunto, un cuadro con los logros más importantes de la política económica en el periodo.
| Propósito | 1950 | 1958 | 1967 | 1951-1958 | 1959-1967 | |
| 1 | Crecer más rápidamente PIB (miles de millones de pesos a precios de 1960) Por habitante (dólares de 1960) |
87.0 265 |
134.7 320 |
237.8 416 |
5.6 2.4 |
6.5 3.0 |
| 2 | Detener las presiones inflacionarias Índice de precios implícitos en el PIB (1960=100) Coeficiente de inflación |
- - |
- - |
- - |
7.5 1.34a/ |
3.6 0.55a/ |
| 3 | Elevar el ahorro voluntario Propensión marginal a ahorrar |
- | - | - | 0.13a/ | 0.21a/ |
| 4 | Elevar la inversión Coeficiente de inversión |
12.7% | 16.5% | 20.9% | - | - |
| 5 | Mejorar la productividad Del trabajo Del capital |
- - |
- - |
- - |
2.4 0.6 |
2.6 1.0 |
| 6 | Aumentar los salarios reales Salario nominal Salario real |
- - |
- - |
- - |
10.4 2.6 |
6.8 3.1 |
| 7 | Mejorar la participación de los salarios % de la remuneración de los asalariados en el ingreso nacional disponible |
26.3% | 30.7% | 5.2% | - | - |
| 8 | Mantener el tipo de cambio Precio del peso en dólares (centavos de dólar) |
12 | 8 | 8 | - | - |
| a/ Promedio del periodo. Fuente: Desarrollo Estabilizador. Una década de estrategia económica de México, México, (s.e.), 1969, pp. 35-36. |
||||||
En mentís a muchas acusaciones que se han hecho a lo largo de los años en contra del Desarrollo Estabilizador, para los creadores del modelo la estabilidad de precios y del tipo de cambio no fueron objetivos sino medios para conseguir la finalidad última: lograr el máximo desarrollo económico en el país. Como medio o instrumento, la estabilidad de precios servía para estimular los proyectos de inversión, guiar las inversiones a sus asignaciones más productivas, incentivar el ahorro, inducir tasas de interés lo más bajas posibles, retener el ahorro en el país evitando una fuga de capitales, proteger la integridad de los ahorros en moneda local y, sobre todo, coadyuvar a que los salarios pudieran incrementarse de manera sostenida y continua. La estabilidad de precios era también conducente al mantenimiento del tipo de cambio, reduciendo hasta hacer imperceptible el riesgo cambiario que amenazaba a los ahorros acumulados que se conservaban en pesos.
¿Cómo se procedió durante el Desarrollo Estabilizador para conseguir una estabilidad de precios tan efectiva y duradera? En el folleto se aborda esta cuestión de manera explícita y, creo yo, convincente. La respuesta es que ese fin se logró mediante un manejo congruente de la política fiscal y la política monetaria. En cuanto a la primera de ellas, es claro que durante el Desarrollo Estabilizador se procuró no caer en predominancia fiscal y por ello a lo largo de esos años el financiamiento del déficit fiscal “no necesitó de expansión primaria de dinero”. Por su parte, sobre todo a partir del año 1959, la variación del medio circulante tuvo como principal causa la expansión del valor de la producción. Así, no había razones para una acusación que se difundió en algunos círculos de que la política monetaria había sido restrictiva y que, por tanto, se había constituido en un freno para el crecimiento económico. De hecho, en ese lapso el incremento de la oferta de dinero en comparación con el del producto interno a precios corrientes fue ligeramente superior a la unidad (exactamente, de 1.10).
Otro objetivo prioritario de la estrategia del Desarrollo Estabilizador fue lograr una elevación continua y sostenida de los salarios reales. A este aspecto se le dedica en el folleto todo un importante capítulo.[4] A pesar de la muy rápida expansión de la población que tuvo lugar en México a lo largo del periodo, se había conseguido elevar de manera continua la dotación de capital por trabajador. Este último era el factor que explicaba principalmente el aumento que había experimentado la productividad del factor trabajo. Por su parte, otras razones daban cuenta de la elevación mostrada por la productividad del capital. Una de las causas había sido la asignación de los factores de la producción a aplicaciones más eficientes, a lo que se sumó que el rápido crecimiento de las inversiones dio lugar a la adopción de tecnologías más modernas y productivas. Una razón adicional fue la disminución de la proporción de la inversión destinada a reposición de capital permitiendo una elevación más alta de la inversión fija neta. Finalmente, la confianza que se logró difundir dio lugar a que las empresas se convencieran de dar un uso más intensivo a la capacidad instalada.
En el esquema del Desarrollo Estabilizador, la estabilidad de precios fue un factor esencial para que el ahorro que se generase fuera voluntario y también para que ese ahorro fuese captado por el sistema financiero institucional. Para este último fin, la política de fijación de las tasas de interés fue clave. Ese objetivo requería antes que nada que “la tasa de interés real fuera atractiva para los ahorradores”. Pero respecto de este tema, “no era aconsejable elevar la tasa nominal por sus efectos sobre la demanda de fondos para la inversión”. De lo anterior, la relevancia de que se fuese fortaleciendo “la confianza en la estabilidad interna y externa” de la economía. Una tasa de interés atractiva también contribuía a captar ahorro del exterior, toda vez que México ofrecía un diferencial considerable “con respecto a las condiciones prevalecientes en el mercado financiero de los Estados Unidos”. La confluencia de los factores enumerados dio lugar, como ya ha sido comentado, a una expansión formidable del sector financiero durante los años del Desarrollo Estabilizador. Así, los pasivos del sistema bancario se elevaron con respecto al PIB de 28 por ciento en 1950-1958 a 38 por ciento en 1959-1967.
Una vez captado un monto elevado y creciente de ahorro voluntario por parte del sistema financiero, las autoridades tomaron todas las providencias para que esos recursos se canalizaran a sus usos más productivos y deseables desde el punto de vista estratégico. En gran parte esos fondos fueron utilizados por las propias instituciones financieras con el fin de atender a su clientela llevando a cabo una intermediación rentable. Por otro lado, las políticas de control selectivo de crédito por parte del Banco de México respondieron a la finalidad de que no faltara crédito a ciertas actividades prioritarias. Este último fue el caso por antonomasia del sector agrícola, aunque también hubo otros ramos como el turismo a los cuales también se procuró irrigar de crédito en forma adecuada. En cuanto al financiamiento para la agricultura:
“Por las características de la tenencia de la tierra y por tratarse de una actividad que requiere supervisión y asistencia técnica, la mayor parte del financiamiento al sector agropecuario ha sido responsabilidad del Estado. Para ello se han establecido diversas instituciones que, principalmente por medio de subsidios del gobierno federal, apoyan en distintos aspectos al sector agropecuario para mejorar su posición relativa…”.[5]
A pesar de las dificultades para proveer de crédito a la agricultura y de que la topografía del territorio de México y la ubicación del país en las zonas desérticas del mundo limitaban la superficie cultivable importante, durante el Desarrollo Estabilizador la producción del sector agropecuario creció más rápido que la expansión de la población. Con todo –se señaló en el folleto– la escasez de zonas cultivables y el alto crecimiento de la población siguieron determinando una gran “presión del hombre sobre la tierra”. Como ha sucedido en todos los países con desarrollo económico, durante los años de estudio tuvo lugar una migración masiva de fuerza de trabajo del sector agrícola hacia otras ramas de la economía. Esa migración se produjo de preferencia hacia los ramos de la construcción y servicios en las zonas urbanas que podían incorporar mano de obra con escasa calificación. Desgraciadamente, esa reubicación no se concretó en números importantes hacia el sector industrial donde se requerían trabajadores con mayor capacitación y experiencia laboral.
En ocasiones se ha lanzado la impugnación de que antes de la década de los setenta nadie se preocupó en México por el peligro que planteaba el muy acelerado crecimiento de la población. El folleto El Desarrollo Estabilizador desmiente esa propuesta. En la introducción se hizo notar, con cierto tono de prevención, que la sensible reducción que había mostrado la tasa de mortalidad al bajar de 23 al millar en 1940 a 9 hacia finales de los sesenta, había influido para que la población total se elevara de 26 a 50 millones de habitantes además de que hacia las postrimerías de la década casi 60 por ciento de esa población contaba con menos de 19 años de edad. La expansión demográfica había dado lugar a que la fuerza de trabajo también se ampliara de manera muy rápida causando dos problemas graves: la dificultad de ofrecer empleo a la totalidad de los entrantes al mercado de trabajo, y que resultara complicado elevar la productividad de la mano de obra. Con todo, ninguna propuesta se hizo en el documento para que se adoptara en México una política de población.
“La expansión demográfica, los desequilibrios de la productividad por hombre, la existencia de regiones atrasadas que todavía no han podido iniciar el aprovechamiento de su potencial de desarrollo, la alta proporción joven de la población que demanda educación y las necesidades insatisfechas en materia médico-asistencial y de seguridad social, llevan al Estado a una responsabilidad cada vez mayor”.[6]
Un pasaje también muy relevante en el folleto tuvo que ver con la deuda pública. Aunque en el texto no se aclara el tema, es evidente que fue por la posibilidad que tuvo el gobierno de contratar deuda interna –la cual “representa una transferencia de recursos del sector privado al sector público”– que el financiamiento del pequeño déficit fiscal observado no tuvo que hacerse con crédito primario del banco central y, por tanto, no tuvo repercusión sobre la circulación monetaria. En lo relativo a la deuda externa, se insistió en el folleto en los beneficios de “utilizar los fondos externos con propósitos de crecimiento económico y no de consumo corriente”. La regla intocable durante el Desarrollo Estabilizador fue que el crédito exterior se utilizara únicamente para financiar proyectos muy bien estudiados y planeados. Y al tratarse de inversiones eficaces, sus propios ingresos garantizarían el servicio de las deudas correspondientes. “Las inversiones en cada uno de los proyectos específicos se han programado para que rindan lo necesario, con el fin de cubrir el adeudo y de que la tasa de ganancia general supere la tasa de interés del préstamo. Se obtiene así en conjunto el ahorro adicional indispensable para hacer frente a los compromisos de la deuda”.
“La decisión de no devaluar”, fundamental en la estrategia del Desarrollo Estabilizador, dependía de que la balanza de pagos se mantuviera en equilibrio. Una influencia determinante para ese fin era la estabilidad de precios, a manera de que no se alterara en forma adversa la relación de intercambio entre la economía interna y los principales socios comerciales del país entre los cuales tenía una preminencia inmensa Estados Unidos. Para algunos críticos desinformados el déficit que arrojó la cuenta corriente a lo largo de todo el periodo era indicación de que el tipo de cambio tendía hacia la apreciación, pero este argumento era equivocado. En la medida en que la inversión extranjera directa que captaba México y los créditos internacionales que se podían contratar generaban un superávit en la cuenta de capital, era inexorable que ese saldo se transformara en un déficit de igual magnitud en la cuenta corriente. Por otro lado, resultó notable, sobre todo hacia los años finales del periodo, que el déficit de la balanza comercial resultara compensado con los ingresos que producía el concepto más dinámico en la balanza de pagos: el turismo.
Los estrategas del Desarrollo Estabilizador vieron con clarividencia las potencialidades del turismo como fuente de captación de divisas para el país y también como motor para generar empleos y desarrollo:
“La dinámica del sector externo ha descansado en el turismo. La vinculación con los Estados Unidos se aprovechó canalizando crecientes recursos para extender la oferta de servicios. De 1950 a 1967 se duplicó el número de cuartos de hotel, se ampliaron los aeropuertos y los medios de transportación no aérea se mejoraron. Se ha iniciado un programa de desarrollo de nuevas zonas turísticas mediante la creación de la infraestructura básica por el Estado y la participación de la inversión privada en el establecimiento de nuevos hoteles y otras instalaciones”.[7]
La parte de conclusiones en el folleto resultó, de manera inevitable, una celebración –aunque con un lenguaje muy reservado– de los logros obtenidos por la estrategia, la cual había hecho “posible aprovechar con más plenitud el potencial de desarrollo” además de conformar durante el transcurso de una década “una estructura productiva y financiera acorde con los requisitos cuantitativos y cualitativos de largo plazo”. Aprovechando los avances que se habían obtenido en materia de cuentas nacionales y estadísticas, varios indicadores se utilizaron en el folleto con el fin de “recapitular algunos de los logros” (sic). En materia de elevación del producto se citaron las metas de “crecer más rápidamente”, “elevar la inversión” y “aumentar el ahorro voluntario”. Un lugar importante ocuparon en ese recuento las variables que habían permitido una mejoría de la equidad y del bienestar de las grandes mayorías, gracias a la posibilidad de “detener las presiones inflacionarias” y mejorar la productividad del trabajo y del capital. De ahí la satisfacción de haber podido “aumentar los salarios reales” y “mejorar la participación de los asalariados” en el ingreso nacional. Y el párrafo final del folleto fue un mensaje de optimismo moderado, matizado por el realismo y la sensatez:
“México tiene un futuro dinámico; pero no exento de riesgos. Es imprescindible seguir complementando juiciosamente los distintos elementos de la política económica. Todavía no se ha llegado a la etapa en que el desarrollo es irreversible; lo ganado puede perderse con relativa facilidad”.[8]
[1] “Desarrollo Estabilizador. Una década de estrategia económica en México”, Testimonios del Mercado de Valores, núm. 44, México, Nacional Financiera, 1969, pp. 2-3.
[2] Ibid., p. 13.
[3] Ibid., pp. 13-14.
[4] Op. cit., pp. 20-21.
[5] Op. cit., p. 25.
[6] Op. cit., p. 37.
[7] Op. cit., p. 34.
[8] Op. cit., p. 38.