Tomo XII: Barruntos de tormenta
II. El término Desarrollo Estabilizador

 

8. Desarrollo financiero

 

Dentro del panorama de avances económicos continuos que fue el Desarrollo Estabilizador, el capítulo más exitoso y visible fue el desenvolvimiento del sector financiero. Los logros en ese frente reforzaron el prestigio que ya había adquirido la estrategia económica que se seguía en México y la buena reputación alcanzó también a los principales artífices del modelo. Éstos se mantuvieron en sus cargos por periodos muy prologados teniendo en el transcurso muchas oportunidades de intervenir con brillantez en diversos foros nacionales e internacionales. Y aunque al secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena y al director del Banco de México, Rodrigo Gómez, los caracterizó una visión amplia de los problemas, de cualquier manera siempre pusieron una atención especial en el sistema financiero. El espectro de los asuntos relativos a ese sector era amplio y de ahí el trabajo en varios frentes que las autoridades tuvieron que desplegar para lograr los avances que se alcanzaron. En esos empeños tuvo lugar en particular una relación permanente de negociación, diálogo y cooperación entre las autoridades y los banqueros privados, un gremio poderoso y muy conocedor de su ramo y de sus intereses.

Durante el Desarrollo Estabilizador la experiencia de México en el campo financiero permitió comprobar la hipótesis planteada durante esos años por los académicos estadounidenses John Gurley y Edward Shaw. Según el paradigma propuesto, en el transcurso del desarrollo económico tiene siempre lugar una profundización del sistema financiero. Algunos años después del artículo mancomunado que dio notoriedad a esos autores, Shaw, profesor de la Universidad Stanford, publicó por su cuenta el libro Financial Deepening in Economic Development. En esa obra dicho autor define a la profundización financiera como el proceso por el cual la acumulación de activos financieros procede en forma más rápida que la acumulación de otras formas de patrimonio. Asimismo, en ese libro el profesor Shaw explica que existen distintos indicadores para medir la penetración financiera en una economía. Alguna medida de la suma total de los pasivos financieros resulta una buena aproximación sujeta a que se le compare en una forma de índice con respecto al producto real.[1]

En la publicación citada, Shaw reporta que México era uno de los países del mundo en que se habían venido aplicando con éxito políticas orientadas a fomentar la profundización financiera y que por esa razón se podía constatar en dicha experiencia una elevación continua de los índices de patrimonio financiero. Según ese autor, otro factor que había contribuido a fortalecer la profundización financiera en el país había sido la capacidad de los agentes económicos y de los intermediarios para captar ahorros del extranjero.[2] Por su parte, en otro estudio que se publicó en 1968, Gurley hizo ver que para el periodo 1953-1961 en una muestra de 51 países de la cual se excluía a los más avanzados de Europa Occidental, América del Norte y Asia, el promedio aritmético de la proporción de los depósitos bancarios con mayor plazo y poca rotación con respecto del producto había resultado de 5.44, mientras que para México ese índice se ubicaba en 14.2. Respecto de América Latina, esa proporción era de 12.5 en Argentina, 3.1 en Brasil, 4.2 en Bolivia, 8.0 en Chile, 6.8 en Colombia, 3.7 en Costa Rica, 6.9 en Ecuador, 3.1 en Guatemala, 1.0 en Nicaragua, 1.1 en Paraguay, 9.7 en Perú, 19.9 en Uruguay y 6.0 en Venezuela.[3]

Las altas autoridades en México estaban conscientes de que la profundización financiera había avanzado mucho en el país y que en comparación con el resto de las naciones en desarrollo la posición era favorable. Sin embargo, con respecto a los países más avanzados la distancia era aún grande y, además, cerrar la brecha no resultaría tarea fácil. A manera de ejemplo, en la investigación de Gurley el promedio para los países avanzados de la proporción de activos de plazo largo y poco movimiento con respecto del producto se ubicó en poco más de 31, con registros parciales de 31.2 para Estados Unidos y 22.7 para Canadá.

Siempre festejaron con cautela y moderación Rodrigo Gómez del Banco de México y Antonio Ortiz Mena de la Secretaría de Hacienda los avances conseguidos por el sistema financiero. A mayor abundamiento, sus manifestaciones de aprobación invariablemente vinieron acompañadas con advertencias prudentes en el sentido de que faltaba mucho por hacer y que debía trabajarse con ahínco y perseverancia para mantenerse en la ruta deseada de progreso. Una reflexión extensa sobre este tema fue incluida por el director del Banco de México en el discurso que pronunció ante la Convención de Banqueros de 1966. En opinión de ese funcionario, México necesitaba de un sector financiero más grande y poderoso en razón de que “una de las mayores causas del subdesarrollo de los países… es la falta de un volumen de crédito suficiente y adecuado de carácter no inflacionario”. La transferencia de fondos de quienes ahorran a quienes invierten conlleva “un profundo contenido social y constituye un elemento vital” para dotar de recursos a los agentes productivos que los requieren y pueden invertir con eficiencia:

“En el caso concreto del financiamiento institucional, si bien es cierto que hemos logrado progresos notables y hemos superado, como ya se ha mencionado, la cifra de 100,000 millones de pesos, es preciso tener presente que en los próximos cinco años este volumen de crédito deberá por lo menos duplicarse para poder coadyuvar de manera efectiva a mantener un ritmo de crecimiento del producto nacional bruto de más del 6 por ciento anual en términos reales… Es obvio que esta tarea requerirá, como hasta ahora, una franca y estrecha colaboración y entendimiento por parte de las autoridades financieras y la banca privada. Habrá que desplegar un esfuerzo máximo y sostenido en el que la banca nacional y la privada aceleren la captación del mayor volumen posible de los ahorros internos y su adecuada canalización”.[4]

El desenvolvimiento del sector financiero de México fue tan notable durante la época del Desarrollo Estabilizador que el caso llamó la atención y el interés de un número importante de estudiosos y expertos. Así, a la vuelta de los años esa experiencia produjo su propia bibliografía con textos que llegaron a difundirse incluso allende a las fronteras del país. En alguna medida, esto último ocurrió en razón de que varios investigadores del extranjero pusieron atención en el tema, le dedicaron tiempo y escribieron trabajos que luego se publicaron. Entre los expertos locales, se destacó el economista del Banco de México Leopoldo Solís por los textos que dio a la imprenta. Una colaboración de su autoría llevó por título “Intermediación financiera y desarrollo económico” y se publicó en El Trimestre Económico en 1965. Pero las aportaciones más importantes de Solís sobre el desarrollo financiero de México se publicaron en coautoría con un académico estadounidense de nombre Dwight Brothers. A ellos se atribuye el artículo “El mercado de dinero y capitales en México” y el, en su momento, muy demandado libro “Mexican Financial Development”.[5]

En paralelo, varios autores del extranjero acudieron a estudiar con interés y curiosidad el caso del desarrollo financiero de México. Sobresalieron en esa tarea, por orden cronológico, el experto O. Ernest Moore, del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, contratado por el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (CEMLA) para escribir el libro “Evolución de las Instituciones Financieras en México” publicado por esa organización. Asimismo, en el libro del economista Frank Tamagna “La Banca Central en América Latina”, también publicado por el CEMLA, se tocaron algunos aspectos sobre el tema de interés. En 1965 vio también la luz pública la obra “The Financial Sector and Economic Development. The Mexican Case” del profesor Robert Bennet bajo el sello editorial The Johns Hopkins Press. Por último, con el patrocinio del Centro de Estudios sobre el Desarrollo de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo, (OECD) por sus siglas en inglés, el experto Raymond Goldsmith publicó en 1966 el folleto The Financial Development of Mexico.

Resulta de interés recordar en la presente crónica las razones esgrimidas por este último autor para realizar una investigación sobre el sector financiero de un país a cuya economía nunca había prestado atención académica. Ese investigador confesaba que había encontrado varias razones por las cuales México ofrecía una oportunidad idónea para estudiar las interrelaciones que existían entre el desarrollo financiero y el crecimiento económico. La primera razón era que México era uno de los pocos países fuera de Europa y de América del Norte que había logrado la conformación de un sistema financiero funcional y dinámico con características propias bien definidas. Sobresalía también el hecho de que ese desarrollo se había logrado en un tiempo histórico relativamente corto, a causa de los daños que había causado al sistema financiero una década de violencia revolucionaria. Incidentalmente, el proceso de desarrollo que tenía lugar en México había ya llamado la atención de otros investigadores vinculados con el Centro de Estudios sobre el Desarrollo de la OECD. Una razón adicional invocada por Goldsmith era que a pesar de la imperfección de la información estadística sobre el sector financiero de México, ésta era mucho más abundante y de mayor calidad que en la mayoría de los países en vías de desarrollo. La última razón era el rápido crecimiento logrado en la década por las instituciones de crédito auxiliares.

Precisamente a la descripción de esa estructura singular del sistema financiero mexicano a la que se refirió Raymond Goldsmith dedicó el profesor O. Ernest Moore el libro ya mencionado de su autoría que se publicó en 1963.[6] La estructura tripartita que presentaba el sistema financiero mexicano mostraba esa forma desde finales de los años veinte cuando durante la presidencia de Plutarco Elías Calles se empezaron a establecer los bancos nacionales. Y hacia los sesenta esa rama llevaba ya varias décadas en formación y contaba con una gama importante de instituciones especializadas, grandes y bien arraigadas. La otra rama del árbol estaba conformada por las instituciones de crédito privadas. Acorde con el principio de especialización en el que se habían inspirado todas la leyes bancarias promulgadas en México hasta entonces, según el ordenamiento en vigor (la Ley de Instituciones de Crédito de 1941), a principios de los años sesenta esas especializaciones eran como sigue: bancos de depósito y descuento, sociedades financieras, bancos hipotecarios, bancos de capitalización y bancos de ahorro y préstamo para la vivienda familiar. La tercera y última rama del sector estaba conformada por las instituciones de “financiación extrabancaria”, tales como las compañías de seguros y de fianzas, los almacenes generales de depósito, las uniones de crédito y la bolsa de valores.

En el panorama general que presentó el profesor Moore de las instituciones de crédito privadas se destacaron tres características. La primera, respecto de la notable dispersión geográfica lograda por ese sector; la segunda, el gran crecimiento de las sucursales y agencias y la tercera, por la diversificación de la gama de intermediarios. Como resulta obvio, en muy buena medida la ampliación de la cobertura geográfica se había logrado con base en el crecimiento de las sucursales y agencias. De 1950 a 1961 el número de esas unidades aumentó de 846 a 2494 con un incremento de casi tres veces. Por su parte, en ese mismo periodo el número de instituciones auxiliares de crédito pasó de 100 a 115 con crecimientos respectivos de 7 nuevas instituciones en el ramo de los almacenes generales de depósito, 5 uniones de crédito, 3 cámaras de compensación y una bolsa de valores. Otro hecho sobresaliente en ese panorama fue la participación creciente de las sociedades financieras en la captación de recursos, la cual pasó sobre el total del sector de 16.1 por ciento en 1949 a 30.3 por ciento en 1960. En ese mismo periodo, la participación en la captación por los bancos de depósito se había reducido de 58 a 49.4 por ciento.[7]

El profesor Moore hizo notar, con acierto, que los bancos de depósito y descuento eran aún más poderosos que lo que sugería la mera clasificación de las instituciones por su especialización, pues esos intermediarios también incorporaban como departamentos afiliados a instituciones de ahorro y de fideicomiso. Ésa es la explicación por la cual la razón social de los bancos venía seguida de la leyenda “institución de depósito, ahorro y fideicomiso”. De lo anterior también, que hacia 1961 los bancos junto con sus departamentos de ahorro tuvieron el 58 por ciento de los recursos del sistema. En cuanto a la cartera de crédito de los bancos, al profesor Moore le llamó la atención que el 5.6 por ciento estuviera integrado por préstamos a otros bancos privados y que en su cartera de bonos predominaron los títulos gubernamentales con 43.5 por ciento, seguidos por los bonos bancarios con 25.6 por ciento. Por su parte, las sociedades financieras constituían la categoría cuyos depósitos habían crecido con mayor rapidez. El crecimiento había tenido lugar no únicamente en el rubro de la captación de recursos en moneda nacional sino también en moneda extranjera. Sin embargo, en monto relativo este último concepto era mucho menor que el anterior. Una de las razones para ese resultado es que debido a la estabilidad conseguida la percepción de riesgo cambiario pudo haber disminuido mucho entre los ahorradores. Por su parte, en la cartera de las financieras sobresalían los créditos a empresas y particulares aunque también era una partida importante la cartera en valores gubernamentales. Por otro lado, el subsector de los bancos hipotecarios, con un crecimiento mucho menos rápido que las financieras, obtenía el grueso de su captación mediante la colocación de bonos y títulos denominados en moneda nacional. En el activo de esos intermediarios sobresalían los créditos a empresas y particulares aunque también constituían un rubro importante las inversiones en valores.

El profesor Moore encontró que en México las instituciones nacionales de crédito constituían una rama muy importante del sistema financiero.[8] Para el otorgamiento de crédito a la agricultura existían a finales de los años sesenta el Banco Nacional de Crédito Agrícola (Bangrícola), el Banco Nacional de Crédito Ejidal (Banjidal) y los Almacenes Nacionales de Depósito. Nacional Financiera era el banco para el desarrollo de la industria, además de las relevantes funciones que cumplía esa institución como agente financiero del Gobierno Federal para captar recursos tanto del mercado interno como del exterior. El Banco Nacional de Comercio Exterior era un sistema en sí mismo, con la encomienda de impulsar las exportaciones y ofrecer financiamiento a las importaciones de bienes de capital. Por su parte, para el financiamiento del sector azucarero existían desde hacía años dos instituciones: la Unión Nacional de Productores de Azúcar respondía a la finalidad de financiar las zafras y la Financiera Nacional Azucarera hacía lo propio con los créditos refaccionarios para los ingenios. Sobresalía también en la rama el Banco Nacional Hipotecario, Urbano y de Obras Públicas para apoyar la construcción de infraestructura urbana. En complemento, otras instituciones de ese sector de menor tamaño eran el Banco Nacional de Fomento Cooperativo, el Banco del Pequeño Comercio en el Distrito Federal, el Banco Nacional del Ejército y la Armada, el Banco Nacional Cinematográfico, el Banco Nacional de Transportes y el Patronato del Ahorro Nacional.

En el sistema financiero gubernamental, un subconjunto también importante estaba conformado por los fideicomisos de fomento.[9] Entre los organismos de esa naturaleza citados en su libro por el profesor Moore sobresalía el Fondo de Garantía y Fomento para la Agricultura, Ganadería y Avicultura en el cual actuaba como fiduciario el Banco de México. Por su parte, Nacional Financiera fungía como fiduciario en el Fondo de Garantía y Fomento para la Industria Mediana y Pequeña, que empezó a funcionar en 1954, y en el Fondo de Garantía y Fomento del Turismo, creado en 1957. Este último se estableció con la misión de otorgar crédito para la construcción de hoteles. Finalmente, Moore también dio cuenta del Fondo de Garantía y Fomento de la Artesanía, creado en 1961 con el propósito de auxiliar mediante crédito y asistencia técnica y administrativa al numeroso estrato de la población dedicado a labores de artesanía.[10]

Resulta sorprendente y hasta cierto punto inexplicable, que investigadores tan competentes y bien informados como O. Ernest Moore, Leopoldo Solís, Dwight Brothers y el profesor Robert L. Bennet no se hayan referido en sus prolijos y muy bien documentados textos sobre el sector financiero en México al importante tema de los grupos financieros. Ese fenómeno no era nuevo: los grupos financieros venían formándose desde hacía más de una década y no se trataba de un asunto marginal y menos intrascendente. Existía en el sector financiero de México una clara tendencia hacia la conformación de una banca universal –es decir, de instituciones bajo cuyo techo se ofrecieran la totalidad de los servicios financieros– en tanto que la legislación vigente se había redactado con base en el principio de la especialización. Así, la formación de los grupos financieros fue la expresión práctica que tomó la mencionada tendencia hacia la banca universal a la vez de cumplir adecuadamente con la ley de instituciones de crédito en vigor. En la práctica lo que sucedió es que los bancos de depósito empezaron a transformarse en tenedoras o “holdings”. Así, como sus subsidiarias quedaban una sociedad financiera, un banco hipotecario, una compañía de seguros y otra de fianzas además de algunas o todas las restantes organizaciones auxiliares de crédito contemplados en la ley como almacenadoras o arrendadoras. El cuadro se completaba con los departamentos de ahorro y fideicomiso con que contaban esos bancos de tiempo atrás.

Un caso de excepción a esa omisión fue el del investigador Raymond Goldsmith, en su compacto libro sobre el tema de interés. Al referirse a las principales características estructurales del sistema financiero mexicano señaló en forma perspicaz:

“La posición dominante de un número pequeño de grupos financieros, centrado cada uno de ellos en uno de los grandes bancos comerciales, aunque controlando también a las principales instituciones privadas en los campos de las sociedades financieras y de los bancos de ahorro e hipotecarios”.[11]

Lo que no exploró Goldsmith fueron las importantes implicaciones del financiamiento de esos grupos financieros, que estaban centrados principalmente alrededor del Banco Nacional de México, Banco de Comercio, Banco de Londres y México, Banco Comercial Mexicano y Banco de Industria y Comercio. Una de ellas, clave, es que quizá cada grupo financiero tuvo la posibilidad de llevar a cabo, dentro de su propia estructura, una asignación más eficiente de los recursos prestables transfiriéndolos al intermediario del grupo mejor capacitado para su colocación rentable y segura. Otro efecto, quizá no necesariamente favorable, fue que la conformación de los grupos financieros tal vez contribuyó a intensificar los rasgos oligopólicos que ya eran evidentes en el sector financiero de México con sus consecuencias previsibles. Éstas eran las de generar precios más altos para el consumidor, oferta más reducida y menos diferenciada de los servicios financieros y, también, menos calidad en esos servicios. Precisamente una característica del sector señalada por todos los autores ya mencionados fue la existencia de tasas de interés activas considerablemente altas para los usuarios del crédito en todos los segmentos del mercado. En términos de Goldsmith, “las tasas efectivas de interés, ya sea para préstamos de corto o largo plazo, se ubican en al menos 10 por ciento anual y usualmente han ascendido hasta 15 y 20 por ciento” (deduciéndose claramente que se trataba de tasas reales).

En tres de las publicaciones ya referidas sus autores dedicaron especial atención al importante tema del nexo entre desarrollo financiero y crecimiento de la economía nacional. Brothers y Solís decidieron concentrarse en las distintas correlaciones que podían encontrarse entre los principales indicadores del sector financiero y los correspondientes al lado real. Esos autores ofrecen un análisis amplio de los balances macroeconómicos y de las restricciones presupuestales vigentes y su correspondencia estadística con las variables relativas al sector financiero, sin hacer grandes contribuciones al análisis del tema propiamente dicho. Robert L. Bennet trató de ir un paso más adelante que Brothers y Solís y entregó finalmente resultados no muy convincentes al muy ambicioso proyecto de crear una teoría para explicar el papel que jugaba el sector financiero en el desarrollo económico de México. Lo que en realidad consiguió fue un estudio un tanto más sistemático que Brothers y Solís respecto del paralelismo observable entre el crecimiento del sector financiero y del sector real. En ambas obras, la experiencia de México, sobre todo a partir de mediados de los años cincuenta, permitía comprobar las correlaciones esperadas y sugeridas por la ciencia económica.

Con mucho menos ataduras académicas que Brothers y Solís y sin las pretensiones formalistas y teóricas de Bennet, las reflexiones de Raymond Goldsmith, rebosantes de intuición analítica y sinceridad personal, resultan bastante más importantes –y también más dignas de ser citadas. La finalidad era contar con claves verosímiles respecto de los conductos por los cuales el rápido desenvolvimiento del sector financiero pudo haber influido en el notable progreso que consiguió la economía mexicana durante el Desarrollo Estabilizador. La buena pluma de Goldsmith ayuda desde luego a su cita y también su intuición analítica para partir de lo evidente y aportar así reflexiones interesantes sobre el tema en cuestión.[12] En cuál sentido corría la casualidad entre ambas esferas es algo sobre lo cual Goldsmith no se atrevió a pronunciarse. De entrada, ese investigador desistió también de identificar con precisión los factores de influencia y con mayor razón de intentar su cuantificación. El otro punto de partida para su reflexión es que la ciencia económica no ofrecía un cuerpo de ideas que pudiera ser de ayuda para estudiar “la contribución del desarrollo financiero al crecimiento económico de México”. Ante ese vacío teórico, el investigador de cualquier modo se planteó la pregunta: “¿Qué podemos aprender acerca del tema a partir de una visión general de los indicadores disponibles y de investigaciones previas escritas sobre la materia?”.

En relación al crecimiento simultáneo del sector financiero y de la economía en general Goldsmith descubrió que esta convergencia se había observado en particular durante dos periodos históricos de la economía mexicana. El primero había corrido de la última década del siglo XIX hasta 1910-1912, cuando empezó el movimiento revolucionario. El segundo había corrido de mediados de los años cincuenta en el siglo XX hasta la mitad de la década siguiente. El elemento común que Goldsmith pudo descubrir en esas dos etapas de la historia de México –en las cuales se había observado un rápido movimiento paralelo del sector financiero y del sector real– había sido la firme estabilidad de precios prevaleciente en ambos periodos. Quizá no por casualidad, una dinámica simultánea en ambos sectores se empezó a lograr a partir de que la estabilidad de precios buscada de manera deliberada a partir de los años finales de la administración Ruiz Cortines empezó a rendir sus frutos.[13]

Una aproximación más directa para explicar el vínculo entre desarrollo financiero y económico fue intentada por Goldsmith al tratar de dar respuesta a la pregunta: ¿cuáles factores permiten deducir que en la posguerra el sector financiero contribuyó a impulsar el desarrollo económico del país? A juicio de ese investigador, uno de esos factores había sido que el sector financiero había puesto a disposición de la industria, del comercio y de la agricultura un volumen mucho más grande y creciente de recursos para financiar proyectos de capitalización y procesos productivos. Como factor adicional, el sector financiero había podido ofrecer a los ahorradores una variedad mucho más amplia de instrumentos financieros con los cuales captar ahorros a distintos plazos y condiciones. Un tercer factor tenía que ver con el surgimiento y desarrollo de las sociedades financieras, ya que por conducto de esos intermediarios los usuarios de crédito habían podido obtenerlo en formas más flexibles y útiles para los fines de inversión y de producción. Con el desarrollo de las financieras en un medio con estabilidad, los empresarios habían tenido un acceso creciente a financiamientos de largo plazo casi inexistentes en México durante las etapas con inflación. Un elemento adicional había sido el mecanismo por el cual a través de los intermediarios financieros locales las empresas importantes podían obtener financiamientos en moneda extranjera, principalmente con fondos provenientes de Estados Unidos. Como última causa, la ampliación física de la red de sucursales y oficinas bancarias había ofrecido acceso a los servicios financieros a un mayor número de ahorradores y usuarios de crédito a lo largo y ancho la República Mexicana.

La tendencia particularmente mencionada por Goldsmith de más crédito en una mayor variedad de operaciones se mantuvo inalterada a todo lo largo del segundo quinquenio de los sesenta. Así, la última convención de banqueros que se celebró durante la administración del presidente Díaz Ordaz dio oportunidad para que tanto el secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, como el director general del Banco de México, Rodrigo Gómez, lanzaran su cuarto a espadas al hacer el balance de una década muy exitosa del país tanto en el orden financiero como del avance económico general. El recuento es digno de recordarse incluso con nostalgia. En su alocución en ese foro, el ministro Ortiz Mena señaló que la década de los sesenta había sido de rápido crecimiento en el mundo y agregó que en ese panorama de progreso México había logrado destacarse. El producto interno bruto real del país casi se había duplicado en el decenio, lo mismo que el per cápita a precios corrientes. Cabía atribuir ese resultado a una dinámica intensa en prácticamente todos los sectores de la economía nacional. Acto seguido, el prestigiado ministro hizo referencia a la estrategia que había hecho posible alcanzar esos logros:

“Nuestra estrategia de desarrollo estabilizador se apoyó fundamentalmente en incrementos sostenidos de la oferta y de la productividad y en una política fiscal compensatoria, capaz de mantener a largo plazo un equilibrio entre el gasto total y la oferta adicional disponible. Mientras esos principios básicos se mantengan, seremos, como hasta ahora, capaces de absorber sin menoscabo de la estabilidad de precios, las situaciones circunstanciales que se vayan presentando”.[14]

Aunque en su discurso el secretario Ortiz Mena también hizo referencia al desarrollo mostrado por el sector financiero en la década que estaba por concluir dejó, de cualquier manera, que el grueso del recuento corriera a cargo de Rodrigo Gómez, cabeza del Banco de México. El banquero central empezó por destacar que la captación de ahorros por parte de las instituciones de crédito había tenido en la década un crecimiento muy sobresaliente (con una tasa media anual de aproximadamente 17 por ciento a precios corrientes), “considerablemente superior a la del conjunto de la actividad económica”. Una consecuencia de esa evolución era que el coeficiente financiero, o la relación entre el saldo de la captación, y el producto nacional bruto había pasado de 32 por ciento en el año 1960 a casi 50 por ciento en 1969. El avance era notable aunque como en su momento lo habían advertido diversos expertos como Brothers y Solís y Robert Bennet, México estaba todavía lejos de los niveles que mostraba esa relación en los países más prósperos. Asimismo, hacia las postrimerías del decenio la mayor parte de los recursos captados por las instituciones financieras privadas se encontraban denominados en moneda nacional.

Rodrigo Gómez atribuía esa evolución tan sobresaliente a la concurrencia de varias fuerzas. Entre ellas, al avance equilibrado y sostenido de la economía mexicana en un contexto de estabilidad monetaria muy sólida. Por otra parte, el fortalecimiento de un segmento amplio de la población con posibilidades de ahorro había dado lugar a que se generaran excedentes del ingreso sobre el consumo que se habían puesto en manos, en forma creciente, de los intermediarios financieros institucionales. Por conducto de esos intermediarios los fondos habían llegado a los agentes económicos dándoles éstos un uso productivo. Todo ese proceso había sido posible gracias a “la mayor confianza del público en la estabilidad política y social del país, en la firmeza de la moneda y en la solidez de las instituciones de crédito”. Por tanto, era motivo de satisfacción que esa confianza se hubiese depositado en particular “en la dinámica y el futuro de nuestro desarrollo económico”.

En adición a los avances cuantitativos, el director del Banco de México también hizo hincapié en los cambios de tipo cualitativo conseguidos en el transcurso de la década por el sector financiero. Uno de los principales se había conseguido en cuanto a la composición de la captación del sistema financiero. Sobresalía así el crecimiento que habían tenido las cuentas de ahorro y los depósitos a plazo, además de la colocación creciente de cédulas hipotecarias y de bonos financieros, cuyo saldo agregado relativo había llegado en 1969 a cerca de 74 por ciento. Sin embargo:

“A pesar de estos avances en la captación institucional del ahorro mexicano, motivo de una legítima satisfacción, hemos insistido en repetidas ocasiones, en que no es sólo el crecimiento del crédito lo que asegura su mayor contribución al desarrollo económico sino que se necesita mejorar la eficiencia de su uso, a través de una asignación de recursos por sectores congruente con las necesidades propias del desarrollo”.[15]

En su discurso ante la Convención de Banqueros de marzo de 1969 Rodrigo Gómez se congratuló de que el crédito a las actividades productivas hubiera crecido en forma paralela con la captación de ahorros. Éste había sido en particular el caso del financiamiento ofrecido por los bancos, el cual se había orientado preferentemente al apoyo de las empresas y de las actividades productivas. El crecimiento del crédito a esas actividades había sido superior al de la producción conseguida, lo cual daba una idea de su importancia para impulsar el desarrollo. A pesar del alto crecimiento demográfico que había tenido lugar en México, el banquero central señalaba que el crédito de la banca a los sectores productivos durante la última década se había ampliado de manera muy importante. Y para concluir esa parte de su exposición, daba cuenta de un hecho positivo respecto del desarrollo descrito: “la transferencia de recursos reales de la banca privada hacia el sector público a través de la política de regulación monetaria y crediticia” del Banco de México.[16] Ese procedimiento había permitido financiar de manera amplia y no inflacionaria las muy cuantiosas e importantes inversiones públicas realizadas en infraestructura, las cuales habían sido muy propicias para el desarrollo económico.

En ese pormenorizado balance se hizo también desde luego referencia a los avances pendientes de conseguir. Uno de ellos, respecto del imperativo de conseguir mayores volúmenes de crédito para impulsar a la economía. Enfáticamente apuntó el banquero central: “debemos reconocer que existen diversos sectores y ramas económicas con grandes necesidades de crédito no satisfechas”. El caso por excelencia de esa problemática era el de la agricultura. De ahí que el orador aprovechara la oportunidad que le brindaba tan importante foro “para volver a insistir en la necesidad de canalizar mayores fondos de la banca privada hacia la agricultura, la ganadería y las industrias agropecuarias”. Había por lo menos tres justificaciones para hacer esa convocatoria. Primero, los estudios que se habían realizado respecto de las necesidades y posibilidades de otorgar crédito a ese sector; segundo, el aparato institucional que ya existía para canalizar el financiamiento requerido por esa actividad primaria y, tercero, la capacidad de brindar asistencia técnica y otros apoyos a los solicitantes de crédito. Resultaba indispensable aumentar los volúmenes de crédito a la agricultura sobre todo en operaciones a medio y largo plazo. La finalidad era “elevar la productividad agrícola, poder satisfacer el consumo interno y disponer de excedentes exportables que fortalezcan nuestra posición en el exterior”. Una consideración adicional tuvo que ver con la conveniencia de conseguir una mayor distribución geográfica del crédito. Los tres grandes centros urbanos del país (Distrito Federal, Guadalajara y Monterrey) absorbían entonces el 70 por ciento del crédito total.[17]

Para concluir su alocución, Rodrigo Gómez hizo un recuento de los que en su opinión eran los aspectos más destacables de la evolución económica y financiera de México en la década que estaba por concluir. Sobre la cuestión financiera los aspectos mencionados fueron como sigue:

“El sistema bancario mexicano se encuentra en una etapa de franco desarrollo y consolidación. El ahorro del público canalizado a través de la banca a los sectores prioritarios de la economía constituye una contribución poderosa y creciente al progreso de México.

Las autoridades financieras cuentan con mecanismos institucionales cuya eficacia ha sido comprobada para lograr una más eficiente distribución de los recursos prestables del país hacia las actividades más necesitadas.

Los acontecimientos financieros del año pasado –se refería el orador al tormentoso 1968– mostraron claramente la solidez de la banca mexicana y su creciente adaptabilidad a las cambiantes condiciones internas y externas”.[18]


[1] Edward S. Shaw, Financial Deepening in Economic Development, Lando y Oxford University Press, 1973, pp. 7-8.

[2] Op. cit., pp. 113 y 171.

[3] John G. Gurley, “Repercusión del desarrollo económico en las estructuras financieras. Estudio de cortes transversales”, en Dwight Brothers, Guido Di Tella et. al., Estructura Financiera y Desarrollo Económico, Buenos Aires, Editorial del Instituto, 1968, pp. 124-127.

[4] Rodrigo Gómez, Discurso ante la XXXII Convención de la Asociación de Banqueros de México, México, D.F., 24 de marzo de 1966, en Textos de Rodrigo Gómez (1953-1967), México, (s.e.), 1968, pp. 90-91.

[5] El Trimestre Económico, vol. XXVIII, núm. 126, abril-junio de 1965, México, Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos, 1967.

[6] O. Ernest Moore, Evolución de las Instituciones Financieras en México, México, Centro de Estudios Latinoamericanos, 1963.

[7] Ibid., pp. 265-268.

[8] Ibid., pp. 303-345 y 350-356.

[9] Ibid., pp. 345-349.

[10] Ibid.

[11] Raymond W. Goldsmith, The Financial Development of Mexico, París, The Organization for Economic Cooperation and Development, Development Centre Studies, 1966, p. 15.

[12] Goldsmith, op. cit., capítulo vi.

[13] Ibid.

[14] Antonio Ortiz Mena, “Balance 70”, Revista Bancaria, vol. XVIII, núm. 3 de marzo de 1970, p. 26.

[15] Rodrigo Gómez, “La evolución económica de México”, Revista Bancaria, vol. XVIII, núm. 3, marzo de 1970, p. 36.

[16] Rodrigo Gómez, “Discurso en la XXXV Convención Anual de Banqueros”, Acapulco, Gro., 13 de marzo de 1969, El Mercado de Valores, 17 de marzo de 1969, año XXIX, núm. 11, pp. 167-170.

[17] Ibid., pp. 36-37.

[18] Ibid., p. 40.

Regresar al principio