El presidente López Portillo anunció en su último informe de gobierno (1º de septiembre de 1982) que “por razones meramente operativas y de relevo en los altos mandos” de los bancos recién nacionalizados, se acordaba un feriado bancario de tres días. De esa manera, toda vez que el 1º de septiembre de 1982 cayó en un día miércoles, la operación de los bancos no se reanudaría sino hasta el lunes 6 de ese mes. Asimismo, en ese informe de gobierno dicho presidente dio a conocer que acompañando a los decretos para expropiar a los bancos privados y para implantar el control integral de cambios había también decidido enviar una iniciativa de ley con el fin de convertir al Banco de México en organismo público descentralizado. Claramente, una de las implicaciones de ese cambio de personalidad jurídica era que los empleados del instituto central pasaban a formar parte del apartado B del artículo 123 constitucional con derecho a la sindicalización. Es decir, como consecuencia de esa decisión, el Banco de México se tendría que afiliar obligatoriamente a la fstse (Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado). Y de manera complementaría, en ese mismo informe presidencial López Portillo anunció con bombo y platillo la inauguración del sindicalismo bancario en el país. Al respecto, textualmente expresó ese mandatario que “el viejo anhelo de crear un sindicato bancario podrá fructificar, como ocurre en la mayor parte de los países del mundo”.[1]
Y los hechos constataron a continuación que durante ese feriado bancario el músculo no durmió ni las ambiciones entraron en descanso. De hecho, fue todo lo contrario. Así, en esa mañana del lunes 6 de septiembre, las áreas comunes y los pasillos de todos los inmuebles del Banco de México amanecieron literalmente tapizados con un anuncio en el que se convocaba a los empleados a una asamblea que se celebraría esa tarde, a la conclusión de la jornada laboral (5 p.m.), nada menos que en la Sala Bancaria (planta baja) del edificio principal. En particular, esa acción concertada confirmaba que existía detrás un movimiento bien organizado y muy activo que había empezado a actuar. Ello, en razón de que la mencionada colocación de convocatorias a la asamblea se había llevado a cabo de manera simultánea en la totalidad de los inmuebles de la institución, incluyendo desde luego a la fábrica de billetes y al almacén en la colonia Aviación Civil, instalaciones bastante alejadas del centro de la ciudad. Era seguro que los volantes correspondientes no habían sido impresos en la imprenta de la institución, toda vez de que, de haberse hecho de esa manera, las autoridades administrativas hubieran entrado con anticipación en conocimiento de la maniobra. Asimismo, por conducto del servicio de seguridad del Banco esas autoridades deben haber tenido conocimiento desde muy temprano el día lunes de marras de la colocación extensa de las convocatorias a la asamblea. Sin embargo, con muy buen juicio deben haber decidido no mandarlas quitar de manera unilateral. De haber procedido de esa manera, el grupo convocante a la asamblea podría haber acusado que los derechos de los trabajadores habían sido violados. Incluso, no es posible descartar que la mencionada colocación de los volantes haya sido también pensada como un anzuelo o gazapo para tentar a las autoridades del Banco a removerlas y anotarse así un gran triunfo. En la primera escaramuza del proceso, habrían podido exhibir a las autoridades del Banco de México como conculcadoras de los derechos de los trabajadores. Un estupendo golpe inicial que quizá podría haberse convertido en un knock out definitivo. Al respecto, al poco tiempo se descubrió que el movimiento correspondiente estaba asesorado por agentes externos con muy amplia experiencia en actividades sindicales y huelguísticas.
La concurrencia a la asamblea que se había convocado resultó bastante nutrida. Como era lógico pensar, formó parte importante de esa concurrencia el grupo que la había convocado y que la organizaría. Sin embargo, un detalle de mucha importancia es que esta participación estuvo muy lejos de haber sido mayoritaria. Y de manera natural, también estuvieron como asistentes en el evento (no podrían haber faltado) representantes del área administrativa de la institución. Éstos asistieron seguramente instruidos por sus superiores para tomar un registro cuidadoso de todo lo que en el cónclave se dijera y propusiera. Lo que nunca pudieron adivinar esos representantes y los funcionarios que los enviaron, es que por las circunstancias de la asamblea se verían obligados a actuar de manera espontánea y muy proactiva. Y de manera complementaria pero no de menor importancia, también cabe resaltar la asistencia a esa asamblea de empleados de la institución en general. Algunos de ellos deben haber concurrido de motu propio, quizá también atraídos por la curiosidad de saber qué era lo que se estaba tramando. Unos más deben haber hecho acto de presencia por disciplina institucional, aunque en la convocatoria no se haya aclarado la identidad de la instancia que convocaba al evento. Por último, de manera particularmente relevante estuvo el ejemplo de muchos trabajadores que fueron enviados explícitamente por sus áreas de adscripción a fin de prestar atención, hacer presencia y en caso necesario ejercer presión. De manera que esa tarde de lunes, desde las 5 de la tarde la Sala Bancaria se encontró abarrotada de expectantes asambleístas. El ambiente que se respiraba era indudablemente de tensión. No podría haber sido de otra forma, dado lo inusitado de un acontecimiento sin precedentes en el Banco de México y también por lo mucho que estaba en juego.
Al menos cuatro representantes envió el área administrativa a la tan comentada asamblea que tuvo verificativo en la Sala Bancaria, todos ellos adscritos a la Gerencia de Relaciones con el Personal. La misión estuvo encabezada por Guillermo Tejeida, con el cargo de jefe de oficina en esa dependencia. Le secundaron Álvaro Barba, Francisco Chávez Zamora y Julio Villa, todos ellos con el nivel de especialistas en dicha oficina. Según los testimonios, antes de que diera comienzo la sesión el ambiente que reinaba era de gran tensión, rebosante de incertidumbre. ¿Qué iba a suceder? Los organizadores del evento colocaron un presídium al pie de la escalera que se encuentra en el fondo de la Sala Bancaria y desde que estaba en preparación el inicio del evento fue posible distinguir la identidad de quien encabezaba al grupo organizador. Todos obedecían sus instrucciones. Se trataba de un empleado adscrito a Investigación Económica, economista de profesión, que respondía al nombre de Javier López. Por su homonimia con el conocido actor infantil de la televisión (que había ganado fama haciendo pareja con el “tío Gamboín”), se había hecho acreedor al sobrenombre de “Chabelo”, con el que era identificado en el ambiente laboral. En ese contexto, en un momento que debió haber sido casi orgásmico para “Chabelo”, tomó el micrófono y se dirigió a la concurrencia con un tono de voz de arenga estudiantil: “¡Compañeros: los hemos convocado para informarles de la necesidad de crear el sindicato de trabajadores del Banco de México! ¡En respuesta a la luz verde que en tal sentido ha dado el presidente López Portillo, aquí traemos para la aprobación de ustedes el proyecto para los estatutos de nuestro sindicato…! ¡Es indispensable que estos estatutos queden aprobados hoy mismo, en la presente asamblea!”
Según los testimonios concurrentes de Guillermo Tejeida y de Álvaro Barba, en ese momento una voz de alarma se encendió en sus respectivas conciencias. ¡Fue algo semejante a un rayo que cayó del cielo! Al lanzar “Chabelo” su última convocatoria de que los estatutos deberían quedar aprobados en esa misma sesión, inmediatamente cayeron en la cuenta de que tenían que presentar una reacción y que lo debían hacer de manera oportuna. ¡No había tiempo disponible que otorgara margen para no actuar de manera instantánea! Casi de forma intuitiva, Tejeida dio instrucciones a Francisco Chávez para que subiera al presídium y tomara la palabra con la finalidad de evitar que aquel proyecto de estatutos fuera aprobado en esa sesión. ¡Haber caído en el ultimátum lanzado por López Esquivel, habría sido equivalente a un suicidio institucional! Acto seguido, la intervención de Chávez fue particularmente sólida y coherente. Una vez con el micrófono en la mano, argumentó que los estatutos del sindicato no podían aprobarse de un solo plumazo y sin revisión. Los estatutos tenían que ser revisados y aprobados artículo por artículo, por un órgano colegiado que fuera representativo de la totalidad de los empleados del Banco y no únicamente por los que estaban presentes en esa asamblea. La intervención de Chávez resultó muy acertada y convincente y a continuación sobrevino un incidente que resultó particularmente favorable para el desenvolvimiento posterior de aquella asamblea. Una secretaria de la institución pidió la palabra después de la intervención de Chávez y sin concertación alguna con Tejeida y su grupo explicó con palabras sencillas: los empleados del Banco de México no desean tener un sindicato… No lo necesitan, de manera que todos aquellos esfuerzos que se estaban desplegando eran inútiles, innecesarios… Pero tan sencillos conceptos tuvieron un efecto psicológico muy marcado; modificaron de manera muy importante el ambiente en que se desarrollaba la asamblea en un sentido desfavorable para el grupo que encabezaba “Chabelo”. Así, una vez concluida la intervención iluminadora de aquella compañera, el contingente representante de la fábrica de billetes estalló en el coro de “no queremos sindicato…”. Y el desenlace de aquella crítica asamblea fue que, mediante votación, se tomaron dos acuerdos. El primero, que no era de aceptarse la moción de que los estatutos tenían que ser aprobados en ese foro; segundo, que el articulado debía ser aprobado por un comité legítimamente representativo de todos los empleados, artículo por artículo.
Fernando Liceaga, a la sazón director de Administración en el Banco de México, fue un testigo y también un actor clave en el proceso que transcurrió durante esos tres meses de virtual interinato que fue la gestión del director general, Carlos Tello Macías, al frente de la institución. Lo primero que desde la posteridad recuerda Liceaga de aquellos tiempos aciagos, fue la incertidumbre y el temor que se despertaron por la llegada de tan impropicia figura al timón de la organización. Todo hacía augurar hasta las más desfavorables y destructivas posibilidades. En particular, Liceaga evoca el miedo que se había desatado como reguero de pólvora entre los funcionarios, por la posibilidad de que la nueva administración arribara con la espada desenvainada exigiendo la renuncia de al menos los de mayor nivel jerárquico. Y de ahí la consigna, que se hizo general entre esos funcionarios, de mostrar la menor visibilidad posible, no moverse, volverse casi miméticos para no llamar la atención. Sin embargo, al poco tiempo se hizo evidente que la administración de Tello –seguramente por instrucciones expresas del presidente López Portillo, que no deseaba nuevos escándalos al final de su sexenio– no venía con la intención de descabezar a la organización. Asimismo, al menos los funcionarios de las ramas administrativa y jurídica, cobraron consciencia de que no podrían mantenerse en una neutralidad total. La razón fundamental es que las circunstancias los obligaban a intervenir en el proceso que se había destapado para establecer el sindicato de los trabajadores de Banxico. Y en esa materia de la relación de la administración tellista con los altos funcionarios del Banco, Liceaga también recuerda que ya hacia las postrimerías del mes de noviembre de 1982, el director general Tello mandó llamar al subdirector general Francisco Borja para solicitarle que por estar próxima la terminación del sexenio procediera a recabar las renuncias de todos los funcionarios de jerarquía elevada. En respuesta –y en defensa de la institucionalidad–, Borja le explicó a Tello que desde la fundación del organismo, en 1925, se había afianzado una tradición en el Banco de México de dejar intocado al personal cada vez que sobrevenía un cambio de gobierno. Y ese jurisconsulto añadió a su explicación que la costumbre provenía de las fuentes del Derecho mexicano y que, dado el antecedente expuesto de consuetudinariedad, en caso de insistirse en la obtención de las renuncias podría haber litigio con una muy elevada probabilidad de una sentencia desfavorable para la causa promotora. Finalmente, Tello decidió desistirse de su intención de recabar las renuncias comentadas.
La casualidad o el azar permitieron o hicieron posible que desde temprano en la gestión del director general Tello se estableciera entre él y el director de Administración, Fernando Liceaga, un canal de comunicación que se volvería muy frecuentado. El elemento de casualidad que operó en ese caso, devino de que un pariente de Liceaga era colaborador cercano del ministro José Andrés de Oteyza en la Secretaría de Patrimonio y Fomento Industrial (Sepafin). Y toda vez que entre de Oteyza y Tello existía una amistad muy cercana, la fortuna permitió que por mediación de ese ministro un buen día entraran en contacto Tello y Liceaga. Tello lo mandaba llamar a su oficina con mucha frecuencia para hacerle preguntas y recabar información sobre una institución –el Banco de México– respecto de la cual desconocía prácticamente todo. Y fue en alguno de esos acuerdos en que el director general Tello lanzó a Liceaga una admonición severa: “… el proceso para conformar el sindicato debía ser respetado estrictamente… Dejarlos sin interferencias… Manos fuera…”. Pero para Liceaga, esa advertencia tomó la forma de una verdadera confesión iluminadora. En lo personal, Tello incumplía casi flagrantemente con lo que solicitaba de su contraparte. No únicamente simpatizaba con el movimiento que había convocado a la asamblea en la Sala Bancaria, sino que, tras bambalinas, era un factor activo para su apoyo. Y ante ese panorama, la contraparte –conformada por los defensores de la institucionalidad en el Banco de México que se había convertido en una valiosa tradición orgánica– se vio conminada a entrar en acción en salvaguarda de esa institucionalidad. De hecho, Tejeida, Barba y Chávez ya habían escenificado una primera y muy importante batalla durante aquella asamblea seminal en la Sala Bancaria.[2]
Dos combustibles muy flamables se mezclaron para producir la pócima de que se alimentó el grupo que había convocado la asamblea que se celebró en la Sala Bancaria. El primero de esos combustibles volátiles, fue la ideología socialista que se había infiltrado con gran fuerza en centros de educación profesional, como la Facultad de Economía en la UNAM y la Escuela Superior de Agronomía en Chapingo. Y el segundo de esos detonantes fue el resentimiento en contra del Banco de México, a causa de la frustración por una trayectoria laboral insatisfactoria. En particular, ese primer componente explosivo fue determinante en el surgimiento de los dos principales líderes que encabezaron el movimiento disidente. Quien era considerado el estratega y el ideólogo del movimiento, de nombre Julio Alejandro Martínez Duarte, era un egresado de la Facultad de Economía de la UNAM y prestaba sus servicios en el área de Investigación Económica. Había sido en esa Facultad en donde adquirió un adoctrinamiento muy intenso en las ideas del marxismo–leninismo, mismas que ya traía como herencia de las influencias intelectuales de su padre, también simpatizante con esa corriente ideológica. Por su parte, el principal protagonista del movimiento y además su vocero y líder oficial era nuestro ya conocido Javier López, alias “Chabelo”, también egresado de la Facultad de Economía de la unam. En esa escuela había adquirido en lo fundamental su adoctrinamiento, el cual se hizo muy manifiesto a lo largo de ese periodo de intenso activismo en el que se involucró. Al igual que Martínez Duarte, López Esquivel también prestaba sus servicios en Investigación Económica y fue ahí donde entró en contacto con quien sería por algún tiempo el estratega de aquel movimiento, que despertó en ellos tanta pasión. Durante las etapas iniciales del proceso, con mucha sagacidad al funcionario Guillermo Tejeida se le ocurrió el plan de establecer relaciones personales de amistad con aquel ideólogo, como plataforma para terminar desacreditándolo con las bases que lo seguían en la propia Subdirección de Investigación Económica. En esos empeños, Tejeida se prestó incluso a buscar a Martínez Duarte en su domicilio ubicado por el rumbo de Texcoco. Y en esas andanzas, Tejeida tomó en costumbre visitar a Martínez Duarte en su lugar de trabajo y de preferencia en horas pico de actividad laboral. A continuación, al empezar a sospechar los seguidores de ese líder que había traicionado a su movimiento en razón de que funcionarios importantes que representaban a la institución se prestaban a visitarlo en su propia oficina, decidieron retirarle su apoyo: así sucedió a la postre y de pasada le colgaron el sambenito de esquirol o traidor. Ni las gestiones esforzadas y reiteradas de “Chabelo” en su favor pudieron restaurarle su credibilidad.[3]
En retrospectiva, se aprecia con toda claridad los dos antecedentes fundamentales que dieron lugar al estallido de aquel intenso conflicto que se suscitó a causa de la conformación del sindicato del Banco de México. Desde luego, de manera obvia, una de esos antecedentes fundamentales fue la autorización que expidió el presidente López Portillo para el surgimiento en México del sindicalismo bancario. El otro antecedente fundamental era menos evidente, pero a su identificación es posible llegar por deducción lógica. Y ese antecedente era que en el Banco de México se había seguido una política fallida o defectuosa que había permitido que se infiltraran como empleados personas con el perfil como López Esquivel, Martínez Duarte y los demás que los siguieron en su aventura de apoderarse de la organización mediante el establecimiento de un sindicato disfuncional y de representación minoritaria. La cuestión es clara: candidatos como López Esquivel, Martínez Duarte y compañía nunca debieron haber superado los filtros reclutamiento y selección y haber llegado a ser contratados por la institución. De haber sucedido de esa manera, no se habría suscitado un problema tan complejo por causa de la creación del sindicato en la entidad. Y lo que sucedió a continuación es que tuvo que organizarse una respuesta muy sofisticada para conjurar la tremenda amenaza que se suscitó en ese episodio.
El intento de albazo o de madruguete implícito en la convocatoria para aquella asamblea que se celebró en la Sala Bancaria, pudo detenerse por destellos de intuición, por un instinto de defensa que afloró espontáneamente. Sin embargo, ya después, y en la frialdad del análisis, se pudo constatar la monstruosidad de lo que estaba en disputa. La amenaza se concretó en la gravitación que tendría el proyecto de sindicato que traían en cartera las huestes que encabezaban “Chabelo” y Martínez Duarte sobre el Catálogo de Puestos del Banco de México. El proyecto correspondiente conllevaba la formulación de un nuevo Catálogo de Puestos, según el cual entre el 70 y el 80 por ciento de las plazas de trabajo en la organización quedarían bajo el control del sindicato, con tan sólo el resto como plazas para empleados “de confianza” a cargo de las autoridades. ¡Ese esquema habría significado la desaparición virtual o muerte, de un proyecto institucional que había tomado más de medio siglo construir! Un diseño institucional orientado a garantizar la excelencia operativa en un entorno de ética profesional absoluta. Desde el punto de vista político, no se trataba propiamente del reemplazo dentro de la institución de un poder por otro completamente distinto, sino de algo todavía peor: de la confiscación o apropiación de un proyecto institucional por parte de otro nuevo poder que se encontraba en vías de gestación. Por desgracia para el país, el fenómeno no era nuevo en México y se había replicado de manera perversa en muchos otros intentos de confiscación institucional. Con la mejor intención imaginable, el Estado que había emanado de la Revolución creaba instituciones impulsado por un compromiso de promoción en beneficio de la colectividad. Y tiempo después, con la peor de las intenciones, grupos destructivos de la política nacional infiltraban esas instituciones de nueva creación para terminar por secuestrarlas. Las consecuencias eran, por un lado, que dichas instituciones quedaban inermes ante la ordeña y depredación a que eran sometidas por sus fuerzas secuestradoras. Por otro lado, la eficacia operativa de las entidades que caían en esa situación se desplomaba hasta los sótanos de la degradación. Por todas esas razones, confirma Álvaro Barba en retrospectiva, su entrega total a la defensa del proyecto Banxico derivó en su esencia más de una convicción personal que de una instrucción de trabajo…[4]
El desenlace de la asamblea significó, indudablemente, una primera y muy importante victoria para la causa de la institucionalidad en el enfrentamiento que había empezado a librarse. Pero ese triunfo, con toda la importancia que conllevó, estaba lejos de poder considerarse como la conclusión de la guerra. Fue tan sólo una primera batalla, aunque sin lugar a dudas muy trascendente. Muchas otras se tendrían que pelear hacia adelante. Y en ese panorama, ya con las cartas abiertas por parte de los dos bandos en contención, resultó mucho más fácil la planeación de la estrategia a seguir. En tal sentido, quedó también establecida con toda claridad la cadena de mando, confirmándose en la cabeza al abogado Francisco Borja en su calidad de subdirector general de la institución. Segundo en el escalafón se designó a Fernando Liceaga, director de Administración. De manera muy importante cabe destacar en la conformación de ese equipo de trabajo (por no llamarle gabinete de guerra) la asesoría legal que fue aportada por los jurisconsultos Emilio Gutiérrez Moller (director jurídico) y Jorge Espinosa de los Monteros (director de auditoría). Y más abajo en el escalafón, la falange operativa se encargó al ya conocido y muy competente Guillermo Tejeida con su equipo de aguerridos colaboradores, todos ellos adscritos al área de Relaciones Laborales. De manera muy importante, desde esos inicios de la campaña se hizo evidente que un principio fundamental de la estrategia a seguir sería el de ganar tiempo. El tiempo nunca jugó en favor del director general Tello y sus proyectos de gestión. Incluso, ellos mismos lo pudieron haber sabido.
Para la revisión del articulado de los estatutos del sindicato se integró una mesa directiva con representantes de todas las áreas de la organización. Pero durante las etapas iniciales, los trabajos de aquella mesa directiva se hicieron muy difíciles por la participación en la revisión de los estatutos de los empleados de los fideicomisos en los que Banxico actuaba como fiduciario. El caso que se volvió en especial muy conflictivo fue el de los empleados del FIRA (Fideicomisos Instituidos con Respecto a la Agricultura). El problema tuvo su origen en que entre el personal de ese fondo había una proporción muy alta de agrónomos egresados de Chapingo. En ese centro educativo, de tiempo atrás el ambiente ideológico se había radicalizado en favor de las ideas socialistas además de que los estudiantes se habían familiarizado mucho con las movilizaciones y la participación en asambleas. Y con esos antecedentes, al movimiento de los disidentes le resultó de mucha facilidad captar el apoyo de los egresados de Chapingo que prestaban sus servicios en FIRA. Entonces, el área jurídica del Banco llegó a la conclusión de que, legalmente, quienes trabajaban en los fideicomisos no podían ser considerados como empleados del Banco de México. Así, con apoyo en ese dictamen jurídico se tomó la determinación de impedir que los empleados de los fideicomisos continuaran participando en el establecimiento del sindicato. La difícil tarea de comunicar e imponer esa determinación se encomendó a Álvaro Barba, del área de Relaciones Laborales, con la instrucción de que de no ser obedecida el Banco se iría a juicio con toda la probabilidad de obtener una sentencia favorable además de llevar a la suspensión temporal de los trabajos relativos a la revisión de los estatutos del sindicato. La gestión resultó exitosa y a los “chapingueros” del FIRA no les quedó más remedio que salirse, con la cola entre las patas, del proceso para establecer el sindicato Banxico. Y de manera adicional, esa acción limpiadora también permitió resolver el caso, que se había vuelto complicado, de la activista Dorina Lozano, que prestaba sus servicios profesionales en el FOMEX (Fideicomiso para el Fomento de las Exportaciones Manufactureras). Habiendo sido previamente Dorina una empleada muy competente y confiable, el movimiento de los disidentes obró en ella una transformación y a lo largo del proceso para la creación del sindicato se convirtió en un elemento altamente disruptivo en razón de la agresividad de su retórica y su combatividad irreflexiva. Pero de la tesis legal explicada, se derivó su marginación obligada del proceso y con el tiempo tuvo también, inexorablemente, que terminar separándose como trabajadora del FOMEX.
La planeación para los trabajos de la mesa directiva en donde se aprobarían los estatutos para el sindicato se llevó a cabo con todo cuidado por parte del gabinete de guerra que se había conformado para conducir el proceso correspondiente. Como parte de esa planeación, se acordó procurar que esa conducción no fuera visible para los observadores externos y, en particular, para los integrantes del movimiento de oposición que lideraba López Esquivel, alias “Chabelo”. Y la planeación del proceso comenzó, como ya se ha mencionado, con vigilar la integración de la aludida mesa directiva y buscar la participación de empleados leales en ese foro. Ello, con la mira de obtener siempre una votación mayoritaria en favor de las propuestas que impulsaba la corriente institucionalista. En complemento, un lineamiento guía que se hizo explícito fue el de buscar que los artículos de los estatutos que se fueran aprobando se apegaran lo más posible a lo que estaba establecido de tiempo atrás en el Reglamento Interior de Trabajo Banxico. Se procedió con apego a esas líneas, y durante las deliberaciones y discusiones que tuvieron lugar en las sesiones de la mesa directiva fue posible constatar el extremismo galopante que caracterizaba a los simpatizantes con el movimiento que encabezaba “Chabelo”. Según el testimonio de Álvaro Barba, las propuestas que presentaban eran totalmente desmesuradas, ajenas a todo principio de prudencia. A manera de ejemplo, pedir que los incrementos salariales anuales desorbitados o que las gratificaciones se incrementaran de manera infundada. Y por esa vía, los observadores y otros participantes se fueron formando una idea de las consecuencias que puede causar el anarcosindicalismo sobre la institución que sufre la tragedia de padecer esa plaga. El enfoque anarcosindicalista puede conducir al saqueo de las instituciones donde llega a aflorar ese cáncer, a su desmantelamiento y a su eventual destrucción. Y al constatar lo que podría implicar en Banxico ese fenómeno destructivo, se arraigó aún más en el corazón de los participantes institucionales en la lucha por la creación del sindicato, la convicción de impedir a toda costa que el movimiento disidente se fuera a salir con la suya.
El enfrentamiento entre “extremistas” e “institucionales” tuvo claramente perfiles de guerra. Y las situaciones de conflicto son muy propicias para que afloren los excesos verbales, el recurso a los epítetos injuriosos y las inclinaciones a la violencia física. En los testimonios de muchos de los que participaron en aquella guerra que se detonó a causa de la formación del sindicato Banxico, la referencia a insultos, amenazas e intentos de agresión es muy frecuente entre los que intervinieron en ese proceso. Una circunstancia que resultó favorable para ese tipo de conductas, surgió en ocasión de la salida de aquellas juntas de la mesa directiva que con mucha frecuencia resultaron maratónicas extendiéndose hasta altas horas de la noche. Guillermo Tejeida, de Relaciones con el Personal, evoca que en esas y otras ocasiones las amenazas y los insultos fueron frecuentes, aunque tan sólo en una situación estuvo cerca de sufrir agresión violenta contra su persona. Lo salvó la intervención oportuna del representante de la fábrica de billetes, de nombre Indalecio Fuentes, individuo de imponente complexión física (competía en lanzamiento de bala en los Juegos Interbancarios) y quien a su corpulencia aunaba un carácter bronco de no dejarse intimidar por nadie. Por su parte, Fernando Liceaga (director de Administración) no recuerda haber sufrido nunca un intento de agresión, aunque sí confirma que las amenazas –“… te vamos a ir a sacar de tu casa…”– y las injurias se sucedieron con reiteración. Los simpatizantes con el movimiento extremista lo acusaban de “vendido a las autoridades” y, por tanto, también, de “corrupto” y “venal”. En el desarrollo del conflicto, el abogado, Emilio Gutiérrez Moller, vivió tan sólo una experiencia de peligro en ocasión de su salida del Tribunal Federal de Conciliación y Arbitraje después de haber conseguido con éxito el registro oficial para el Sindicato Único de Trabajadores del Banco de México (SUTBM). Si en algún momento los partidarios del movimiento extremista se pusieron literalmente furiosos fue en esa ocasión y se manifestaban amenazantes, dispuestos a cobrar lo más cara posible su derrota en el conflicto. Gutiérrez Moller recuerda que el personal de seguridad que lo acompañaba en el automóvil lo obligó a que se acostara en el suelo y en esa forma atravesaron con la mayor rapidez posible entre la masa enardecida que se había congregado a las afueras del inmueble…[5]
Ya iniciado el sexenio del presidente De la Madrid, el secretario de Gobernación Manuel Bartlett convocó a una reunión en su oficina a los funcionarios de mayor jerarquía del Banco de México a fin de analizar con ellos el asunto de la formación del sindicato que estaba teniendo lugar en la institución. Por parte del instituto central acudieron a ese acuerdo el director general, Miguel Mancera, el subdirector general, Francisco Borja y el director de Administración, Fernando Liceaga. Después de las cortesías protocolarias obligadas, el ministro de Gobernación entró inmediatamente en materia e informó a los funcionarios que lo escuchaban que en el gobierno estaban enterados con bastante pormenor del proceso que se llevaba a cabo en el Banco de México con vistas a la formación del sindicato de los trabajadores de la entidad. A continuación, hizo referencia al movimiento de los empleados disidentes que tanto habían trabajado para imponer un cierto modelo de organización gremial que traían en mente. Y acto seguido, se refirió al perfil que mostraban los principales líderes de ese movimiento. Finalmente, abriendo todas sus cartas sobre la mesa, ese ministro les informó a los funcionarios de la banca central que en la secretaría que encabezaba había preocupación por la posibilidad de que ese movimiento de extremistas pudiera salirse con la suya e imponer en la institución un sindicato que resultara disfuncional para los intereses del país. Y ya a manera de cierre, ofreció a los funcionarios que lo visitaban todo el apoyo que se requiriera para evitar el desenlace sobre el que se había despertado tanto temor.
Durante aquellos tiempos iniciales de la presidencia de Miguel de la Madrid, el movimiento disidente que buscaba la formación del sindicato en Banxico no había perdido su dinámica esencial. No la había perdido, a pesar de los reveses que había sufrido en el transcurso. Uno de ellos, por la desaparición de un aliado importante en la persona del economista Carlos Tello que se había separado del timón en el Banco de México al concluir el sexenio del presidente López Portillo al cierre de noviembre de 1982. Y ese movimiento había también podido asimilar, al parecer sin daño definitivo, las derrotas muy evidentes que había sufrido tanto en la asamblea de origen para el proceso sindicalista en Banxico como durante los trabajos de la llamada mesa directiva. En el camino, también había podido constatar que la corriente surgida en la institución para oponérsele, se había puesto en funcionamiento con mucha rapidez y estaba cada vez mejor organizada. Para su sorpresa, esto último había ocurrido a pesar de las ventajas que supuestamente les llevaban en materia de experiencia en activismo político y agitación asambleísta. Asimismo, seguramente los de ese movimiento no eran tontos y cobraron consciencia de que su proyecto no era grato ni para las autoridades del nuevo gobierno como tampoco para las autoridades en la estructura del propio Banco de México. Así, dados estos últimos hechos, tal vez los líderes del movimiento disidente subestimaron las capacidades de reacción de las mencionadas autoridades.
Contra viento y marea, la llama del activismo siguió bien encendida en el corazón de los extremistas que simpatizaban con el movimiento en favor del sindicato prosocialista. A pesar de ser ese movimiento marcadamente minoritario dentro del universo de los empleados del Banco de México, de cualquier forma sus dirigentes habían logrado recabar el número suficiente de firmas de apoyo requeridas legalmente para el registro oficial de su organización gremial. Y este último logro se sumó a los demás vectores que habían impulsado a esa corriente, desde la convocatoria para la asamblea inaugural. Y entre esos impulsos debió haber contado, de manera importante, la inconfesada ambición de poder que acicateaba a los dirigentes de la corriente, quienes ya se imaginaban codeándose de tú a tú en los grandes foros gremiales con Fidel Velázquez y demás líderes históricos del movimiento laboral en México. Y además del adiestramiento en materia de activismo político que ya traían desde sus épocas estudiantiles y sus convicciones ideológicas –admiraban y deseaban emular a Castro y al Che Guevara– afloró en esa coyuntura otro impulso adicional: el hecho de que en Bancomext (Banco Nacional de Comercio Exterior) se había ya formado un sindicato y en Banxico había fuertes deseos por replicar esa experiencia.
Según el testimonio de Fernando Liceaga (director de Administración), desde un principio hubo en las autoridades del Banco de México un gran interés por conocer con oportunidad lo que se discurría y se planeaba en las entrañas del llamado movimiento extremista con rumbo al establecimiento del sindicato. Sin embargo, no hubo la necesidad de infiltrar ese movimiento a la usanza de lo que puede observarse en las películas de espionaje. La clave estuvo en que a lo largo del enfrentamiento nunca faltaron trabajadores afines a la causa institucional que pudieran informar de lo que se decía y fraguaba en el movimiento antagónico. En sus orígenes, esa vigilancia fue posible como resultado de la política de rotación de personal que se había puesto en ejecución en el Banco de México desde años atrás. Así, gracias a que en sus etapas de empleados los funcionarios de la Dirección de Administración habían trabajado temporalmente en las áreas sustantivas del Banco, habían logrado establecer con el personal innumerables contactos confiables y también muchas relaciones de amistad. Y por conducto de esos contactos es que era posible conocer con oportunidad y fidelidad lo que se tramaba puertas adentro en las filas de los extremistas. Por su parte, los organizadores del movimiento disidente nunca contaron con los elementos para discriminar entre los trabajadores afines a su causa y los que no lo eran. En ese orden, fue mediante los trabajadores que simpatizaban con la institucionalidad y que nunca escasearon, que fue posible tomar conocimiento de las acciones definitivas que se planeaban para llegar a la creación del que se denominaría Sindicato Nacional de Trabajadores del Banco de México. Así, a través de los contactos que habían establecido con el sindicato del Seguro Social (IMSS), los líderes de ese movimiento gestionaron que dicha entidad les prestara, para que celebraran la que sería su asamblea constitutiva, el muy bien acondicionado auditorio que poseía en su edificio matriz, ubicado en la esquina de la lateral de Paseo de la Reforma con la calle Burdeos.
Según lo recuerda Fernando Liceaga, el plan de los disidentes era el de celebrar un sábado la asamblea para la constitución de su sindicato y proceder al registro oficial el lunes inmediato siguiente a primera hora. Pero estando avisadas de esos planes tanto las autoridades del Banco de México como de la Secretaría de Gobernación, el propio secretario Bartlett entró en comunicación con el director general del Seguro Social para que en el momento de su arribo se le negara a ese contingente el acceso al auditorio, con algún pretexto que se inventara sobre la marcha. La intención es que la celebración de la asamblea se pospusiera para más adelante y se pudiera contar con mayor tiempo para organizar una contrarreacción que resultara efectiva. Así se procedió y se les dijo a los asambleístas a su llegada al recinto que se había suscitado una emergencia en la forma de fallas del sistema eléctrico en el auditorio y que tenían instrucciones de no poner en peligro a las personas que ingresaran. Los asambleístas, efectivamente no pudieron ingresar al auditorio, pero su motivación era muy grande y el inconveniente que había surgido no evitó que celebraran la asamblea que tenían programada. Fue celebrada con gran entusiasmo en el parque que existe frente al Centro Médico, en avenida Cuauhtémoc. En ese evento, atendido por aproximadamente entre 100 y 150 activistas, se hizo de nueva cuenta evidente el protagonismo del líder Javier López Esquivel, quien no se desprendió del uso del micrófono durante toda la congregación. En la parte informativa, López Esquivel explicó que ya contaban con la lista de firmas de apoyo para constituir su sindicato. Y a continuación, el paso siguiente debería ser el de la definición de la planilla para integrar el órgano directivo de la nueva organización laboral, en la cual obviamente él figuraría como secretario general. Y el siguiente punto en el orden del día fue conseguir el voto aprobatorio para el registro oficial del sindicato, el cual se llevaría a cabo, según ya se ha dicho, el lunes inmediato siguiente a primera hora. Y para terminar, evoca Liceaga retrospectivamente, aquellos entusiastas asambleístas concluyeron su reunión sabatina entonando, todos de pie y erguidos, sacando el pecho, el himno nacional.[6]
Un empleado que trabajó por décadas en Relaciones Laborales oyó decir que aquel fin de semana fue de esfuerzos frenéticos para el área administrativa del Banco de México. En tan sólo unas cuantas horas del día domingo tendrían que recabar las firmas requeridas para la conformación del sindicato institucional. En razón de que se trataba de un día de asueto, se organizaron cuadrillas para recorrer los distintos rumbos de la ciudad y visitar a los empleados en sus domicilios para recabar las firmas que se requerían. La referencia es que en esa tarea, el área de administración fue incluso asistida por personal de la secretaría de Gobernación. Y todo indica que la tarea fue concluida de manera exitosa, a pesar de la premura y las dificultades. Pero siempre existió constancia de que los empleados de la institución también brindaron todo su apoyo para que el trámite se concluyera de manera fluida.
El abogado Emilio Gutiérrez Moller, director jurídico en el Banco de México, evoca con gran nitidez en su memoria, que aquel lunes posterior a que el movimiento de los sindicalistas extremistas celebrara su asamblea constitutiva madrugó mucho. A las seis de la mañana ya se encontraba en camino al domicilio del magistrado que fungía como presidente del Tribunal de la Junta de Conciliación y Arbitraje. Traía en su portafolio toda la documentación que se necesitaba para el registro legal de un sindicato distinto al que pretendía establecer el movimiento que, por ya varios meses, había encabezado el compañero de Investigación Económica, López Esquivel. En la documentación correspondiente destacaba la lista con el número indispensable de firmas para llevar a cabo el trámite, además del detalle sobre la planilla que se estaba proponiendo para el secretariado general de la organización que estaban por registrar. De manera importante, al abogado Gutiérrez Moller lo acompañaba un pequeño pero visible equipo de seguridad que lo seguía en dos o tres automóviles adicionales. Había que anticipar posibles actos de agresión o de violencia durante o posteriormente a los trámites que estaba por emprender. Arribaron con mucha anticipación a las instalaciones del Tribunal de la Junta de Conciliación y Arbitraje. Ya dentro de esas instalaciones, con el apoyo del personal correspondiente que esa mañana había sido citado de manera previa a la hora de inicio de labores se procedió al trámite para registrar a la organización gremial que de manera muy ilustrativa se denominaría Sindicato Único de Trabajadores del Banco de México. El trámite quedó consumado y una vez que a partir de las 9 de la mañana López Esquivel y sus huestes ingresaron al recinto del mencionado Tribunal, se encontraron con la noticia sorpresiva de que no les era posible registrar a su sindicato en razón de que otra delegación de trabajadores de la institución ya lo había hecho previamente a ellos. La ley establecía claramente que sólo podía haber un sindicato para cada institución reconocida por las autoridades. Se sabe que en el momento del anuncio, una activista del movimiento disidente exclamó con dolor: “ya nos jodieron”. Fue entonces cuando el abogado Gutiérrez Moller escapó del polvorín en que se había convertido aquel sitio, oculto en el piso de su automóvil.[7]
La creación del SUTBM requirió de un candidato para que fungiera como su secretario general. A pesar de que se pensó para ese cargo en el funcionario de la Gerencia de Relaciones Laborales Álvaro Barba, la designación recayó en Francisco Chávez, también adscrito a esa área de la organización. Chávez parecía idóneo para el cargo: muy buen orador y además con una vocación nata para la política. Le gustaban las tareas de representación, el asambleísmo y el cabildeo. El papel de Chávez estaba llamado a ser muy importante en razón de que en el Banco de México –institución muy madura y con procesos operativos muy probados– no había precedente de la existencia de un sindicato. Según el testimonio de Álvaro Barba, lo que se inició fue un proceso de aprendizaje institucional en la relación con el sindicato. Al respecto, una de las primeras conclusiones a que se llegó es que el sindicato tenía que hacer las veces de aduana o filtro para los asuntos descabellados que surgieran de las bases, ya fueran del orden individual, grupal o general de todos los trabajadores de Banxico. Y otra conclusión a que se arribó, es que los asuntos entre sindicato y administración debían manejarse de la forma más cuidadosa, concertada y discreta posible. Por desgracia, el secretario general Chávez se fue alejando gradualmente de este último principio durante el desempeño de su cargo. Los asuntos del sindicato debían en lo fundamental tratarse con la Dirección de Administración, pero el secretario general Chávez adquirió la costumbre de saltarse esa instancia y acordar directamente, ya fuese con el subdirector general, Francisco Borja, y hasta con el propio director general, Miguel Mancera. Esta práctica se empezó a ver con muy malos ojos en la organización, y en un momento dado se llegó la determinación de que los altos funcionarios mencionados ya no concedieran acuerdo al secretario general Chávez. Pero desafortunadamente, de ese momento en adelante las relaciones entre Chávez y los funcionarios de la Dirección de Administración se volvieron crecientemente difíciles y hasta ríspidas. Y el desenlace a ese problema fue que una voluntad individual no podía prevalecer sobre la institucionalidad, no importa qué tan competente pudiera ser el empleado del caso. Así, Francisco Chávez terminó separándose como trabajador del Banco de México, de manera poco amistosa.
En la medida en que transcurrieron los meses durante el año de 1983, se fueron formando los sindicatos correspondientes en todas las instituciones bancarias del país: de la banca de desarrollo y de la banca comercial. Una vez concluido ese proceso de formación, se lanzó la idea de conformar una federación de sindicatos bancarios. La propuesta fue en lo principal impulsada por el líder del sindicato de Bancomext, pero también resultó secundada por otros de sus colegas, por ejemplo, el líder del sindicato de Nacional Financiera. En términos políticos y también en el orden de las ambiciones personales, la propuesta parecía muy prometedora. En lo político, en razón de que la federalización le daría mayor fuerza al movimiento en general. En cuanto a las ambiciones personales, contar con una federación de sindicatos significaría que podrían tener una o dos curules en el Congreso y dicha perspectiva se presentaba muy atractiva. En particular, el compañero líder del sindicato de Bancomext ya se imaginaba, orgulloso, como diputado o senador. Cuando la propuesta de la federación fue presentada a la consideración de las autoridades del Banco de México, la idea no gustó en lo más mínimo. No se vieron beneficios posibles para la institución, y en contraste sí muchos riesgos. Estos últimos, en razón de que de esa federación podrían derivarse compromisos vinculatorios que le restaran a la institución márgenes de acción en el manejo de sus políticas internas, en particular en lo relativo a la administración de recursos humanos. Con esos antecedentes, se recibió una convocatoria para una reunión magna en la que se trataría la propuesta de crear la Federación de Sindicatos Bancarios. El evento tendría verificativo en Oaxtepec, Morelos. A ese cónclave arribó el secretario general del SUTBM, Chávez, con la indicación tronante de declinar que la organización gremial del Banco de México se sumara a la federación que se intentaba crear. Y al poco tiempo se pudo comprobar la sabiduría de esa decisión, cuando en la Federación sobrevino la propuesta para homologar los manuales de puestos y los tabuladores de todas las entidades que se habían sumado a la mencionada organización sombrilla. Para el Banco de México habría sido funesto entrar a ese programa de homologación. Ello, en razón de que sus funciones sustantivas son completamente distintas a las correspondientes a los bancos de desarrollo o a los bancos comerciales. ¡Con esa declinación, se salvó otro gran peligro que se apareció en el horizonte para el Banco de México![8]
Con la conformación del SUTBM afloró en Banxico un problema administrativo muy serio con los empleados que habían participado en el grupo extremista que intentó crear en la institución un sindicato abiertamente de izquierda. El problema se suscitó en particular en Investigación Económica, ya que la mayoría de aquellos activistas estaban adscritos a esa área de la organización. El problema estalló cuando los empleados en cuestión empezaron a asumir un comportamiento de franca rebeldía: no respetaban las normas de vestimenta y sobre todo abandonaban sus puestos de trabajo sin permiso de sus superiores a la mitad de la jornada laboral. En reacción, las autoridades acordaron una campaña para ir separando de la institución a todos los empleados en la situación descrita. Con muy buen juicio, se decidió que esa campaña se pusiera en ejecución de manera concertada y se empezó a negociar de manera muy cuidadosa con cada uno de los empleados conflictivos. A los que contaban con la antigüedad suficiente se les ofreció la jubilación anticipada y al resto una indemnización completa conforme a la ley. En razón de que el problema se manejó con mucha habilidad, de manera concertada todos los involucrados fueron aceptando su separación negociada como empleados del Banco de México. En particular, en esa campaña se incluyó el caso de Javier López Esquivel al igual que de otras figuras importantes del movimiento disidente como Lauro Herrera, Martínez Duarte y Rafael Miller, además de la propia Dorina Lozano que prestaba sus servicios en el fideicomiso FOMEX. La experiencia fue tan importante que sentó precedentes. De ella emanó la idea que tiempo después se materializó en lo que vino a conocerse como Programa de Retiro Voluntario. La semilla fructificó y fue emulada con programas semejantes en todas las entidades del sector gubernamental. Pero evocando los episodios de aquella batalla épica que se libró para conformar al sindicato del Banco de México, todos los testimonios coinciden en que el grupo disidente tenía que ser extirpado de las entrañas de la institución. ¡No podía haber sido de otra forma para salvaguardar la institucionalidad! Ese principio ha sido siempre un consenso en el Banco de México.
[1] José López Portillo, “Sexto Informe de Gobierno”, 1º de septiembre de 1982, p. 36, en
www.memoriapoliticademexico.org.
[2] Entrevista Fernando Liceaga–Eduardo Turrent Díaz (ETD), junio de 2020.
[3] Entrevista Álvaro Barba–ETD, marzo de 2019.
[4] Ibid.
[5] Entrevista Emilio Gutiérrez Moller–ETD, julio de 2020.
[6] Entrevista Fernando Liceaga Rodríguez–ETD, junio de 2020.
[7] Entrevista Emilio Gutiérrez Moller–ETD, julio de 2020.
[8] Entrevistas Álvaro Barba–ETD, junio y julio de 2020.