En la semblanza o ficha biográfica del distinguido neoleonés Ramón Cárdenas Coronado sobresale que de su iniciativa se derivó la creación de la escuela o facultad de economía de la Universidad de Nuevo León, la propuesta para que el programa de estudios y el plan completo de esa facultad se reformara a fondo y la grandeza personal y el desprendimiento para ceder el mando a la persona idónea para que en su sustitución llevara a cabo la reforma y reorganización requerida. No es posible saber si a la inspiración de don Ramón correspondió también la muy ambiciosa y elevada idea de hacer de esa escuela algo excepcional en México y posiblemente en América Latina: una unidad de enseñanza e investigación universitaria de verdadera excelencia. Cesar Rangel, distinguido integrante de la primera generación de egresados de esa facultad reformada y reorganizada con tan altas miras, ha evocado no tan sólo la iniciativa fundacional de don Ramón Cárdenas sino también su temple moral para entregar la estafeta a quienes pudieran llevar con destreza a buen puerto la nave de esa escuela mexicana de economía que finalmente logró ser y conservarse de calidad excepcional: “Don Ramón Cárdenas tuvo la humildad, el realismo y la valentía para decir: no tengo los elementos para hacer una escuela de economía. No soy economista, no tengo profesores que sean economistas, no tengo el proyecto… Con humildad se dio cuenta de que estaba obligado a pedir ayuda y se la solicitó al Banco de México a través de su amigo y paisano Rodrigo Gómez que era el jefe en esa institución… (Enfatiza al respecto Cesar Rangel) que la gente que es grande es también humilde… y don Ramón era grande”.[1] Tengo para mí –y ojalá que la voz de Cesar Rangel sea escuchada, aunque sea de forma oblicua– que en el muy digno y funcional edificio con que cuenta la Facultad de Economía en la Unidad Mederos desde 1977 hay una omisión: falta una placa conmemorativa para distinguir un aula o un auditorio en honor de la figura de don Ramón Cárdenas como el iniciador de un milagro de creación fundacional en el ámbito educativo de México.
En el recuento biográfico de Ramón Cárdenas hay otros dos datos que en el caso de alguna otra persona podrían ser triviales o intrascendentes pero que para el tema que nos ocupa fueron determinantes. Esos datos son los relativos al lugar de nacimiento y primeros años de vida y a la época en que vio la primera luz ese neoleonés. Oriundo de Monterrey y nacido en 1909, don Ramón Cárdenas era al igual que su coterráneo, el banquero central Rodrigo Gómez, un neoleonés distinguido y debieron conocerse y tener muchos contactos en común. Además, había otra coincidencia común entre ambos: ¡después de su infancia y formación básica en su natal Linares los dos emigraron a la ciudad de Monterrey en busca de horizontes de desarrollo personal más amplios! No se sabe si además de esos vínculos hubo contactos de otro tipo entre Rodrigo Gómez y su paisano Ramón Cárdenas, pero es perfectamente factible que cuando este segundo se vio ante el reto de formar una escuela de economía digna del nombre haya decidido consultar a otro neolonés que había llegado a un cargo tan elevado como ser cabeza del banco central. Y los hechos demuestran que don Rodrigo acudió al llamado de don Ramón.
Como era el estilo de Rodrigo Gómez en el Banco de México, el apoyo al proyecto de la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León se echó a andar sin grandes formalismos ni fundamentos documentales. Así, no se sabe a ciencia cierta en cuál forma o en cuáles formas Ramón Cárdenas se acercó en búsqueda de apoyo, la respuesta concreta que se le dio desde el Banco de México, si en sus empeños viajó a la ciudad de México para consultar su propuesta o si lo hizo de manera epistolar o telefónica y si antes de tomar una decisión al respecto el director general del Banco de México solicitó un diagnóstico sobre el caso o formuló personalmente ese diagnóstico. Pero para avanzar en el análisis vayamos a lo que es sabido sin sombra de duda y a la fuerza de los hechos que son siempre indiscutibles. En el ámbito de lo que era sabido e indiscutible, tan sólo por el perfil de los egresados de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México que solicitaban trabajo en la institución el banquero central se encontraba bien alerta del bajo nivel de preparación con el que en general egresaban los graduados de esa escuela. Y eso, además de los sesgos doctrinales que solían inculcarles ahí a los estudiantes, en particular con un aborrecimiento casi irracional por la banca central y la política monetaria a las que se calificaba de reaccionarias y frenadoras del crecimiento económico. ¿Sería deseable que ese modelo ya conocido se reprodujera en la Universidad de Nuevo León? ¿Cuál beneficio se derivaría para el país en general y para el Estado de Nuevo León en particular que se estableciera en ese entorno algo semejante? Es altamente probable que cuando Rodrigo Gómez decidió encomendar esa misión a la maestra Consuelo Meyer ya tuviera en mente el lineamiento o la guía que dio a la comisionada. El otro e indudable mérito del director del Banco de México residió en el perfil de la persona a la que encargó el proyecto. Como es ampliamente sabido, la economista Meyer no únicamente estuvo a la altura de las exigencias de la encomienda que se le encargó; realizó una tarea excepcional, una joya de trabajo constructivo digna de quedar gravada en letras de oro. Fue una obra de arte institucional que se consumó en el impresionante valle descubierto originalmente por Montemayor y que se encuentra presidido señorialmente por el Cerro de la Silla.
En la importante bibliografía que existe sobre el tema no se aclara a quién correspondió la idea de involucrar en el proyecto como actores importantes al historiador Daniel Cosío Villegas y a quien fue quizás en vida su discípulo más cercano y querido: el economista Víctor L. Urquidi. En esas fuentes tampoco se aclara por cuál conducto se gestionó esa colaboración y cuándo se concretó y se puso en ejecución. Y al decir esto último pensamos en la posibilidad eventual: ¿Qué habría sucedido si Cosío o Urquidi o ambos hubieran declinado por las razones que fueran su participación en el proyecto? Muy posiblemente eso no ocurrió en razón de que fue el propio director del Banco de México, Rodrigo Gómez, quien logró convencerlos sobre la singularidad de la propuesta, sus bondades y sus beneficios potenciales. Sin embargo, no hay duda de que esa participación se produjo y tuvo dos expresiones: la formal o protocolaria y la práctica. En ambas expresiones la colaboración del maestro Cosío y también de Urquidi resultó altamente benéfica. Felizmente, esos hechos quedaron debidamente consignados en los libros de Ernesto Bolaños y de Guadalupe Martínez y también en las propias memorias que escribió el maestro Cosío Villegas muchos años después. Al respecto, seguramente fue rigurosamente exacto lo ahí dicho por Cosío en el sentido de que intervino “activamente en la creación de una escuela de economía dentro de la Universidad de Nuevo León” y también que provocó “una primera donación de libros” por parte del Banco de México, consiguió a “los primeros profesores, algunos de ellos extranjeros, pues resultó difícil convencer a los economistas capitalinos cambiar de residencia”. De manera aún más reveladora, Cosío apuntó haber conseguido “del Banco de México que comisionara a Consuelo Meyer para trasladarse a Monterrey” a fin de que dirigiera esa nueva escuela que se deseaba crear además de pecar un poco de exageración al decir que él personalmente redactó “los planes de estudio” ya que al parecer lo que sucedió es que para esa tarea más bien le brindó apoyo a la maestra Meyer.[2]
Afortunadamente, en Guadalupe Martínez (2009) se recoge el testimonio que la maestra Meyer dictó en 1993 –a tres décadas de que partiera de Monterrey– en recuerdo de su participación en el establecimiento de la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León. En ese texto se precisa que después de quedar Cosío inesperadamente sorprendido por el interés que había mostrado Consuelo Meyer por involucrase en el proyecto de crear una nueva escuela de economía en Nuevo León decidió ayudarla “con un plan de estudios” al cual ella le introdujo posteriormente algunas modificaciones. Y según el testimonio de la maestra Meyer, fue en esas primeras etapas del trabajo cuando le propuso a Cosío la posibilidad de que ejerciera “una dirección honoraria de la nueva Facultad”.[3] Por su parte, en el libro de Ernesto Bolaños (2000) se narra una de las importantes aportaciones que el maestro Cosío hizo al proyecto y que consistió en la interposición de sus buenos oficios ante la Fundación Rockefeller para que apoyara financieramente al importante curso de Civilización Contemporánea y a fin de hacer posible la contratación del profesor Max Savell de la Universidad de Columbia para que lo impartiera. Respecto de la colaboración de Víctor Urquidi, señala el profesor Bolaños que desde la subdirección que ocupaba en la sede de la CEPAL en México ese economista ayudó a conseguir las maestras que impartieran Introducción a la Economía y Matemáticas para Economistas.[4] Asimismo, en el testimonio de la maestra Meyer de 1993 se señala que el economista Víctor Urquidi recomendó mucho y también impulsó el establecimiento de un centro de investigaciones en la Facultad de Economía que estaba por establecerse en la Universidad de Nuevo León.[5] Finalmente, ambos autores registran el importante episodio en el cual el historiador Cosío fue investido formalmente por el Consejo Universitario como “Director Honorario de la Facultad de Economía, en atención (sic) a los eminentes servicios que ha prestado y puede seguir prestando” a esa Facultad.[6] Significativamente, ese nombramiento se confirió en octubre de 1958 cuando en lo fundamental ya se había materializado el proyecto y también se había logrado que despegase. Por su lado, en Bolaños se citan otros de los argumentos que en su momento se esgrimieron para otorgarle a Cosío esa designación: “ser autor de los principios básicos que forman el plan conforme al cual se ha efectuado la reorganización de la Facultad de Economía, consejero de buena voluntad, persona que ha interpuesto sus buenos oficios y valiosa influencia en instituciones nacionales y extranjeras y que ha aportado las luces de su vigorosa personalidad intelectual y su excepcional experiencia en el campo de la enseñanza de la economía”.[7]
A pesar de ese nombramiento y de los indudables méritos intelectuales y académicos que le correspondían a Cosío Villegas, no fue con él con quien estableció contacto inicialmente el contador público Ramón Cárdenas, director de la Facultad de Comercio de la Universidad de Nuevo León, sino con Rodrigo Gómez del Banco de México. Y lo más lógico es suponer que ese banquero central, con la capacidad de convocatoria que le otorgaba ese cargo, con su visión personal y con sus múltiples contactos, dispusiera –tal vez en consulta con otras personas de su confianza– los actores idóneos que se debían convocar para establecer en la Universidad de Nuevo León una escuela de economía de excelencia. A mayor abundamiento, era con Rodrigo Gómez y no con Cosío con quien mantenía desde muchos años atrás lazos de amistad don Ramón Cárdenas. No hay indicios sobre los candidatos alternativos a Consuelo Meyer que don Rodrigo pudo haber tenido en cartera en su momento para el proyecto, aunque sí resulta muy lógico que hubiera pensado en Cosío y en Urquidi como los apoyos más deseables. Ambos habían prestado sus servicios en el Banco de México durante la gestión de Eduardo Villaseñor (1940-1946) y Rodrigo Gómez había alternado con ellos en muchos episodios importantes de relevancia histórica. Por ejemplo, habían figurado entre los pocos que asistieron a las conferencias que dictó en el año 1944 Raúl Prebisch en el Banco de México y habían formado parte de la muy compacta delegación que representó a México en la conferencia de Bretton Woods donde se crearon el FMI y el Banco Mundial y que se celebró también durante ese año. Por tanto, Rodrigo Gómez conocía bastante bien las capacidades intelectuales de Cosío y Urquidi, el hecho de que este segundo fuera quizás el discípulo preferido del primero y también estaba informado del perfil profesional de ambos. En particular, el director del Banco de México debió haber conocido los esfuerzos que en su momento había desplegado Cosío para crear en El Colegio de México un proyecto académico de excelencia. Incidentalmente, empeño hasta cierto punto paralelo al que se había puesto en ejecución en el Banco de México por el propio Rodrigo Gómez y por quienes le habían precedido en el cargo de mayor jerarquía en el instituto central. No había en el país muchos otros ejemplos semejantes que se pudieran emular. Y en ese recuento cabe agregar que después de la salida de Cosío del Banco de México, posiblemente en 1947, las relaciones amigables y personales entre las instituciones cuyo establecimiento había promovido –El Colegio de México y el Fondo de Cultura económica– y el Banco de México siempre se sostuvieron. A manera de ilustración, fue Cosío Villegas quien le sugirió a Rodrigo Gómez la conveniencia de que el Banco de México adquiriera los archivos de Matías Romero e Ignacio Vallarta, a lo cual accedió la institución. En abril de 1962 se explicó en el Consejo de Administración del Banco que los apoyos otorgados a El Colegio de México se habían venido dando todos los años desde 1948 y también se habían dado al Fondo de Cultura Económica. En el orden personal, en junio de 1961 ese órgano aceptó el pago de parte de los viáticos para que el escritor Cosío Villegas pudiese asistir a la conferencia del Council on World Tensions que había organizado la Universidad de Oxford y en marzo de 1965 solicitó que el Banco de México adquiriera 112 ejemplares del Tomo VII de la Historia Moderna de México, con el fin de que la propia institución los distribuyera como obsequio “entre diversas personalidades y bibliotecas nacionales y extranjeras”.[8]
De las fuentes disponibles no es posible deducir qué ocurrió primero: si el contacto de Rodrigo Gómez con Cosío y Urquidi para que se unieran al proyecto de la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León o el llamado a Consuelo Meyer para que se hiciera cargo. En ellas se habla de la gran experiencia que tenía el maestro Cosío en la materia académica pero apenas se insinúa el caso concreto a destacar que eran los paralelismos entre el proyecto que quería implantar la maestra Meyer en Monterrey y el que previamente había puesto en marcha el intelectual Cosío Villegas en El Colegio de México apenas poco más de tres quinquenios antes. Es altamente probable que haya habido inspiración del anterior para el posterior. El episodio quedó relatado con todo pormenor en el libro de Enrique Krauze “Daniel Cosío Villegas. Una biografía intelectual”. Al respecto se lee ahí que deliberadamente el licenciado Cosío buscó hacer de El Colegio la cuna en donde pudiera irse formando “la elite intelectual de México: un proyecto distinto y en cierta forma complementario del de la Universidad”. Un proyecto de esa naturaleza no podía ser masivo y por tanto tenía que estar fundado en muy exigentes criterios de selección. Al personal de la institución, principalmente de especialización académica, el Colegio lo había seleccionado “cada vez con más rigor y escrúpulo” y en cuanto a los estudiantes el propio Cosío los entrevistaba personalmente y en ocasiones hasta los “reclutaba él mismo”. De la experiencia universitaria anglosajona Cosío había adoptado el sistema de las becas para los alumnos, las cuales debían ser “modestas pero suficientes”, además de que el lugar de mayor devoción y tiempo de estancia debía ser la biblioteca donde los estudiantes estaban obligados a pasar muchas más horas que en las clases. Otro paralelismo se definió en cuanto a que el Banco de México fue uno de los mecenas que financiaron el despegue de El Colegio de México con un estipendio anual de 50 mil pesos, el cual sin embargo únicamente se mantuvo de 1940 a 1944. En términos generales, Krauze concluye que en El Colegio Cosío Villegas logró establecer “un bonito equilibrio… entre los altísimos niveles de excelencia, el gusto epicúreo por los libros y una abnegación cultural con resonancias de los remotos veinte y el Ateneo de la Juventud”.[9]
Así, aparte del mérito de don Rodrigo Gómez de apoyar la propuesta de crear una escuela de economía de excelencia en Monterrey, los otros dos inmensos aciertos se ubican en el ámbito de lo que en administración de empresas se denomina reclutamiento y selección de personal. Felizmente, ni Cosío como tampoco Víctor Urquidi declinaron la invitación que se les extendió para que participaran. Por su parte, por razones institucionales de autoridad y subordinación Consuelo Meyer no habría estado en posibilidades de hacer esa declinación: era empleada del Banco de México y en esa circunstancia concreta se encontraba casualmente en comisión en Santiago de Chile con una encomienda de tipo académico. Se trataba de la impartición de un curso de análisis económico en un centro interamericano de educación superior durante la época en que el director Rodrigo Gómez se encontraba todavía muy entusiasmado con la promoción de la integración económica de América Latina. Lo que sí pudo haber sucedido es que la economista Meyer viera esa encomienda como tan sólo una obligación laboral que tenía que cumplir en razón de que así se lo habían ordenado. Muy bienaventuradamente, este último no fue el caso sino todo lo contrario. Tal vez intuyó que el destino o la fortuna le ponían en charola la que sería una oportunidad de oro en su trayectoria profesional. Una oportunidad no únicamente de conseguir logros profesionales personales sino de realizar una obra constructiva de beneficio colectivo. En fin, lo que en términos de Cosío Villegas fue la inspiración que en su momento movió a los jóvenes de la Generación de 1915 o de la reconstrucción nacional: “hacer algo por México”. Así, del entusiasmo, entrega, compromiso e inteligencia de Consuelo Meyer y con el apoyo de Rodrigo Gómez del Banco de México se gestó una empresa de edificación institucional con dimensiones de apostolado. Cosío y Urquidi apuntalaron esos esfuerzos de maneras que a la distancia parecen impecables. La aportación de esas figuras al proyecto puede sintetizarse en: experiencia, prestigio, contactos y relaciones, conocimientos técnicos, asesoría y consultas, y apoyos políticos.
Ernesto Bolaños, integrante de la primera generación de egresados, evocaba a don Ramón Cárdenas “como un gran señor, una persona muy respetada y reconocida en Nuevo León… alguien con muy buenas conexiones en el Estado”. En particular era conocida su amistad personal con el gobernador Raúl Rangel Frías a quien se recordaba por sus rasgos humanistas. En esa tesitura, habría sido verdaderamente deseable que don Ramón dejara un testimonio sobre su participación primero en el establecimiento de la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León y después en el proceso de reforma que se le aplicó. Respecto de lo primero, en el libro de Guadalupe Martínez hay dos referencias muy importantes. La primera y principal es que ya siendo Ramón Cárdenas funcionario universitario de su iniciativa provino la idea para el establecimiento en esa universidad de la Facultad de Contaduría que empezó a funcionar en el año 1952. Asimismo, en paralelo a ese importante antecedente habría sido muy interesante que don Ramón aclarara en qué medida le sirvió de inspiración para proponer la creación de la Facultad de Economía el hecho de que el Tecnológico de Monterrey había llevado a cabo lo mismo poco tiempo antes.[10] Pero definitivamente, de mucho mayor interés habría sido que explicara cuáles razones y experiencias lo llevaron a buscar la rectificación del modelo de escuela que se había puesto en marcha. Es un hecho de muchos conocidos, que ya estando en operación esa Facultad empezó a surgir en don Ramón Cárdenas una sensación de insatisfacción con lo logrado. Y según referencias, fue como producto de esa insatisfacción que decidió buscar ayuda y apoyo en el Banco de México a través de la figura de su director general, Rodrigo Gómez.
En el libro de Guadalupe Martínez hay un relato bastante interesante sobre cómo se produjo el establecimiento de la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León. Se explica ahí que, por iniciativa de Ramón Cárdenas, director de la Facultad de Contaduría, en su sesión del 11 de junio de 1957 el Consejo Universitario discutió y aprobó la propuesta para que se creara en esa institución una Facultad de Economía. En su exposición de motivos para el proyecto, el rector Roberto Treviño González señaló la conveniencia de que esa Facultad pudiese empezar a funcionar el siguiente mes de septiembre de acuerdo con el calendario escolar vigente para el norte del país. Acto seguido, el Consejo designó una comisión para que se encargara del plan de estudios, la planta de profesores y demás detalles académicos y administrativos del proyecto y la cual quedó integrada por los profesores Federico Páez Flores y Genaro Salinas Quiroga además del propio Ramón Cárdenas. A tal fin, explica Martínez, los integrantes de esa comisión buscaron contacto con la escuela de economía de la Universidad Nacional Autónoma de México, en la capital del país, y con inspiración en su programa de estudios se preparó el correspondiente para la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León. Y en esa fuente se precisa también que los cursos se iniciaron con una plantilla de aproximadamente 25 alumnos, todos ellos maestros normalistas, y con profesores entre quienes no figuraba un solo economista. Y en razón de que tanto maestros como alumnos tenían compromisos laborales que cumplir durante el día, el programa se estableció con horario nocturno. Así, fue precisamente ese proyecto el que descalificó en forma terminante la maestra Consuelo Meyer cuando llegó a Monterrey en calidad de asesora para la Facultad de Economía de la unl. En el recuerdo de Ernesto Bolaños los conceptos que expresó la maestra fueron más o menos en el siguiente sentido: “El programa no responde a las necesidades… Se trata de un programa poco serio, obsoleto y con sesgo ideológico… Lo que pasa es que en la UNAM no se enseña economía… Aquí en la unl se tiene que aplicar algo totalmente diferente”.[11]
Dicho lo anterior, es posible imaginar –el método es aceptable cuando se escribe historia– la gama de alternativas de decisión que se le presentaron a la economista Consuelo Meyer cuando en el Banco de México, por decisión del director general fue comisionada para atender el proyecto de la escuela de economía de la Universidad de Nuevo León. La posibilidad de declinar la encomienda, ya se ha dicho, habría sido impensable. El compromiso laboral en el Banco de México solía ser sagrado para sus empleados y funcionarios y la economista Meyer lo había asumido desde 1942. La otra opción típicamente burocrática habría consistido en tomarse las cosas con mucha calma y limitar los cambios a lo mínimo posible. De antemano cabe mencionar que este rumbo de acción habría sido incompatible con los usos y costumbres de trabajo en el Banco de México y posiblemente lo habría impedido la propia institución desde su matriz. Pero en el orden de las posibilidades habría sido perfectamente alcanzable un curso de acción intermedio con acciones reformistas importantes y visibles, pero sin ir a fondo con una propuesta excepcional de alta calidad. Si bien eventualmente ese curso de acción habría resultado aplicable para un agente administrativo hábil y mañoso, en el caso personal de la maestra Meyer ni siquiera habría sido posible plantearlo. Se trataba de una persona de valores inamovibles, con una rectitud ejemplar a prueba de terremotos. En su testimonio de 1993 lo explicó la maestra Meyer con toda sencillez:
“Mi proyecto casi carecía de originalidad: la novedad consistiría en ponerlo en práctica en México, en una escuela de provincia y conseguir los medios requeridos para ello. En esencia se trataba de crear, partiendo de circunstancias sumamente precarias, una planta de profesores de tiempo completo, bien remunerada y de comprobada competencia; de establecer un procedimiento idóneo para la selección de los estudiantes y comprometerlos exclusivamente al estudio (con la ayuda de becas en la medida de lo posible), en seguir un plan de estudios concentrado en pocas pero bien enseñadas materias, formar una buena y debidamente administrada biblioteca, y en el cumplimiento estricto de los programas de cursos, calendarios y horarios de trabajo”.[12]
Después de ser informada por las autoridades del Banco de México de la encomienda que se le había conferido y posiblemente también luego de haber estudiado el caso preliminarmente desde la Ciudad de México, no hay duda de que la maestra Consuelo Meyer ya había normado su criterio respecto del caso. Contando quizá con la aprobación explícita de don Rodrigo Gómez ya disponía de una idea clara sobre el modelo educativo que debía implantarse, los principios en que debía estar fincado y posiblemente también de las dificultades y obstáculos que seguramente iba a enfrentar. Fue así que se produjo el primer viaje de exploración que realizara a Monterrey en enero de 1958. La finalidad principal o única de esa visita sería conseguir el respaldo para la propuesta que traía en cartera por parte de las más altas autoridades de la Universidad y del Estado. Y tal vez el rector, Roberto Treviño, y el gobernador Rangel Frías nunca imaginaron la experiencia que iban a vivir. Con toda la educación y diplomacia con las que solía conducirse Consuelo Meyer les expresó a esos altos funcionarios las condiciones para llevar a cabo el proyecto de reforma que se había empezado a estudiar y el cual no estaba sujeto a negociaciones o flexibilidades. En otras palabras, era tómalo o déjalo, tal vez con la insinuación implícita de que venía con la bendición personal del director general del Banco de México. Y fue en ese trance cuando se produjo el primer incidente de enfrentamiento que puso a prueba el temple y las habilidades políticas y de negociación de la maestra Meyer.
La identificación del Banco de México con el proyecto de la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León se confirmó en los diversos apoyos –en dinero, especie y personal– que la institución generosamente aportó. De una manera precursora o anticipatoria podría imaginarse que estos apoyos se iniciaron con la beca que el instituto central otorgó a Consuelo Meyer para que realizara estudios de posgrado en el extranjero, concretamente en la London School of Economics. Sin ese antecedente simplemente no se hubieran dado las precondiciones para que se le confiriera la encomienda y quizá tampoco habría contado con las calificaciones y referencias para haberla llevado a cabo en la forma en que lo hizo. Así, en congruencia con la buena disposición del instituto central y cuando el proyecto se encontraba en vías de implementación, del Banco de México provinieron varios apoyos fundamentales para el despegue: 20 mil pesos en efectivo para la compra de libros además de muchas copias de las obras que se encontraban en el acervo de su propia biblioteca y el envío en comisión de la bibliotecaria Beatriz Gil para que empezara a organizar la correspondiente de la Facultad de Economía. Y en su evocación del año 1993 la maestra Meyer también recordó el ofrecimiento que había hecho el Banco de México para pagar el sueldo de uno de los profesores de tiempo completo que se contratarían para arrancar las clases, además de financiar la traducción de cientos de páginas (incluso del latín) como materiales de apoyo para el curso Evolución de la Civilización contemporánea.[13]
En línea con una política que se seguía de muchos años atrás en el Banco de México, los apoyos que se brindaron a aquella Facultad fueron siempre aprobados por el Consejo de Administración. En el acta de una sesión de febrero de 1959 se acordó la ayuda ya mencionada de “$20 000.00 para la adquisición de libros y aumentar” el acervo bibliográfico de la nueva facultad. De hecho, en esa misma acta se asienta que los donativos del Banco de México a ese proyecto se habían empezado a dar desde hacía tres años seguramente como una expresión del enlace que existía entre esas dos instituciones a través de sus respectivas cabezas. En esa sesión don Rodrigo Gómez explicó que el Banco había ya extendido a esa Facultad “las siguientes cooperaciones: en 1956 $12 500.00, en 1957 $2 000.00 y en 1958 $81 000.00 para diversos fines”.[14] Pero la expresión mayor de esa colaboración se manifestó en un acuerdo del Consejo de julio de 1958 que amerita la cita textual. En el acta correspondiente se explica que la licenciada Consuelo Meyer solicitaba para la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León:
“… que el Banco aporte el costo del acervo básico de libros de texto, la traducción del inglés al español de 4500 cuartillas y el sueldo de un historiador encargado de la búsqueda y selección de documentos así como de la organización y coordinación de los trabajos de traducción a razón de $3 000.00 mensuales durante un año para el establecimiento de un curso sobre Civilización Contemporánea… [todo ello,] en la inteligencia de que la preparación del material se realizar[ía] por conducto de El Colegio de México y quedar[ía] bajo la supervisión del señor licenciado Daniel Cosío Villegas”.[15]
Esas cooperaciones formaban parte de la política de donativos que el Banco tenía en vigor desde hacía décadas y que la institución otorgaba principalmente por razones de tres tipos: caridad o beneficencia –por ejemplo, a la Cruz Roja–, impulso a la cultura –Orquesta Filarmónica de la unam– o promoción de la educación –Facultad de Economía de la unl–. Desde el punto de vista cronológico, esos donativos se otorgaban por una sola vez, de manera anual permanente o anualmente, aunque por un periodo determinado. Al parecer, este último fue el caso de las cooperaciones que se concedieron a la Facultad de la que aquí se habla, aunque en noviembre de 1960 se aprobó un donativo adicional por una única vez por “la cantidad de $10 000.00 para la compra de los libros más esenciales de consulta y de texto para las materias de Macroeconomía, Moneda y Banca y Seminario de Ciencias Sociales que por primera vez se impartirán en la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León”.[16] Finalmente, resulta sumamente ilustrativo que a mediados de 1963 –posiblemente en vísperas de que la maestra Meyer se desligara del proyecto que quizás haya sido el más trascendente de su carrera profesional– se presentara en el Consejo del Banco de México un resumen de los apoyos que se le habían brindado a esa Facultad desde el año 1958.[17] Ello, además de mencionarse que la maestra Meyer solicitaba que el Banco de México donara a esa escuela los equipos de aire acondicionado cuyo costo ascendía aproximadamente a 12 mil pesos; petición que fue concedida.
1958 |
$ 81 103.36 |
1959 |
$ 117 500.00 |
1960 |
$ 52 000.00 |
1961 |
$ 45 000.00 |
1962 |
$ 125 000.00 |
1963 |
$ 60 000.00 |
El compromiso adquirido por la maestra Meyer puso de relieve una cosa en particular: que las obras mediocres o subóptimas siempre son fáciles de llevar a cabo; se resbalan como sobre aceite en razón de que suelen estar montadas en el espejismo de que con ellas nadie sale perjudicado y todos ganan. Es el mismo espejismo en que se apoyan todas las propuestas populistas sin advertirse a primera vista que la falacia en que se apoyan es una quimera irrealizable: aquélla de que por ontología o esencia “todos tienen derecho a todo, nadie tiene obligación de nada”. Al final lo que sucede es que los beneficios prometidos no se materializan y el prócer que los prometió tiene que empezar a inventar chivos expiatorios a los que echarles la culpa. En contraste, lo grande, lo valioso, es siempre difícil de construir. Es siempre más sencillo descender la montaña, ir cuesta abajo, que escalar hacia las cumbres más elevadas, lo cual conlleva grandes esfuerzos y además la superación de dificultades. Las grandes obras requieren de rasparse y mucho. Y Consuelo Meyer lo hizo en el proyecto de excelencia que puso en ejecución para la Facultad de Economía de la Universidad de Nuevo León. Estaba preparada para ello y lo más notable es que enfrentó los retos con gran soltura e inmensa confianza. El primer episodio en tal sentido lo tuvo cuando, como escribió el maestro Bolaños, visitó por primera vez Monterrey a fin de “tener seguridad plena de que el Gobierno estatal y la rectoría de la Universidad respaldarían un cambio radical en la recién fundada Facultad de Economía con el fin de hacerla una de las mejores de América Latina”.[18] Y al expresar a sus interlocutores esa propuesta agregó que un primer paso en ese sentido tendría que implicar la cancelación o supresión de todas las materias hasta entonces cursadas en la Facultad. No había vuelta de hoja: si prácticamente nada valía en el programa que se había adoptado originalmente ni en la enseñanza impartida, habría sido un fraude académico darle reconocimiento oficial. Y además del fraude estaría también el problema del mal ejemplo y de sentar precedentes negativos. O como lo sugiere la metáfora deportiva: lo principal en una carrera atlética es arrancar bien.
Al escuchar que todos los avances deberían suprimirse, tanto el rector Treviño como el gobernador Rangel sintieron preocupación y también temor. Tenían experiencia política y también memoria histórica. La de Nuevo León era una universidad pública y por tanto tenía un nivel alto de politización. La experiencia había mostrado muchas veces que en ese contexto si una dificultad interna por pequeña que fuera desataba una movilización ésta podía escalarse hasta convertirse en un incendio explosivo capaz incluso de provocar la caída de un rector y en casos extremos hasta de un gobernador. “¡Cómo! –recuerda Cesar Rangel que le dijeron– ¡nos van a voltear camiones y a quemar aulas… se va a volver un infierno!” Y lo que siguió a continuación para ese funcionario universitario y para ese gobernante estatal fue la pregunta a la maestra Meyer: “¿Y quién les va a informar a los estudiantes afectados que sus créditos escolares han quedado sin validez?” Entonces vino la respuesta inmediata plena de confianza y de firmeza: “No se preocupen, señores; yo me encargo de decírselos y además de convencerlos para que acepten”. ¿Cómo lo logró? Para el egresado Cesar Rangel lo que sucedió es que la maestra Meyer puso en ejecución un acto de persuasión y de capacidad de negociación que a final de cuentas resultó rebosante de significación política. En otras palabras, se aplicó lo que en la tradición anglosajona se conoce como la fórmula del garrote y la zanahoria (“the stick and the carrot”). En materia de persuasión –el garrote– convenció a esos estudiantes de que en realidad nada habían aprendido de economía, o que lo poco que les habían enseñado no era economía. Lo mejor para su beneficio personal era dar marcha atrás. La compensación –la zanahoria– consistió en darles la oportunidad para poder matricularse en el nuevo programa sin examen de admisión. Serían los únicos en la historia del nuevo programa que ingresarían de esa forma en consideración a sus antecedentes. Total, que la propuesta fue aceptada como píldora amarga por esos estudiantes y no hubo quema de aulas ni volcadura de camiones.[19]
En fin, en la trayectoria de Consuelo Meyer al frente de la Facultad de Economía de la unl se suscitaron varios otros episodios de enfrentamiento de los cuales salió afortunadamente bien librada. Y en lo principal ocurrió de esa manera en función de que nunca flaqueó, nunca mostró debilidades con base en su convicción inamovible de que la razón estaba de su lado. Desde el punto de vista de la diplomacia, podría decirse que aquella primera confrontación con el gobernador y el rector y con los estudiantes de la llamada escuela nocturna marcó una pauta. Asimismo, otra de las razones del éxito que obtuvo la maestra Meyer en su apostolado neoleonés –difícilmente puede considerársele de otra forma– fue que predicó de la mejor manera posible en que puede hacerse: con el ejemplo. Su proyecto de reforma en la Facultad requirió de mucho trabajo por parte de todos los involucrados y nadie se entregó con mayor laboriosidad que ella misma.
Otro de los muchos apoyos que extendió el Banco de México fue que las autoridades de la institución dispusieron que la contabilidad de la Facultad fuera llevada bajo la figura de la comisión por el contador que prestaba sus servicios en la sucursal Monterrey del instituto central. Llegó un momento en que abrumado ese profesionista por el cansancio se acercó con la directora Meyer en busca posiblemente de un receso vacacional: “¡Estoy agotado!” Pero la maestra no se dejó impresionar y le contestó con gran frialdad: “Usted no puede estar cansado, en razón de que nunca ha trabajado en verdad. Aprenda a hacerlo y regrese inmediatamente a sus responsabilidades sin rezongar”. De manera paralela, la maestra Meyer tenía también perfectamente claro que el proyecto de excelencia que deseaba impulsar debía estar basado en la selectividad. De hecho, no puede haber empresa de excelencia en la vida, sea en el ramo que sea, sin filtros. La excelencia masiva nunca existe en el mundo. Así, otro de los episodios de gran tensión que tuvo que enfrentar me fue relatado por el egresado Cesar Rangel. Se tuvo así el caso de que un joven que había sido rechazado en el proceso de selección y era hijo de un profesor muy prestigiado de la Universidad y quien además ocupaba en ese momento una curul como diputado federal. Se desató así una campaña muy intensa para que ese solicitante fuera admitido. En su defensa la maestra Meyer acudió con los alumnos y les explicó: “No es justo que, si todos ustedes presentaron examen de admisión, alguien intente ingresar sólo por influencias… Estoy siendo presionada y me he opuesto, pero insisten. Yo vengo a enterarlos y a pedirles su apoyo. Si ese joven ingresa de esa manera yo ya no tengo nada que hacer aquí y me voy”. Y sus gestiones de apoyo tuvieron eco y aquel candidato no consiguió ingresar.[20]
La persona que quedara encargada de una reforma educativa tan exigente y tan inédita en México, tendría que ser de un perfil muy singular. Y así ocurrió efectivamente con la economista Consuelo Meyer. Lo primero que cabe destacar al respecto era el contraste entre su apariencia física, su complexión, y su muy grande fortaleza moral, intelectual y de voluntad. Uno de sus discípulos más devotos, Cesar Rangel, la recuerda “chiquita y menudita, de voz aflautada… pero con una entereza de acero”. La metáfora parece muy acertada pues en su encomienda solía combinar la firmeza con la flexibilidad y también con la paciencia. Una muestra inicial de flexibilidad la dio, ya se ha dicho, cuando enfrentó el problema de los normalistas del turno nocturno. También supo tener flexibilidad y paciencia con otros estudiantes, en razón de que sabía que su proyecto implicaba una suerte de cosecha o crianza que siempre requiere de un tiempo de maduración. Lo que nunca toleró fue el engaño, la flojera, el fraude académico. Otra de sus virtudes fue la de la visión prospectiva. De ahí en parte su capacidad de liderazgo en razón de que, como lo dijo el propio Rangel, los líderes son siempre visionarios: “todo lo prefiguró con gran precisión y claridad”. Y a su visión prospectiva habría que agregar su visión panorámica. Todos los aspectos de la marcha de la Facultad los tenía perfectamente identificados, a la totalidad de ellos les daba un seguimiento oportuno sin omisiones: cursos, maestros, alumnos, biblioteca, investigación, apoyos operativos y hasta personal de limpieza. “Era una estupenda administradora” recuerda Rangel. Y en ese despliegue de “cobertura integral” sobresalía el aspecto humano, en particular respecto de los estudiantes que eran el objeto de su especial ocupación y preocupación.[21]
La pregunta tiene sentido desde un punto de vista psicológico: ¿fue Consuelo Meyer con sus alumnos de la unl tan sólo una tutora exigente e implacable o una suerte de mamá educativa, protectora, encaminadora y siempre responsable de su buen camino? El tema tiene relevancia en función de la manera en que a lo largo de su gestión trató siempre el caso de sus alumnos –del valioso capital humano que estaban construyendo en su proyecto–, de la devoción excepcional que puso en esa línea de sus actividades y del hecho muy visible de que en lo personal nunca tuvo descendencia biológica. Según Cesar Rangel, la directora Meyer le daba un seguimiento completo, integral e individual, al desempeño de todos y cada uno de los estudiantes de la Facultad. Según el egresado Cesar Rangel, la maestra Meyer fue siempre con todos los compañeros una especie de “mamá vigilante y responsable… una tutora apasionada… una encargada total en el sentido humano y vivencial del término”. Si algún estudiante faltaba un solo día, al siguiente la maestra preocupada ya estaba preguntando la causa. Si el desempeño académico de algún otro compañero empezaba a decaer, inmediatamente buscaba reunirse con los padres, hacerles saber del hecho y sobre todo buscar soluciones. Sin embargo, si en última instancia el estudiante no salía de su bache el desenlace era inexorablemente la deserción, pero nunca un descenso acomodaticio de la calidad académica del programa. Y la maestra Meyer era una vigilante cuidadosísima; no había detalle que escapara a su ojo observador. En alguna ocasión hasta reconvino a uno de los alumnos “porque no se había cortado el pelo…”.
El perfil de la maestra Meyer, al menos mientras trabajó en el proyecto de la Facultad de Economía de la unl al que siempre consideró como “un alto ideal académico”, se completa con otras virtudes muy visibles que la distinguieron. Cesar Rangel evocó la congruencia absoluta que siempre mostró entre dichos y hechos y por tanto también su entrega total al proyecto: “ella trabajaba por amor, no por deber”. Respecto de laboriosidad, la propia maestra Meyer recordaba que en su época de Monterrey había trabajado “unas doce horas diarias. Me salí de mis casillas completamente: llegué a olvidarme hasta de mí”.[22] Se trató en efecto de una laboriosidad intensa y también continua que se caracterizó por una gran constancia y una disciplina personal absoluta. Y el panorama se completa con la importante faceta de la sensibilidad humana y social que siempre mostró la economista Meyer a lo largo de su aventura regiomontana. Estaba plenamente consciente de la excepcionalidad del proyecto que se quería implantar; por eso siempre buscó un relativo aislamiento y en cierto momento incluso hasta declinó el ofrecimiento para que se dotara a la Facultad de un edificio moderno en la ciudad universitaria. No le gustaba esa cercanía y temía que sus muchachos fueran contaminados por influencias extrañas o que se expusieran a tentaciones que los distrajeran de sus estudios. En alguna ocasión reprendió a unos compañeros de la primera generación al sorprenderlos merodeando a la hora de la salida frente a una escuela de muchachas. A ese asunto del edificio se refirió en su testimonio de 1993 al explicar que “en lo que había fallado deliberadamente había sido en tratar de proporcionar a la Facultad y al Centro de Investigación un local apropiado para su futura expansión”. Su propósito en tal sentido había sido el de “demostrar que una buena escuela universitaria no es la excelencia y amplitud del edificio que se ocupa…”.[23]
Y por último queda la interpretación de su partida, de su determinación firme e inmodificable de regresar a la capital para permitir que su proyecto, ya institucionalizado, siguiera desarrollándose bajo su propio impulso, aunque ya dirigido por otros, o sea sus sucesores.[24] ¿Por qué se fue Consuelo Meyer de la unl al concluir sus estudios la primera generación de la Facultad, aproximadamente a los seis años de iniciado el experimento? La explicación psicologista inmediata sugeriría que toda buena madre siempre permite que se rompa el cordón umbilical para que los hijos, ya libres de amarras, puedan emprender el vuelo propio. A un nivel más terrenal quizá esa determinación fue simplemente tomada por razones de humildad y convicciones. Es decir, porque en Consuelo Meyer nunca hubo el menor indicio de megalomanía o deseos de grandeza. Al respecto, Cesar Rangel y el resto de sus compañeros la recuerdan invariablemente como una persona que nunca fue “ambiciosa de poder y que buscara los reflectores y llenarse el pecho de medallas”. O tal vez en un nivel todavía más realista, simplemente la explicación puede estar en que Consuelo Meyer era una persona muy previsora y estricta en la planeación de su vida y en el cumplimiento de sus programas. Así, desde su arribo a Nuevo león había decidido el término que debería tener su encomienda y cuando el plazo transcurrió, con toda naturalidad y sin sentimentalismos, tranquilamente se marcó el momento de seguir adelante con los planes de desarrollo profesional y personal ya establecidos.
Consuelo Meyer no se formó la idea de la reforma educativa que debía aplicarse en la escuela de economía de la Universidad de Nuevo León a partir de intuiciones apriorísticas ni de consultas con otros expertos sino fundamentalmente con base en su experiencia personal. A este tema se refieren por supuesto Bolaños y Martínez en sus respectivos libros, pero de mucha mayor importancia son las explicaciones que brindó al respecto la propia maestra en su testimonio de 1993. El diagnóstico correspondiente se fincó en lo principal en sus experiencias y observaciones en la escuela de economía de la UNAM –en donde había cursado la carrera de economía además de asistir a otras clases en otras facultades– y también en sus experiencias posteriores en la London School of Economics y posteriormente en Santiago de Chile en donde estuvo comisionada por el Banco de México en calidad de docente. O para ser más precisos, la base de esa idea se formó en contraste y rechazo con lo que había vivido y observado en la UNAM y en deseo de emulación o reedición con lo que pudo constatar en Londres y en Chile, tanto en el Centro Interamericano de Enseñanza Estadística y Financiera (cieef) de la oea como en sus contactos con la Universidad de Chile y con la Universidad Católica. En opinión de la maestra Meyer, al haberse copiado en la Universidad de N.L. el modelo de la escuela de economía de la UNAM se habían recreado todas las condiciones “tan propicias a la holganza” y conducentes a la total “flojedad de las labores académicas con horario vespertino…”. La maestra Meyer había constatado en forma personal los defectos de ese modelo que además había visto reproducido en la escuela de Nuevo León. Tanto en su versión UNAM como en su reedición unl el modelo funcionaba “con un recargado plan de estudios cuyas numerosas materias eran impartidas por profesores contratados por hora”. En cuanto al alumnado, éste era excesivamente numeroso y los “alumnos eran admitidos sin más requisito que un promedio mínimo del ciclo preparatoriano…”. Ese marco de mediocridad se completaba “con una biblioteca pobre y mal atendida que apenas frecuentaban maestros y estudiantes…”. Y para empeorar aún más las cosas estaba el factor del sesgo doctrinal ya que todo lo anterior estaba enmarcado “en un ambiente dominado por una sola ideología, la marxista”. En el caso de la Universidad de Nuevo León el agravante era, ya se ha dicho, que ni un solo docente de los que impartían cátedra era economista de profesión.[25] Para el profesor Bolaños, en el caso de la escuela de economía de la unl al perfil inadecuado de los profesores “contratados por horas con sueldos muy bajos” para que impartieran un plan de estudios “anticuado” se aunó el problema de la disciplina, ya que salvo con algunas excepciones honrosas “los docentes no cumplían ni con la mitad de sus clases y alguna no se impartió en todo el año”.[26]
Detrás de toda esa crítica programática, institucional, operativa y doctrinal implícita en el diagnóstico de la maestra Meyer estaba también un lamento de orden personal. En su testimonio de 1993 recordaba que ella era egresada de la escuela de economía de la UNAM y señalaba que al empezar las clases se había sentido sorprendida y también desconcertada “por la laxitud de los estudios” que ahí se impartían. Y fue en ese contexto en que con perplejidad y en búsqueda de otros indicios vocacionales se había matriculado y tomado sucesivamente “cursos mucho más rigurosos en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, la Facultad de Filosofía y Letras y la Escuela Nacional de Antropología”. Por fin sucedió lo que podría haberse considerado inevitable dada la edad y la madurez de la persona y el ambiente de laxitud que prevalecía. Tal vez también emulando el ejemplo de otros condiscípulos Consuelo Meyer creyó ver una ventaja conveniente ya que el horario vespertino y nocturno y la muy baja exigencia en los estudios de la escuela de economía le permitirían simultáneamente tener un trabajo mientras cursaba y concluía su carrera profesional. De esa forma, al terminar el ciclo a la par de haber obtenido su licenciatura en economía habría acumulado experiencia laboral. Según la maestra Meyer, en el momento no alcanzó a comprender “todo el daño que me hizo no dedicarme de lleno al estudio, superando las escasas exigencias de la Escuela”. Aparte de la muy insuficiente formación profesional que obtendría, esa senda le causó nunca poder concluir sus estudios de licenciatura en razón de que “al presentar las materias del quinto año a título de suficiencia quedaron dos pendientes” cuando fue becada por el Banco de México para que estudiara en Inglaterra. Así, al partir para Londres durante el mes de agosto ya no pudo completar el año escolar en la unam.[27] Por todas esas vivencias fue que al regresar de Chile a México y enterarse del proyecto que le encomendaba don Rodrigo Gómez, “vio una gran oportunidad” y a la vez le entusiasmó la idea “no sólo de impartir cursos de economía en Monterrey, sino de aprovechar la coyuntura para contribuir a la formación de lo que podría ser una de las mejores escuelas de economía del país y aun del ámbito latinoamericano”.[28]
[1] Entrevista Cesar Rangel-Eduardo Turrent Díaz (ETD), abril de 2016.
[2] Daniel Cosío Villegas, Memorias, México, SEP y Joaquín Mortiz, Lecturas Mexicanas 55, 1986, p. 306.
[3] María Guadalupe Martínez, Pasión por un Proyecto. Historia de la Facultad de Economía, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2009, pp. 33-38.
[4] Ernesto Bolaños, Facultad de Economía UANL: Su Proyecto Educativo Origen, Evolución y Perspectivas, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2000, p. 8.
[5] Guadalupe Martínez, op. cit., p. 43.
[6] Ibid., p. 28.
[7] Bolaños, op. cit., p. 10.
[8] Banco de México, “Actas del Consejo de Administración”, libro 26, p. 49, acta 1962, 18 de abril de 1962; libro 24, p. 171, acta 1919, 21 de junio de 1961; libro 26, p. 9, acta 2060; libro 26, p. 63, acta 2095 y libro 26, p. 90, acta 2112.
[9] Enrique Krauze, Daniel Cosío Villegas. Una Biografía Intelectual, México, Tusquets, 2001, pp. 121-125.
[10] María Guadalupe Martínez, op. cit., pp. 17 y 15.
[11] Entrevista Ernesto Bolaños-ETD, abril de 2016.
[12] María Guadalupe Martínez, op. cit., pp. 35-36.
[13] María Guadalupe Martínez, op. cit., “Palabras de Consuelo Meyer a 35 años de su llegada a la Facultad”, pp. 33, 38 y 41.
[14] Banco de México, “Actas del Consejo de Administración”, Libro 24, p. 171, acta 1795, 4 de febrero de 1959.
[15] Ibid., Libro 23, p. 119, acta 1764, 2 de julio de 1964.
[16] Ibid., Libro 24, p. 119, acta 1888, 16 de noviembre de 1960.
[17] Ibid., Libro 26, p. 149, acta 2025, 3 de julio de 1963.
[18] Bolaños, op. cit., p. 6.
[19] Entrevista Cesar Rangel-ETD, abril de 2016.
[20] Ibid.
[21] Ibid.
[22] Paula Martínez Chapa, "Consuelo Meyer 1928-2010", Memoria Universitaria, enero de 2011, p. 4.
[23] María Guadalupe Martínez, Pasión por un Proyecto. Historia de la Facultad de Economía, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2009, p. 37.
[24] Paula Martínez, op. cit., p. 47.
[25] Martínez, op. cit., pp. 32-33.
[26] Bolaños, op. cit., p. 6.
[27] Paula Martínez, op. cit., p. 3.
[28] Ibid., pp. 33-34.