Tomo XVI: Las consecuencias del inflacionismo
I. Hacia la crisis en balanza de pagos

 

1. ¿Economía sobrecalentada?

 

El concepto de economía sobrecalentada no era ajeno al conocimiento del presidente López Portillo. En una anotación en su minuciosa bitácora de gobierno de febrero de 1980 señaló que el día anterior se había analizado en el seno del “Gabinete Económico reducido” un importante documento sobre la situación económica que prevalecía en el país. Por desgracia, aquel memorialista no revela la autoría del documento –es decir, si provenía de Hacienda, Programación y Presupuesto, Patrimonio y Fomento Industrial o alguna otra dependencia– aunque a continuación da idea en una nuez del tema principal: “Crecimiento excesivo con inflación excesiva y sus riesgos, salarios, inversión, desajustes sociales y ajuste monetario”. Y en esa breve nota se comenta a continuación que “[e]staban los macroeconomistas casi histéricos” además de que “hasta los estructuralistas están asustados…”. Adicionalmente, según López Portillo, “algunos iniciativos –o sea, representantes del sector privado– encuentran semejanza entre lo que está ocurriendo y los meses anteriores a la crisis de 1976”. Pero expresado lo anterior, lo que sorprende a continuación en López Portillo es su falta de interés por profundizar en el análisis de las posibles implicaciones del sobrecalentamiento de la economía que se estaba planteando en el documento citado, para también entender cuáles podrían ser los cursos de acción que en esa “situación preocupante” se le abrían a la política económica del gobierno. ¿Cuáles podrían ser las consecuencias de gravedad de no corregirse el rumbo? Pero el destino determinó que no se despertaron esas inquietudes intelectuales en el intelecto de aquel memorialista que el mismo destino había colocado en una situación de tan inmensas responsabilidades. La suya no era una mente motivada por la curiosidad cognoscitiva. El suyo no era un intelecto inquisitivo a la vez de analítico.[1]

En esa nota reveladora de las memorias, a la afirmación de que algunos observadores del sector privado estaban encontrando semejanzas entre la circunstancia que estaba corriendo en ese momento en México “y los meses anteriores a la crisis de 1976”, el memorialista López Portillo simplemente señaló que a su juicio “las condiciones eran bien diferentes”. Ello, en razón de que en la coyuntura de su sexenio “la inversión fuerte resultó de la iniciativa privada…”. Es decir, nuevamente ese observador mostraba que no estaba interesado en explicaciones analíticas profundas sino en aceptar los prejuicios que le resultaban gratos a sus oídos. ¡La falsedad del argumento era evidente! El gran repunte que había tenido la economía nacional en esos años de 1978 y 1979 había tenido como detonante y motor el gasto público y en particular la inversión en el sector petrolero. Pero todavía más importante, el factor que en especial le daba semejanza a esa situación con los meses previos a la crisis de 1976 era la fuerte inflación prevaleciente en ambas circunstancias. Ése había sido el factor que sin duda había dado lugar a las muy grandes fugas de capital que se desataron en aquella coyuntura y las cuales otra vez podrían volverse a desatar en el intenso ambiente inflacionario de mediados del sexenio de López Portillo. Pero en ese mismo contexto, el memorialista López Portillo sacaba a la luz otra revelación todavía más importante: el reconocimiento explícito de que (sic.) “la economía se sobrecalentaba”; de que era “evidente que estamos sobrecalentados”. “Se está cuestionando, y con razón, si el país puede crecer al 8 por ciento anual”. Las cuestiones claves, medulares, habían quedado planteadas explícitamente, pero a continuación lo que sorprende y mucho, es el vacío que se abre en la mente de aquel individuo que el destino había colocado en la situación de jefe de Estado. Si la economía mexicana se encontraba clara y evidentemente en una situación de sobrecalentamiento, ¿qué es lo que debería hacerse? ¿Cuál era el rumbo de acción más indicado a tomar? ¿Cómo minimizar los costos del ajuste que debería aplicarse? ¿Qué debería entenderse por una economía “sobrecalentada”?

Hacia los años del presidente López Portillo y aun previamente, el fenómeno del sobrecalentamiento de una economía había quedado perfectamente identificado en los anales de la ciencia económica. Los economistas ya tenían caracterizado al fenómeno del sobrecalentamiento y también a la demandante medicina que podía ser aplicada para su cura. Había sido en un artículo de la revista Newsweek del año 1973 cuando se aplicó metafóricamente al contexto de la política económica la acción de un “aterrizaje suave” para una economía que pasara por una situación de sobrecalentamiento a otra de crecimiento moderado aunque sostenible hacia adelante. El instrumento que se consideraba como idóneo para tal aterrizaje suave era la política monetaria. Pero la acción de “descalentar a una economía que había sido llevada a tal situación indeseable a la vez que insostenible”, de no ponerse en ejecución de manera adecuada, podría llevar a un aterrizaje abrupto. Esto último, al no poder dar lugar el banco central en cuestión a un incremento suave y cuidadoso de las tasas de interés a manera de que llevase a un enfriamiento gradual a la economía sobrecalentada, pero evitando a la vez que cayera en la recesión. De manera natural, el mecanismo susceptible de proyectar a una economía a una situación de sobrecalentamiento era la receta postkeynesiana que se había determinado y afinado durante los años posteriores a la publicación del libro La Teoría General, en el año 1936. Ese enfoque se integraba de tres instrumentos harto conocidos: i) incrementos del gasto público, ii) reducción de impuestos para estimular el consumo y iii) una política monetaria más expansiva. Pero en su libro bajo el título de Política Macroeconómica, el autor Langdana es tajante: al más leve indicio de sobrecalentamiento el objetivo de la macropolítica prudencial debe convertirse en “apretar los frenos” a fin de evitar los efectos catastróficos de una fase de sobrecalentamiento.[2]

Según se confirma en la fuente citada, una economía sobrecalentada se caracteriza por una inflación alta y creciente en un contexto en el cual después de un periodo de crecimiento rápido se han empezado a sentir presiones fuertes por exceso de demanda sobre el mercado de trabajo y sobre la capacidad instalada utilizada además de la aparición de cuellos de botella en la oferta de algunas materias primas o de sectores clave como lo fueron los del transporte y el cemento durante buena parte del sexenio del presidente López Portillo. Explica el citado autor Langdana que una economía puede llegar a una situación de sobrecalentamiento como consecuencia de que la oferta ha llegado a su nivel máximo de pleno empleo o de capacidad de crecimiento y el exceso de demanda únicamente puede acomodarse mediante el incremento del nivel de precios. Así, en una economía sobrecalentada se da el caso clásico de inflación por jalón de demanda, ante la incapacidad de la producción para darle alcance. Aunque en su libro de política macroeconómica el profesor Langdana nunca hace referencia a la experiencia de la economía de México durante el periodo de la llamada Docena Trágica (1970-1982), el caso era perfectamente ilustrativo del caso. Además, la caracterización del fenómeno de inflación por jalón de demanda sirve, asimismo, para dar refutación a un argumento al que el expresidente López Portillo acudía con gran satisfacción en sus memorias: el de siempre haber tenido la convicción de combatir las presiones inflacionarias mediante más producción y no por conducto de contener la expansión de la demanda. ¡Pero en una economía sobrecalentada la aplicación de esa fórmula invocada resultaba imposible, precisamente por la incapacidad de la oferta para alcanzar a la demanda desbordada! Así que el argumento citado de López Portillo, explica la razón por la cual en ese sexenio nunca hubo en verdad política contra la inflación. En una economía sobrecalentada, explica en su libro el profesor Langdana, las manifestaciones del sobrecalentamiento pueden ser diversas. La más importante y evidente es un disparo de la inflación general aunque en los ejemplos que se han atestiguado en la realidad también se han observado los famosos cuellos de botella –como ocurrió en México durante aquella coyuntura del lopezportillato–, la escasez de productos en el mercado, además de las burbujas especulativas en el sector de los bienes raíces o en la bolsa de valores.

En México, el fenómeno de los cuellos de botella se manifestó desde temprano en los tiempos de aquel sexenio. Sin embargo, como resulta lógico pensar, se fue exacerbando en la medida en que el sobrecalentamiento de la economía continuó intensificándose. En sus memorias, López Portillo relata en una nota de octubre de 1978 haber terminado la lectura de un documento relativo al “análisis de los cuellos de botella con el fundamental: Comunicaciones y Transportes”.[3] Y fue más o menos durante esa época cuando en el Consejo de Administración del Banco de México se hizo referencia al problema por vez primera en el sexenio. Al respecto, los consejeros manifestaron coincidir unánimemente en que “la rápida recuperación económica” se había desenvuelto “en diversos aspectos con mayor dinamismo que el previsto” y que, en particular, procedía “continuar con el análisis de los cuellos de botella que constituyen factores estructurales limitativos de un adecuado desarrollo, particularmente en el sector agrícola”.[4] Por su parte, al tema de la amenaza por las presiones inflacionarias ya se había hecho alusión en ese órgano colegiado desde el mes de mayo de ese año y la preocupación se reiteró en sesiones que se celebraron en los meses de julio, agosto octubre y febrero del siguiente 1979. Y como debe ser lógico, en una economía con fuertes presiones inflacionarias y cuellos de botella no solo en el sector agrícola sino en algunos ramos industriales como el transporte también empezó a hacerse presente la escasez de algunos insumos y de bienes de consumo. Al respecto, es muy significativa una información que aportó el director general, Romero Kolbeck, en el Consejo de Administración a principios de 1980 en relación a los índices de precios que elaboraba el Banco de México. Según ese funcionario, “por vez primera, los índices confrontaron problemas serios para su elaboración oportuna, debido a que se presentó una escasez en el mercado de diversos artículos que integran las canastas de dichos índices por lo que hubo que esperar a que tales artículos pudieran adquirirse…”.[5] Por último, cuando ya el tema de los cuellos de botella se había vuelto tabú en el ambiente político, el consejero por la serie B, Prudencio López, volvió a referirse en el Consejo a “la conveniencia de continuar considerando con particular interés algunos cuellos de botella como el de los transportes que, según encuestas recientemente levantadas, se estima constituye un factor limitante de particular significación”.

Pero sobre el asunto de los cuellos de botella no únicamente se habló en las sesiones del Consejo del Banco de México; también encontró tratamiento en las ediciones del Informe Anual correspondientes a los primeros años de ese sexenio. Así, en la edición para el año 1979 se escribió con todas sus letras que hacia finales de 1978 “se advirtió la aparición de ‘cuellos de botella’ sectoriales que indicaban claramente el agotamiento de las posibilidades de expansión de la oferta sin incurrir en costos crecientes”. La demanda agregada se expandía de manera muy rápida impulsada por el “importante incremento en el volumen del gasto público y privado” lo cual significaba a su vez “cantidades también crecientes de circulante y liquidez”. Por su parte, las fuertes inversiones que se habían estado realizando no podían generar ampliaciones de la capacidad instalada a igual ritmo “debido al tiempo natural de maduración de los proyectos”.[6] Como ya se ha mencionado, el expansionismo fiscal y monetario se mantuvo viento en popa a todo lo largo del año clave de 1979. Fue en ese año cuando el gobierno de México se salió, ya de manera definitiva, de los candados que se habían acordados en el programa que se había suscrito con el Fondo Monetario Internacional. De ahí que las manifestaciones de sobrecalentamiento en la economía se hicieran todavía más evidentes y se profundizaran, aunque ese concepto nunca se escribiera textualmente en las ediciones del Informe Anual del Banco de México. Con todo, lo que sí se planteó en la edición para 1979 es que en ese año, aunque la oferta agregada había respondido al impulso de la demanda con una alta tasa de incremento del producto y del empleo, también había mostrado “signos de creciente rigidez lo cual se tradujo en una elevación considerable en el ritmo de aumento de los precios”. En cuanto a las importaciones, la velocidad con la que crecieron en dicho año fue reflejo “por un lado, del explosivo aumento en el gasto de inversión y, por el otro, de las deficiencias de la oferta interna”. Más claro, ni el agua. Y a continuación, se atribuyeron en esa publicación a la mencionada rigidez de la oferta que se observó al menos tres causas: i) “la relativa lentitud con la cual creció en 1979 la producción de bienes industriales”, ii) “la baja en el ritmo de crecimiento de la productividad que sufrió la actividad industrial” y, finalmente, se pusieron de relieve iii) “los altos niveles que mostraron algunos indicadores directos de uso de capacidad con los que se cuenta para ciertas ramas productoras de materias primas básicas, como la del cemento, fertilizantes, etc.”. A ello cabía agregar, que todas las evidencias anteriores “–a falta de algún indicador más perfeccionado– sugieren que durante 1979 numerosas ramas productoras de bienes estuvieron trabajando a capacidad plena”. En ese orden, un uso muy alto de la capacidad instalada con otros problemas como huelgas, periodos de reparaciones, falta de materias primas, se observó en ramas como la del acero, la productora de cobre electrolítico, papel, llantas y cámaras, química básica y la ya mencionada de los fertilizantes.[7]

Más adelante se explicó en dicha publicación que aunado al agotamiento de la capacidad instalada en muchas ramas de la manufactura otro factor determinante de “la creciente resistencia de la oferta interna a expandir su producción” se había derivado de la “presencia de algunos ‘cuellos de botella’ en algunas ramas de la economía”. Según esa fuente, el ejemplo más claro se había observado en el sector de transporte ferroviario de carga. Este ramo, a pesar de haber recibido en el pasado reciente inversiones considerables en equipo de arrastre, había incrementado su volumen en ese año en tan sólo 1.2 por ciento. Y a continuación se expuso en esa publicación un argumento que se planteó con mucha insistencia por parte del Banco de México: las dificultades que estaba causando al rápido crecimiento general de la economía la escasez de mano de obra calificada. Indudablemente, fue ése uno de los factores que contribuyó de manera importante durante el periodo a “la inelasticidad de la oferta en muchas ramas industriales…”. Así, en términos del Banco de México “la limitada disponibilidad de mano de obra calificada constituye una de las principales restricciones a la posibilidad de generar empleo masivo a través del simple aumento de la tasa de crecimiento del producto”. De hecho, la reducción de la elasticidad de la oferta que se había observado en el lapso y que la capacidad instalada se había aproximado a su límite podía también observarse en la evolución del empleo en la industria manufacturera y los cambios que habían tenido lugar en la productividad por hombre ocupado. Al respecto, las estadísticas disponibles sugerían una reducción muy visible en el incremento de la productividad y por consecuencia un incremento notable en la utilización de la capacidad instalada. Textualmente, “mientras en 1978 al aumento de la producción manufacturera de 9 por ciento correspondió un alza en el número de horas trabajadas de solo 6.2 por ciento, en 1979 el incremento de 9.2 por ciento de la producción manufacturera provocó una elevación en las horas trabajadas de 8 por ciento”. Según la frialdad de esas cifras, el factor escaso en esa coyuntura más que el capital había llegado a ser el trabajo.[8]

Como ya se ha insinuado, nunca más en las ediciones del Informe Anual del Banco de México de ese sexenio se volvió a hablar de manera tan explícita y enfática de que en muchos ramos industriales se había llegado al límite de la capacidad instalada y a la aparición de cuellos de botella en otros sectores de la economía. Tampoco de los problemas que se manifestaban en el rubro de la manufactura por la escasez de mano de obra calificada y lo cual daba todavía más fuerza a la inelasticidad de su oferta. ¿A qué causas atribuir ese cambio en el discurso? La deducción más lógica es que en algún momento durante los inicios del año 1980 el presidente López Portillo optó por continuar con la política económica fuertemente expansionista que le recomendaban los integrantes del bando estructuralista en su gabinete económico encabezado por el secretario de Sepafin, José Andrés de Oteyza. Y no es improbable deducir asimismo que esa decisión llevó también a que esos conceptos como el de los cuellos de botella se volvieran muy poco gratos a los oídos del presidente y que de ahí se haya emanado una especie de orden implícita para que dejaran de mencionarse en los documentos oficiales. Asimismo, también cabe destacar la coincidencia de que esa decisión estratégica de continuar con el expansionismo fiscal y monetario vinera acompañada por una embestida desde Los Pinos en contra del Banco de México al menos por dos razones. La primera, que con sus argumentaciones preventivas a causa de la persistencia de las presiones inflacionarias, el instituto central y sus funcionarios parecían antagónicos a la idea de un desarrollo económico más rápido aunque la economía interna tendiese a sobrecalentarse. Y segunda, en razón de que supuestamente en la preparación de las cuentas nacionales la institución aparentemente saboteaba la estimación del crecimiento sin precedentes que se estaba consiguiendo. Secretamente López Portillo siempre pareció suspicaz de las estadísticas económicas que se generaban en el Banco de México. En sus memorias, en una nota de mayo de 1981, escribió: “Hoy le planteé a Romero Kolbeck, Director del Banco de México, el problema de los índices inflacionarios que está manejando el Banco y que me parecen exagerados, más de un punto sobre el cálculo de la canaco”.[9] Por su parte, en el Consejo de Administración la noticia de que al Banco de México se le había arrebatado la responsabilidad de llevar las estadísticas de las cuentas nacionales se informó de manera escueta en abril de 1981.

Así, en la sesión correspondiente del Consejo, el director general, Romero Kolbeck, empezó explicando que en la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, promulgada a principios del gobierno de López Portillo en diciembre de 1976, había quedado especificado que competería a la Secretaría de Programación y Presupuesto “operar el Sistema de Cuentas Nacionales, quedando bajo su responsabilidad el realizar los cálculos correspondientes y dar a conocer esta importante base informativa”. Y a continuación agregó el funcionario que, supuestamente, “después de cuatro años de trabajos en los que participó ampliamente el Banco de México”, había finalmente sido posible concluir el aludido Sistema logrando de paso poder aplicar en el mismo “una metodología que ofrecía ventajas sobre la que se venía utilizando para esos fines por parte del Instituto Central”. De manera que al asumir plenamente esas funciones la mencionada Secretaría de Programación y Presupuesto, en opinión de Romero Kolbeck, se lograría “un mejor cumplimiento del orden jurídico aplicable sin que ello afecte en forma alguna facultades legales del Instituto Central”. Y para finalizar señaló aquel ponente, “que independientemente de lo anterior el Banco seguirá elaborando las estadísticas económicas y financieras que le son necesarias para el adecuado ejercicio de la regulación monetaria y crediticia que la ley le encomienda…”. Y a manera de ocultar hábilmente la duplicidad de esfuerzos que tal medida inexorablemente implicaba, quien encabezaba al Banco de México agregó que era de destacar que “la obtención de datos a través del Sistema de Cuentas Nacionales tiene una periodicidad anual, en tanto que el sistema seguido por el Banco de México permite contar con información de coyuntura susceptible de obtenerse en forma mensual”.[10]

Es loable que el expresidente López Portillo haya aceptado escribir para la posteridad unas memorias tan pormenorizadas. No lo es tanto su práctica editorial de omitir en esos apuntes autobiográficos la mención de ciertos asuntos personales delicados o decisiones que fueron trascendentales para su administración. En el primero de los supuestos anteriores se ubica el caso de la doctora Rosa Luz Alegría y la forma en que, en su calidad de funcionaria de muy alto nivel jerárquico, fue adquiriendo gran poder durante los años finales de aquella administración. El segundo de los casos enunciados se ilustra con el hecho de que no haya un solo pasaje en esa publicación sobre las decisiones, a todas luces trascendentales, de quitarle al Banco de México la responsabilidad de encargarse de producir las estadísticas macroeconómicas o, aún más grave, de continuar con la política económica expansiva que conducía precisamente al sobrecalentamiento y a la consecuente aparición de cuellos de botella y de indicaciones de capacidad plenamente instalada utilizada en algunos sectores de la economía. El caso se tiene que explorar de manera indirecta. “¿Puede el país crecer al 8 por ciento?”, escribió López Portillo como cabeza para una nota del 14 de febrero de 1980. Es muy sintomático que, a toro pasado, López Portillo no entendiera la diferencia muy grande, inmensa, entre “resolverse a frenar el crecimiento más continuado y fuerte de la historia de México” y quitarle a la economía el sesgo inflacionario que para entonces, principios de 1980, ya era muy intenso y sin cuya extirpación no podría asegurarse hacia futuro un desarrollo autosostenido. Uno de los problemas, es que López Portillo tuvo la tendencia muy clara a ideologizar las decisiones de política económica, las cuales deben ser siempre principalmente de carácter técnico. De esa forma, cualquier planteamiento de política tendía a interpretarlo como medidas “restrictivas”, las cuales hacían supuestamente ver a su persona “como moviéndome a la derecha porque ésta, subordinada al capital, se inclina por el orden económico del FMI y el patrocinio de E.U.A., en su lucha contra la urss…”. Pero ese memorialista además de no tener absolutamente conocimiento alguno en materia de política económica, era también necio, obcecado. En su desinformada opinión, hacia adelante sólo se tenía para la estrategia económica de México una alternativa binaria: o la economía crecía al 8 por ciento anual o no habría crecimiento y con él desarrollo. Oigámoslo: “Asistimos al drama, una de cuyas características es la de que solo si [la economía] crece alrededor de 8 por ciento se pueden resolver los problemas de rezago, por ejemplo de empleo, y al mismo tiempo, los incrementos de la población y su demanda de trabajo…”. Y sorprendentemente y en flagrante contradicción, a continuación un espacio de claridad iluminadora: “… pero un crecimiento así no se puede mantener sin que el sobrecalentamiento de la economía acelere la inflación y aparezcan los cuellos de botella”. Totalmente de acuerdo. ¿Pero si ese último era el caso, por qué se siguió adelante por esa senda del sobrecalentamiento?[11]

La decisión de seguir por la senda del expansionismo inflacionista se debe haber tomado de manera explícita y seguramente para lograr tal desenlace los integrantes del bando de los estructuralistas dentro del gabinete económico deben haber desplegado al máximo sus capacidades de cabildeo. Y ese despliegue se trasladó también al campo –supuestamente más aséptico– del debate intelectual. Posiblemente, nunca antes se había dado en México (y tampoco después) un caso de plumas mercenarias para actuar en el ámbito académico. Sería interesante conocer desde la posteridad a cuánto habrán ascendido los honorarios cubiertos a los dos profesores de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, por el texto que se publicó en la revista Economía Mexicana que publicaba el Centro de Investigación y Docencia Económica, cide, bajo el título “¿Se encuentra ‘sobrecalentada’ la economía mexicana? Un análisis de los problemas de política económica a corto y mediano plazo”. Lo primero que cabe destacar en ese artículo es la motivación fundamental de sus autores de desmentir o refutar lo que consideraban las opiniones ortodoxas sobre la coyuntura en que se encontraba la economía de México. Y desmentirlas, como se verá, a contrapelo, a contracorriente, con todas las evidencias factuales y muchas otras opiniones sensatas en oposición. La tesis general de Eatwell y Singh en ese sentido fue que: “la economía mexicana no se encuentra ‘sobrecalentada’ en el sentido que el enfoque ortodoxo da a esta expresión; es decir, la tasa planeada de crecimiento no es demasiado alta con relación a la capacidad productiva del país y, en consecuencia, no genera inflación”.[12]

El aspecto más controvertido en dicho texto, tratado además con gran brevedad por sus autores, era el de refutar –en oposición a como se había comentado en las ediciones del Informe del Banco de México– que el “sobrecalentamiento” de la economía había tenido, entre otras consecuencias, llevar a una utilización plena de la capacidad instalada en el sector manufacturero del país. Y para poder orquestar esa refutación, Eatwell y Singh recurrieron a una supuesta encuesta en la cual habían participado 1900 empresas de todos los tamaños y ramas manufactureras. En esa encuesta se había supuestamente preguntado a las empresas encuestadas que evaluaran el nivel de la utilización de su planta en una escala de 1 a 10. El resultado había sido que en total ese índice se había ubicado en 1979 en 1.88 y sorprendentemente se había reducido supuestamente a 1.48 en 1980. La fuente para tan extraños y muy cuestionables resultados había sido una “Encuesta sobre la actividad económica empresarial” bajo la autoría de la Oficina de Asesores del C. Presidente de la República. Y en el mismo orden de escepticismo y suspicacia se ubicaban las consideraciones de Eatwell y Singh con respecto a las causas del proceso inflacionario que se observaba en México. Según esos autores, las presiones inflacionarias internas no podían atribuirse a “la expansión de la demanda interna” sino que se explicaban “fundamentalmente por el comportamiento de los costos”. Así, de un incremento de los “costos unitarios en dólares” que en 1980 se ubicó en 17.4 por ciento anual había correspondido al aumento del costo de los materiales (insumos y materias primas) un 16 por ciento. Pero a continuación, a esos autores no se les ocurrió pensar en la causa que había dado lugar a ese aumento que se había observado en el precio de los materiales. No se necesitaba ser un genio para adivinar el origen de esa elevación: ésta había provenido del proceso general de inflación por jalón de demanda que se había derivado de la política expansionista que se seguía en México desde finales de 1979.

El expansionismo de la política económica de México había dado lugar a que las importaciones crecieran de manera excesiva y preocupante. Y aunque Eatwell y Singh diferían del Banco de México y de otras fuentes supuestamente ortodoxas, sobre la causa de ese destape de la cuenta de importación mostraron en su citado trabajo su intención para controlar las importaciones y de esa manera reducir el déficit en la cuenta corriente cuya magnitud absoluta y relativa no podía pasar desapercibida a su atención. ¿Cómo reducir las importaciones de México? A continuación, a aquellos ilustres profesores de Cambridge no se les ocurrió otra cosa más imaginativa que mediante mayor proteccionismo comercial. Proteccionismo general y específico para controlar las compras al exterior de bienes de consumo. La recomendación fue dada, y es posible constatarla en el artículo citado, sin consideración alguna a la dudosa posibilidad práctica de poder controlar efectivamente el monto de las importaciones y su crecimiento mediante una batería de prohibiciones y permisos de importación. Como si la eficacia de las aduanas mexicanas fuera infinita, como si las fuertes potencialidades del contrabando fueran inexistentes en México, con una frontera terrestre de más de dos mil kilómetros con Estados Unidos. Tal vez por correspondencia, también las medidas propuestas por los profesores de la universidad inglesa para combatir las presiones alcistas fueron igualmente simplistas en su intención dirigista que las relativas a la disminución de las importaciones: aplicar controles a los precios de las manufacturas en los ramos industriales en los cuales supuestamente había tenido lugar un incremento muy elevado de las utilidades de las empresas.

Pero era claro que nunca sería posible tapar con un dedo el sol del sobrecalentamiento en que se había metido a la economía de México. En particular, ese intento resultaba particularmente inútil si el dedo tapador se integraba con una encuesta fantasma de muy dudosa credibilidad además de argumentaciones muy poco convincentes en relación al supuesto origen de las presiones alcistas en México como “inflación de costos”. De hecho, el fuerte expansionismo se había hecho en muy buena medida posible “gracias al elevado ritmo de aumento que alcanzaron las importaciones”. Y a que el proceso alcista no se intensificara había también contribuido la decisión de mantener los precios de algunos productos básicos y de algunos salarios nominales por debajo de la inflación promedio. Pero en ese marco de economía sobrecalentada, tenían necesariamente que aflorar muchos otros problemas y a algunos de ellos hizo referencia el Banco de México en la edición de su Informe Anual del año 1981. Entre ellos, que muchas de esas importaciones que se estaban realizando eran sustitutivas de la producción interna más que complementarias, como hubiera sido de desearse. A manera de ejemplo, ese fenómeno había ocurrido “en los productos siderúrgicos, los textiles, algunos del hule –como las llantas– y la celulosa de madera”. De manera paralela, se explicó en esa publicación, con un crecimiento lento e incluso contracción de la producción interna de los bienes “competitivos”, habían tenido lugar elevaciones muy considerables de las importaciones. Sin embargo, fueron de mucha mayor importancia otras consideraciones que se plantearon en ese documento sobre la política económica durante los años por venir. En ese respecto, las alertas se expresaron de manera clara. Así, “para hacer posible la conjunción crecimiento–inflación en los próximos años será difícil contar con el efecto deflacionario de una apertura al exterior, ya realizada hasta sus límites razonables”. Y según las autoridades del banco central, tampoco sería fácil “ganar tiempo frenando el alza de algunos precios y salarios”. Esto último, en razón de que ya se había recurrido a ese expediente y en realidad se preveía ya la necesidad de medidas de ajuste de otro tipo. Y la conclusión no podía ser más clara y contundente: para el mediano y largo plazo, lo más importante sería “que el actual logro de un alto ritmo de crecimiento no obligue en el futuro a entrar en una fase de estancamiento…”.[13]

“… si se desea evitar que la inflación aumente de ritmo parece obvio que en 1981 habrá que reforzar –de acuerdo con los señalamientos que al respecto ha hecho el Ejecutivo Federal– la disciplina en el ejercicio del gasto público presupuestado, y los esfuerzos por aumentar la productividad y el uso de la capacidad de producción instalada en el país y por aliviar los ‘cuellos de botella’ que actualmente padece la economía”.[14]

Resulta extraño que si en 1981 el entorno de la economía mexicana se había modificado de manera tan marcada, en el Informe Anual del Banco de México se dijera textualmente que “el objetivo central de la política macroeconómica durante 1981 fue –al igual que en los años anteriores– la ampliación acelerada de las oportunidades de empleo, así como de las posibilidades de expansión, a largo plazo, de la economía”. Así, dado que el objetivo prioritario de la política económica fuera el mismo que en los años previos del sexenio, cabría esperar, como efectivamente ocurrió, que los resultados obtenidos fueran semejantes a los de esos años precedentes. Como se verá a continuación, así ocurrió en efecto aunque con la influencia de un entorno que se volvió muy desfavorable, con precios de las exportaciones del país a la baja y tasas de interés externas al alza. Al respecto, primeramente cabe mencionar la elevada tasa de inflación que se registró ese año, cercana al 30 por ciento anual (28.7 por ciento). De manera paralela procede destacar que en ese año el gasto público –causa principal del sobrecalentamiento de la economía– creció en términos reales 20.6 por ciento elevándose su participación con respecto al PIB al 36 por ciento. Con respecto a las finanzas públicas, el resultado más preocupante fue que mientras en 1980 el déficit presupuestal se incrementó en 36.1 por ciento el año siguiente el aumento fuese de poco más de 200 por ciento. Y desde luego, también cabe notar que en 1981 las importaciones crecieron 13.5 por ciento en términos reales y que el déficit en cuenta corriente se amplió 73 por ciento con respecto al del año anterior pasando de 3.6 por ciento sobre el PIB en 1980 a 4.9 por ciento el año siguiente.[15]


[1] José López Portillo, Mis Tiempos. Biografía y Testimonio Político, México, Fernández Eds., 1988, t. II, pp. 932-933.

[2] Farrokh K. Langdana, Macroeconomic Policy. Demistifying Monetary & Fiscal Policy, Third Ed., Switzerland, Springer, 2016, pp. 98-101.

[3] José López Portillo, Mis Tiempos…, op. cit., t. II, p. 773.

[4] Banco de México, “Actas del Consejo de Administración”, Acta 2443, 16 de octubre de 1978, p. 154.

[5] Ibid., Acta 2449, 24 junio de 1979, p. 179.

[6] Banco de México, Informe Anual, 1979, p. 26.

[7] Ibid., pp. 27, 30 y 36.

[8] Ibid., pp. 36-37.

[9] José López Portillo. Mis Tiempos…, op. cit., t. II, p. 1051.

[10] Banco de México, Actas del Consejo de Administración, Acta 2467, 28 de abril de 1981, Libro X, p. 117.

[11] López Portillo, Mis Tiempos…, op. cit., t. II, pp. 689, 692-693 y 933-935.

[12] John Eatwell y Ajit Singh, “¿Se encuentra ‘sobrecalentada’ la economía mexicana? Un análisis de los problemas de política económica a corto y mediano plazo”, en Economía Mexicana, núm. 3, 1981, p. 26.

[13] Banco de México, Informe Anual, 1981, pp. 50 y 34.

[14] Ibid., p. 51.

[15] Ibid., pp. 23, 25, 26, 37, 74 y 90.

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