Apenas en la parte final del subcapítulo “Política monetaria y financiera”, se habla en el Informe Anual del Banco de México para 1981 del gran choque externo que padeció ese año la economía mexicana como resultado “de la caída de la demanda internacional de petróleo” con su consecuente descenso de los petroprecios. Y a ello procede agregar la reducción de los precios de otras materias primas que México exportaba además de una elevación muy marcada de las tasas de interés externas y las cuales “afectaron desfavorablemente el déficit en cuenta corriente y la magnitud del déficit financiero del sector público”. En retrospectiva, frente a la magnitud de tan fuerte choque externo lo que primeramente cabe destacar es la debilidad de las medidas de política económica que se adoptaron en su momento para tratar de absorber el impacto. Éstas se concretaron en supuestos esfuerzos para “redoblar la disciplina presupuestal” aunados a “acciones para reducir la liquidez bancaria” y también de carácter arancelario para defender a la cuenta corriente de la balanza de pagos. Desde luego, ese recuento estaba incompleto en razón de la omisión para mencionar las acciones acordadas en materia de política cambiaria mediante un deslizamiento creciente del tipo de cambio que se inició durante el primer trimestre de ese año crítico que fue 1981. Y en paralelo al mencionado choque externo, apareció en el horizonte de la economía mexicana un problema al cual no se hace ni siquiera mención en el multicitado Informe Anual del Banco de México: el de las fugas de capital que se fueron intensificando de manera importante a lo largo del segundo semestre de 1981 y también durante principios del año siguiente. Para enfrentarlas a la vez que para defender a la cuenta corriente de la balanza de pagos fue que se decidió poner en ejecución la política de desliz cambiario ya enunciada. Y lo que finalmente cabe resaltar, a manera de epílogo provisional, es la falsedad contenida en una de las conclusiones incorporadas en el citado Informe Anual del Banco de México en el sentido de que “resulta obvio que las dificultades de balanza de pagos son fenómenos de corto plazo que deben superarse en el mismo período”.[1]
Desde principios de 1980 y a todo lo largo de 1981 la economía mexicana se había mostrado claramente sobrecalentada. Los signos eran inequívocos, con cuellos de botella en varias ramas de la manufactura, importaciones sustitutivas al alza, escasez de materias primas e insumos y una inflación elevada y persistente. El sobrecalentamiento, ya se ha visto, había sido causado por una política económica marcadamente expansionista conducente a generar fuertes presiones inflacionarias. Y la inflación tendía a dar lugar a las consecuencias que eran de esperarse. Entre ellas, a un efecto al cual, de manera conveniente, no se hace alusión alguna en las minuciosas memorias que escribió el expresidente López Portillo: el deterioro durante su sexenio –y también, no por casualidad, durante el sexenio precedente del presidente Echeverría– de los salarios reales. Es decir, durante esos años de política económica inflacionista se perdió uno de los grandes logros que había conseguido el Desarrollo Estabilizador y que fue que, en ese periodo, los salarios reales se incrementaran de manera continua y sostenida. En tal sentido, se tienen, a manera de ilustración, las conclusiones que se derivan de una tesis de grado para la licenciatura en economía que se presentó en 1986 en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (itam). En dicho trabajo, la autora señaló para los salarios mínimos reales una tendencia decreciente a partir de 1977 “salvo una ligera recuperación en 1981 (1.4 por ciento) para ser de 21.0 pesos de 1970 en 1983, cifra inferior incluso a la de 1970”. Y en lo relativo al promedio del salario mínimo general real en la zona económica del área metropolitana de la Ciudad de México, a partir de 1977 “disminuyó (salvo una estabilización en 1982) hasta caer por debajo del salario real de 1970, puesto que en 1983 fue de 29.4 pesos diarios de 1970”. Y a lo anterior se agregó que un comportamiento similar se había observado para el salario mínimo real en las zonas económicas de las áreas metropolitanas de Guadalajara y Monterrey. Más representativos, en ese sentido, son los cálculos para los salarios reales por hora hombre en el sector industrial cuyo “índice se redujo en 1978, 1979 y 1980 para recuperarse en 1981 y 1982 y caer nuevamente en 1983”. Por su parte, algo parecido también se registró para el índice de los sueldos reales en la industria cuyo nivel terminó inferior en 9 por ciento al de 1970. En términos generales, incluyendo a los sectores industrial, servicios y transportes y comunicaciones, la conclusión que se aporta en dicha fuente es que después del año 1977 “lo que se observa es una reducción de los sueldos y salarios reales, atenuada por una leve recuperación en 1982”.[2]
Asimismo, de consecuencias también muy graves por el sobrecalentamiento fue lo que ocurrió en el frente de la balanza de pagos. El estado general de amplios déficits fiscales, expansionismo monetario y alta inflación dio lugar a que las importaciones crecieran de manera desmedida y con ellas se ampliara de forma muy acelerada el déficit en la cuenta corriente. Como debe ser claro, esa brecha en la cuenta corriente solo sería sostenible en la medida en que se tuviera un acceso muy extenso y rápido al crédito internacional. Lo fundamental es que en esas condiciones y con un diferencial de tasas de inflación tan marcado con Estados Unidos, la economía de México estaba literalmente condenada a generar una intensa crisis de balanza de pagos acompañada de una fuga de capitales imposible de detener. Pero lo que sucedió en esa coyuntura, es que se concretó para la economía durante el año 1981 un muy intenso choque externo en la forma dual ya explicada de un muy marcado incremento de las tasas de interés en el exterior y una caída muy fuerte de los precios de muchas de las principales exportaciones de México. Como una primera consecuencia de aquel choque externo, del incremento de las tasas de interés externas se derivó un aumento en el costo del servicio de la deuda tanto de la ya contratada como de la que se contratara hacia adelante. Y como segunda consecuencia, los ingresos por concepto de exportaciones se reducirían sensiblemente impactando de forma importante al ampliar el déficit en la cuenta corriente además de los ingresos del sector público por concepto de impuestos a Pemex. A continuación, lo que se derivó de aquel fuerte choque externo es que se adelantó en el tiempo o, si se quiere, se anticipó en términos históricos, la crisis de balanza de pagos que de cualquier manera se iba a producir inexorablemente en algún momento en el futuro. Y posiblemente, ese choque también contribuyó a que aquella crisis de lenta gestación se volviera en el momento de su materialización más intensa.
La caída de los precios del petróleo fue el momento cuando, en términos del escritor Gabriel Zaid, empezó a desmoronarse “la fe colectiva en la ‘administración de la abundancia’ ”. Y al muy poco tiempo también se haría evidente que desde el punto de vista estrictamente económico o si se quiere comercial o empresarial, la postura del ingeniero Díaz Serrano frente a la reducción de los petroprecios había sido la correcta. Los hechos que en breve se sucederían en ese frente así lo comprobarían. Pero el presidente López Portillo no lo vio de esa manera tal vez por tres razones. Primera, porque realmente nunca entendió lo que eran las fuerzas del mercado cuando imponen alguna tendencia en los precios. Pero en particular, ningún economista cercano le explicó lo que significaba en términos prácticos que un país productor participante en el comercio internacional tuviera la condición de tomador de precios como era y había sido el caso de México en el mercado de petróleo, en particular, y de hidrocarburos, en general. La segunda razón es que en esa coyuntura el corazón y la emoción de López Portillo estaban también puestos en las repercusiones de política internacional que podría tener la acción de tipo empresarial que le había presentado a su consideración el director de Pemex. Y la tercera razón es que el muy influyente ministro de Oteyza le sugirió a ese mandatario exactamente lo que deseaba escuchar. Al respecto, López Portillo escribió en sus apuntes autobiográficos: “Fuimos los primeros en romper el precio a la baja. Pudimos observar el mercado, resistir presiones, organizar clientela”. Y más adelante, en esos mismos apuntes el memorialista reiteró: “Sigo sin entender por qué Jorge [Díaz Serrano] apresuró tanto una decisión que debía ser modalizada y oportunizada. [Así] acordé correr riesgos de exigir un alza de dos dólares sobre los menos cuatro que bajamos [anteriormente]. Analizamos todas las alternativas, especialmente la depuración de clientes. Jugamos con garantía de suministros, precios y conservación de clientes. Jorge se puso en la parte más baja del espectro. Tenemos que corregirlo. El riesgo es dejar de vender 300 mil barriles diarios (Jorge me hablaba de más de 600 mil). Nos enfrentamos, francamente, a las empresas norteamericanas que se niegan al alza…”.[3]
La reducción del precio del petróleo fue en efecto muy inoportuna para acciones de política exterior en las cuales el presidente López Portillo tenía puesto un gran interés. Según lo que puede leerse en las memorias que escribió, en ese momento en las preocupaciones internacionalistas de aquel mandatario predominaban cuatro temas: 1) sus relaciones personales en su calidad de jefe de Estado con el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. 2) La preparación de la participación de México en una conferencia cumbre que se realizaría en Ottawa, Canadá, y a la cual asistiría también el propio presidente Reagan. 3) La preparación de la Reunión Norte – Sur que se celebraría en Cancún y en la cual México fungiría como anfitrión y organizador. 4) Y asimismo, de manera importante, a López Portillo le interesaba aparecer ante el mundo como un agente solidario con el bando de los países exportadores de petróleo. De esto último, que una de sus reacciones de desagrado a raíz de la baja de precios puesta en ejecución por Díaz Serrano haya sido, como ya se comentó en otro capítulo, el hecho de haber sido los primeros en bajarlos: “Parecemos esquiroles de la opep y tenía yo –añadió López Portillo– una sensación de vergüenza”. Y en términos generales, aquel presidente sintió que la decisión y su forma habían sido causa de un gran debilitamiento en el orden internacional para él en lo personal y para México como país. En este respecto, escribió López Portillo en sus memorias: “… estaba cerca una entrevista con Reagan y después la Reunión Norte–Sur [en Cancún], a la que yo quería llegar con fuerza y no con el estigma de haber roto un frente de precios, precipitando el deterioro”.[4]
La intención de subir dos dólares sobre los cuatro que previamente ya había reducido México a sus compradores por virtud de los telex que se les habían enviado por órdenes del anterior director de Pemex, Díaz Serrano, era equivalente a decirles a esos clientes: el petróleo que puedes comprar en el mercado a 30 dólares por barril, a México se lo tienes que pagar a 32 dólares y a cambio se les ofrece una “garantía de suministro” para la “conservación de clientes”. Pero según todas las evidencias, aquella estrategia de “observar el mercado, resistir presiones [y] organizar clientela” no tuvo éxito alguno al menos desde el punto de vista comercial. En ese sentido, López Portillo escribió con angustia en sus memorias que el embajador de Estados Unidos, John Gavin, había hablado con el proponente de la mencionada estrategia, de Oteyza, para decirle que ante la negativa de las empresas estadounidenses de negarse al ajuste de los precios hacia arriba “el Gobierno norteamericano veía con preocupación que canceláramos contratos que disminuyeran el suministro a E.U.A.”. Y pronto se hizo evidente que la “garantía de suministro para conservar clientes” no era, ni podría ser, incentivo suficiente que pudiera lograr la deseada reducción de los precios. Pero en la psicología del presidente López Portillo empezó a operar otra forma de compensación. Así, escribió aquel personaje que “herido por la ruptura unilateral de convenios… resolví el rescate del respeto a los principios y formas y me fortalecí en la idea de llegar a Cancún para, con toda serenidad, plantear la situación del sur, tal vez estéril, pero indispensable como cotejo entre principios e intereses”. La estrategia sugerida por de Oteyza resultó en efecto estéril. El propio López Portillo reconoció el fracaso del intento en una nota de agosto de 1981: “La caída del precio del petróleo nos afectó de dos maneras: una por el efecto del propio precio (4 dólares menos por barril) y otra por las ventas que se dejaron de hacer en los primeros meses del desajuste”. ¿Pero por qué si la estrategia alternativa a la de Díaz Serrano había sido tan fallida y costosa, López Portillo no regañó a de Oteyza que la había propuesto e incluso, por qué no lo destituyó igual que en su momento al director de Pemex Díaz Serrano? No hay respuestas posibles a esas preguntas, tan sólo misterios de un sexenio que estuvo plagado de contradicciones.[5]
La estrategia sugerida por de Oteyza para hacer frente a la relación con los clientes del extranjero que adquirían el petróleo de México fue sin lugar a dudas un fracaso con una excepción: el caso de Francia. Pero lo que sucedió en ese frente es que circunstancias muy especiales permitieron que cuestiones del orden diplomático pudieran prevalecer sobre las consideraciones meramente comerciales. Desde luego que Francia, en su calidad de país de Europa Occidental, carecía de yacimientos de hidrocarburos y en esa condición tenía que salir al mercado internacional a adquirir el petróleo que debía consumir. Así, en esas andanzas del comercio y la diplomacia fue que Francia y México llegaron a establecer un convenio por virtud del cual en paralelo a comprarle petróleo a México los franceses se comprometieron a también participar en proyectos de desarrollo que al parecer, según López Portillo, iban a ser de mutuo beneficio para los dos países. En dicho contexto, resultó de gran indignación para el gobierno mexicano que tan pronto se supo de la caída de los precios internacionales del crudo, Francia incurriera en la desconsiderada negativa de seguir pagando el petróleo que México le vendía a los precios previamente estipulados. En términos del presidente de México, “fue muy desagradable la actitud asumida por aquel país. Elegido entre los asociados para cooperar. En el momento en que lo necesitaron, recibieron puntualmente nuestro petróleo… y ahora bruscamente, sin consideración, sin explicación, siguen la decisión de las transnacionales norteamericanas con las cuales, por cierto, no tenemos más compromiso que el puramente comercial…”. Y fue entonces cuando el presidente López Portillo entró en cólera: “… una falta total hasta de elegancia…”, y ordenó que Francia quedara excluida de todos los proyectos de desarrollo de México. Sin embargo, al parecer la carta de reclamación enviada por las autoridades mexicanas llegó hasta el propio escritorio del presidente Mitterrand, quien, juiciosamente, optó por la reacción conciliadora. Según López Portillo “ese movimiento era importante porque estaba a la vista Cancún y el Presidente Mitterrand era una posición del Norte, inclinada al entendimiento del problema del sur”.[6]
Aquel intento por parte de las autoridades de México de “observar el mercado, resistir presiones y organizar clientela” fue visto por el escritor y ensayista Gabriel Zaid con tintes más bien tragicómicos:
“El director de Pemex anunció una baja en los precios del petróleo. Casi inmediatamente fue despedido… y no hubo explicaciones creíbles lo cual fue más desconcertante… Lo que siguió fue peor, porque los presidentes siempre tienen quien les diga lo que quieren escuchar. ¿Cómo está el mercado internacional del petróleo, señor secretario? Como usted quiera, Señor Presidente. Y, así, el secretario del ramo, anunció que México iba a subir los precios y hasta a seleccionar a sus clientes. Fue una apuesta ridícula que, afortunadamente, en muy pocas semanas mostró ser tan ruinosa que obligó a rectificar. Pero el daño estaba hecho. No sólo costó clientes y divisas: hizo dudar del milagro y de unos administradores de la abundancia que, evidentemente, no sabían a lo que estaban jugando”.[7]
No hay duda, sin embargo, que aun en términos estrictamente contables la caída del precio del petróleo a mediados de 1981 tuvo repercusiones muy intensas sobre la economía de México. En la edición para el año 1981 del Informe Anual del Banco de México se explica en el capítulo intitulado “Situación económica internacional” que “a partir de febrero–marzo de 1981, el mercado petrolero acusó un exceso de oferta que condujo a bajas en el precio del petróleo…”. Según esa fuente, el exceso de oferta en el mercado petrolero se había derivado en lo fundamental “de las sustanciales disminuciones en el consumo energético de las naciones industrializadas” a lo que indudablemente se aunaron “las adiciones a la oferta de algunos productores…”. Y a continuación se explicaba de manera tajante que esa reducción de los precios del petróleo –a la cual también habían contribuido los exportadores del energético con sus aportaciones a la oferta– había constituido un determinante básico del comportamiento mostrado por “los países en desarrollo petroleros durante 1981”. En tal respecto, una estimación apuntaba a que en el periodo 1978-1981 el sector petrolero de dichos países había registrado “un decremento real de 6.6 por ciento anual”.[8]
Y toda vez que México se ubicaba precisamente en esa categoría de país petrolero en desarrollo es apenas comprensible que la multimencionada caída de los petroprecios le haya sido muy perjudicial en términos de la marcha de su economía, al causar “serias dificultades para que el país pudiese colocar sus excedentes de exportación” del energético. Así, el instituto central estimaba que en ese año por las dos causas ya mencionadas México dejase de percibir por los dos factores señalados “casi 5 mil millones de dólares”. De manera adicional, el instituto central consideró a la reducción de los precios del petróleo como la principal entre las cinco causas generales a las que cabía atribuir el ensanchamiento que había mostrado ese año el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos. Según tan autorizada fuente, en ese año dicho déficit se había incrementado 73.1 por ciento con respecto a su nivel del año previo para cerrar en 11 704 millones de dólares a la vez de haber llegado a representar el 4.9 por ciento del PIB a partir de un nivel de 3.6 por ciento sobre el PIB el año anterior de 1980. Y a continuación, en esa publicación se hizo un recuento de los factores causales que además de la reducción del precio de petróleo habían dado lugar a que el déficit de la cuenta corriente se incrementara de manera tan acentuada. Así, después de la ya mencionada caída del precio del petróleo, el Banco de México señaló “la notable diferencia entre el alto crecimiento económico interno y el observado en los países que constituyen nuestros mercados tradicionales” además de “los niveles sin precedente de las tasas de interés en los mercados internacionales de capital”. En ese documento también se hizo referencia como causa del aumento del déficit en la cuenta corriente a “la continuada depresión en el mercado mundial de la plata, que causó fuertes pérdidas de ingresos” en las exportaciones de dicho metal. Pero en particular cabe destacar aquí otro factor causal que el Banco de México puso en tercer lugar de prelación en cuanto a las causas aludidas: “el ensanchamiento en el diferencial entre la inflación interna y la externa”. Habría quizás faltado precisar en esa publicación que ese diferencial de tasas de inflación se refería en particular a la relación de México con Estados Unidos y que el mismo se había derivado de la intensa política económica expansionista que el gobierno mexicano había puesto en ejecución a partir del último trimestre de 1978.[9]
El expresidente López Portillo se refirió desde luego en sus prolijas memorias a “los golpes a nuestra economía y al impulso que le habíamos dado al país” y al hecho especifico de que, primeramente, “hacia fines de 1980 subió el precio del dinero en más de 300 por ciento (de 6 a 20 por ciento)…”. En consecuencia, con esa elevación de las tasas de interés externas “el financiamiento del desarrollo se nos complicaba en el momento más inoportuno: teníamos que pagar tres veces más por nuestra deuda y sin que nuestros acreedores nos hubieran consultado”. Siendo abogado, es extraño que ese mandatario no estuviera consciente a esas alturas de su administración que las deudas externas de México se contrataban a tasa flotante, lo cual era equivalente a esa supuesta consulta que aquel memorialista demandaba por parte de los bancos externos que nos financiaban. Pero aparte de ese dislate, López Portillo no se equivocó al señalar que en esa circunstancia la oferta de crédito para el país no se modificó, aunque sí, y mucho, los plazos a que se concedían los financiamientos. Es decir, “como por inercia, los bancos extranjeros nos seguían ofreciendo todo el dinero que requeríamos, solo que a interés más alto y a plazo más breve”. Y en el pasaje correspondiente, aquel memorialista agregó con tono ciertamente muy ominoso: “Todavía teníamos crédito”. Y de manera muy obvia, el manejo de la economía se volvería inmensamente más complicado para aquella administración cuando, tiempo después, a México se le cerraría el acceso a ese crédito anunciando el estallido de lo que se vendría a convertir durante el siguiente sexenio en la crisis de la deuda externa.[10]
Pero, ¿cuál era el origen o la causa de esa elevación tan marcada que mostraron las tasas de interés externas hacia finales de 1980 y a todo lo largo del año 1981? Esa causa se ubica, en la decidida política que encabezó en Estados Unidos Paul Volcker para erradicar de las entrañas de la economía estadounidense el morbo inflacionario que se había empezado a manifestar desde mediados de la década de los sesenta. En su calidad de cabeza (Chairman) de la Junta de Gobernadores del Sistema de la Reserva Federal (el banco central de aquel país), Volcker explicó con todo pormenor la problemática del fenómeno inflacionario en esa economía tan importante del mundo y la solución que se había planteado en una conferencia magistral que pronunció en la Universidad de Nebraska a principios de noviembre de 1981. Bajo el título de “Un marco de referencia para la política monetaria”, aquel banquero central inició su disquisición con el argumento de que en los Estados Unidos “la prosperidad y el crecimiento únicamente podían asegurarse en un contexto de mayor estabilidad de precios, pero durante demasiados años la tendencia se había marcado en la dirección opuesta”. En opinión de Volcker era evidente, y así lo expresó en su conferencia en la Universidad de Nebraska, que desde que se había iniciado el proceso alcista en su país se había dado una correlación muy estrecha “entre la creciente inflación y un desempeño muy pobre de la economía”. Abundando sobre ese punto, el banquero central insistió en que “los años de inflación habían culminado en un periodo de lento crecimiento, productividad estancada y más alto desempleo”. Y a continuación cabe citar las dos más importantes ideas expresadas por Volcker en aquella conferencia memorable. La primera era que dada la gravedad del proceso inflacionario en Estados Unidos y la importancia que tenía como impedimento para un desempeño exitoso de la economía, “como Nación, debemos dar prioridad a la restauración de la estabilidad de precios”. La otra idea medular fue que esa lucha no sería fácil ni sencilla. Al respecto, según Volcker, “con una inflación tan arraigada en la mente y en el comportamiento –tan enraizada en las políticas de fijación de precios y salarios, en los procesos de financiamiento y en el comportamiento de la inversión– la noción de una victoria rápida y sencilla me parece una ilusión”.[11]
En su conferencia en la Universidad de Nebraska, el Chairman Volcker también explicó que durante el reciente pasado inflacionario de los Estados Unidos –que por su duración se había vuelto algo “histórico”– se habían aplicado varios intentos de estabilización que nunca pudieron obtener los resultados deseados. ¿Por qué? A pesar de que las estrategias correspondientes para la estabilización se habían diseñado con acierto, en algún momento en el camino la convicción por perseverar en la búsqueda de la estabilidad se había debilitado al entrar en conflicto con otros objetivos de política económica. Así, la imposibilidad de mantener con firmeza la estrategia contra la inflación en coyunturas críticas, había conducido a la conformación en Estados Unidos de un escepticismo generalizado por parte de los empresarios, los mercados financieros y el público en general de que la estabilidad de precios pudiera ser realmente restablecida. Y después de esos intentos fallidos de estabilización, lo que sucedió es que la economía estadounidense se quedó “con más inflación y con menor crecimiento”. De ahí que, en opinión de Volcker, “como hecho duro” la inflación corriente en los Estados Unidos, tanto por su duración al igual que por su intensidad, era “la más severa en la historia moderna de ese país”. “Los precios al consumidor se han elevado en más de 160 por ciento en el transcurso de tan solo quince años”. Dados esos antecedentes, ¿cómo debería procederse, según Volcker, para revertir tan indeseable estado de cosas? “Necesitamos construir [y aplicar] políticas que puedan modificar para bien las tendencias inflacionarias, a manera de lograr avances hacia una estabilidad de precios que resulte compatible con el crecimiento y que de hecho ayude a ese crecimiento tan necesario”.[12]
Para el Chairman Volcker, la lucha en procuración de la estabilidad en la economía estadounidense tenía que ser tan decidida y persistente en razón de que “una vez que la inflación se introduce en el comportamiento y las expectativas de los agentes económicos, se vuelve crecientemente más difícil su erradicación, y dejada a su propia dinámica tiende a acelerarse”. Con esa visión, la política monetaria a aplicarse tenía que ser muy firme para transmitir al público la convicción de la autoridad monetaria para reducir, de manera incuestionable, el ritmo de crecimiento de la oferta monetaria y del crédito. Tan en esa coyuntura la Reserva Federal había acordado conducir con total determinación la política monetaria, que las tasas de interés se habían elevado de manera espontánea a los niveles ya mencionados de aproximadamente 20 por ciento en términos nominales. A juicio de Volcker, la razón para esa determinación era muy clara: “Después de años de inflación, la transición a una mayor estabilidad de precios no puede ser un proceso sencillo y sin dolor. Y la velocidad de esa transición dependerá, en buena medida, de la manera en que los individuos y los negocios respondan a las políticas que se siguen”. La política monetaria tendría que ser esencial en la lucha por la estabilidad, pero, en opinión de Volcker, ésta no podría conseguirse con tan solo esa influencia. Y el principal frente de acción complementario tenía que provenir de la política fiscal, tema al cual el expositor dedicó mucha atención en aquella conferencia en la Universidad de Nebraska. Al respecto explicó el ponente: “Un déficit [fiscal] reducido a lo largo del tiempo y el retorno al equilibrio presupuestal –en un buen año del ciclo económico– será crítico para evitar presiones endémicas en los mercados financieros y sobre el crecimiento sostenido”. Pero en cuanto a la política monetaria, un pasaje clave en la exposición de Volcker apareció cuando señaló: “Por lo que se refiere a la Reserva Federal, quiero confirmar ante ustedes la firmeza de nuestro compromiso: necesitamos persistir en las políticas de disciplina financiera que se encuentran en proceso”.[13]
No habría sido posible que en el Informe Anual del Banco de México para 1981 dejaran de comentarse los efectos que había desencadenado la elevación de las tasas de interés externas. Lo primero que se hace evidente en esa fuente, es que la lucha contra la inflación no únicamente se había emprendido por parte de los Estados Unidos sino que se aplicó de manera muy clara en la mayoría de los países avanzados y por tanto el incremento de las tasas de interés se puso de manifiesto en todas esas economías. Así, según esa publicación, “la adopción de políticas restrictivas en la mayoría de los países industriales se debió a que las autoridades de estas naciones consideran que el control de la inflación y de las expectativas inflacionarias es un requisito indispensable para restaurar un ambiente favorable en el largo plazo”. Y de manera natural, los resultados que se deseaban se iban logrando aunque con un patrón gradual. En este respecto, se dijo en esa edición del Informe Anual del Banco de México que “en la mayoría de los países industriales la inflación mostró una clara desaceleración durante 1981”. En particular, esa tendencia había sido particularmente visible en los casos de Estados Unidos, el Reino Unido y Japón bajo el impulso de las ya mencionadas “políticas económicas restrictivas” con la influencia de otros factores, como “la debilidad de los mercados petroleros y de otras materias primas” además de “la moderación de las demandas salariales”. En consecuencia, se estimaba que de 1980 a 1981 la tasa de inflación promedio en esos países industriales, medida mediante el índice de precios al consumidor, se había reducido de 12 a 10 por ciento.[14]
Desde luego, las repercusiones de esa elevación de las tasas de interés externas sobre la balanza de pagos de México habían sido de gran gravedad. Ya se ha señalado que en el capítulo correspondiente del Informe Anual del Banco de México se ubicó a ese factor como la cuarta en importancia entre las causas a que cabía atribuir la muy significativa ampliación que se había observado en 1981 del déficit en la cuenta corriente. Así, la persistencia de tasas de interés muy elevadas en el exterior había tenido “un efecto muy desfavorable sobre los egresos por servicios de la deuda externa”. Según las estimaciones del banco central, los egresos en el año 1981 por concepto de servicios financieros se habían incrementado 51 por ciento sobre la cantidad de 1980. Ese concepto, que en 1981 ascendió a 8 936 millones de dólares, quedó desglosado entre 5 507 millones correspondientes a los intereses causados por la deuda pública y el resto al servicio de la deuda externa del sector privado más las utilidades que se remitieron al exterior.[15]
Las tasas de interés externas, ya se ha visto, se elevaron impulsadas primero por la política contra la inflación que se puso en ejecución en Estados Unidos y que, posiblemente de manera inexorable, tuvo que ser seguida en su mayoría por el resto de los países avanzados. En México, el fenómeno fue poco comprendido, en particular entre las filas de los economistas profesionales. Y esa incomprensión tan generalizada se extendió también, contaminándolo, al presidente López Portillo. Éste decidió ignorar en particular las intenciones técnicas, es decir, de política económica, que habían dado lugar a las medidas correspondientes y sus interpretaciones personales se expresaron en exclusiva en los ámbitos de la ideología y de la diplomacia internacional. En cuanto al aspecto ideológico, ese presidente escribió en sus memorias que hacia agosto de 1981, en lo personal, se le había empezado “a aclarar la posición monetarista de E.U.A. con su juego de tasas de interés altas y rebaja de impuestos”. Y después de aquella afirmación señaló: “Es un liberalismo casi del tipo de Ayn Rand, la escritora americana de La rebelión de Atlas con su himno al dólar. ¡Tremendo! … [L]a cuestión está planteada y fríamente considerada. Va a ser muy interesante: Estados Unidos contra el mundo. El 40 por ciento de la economía capitalista mundial que significa, actuando frente al desordenado 60 por ciento que significamos los demás”. Y desde la perspectiva de la diplomacia internacional el punto de vista de López Portillo era, asimismo, notablemente singular: “Ante la hondura de la crisis, ya siquiera los países europeos le protestaban también a Estados Unidos”. En términos de aquel memorialista, “en el mundo de la influencia norteamericana ocurría una cosa que yo había vivido desde la época en que fui Secretario de Hacienda: afuera de los grandes foros se decían pestes de E.U.A. y sus políticas y, adentro, eran la imagen viva de una discreción rayana en la sumisión…”. Y en opinión del presidente López Portillo, esa forma de actuar se explicaba “porque independientemente de la fuerza económica de los E.U.A. sabían que es baluarte de Europa (la otan) frente al otro coloso”.[16]
Por último, en lo relativo al choque externo desfavorable que resintió la economía nacional durante 1981, en el Informe del Banco de México correspondiente a ese año también se hizo referencia al impacto que había causado la caída de los precios de muchos otros productos de exportación distintos al petróleo. Según esa fuente, dicho fenómeno no sólo había afectado a México sino también, de manera particular, a los países en desarrollo no petroleros. El deterioro de los términos de intercambio para tales países –es decir, la correspondencia relativa entre los precios de sus exportaciones y de sus importaciones– había alcanzado 9 por ciento en el lapso 1978-80 y para 1981 ese movimiento se estimaba en 2 por ciento adicional. Con respecto al caso de México, en dicha fuente se consideraba como quinta y última causa específica del incremento que había sufrido en 1981 el déficit en la cuenta corriente “la continuada depresión en el mercado mundial de la plata, que causó fuertes pérdidas de ingresos provenientes de la venta de dicho metal”. En sus memorias, López Portillo también hace referencia al impacto que había producido la caída de los precios de exportaciones tradicionales de México como lo eran “la plata, café, algodón, azúcar, chocolate, todo por los suelos”. Según datos del Banco de México, de enero a diciembre de ese año la cotización de la onza troy se redujo en 41.4 por ciento. Asimismo, en términos de esa misma fuente “debido a la caída (de aproximadamente 12 por ciento) en el precio internacional, las ventas externas de algodón disminuyeron de 321 millones de dólares en 1980 a 301 millones en 1981”. Y para el caso del café crudo en grano, habiéndose registrado bajas tanto en el precio como en la cantidad exportada el importe se había reducido en casi 20 por ciento con respecto a 1980. En total, por causa de los tres factores ya ampliamente comentados –baja de los precios del petróleo, elevación de las tasas de interés externas y caída en los precios de varias otras exportaciones– el presidente López Portillo estimó la pérdida de ingresos para México en 1981 “en 10 000 millones de dólares. ¡Brutal!”.[17]
[1] Ibid., pp. 43-44.
[2] María Adriana Magos Medina, Ingreso Nacional, Salarios Reales y Distribución Familiar del Ingreso de 1970 a 1983, Tesis para licenciatura en Economía, itam, octubre de 1986, pp. 26, 27 y 31.
[3] José López Portillo, Mis Tiempos. Biografía y Testimonio Político, México, Fernández Eds., 1988, t. II, pp. 1061 y 1072.
[4] Ibid., pp. 1060 y 1061.
[5] Ibid.
[6] Ibid., pp. 1076-1077 y 1079.
[7] Gabriel Zaid, La Economía Presidencial, México, Ed. Vuelta, 1987, p. 75.
[8] Banco de México, Informe Anual, 1981, p. 18.
[9] Ibid., p. 74.
[10] López Portillo, Mis Tiempos…, op. cit., t. II, pp. 1090-1091.
[11] Paul Volcker, “A Framework for Monetary Policy”, Nebraska, Journal of Economics & Business, 1º de enero de 1982, pp. 2-3.
[12] Ibid., pp. 7-8.
[13] Ibid., pp. 10-12.
[14] Banco de México, Informe Anual, 1981, pp. 17-18.
[15] Ibid., pp. 74 y 31.
[16] López Portillo, Mis Tiempos…, op. cit., t. II, pp. 1090 y 1088.
[17] Banco de México, Informe Anual, 1981, pp. 20, 74 y 77-78; y López Portillo, op. cit., pp. 1077 y 1091.