Tomo XI: Proyectos constructivos
III. Investigaciones industriales

 

6. Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas

 

Por motivos semejantes a los que en su momento impulsaron la creación del Departamento de Investigaciones Industriales, el Banco de México también mostró interés en promover las investigaciones aplicadas en ese campo. Sin embargo, nunca impulsó de manera directa esa actividad hasta que, como una rama de la unidad que encabezaba el ingeniero Gonzalo Robles, en el año 1950 se estableció el Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas. En paralelo, sobre todo durante la década de los cincuenta, el instituto central estuvo apoyando de manera indirecta esa forma de investigación mediante donativos y aportaciones a organismos y entidades que se habían establecido con esos fines. Ése fue el caso en particular de cinco entidades especializadas que en su momento adquirieron cierta prominencia: Instituto Nacional para la Investigación de los Recursos Minerales, Centro de Investigaciones Agrarias, Laboratorios Nacionales de Fomento Industrial, Centro Industrial de Productividad e Instituto Mexicano de Recursos Naturales Renovables. En algunos de los casos las cooperaciones correspondientes fueron otorgadas por acuerdo presidencial (Centro de Investigaciones Agrarias), en razón de que así había quedado establecido en alguna ley (Instituto Nacional para la Investigación de los Recursos Minerales), por instrucciones de la entidad cabeza de sector que era la Secretaría de Hacienda (Centro Nacional de Productividad) o por recomendación de alguna otra entidad pública preferentemente del sector financiero (tal como ocurrió con Nacional Financiera respecto de los Laboratorios Nacionales de Fomento Industrial que se constituyeron como una asociación civil). A manera de ejemplo, los apoyos del Banco de México en favor del Instituto Nacional para la Investigación de los Recursos Minerales tuvieron su fundamento en la Ley de Recursos Minerales de 1949 y en la Ley Orgánica de esa entidad que se expidió en enero de 1950. Por su parte, a pesar de que el Centro Industrial de Productividad era una entidad de origen privado pues había sido establecido por la Confederación de Cámaras Industriales, de cualquier manera recibió el respaldo de la Secretaría de Hacienda y por ese conducto también del Banco de México. Así, en abril de 1957 el Consejo de Administración del Banco recibió un oficio del subsecretario Rafael Mancera manifestando que por acuerdo de autoridades superiores la cooperación anual que el instituto central le había venido otorgando a esa entidad por 400 mil pesos debería elevarse a 600 mil pesos a fin “de responder al crecimiento de dicho organismo”.[1]

Por su parte, a pesar de que el Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas (IMIT) fue establecido en el año 1950, en el Consejo de Administración del Banco de México no se hizo referencia a dicho caso sino hasta seis años después, específicamente en el mes de junio de 1956.[2]

Posiblemente, Rodrigo Gómez tuvo boca de profeta cuando en ocasión de la transformación del IMIT en un fideicomiso planteó la posibilidad de que eventualmente ese organismo fuera convertido en el futuro en una asociación civil. Así ocurrió efectivamente, aunque oficialmente esa acción nunca fue puesta a consideración del Consejo del Banco de México. Sin embargo, en enero de 1961 dicho órgano colegiado conoció de un asunto relativo a esa institución que posiblemente ayude a explicar, aunque sea parcialmente, por qué fue transformado en asociación civil. Durante la etapa del IMIT como una rama del Departamento de Investigaciones Industriales y posiblemente también durante su fase como fideicomiso las patentes que había tramitado exitosamente el Instituto se habían otorgado a nombre del Banco de México en razón de que aquella entidad (sic.) “carecía de personalidad jurídica…”. Al parecer los problemas afloraron cuando los abogados del instituto central cayeron en la cuenta de que la explotación de esas patentes no era compatible con “las funciones del Banco según su Ley Orgánica”. El problema se resolvería, y ésa fue la propuesta concreta que presentó el director Gómez al Consejo, si las patentes en cuestión se traspasaban a título gratuito al patrimonio del IMIT mediando desde luego “la aprobación de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público”.

Pocos años después, el Consejo del Banco volvió a conocer y a resolver otro asunto relacionado con el patrimonio del IMIT. El asunto devino de que al integrarse el patrimonio de ese Instituto cuando fue convertido en fideicomiso en junio de 1956, por un error posiblemente administrativo no se había tomado en cuenta la totalidad de los terrenos en que se ubicaban sus edificios e instalaciones. Para subsanar esa falla, el director Gómez propuso al Consejo que le fuera cedida al IMIT esa superficie faltante de 3 mil metros cuadrados “a título gratuito”, mismos que deberían agregarse a los 2660 metros con que ya contaba ese instituto en su terreno original. Y para poder concretar esa cesión debería gestionarse un acuerdo presidencial cuyo trámite debería también ser aprobado por el Consejo del Banco. Y por las actas de las reuniones de ese órgano también fue posible saber de otro asunto de carácter administrativo que hubo que resolverse en favor del IMIT. El hecho derivó de que con el fin de que el IMIT estuviera en posibilidad de “atender los préstamos de largo plazo para su personal” ese instituto solicitaba al Banco de México un subsidio anual extraordinario por 126 mil pesos que debería adicionarse al de aproximadamente 2 millones de pesos que ya se le otorgaban a esa entidad desde 1956. La petición fue aprobada por el Consejo.[3]

La información sobre el establecimiento del IMIT y sus orígenes sería excesivamente escasa si no fuera por un importante documento que la empresa de investigaciones Armour Research Foundation, del Instituto Tecnológico de Illinois de Estados Unidos, publicó sobre las relaciones de trabajo que tuvo con esa entidad mexicana desde su establecimiento en 1950 hasta el año 1954. Se señala en esa publicación que el primer antecedente del proyecto que llevó a la creación del IMIT se remontaba al año de 1944 cuando el Banco de México a través de su Departamento de Investigaciones Industriales contrató a la Armour Research Foundation (ARF) para que llevara a cabo una auditoría tecnológica de una muestra seleccionada de industrias mexicanas. Aunque en buena medida esa auditoría respondió a una motivación coyuntural relacionada con las necesidades planteadas por la Segunda Guerra Mundial, uno de los temas que surgieron de ese ejercicio fue en relación con la carencia que existía en México de investigación tecnológica de carácter experimental. Así, una de las principales recomendaciones que se incorporaron en el informe correspondiente fue respecto de la conveniencia de que se instalara en México un laboratorio de investigaciones industriales aplicadas. Esto, en razón de las muchas áreas que se habían detectado en las cuales la investigación tecnológica podía ser clave para el establecimiento de nuevas industrias que se basaran en la explotación de los recursos naturales del país. La propuesta formal de la Armour para el establecimiento en el país de un laboratorio con esas características se presentó oficialmente al Banco de México en 1945.

Así, con la anuencia del instituto central, la Armour invitó en su momento a un grupo de funcionarios públicos de México, banqueros e industriales para que participaran en una conferencia que se celebró en Chicago, bajo el título de “Investigación Industrial en Acción”. En el programa para dicho evento se incluyó una visita a los laboratorios de la propia Armour en esa ciudad, a laboratorios de otras universidades y escuelas de estudios superiores especializadas en agricultura y a laboratorios de industrias privadas. La celebración de ese evento profundizó aún más en las autoridades del Banco de México la convicción de que se necesitaba montar en el país un esfuerzo de investigación en el sentido indicado. Así, la respuesta del banco central fue el establecimiento en 1947 de un pequeño laboratorio de investigaciones tecnológicas que se ubicó temporalmente en la calle de Mazatlán, en la colonia Roma del Distrito Federal. Esas instalaciones en que empezaron a trabajar algunos técnicos mexicanos con personal de la Armour Research pronto mostraron ser insuficientes y en 1949 el Banco de México decidió ofrecer a esas instalaciones una nueva sede en la Calzada de Legaria, colonia Irrigación, cerca de donde hoy se ubica la fábrica de billetes.[4]

Finalmente, el Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas fue establecido por el Banco de México de manera formal el 1º de junio de 1950 como una extensión o rama del Departamento de Investigaciones Industriales. Una expresión de la seriedad con la que se lanzó el proyecto fue la estructura organizacional con la que se le dotó y la cual se presentó en el formato de organigrama como apéndice en la publicación de la Armour Research Foundation ya citada. Se aprecia ahí que el organismo disponía de un órgano colegiado de gobierno que funcionaba con la asesoría de un auditor del Banco de México y un interventor de la Nacional Financiera y con el apoyo directo de un Comité Asesor. La operación ejecutiva del organismo estaba encargada al director general bajo cuya autoridad estaban cuatro departamentos que se encargaban de Relaciones Públicas, Proveeduría, Mantenimiento y una Oficina de Negocios. Por debajo de esa estructura permanente se pensó en una estructura transitoria que dependía de la Armour Research y cuya finalidad fue poner en funcionamiento al IMIT en lo que resultó ser un esfuerzo de capacitación inicial. A cargo de esa estructura operativa transitoria se ubicó al director tecnológico o director de laboratorios, puesto que se reservó para una persona que designase la ARF y que resultó ser el ingeniero Milton E. Nelson, subjefe del Departamento Internacional de ese organismo en su sede matriz en Chicago. Así, para el proyecto de despegue, que se extendió de 1950 hasta 1954, el ingeniero Nelson trabajó con el apoyo de un Comité de Seguimiento y seis oficinas con las siguientes encomiendas: Servicios Analíticos, Servicios Bibliográficos y de Patentes, Servicios Económicos, Servicios de Asesoría Externos, Servicios de Apoyo y Dibujo y Servicios de Archivo y Consulta. Y ya en el nivel puramente operativo estaban las unidades de investigación o laboratorios, a las que administrativamente se les llamaban secciones encargadas de las siguientes especialidades: Aceites y Grasas, Bioquímica Aplicada, Celulosa Pulpa y Papel, Taninos y Químicos Forestales, Carbón y Minerales e Investigaciones Diversas. Toda esa operación estaba orientada a generar una oferta en las siguientes nueve formas de productos: procesos y patentes, reportes técnicos, plantas piloto, servicios a industrias, reportes analíticos, productos de laboratorio, publicaciones, tesis y evaluaciones preliminares de proyectos de investigación.[5]

Previamente al IMIT no existían prácticamente en México experiencias anteriores en materia de investigación tecnológica. Habría sido al menos aventurado si no es que temerario poner en funcionamiento al organismo sin el apoyo de otras instituciones que ya habían logrado en dicha actividad un afianzamiento propio, experiencia de décadas y una sólida reputación. Así fue como se marcó el papel a cumplir por la Armour Research Foundation en el despegue del IMIT. Desde un principio se planteó que a la conclusión de esa fase de despegue la dirección de los trabajos de investigación encomendados al instituto pasaría formalmente “de la responsabilidad de la ARF a manos de científicos e ingenieros mexicanos”. Con lo anterior queda de relieve que la prioridad en esa fase de despegue tuvo que ver con la capacitación. Ello, a partir del “reconocimiento de que el principal factor en el establecimiento de una organización eficaz y sólida de investigación industrial es un personal competente de científicos e ingenieros entrenados en los fundamentos de la investigación aplicada y en su desarrollo”. Así, el objetivo inicial del IMIT fue lograr una sólida capacitación “del personal mexicano en las técnicas de la investigación industrial”. A continuación, la finalidad subsiguiente fue el establecimiento en esa organización de procedimientos eficaces de administración. Y como una meta complementaria se acordó que los procedimientos operativos de la ARF fueran introducidos en el IMIT adaptándolos a las condiciones locales. De esa forma, el objetivo ulterior del organismo –“la solución de problemas de interés nacional al igual que del interés de la industria privada”– quedaría atendido mediante el avance de varios proyectos de investigación que se habían seleccionado. Mediante el desarrollo de esos proyectos se iría capacitando sobre la marcha a los científicos e ingenieros del IMIT “en la metodología de la investigación aplicada a la vez que esos proyectos de investigación serían acercados a su solución final”.[6]

Otra manera de mirar el trabajo que realizó la Armour Research durante el despegue del IMIT fue en cuanto a los esfuerzos que se desplegaron para afianzar en la naciente entidad los principios básicos de la investigación industrial. De manera secuencial estos principios eran una planeación eficaz, la práctica del trabajo en equipo y la capacidad para informar de manera efectiva los resultados de los investigadores. En relación a la planeación, en la publicación de la Armour se explicó que el primer paso en el desarrollo de un proyecto de investigación era siempre una revisión a fondo de la literatura sobre el tema lo cual llevaba en ocasiones “a la solución del problema que se había planteado sin necesidad de investigación posterior”. Usualmente a partir de esa revisión exhaustiva de la bibliografía ya era posible formular un plan de investigación cuidadosamente estructurado con todos sus pasos. Lo que venía usualmente a continuación eran los ajustes o los acomodos del plan original que solían derivarse del propio desarrollo de la investigación. A este último respecto, la ARF previno que nunca debía confundirse el acomodo o la modulación de un proyecto de investigación con el surgimiento sobre la marcha de otro proyecto distinto que usualmente requeriría de su propio programa con objetivos específicos, quizá distintos a los del proyecto original. Sobre el trabajo en equipo, la ARF señaló que éste había sido el principal principio que se había tratado de inculcar en el IMIT en todas sus instancias de actividad y que, a juicio de esa entidad, felizmente se había arraigado en todas sus actividades y procedimientos. Y de manera complementaria, también hicieron las autoridades de la ARF mucho hincapié en la capacidad para informar con eficacia los resultados que se obtuvieran en la investigación. En ese respecto, “el informe es en algunas ocasiones el único producto de una investigación”. O visto desde otra perspectiva, “una pieza excelente de investigación tiene poco o nulo valor a menos de que sea reportada con todo pormenor a la entidad que la haya patrocinado”.

Como ya se ha dicho, de esos tres principios básicos de la investigación aplicada, en el caso del lanzamiento del IMIT la ARF puso un énfasis particular en el afianzamiento del trabajo en equipo y a ese tema se dedicó un capítulo completo en la publicación que ya se ha mencionado. El director de la ARF había apuntado al respecto que los avances logrados por la civilización durante los últimos tiempos habían sido conseguidos gracias a “grupos de científicos colaborando en investigaciones realizadas mediante el trabajo en equipo”. La razón para insistir en el trabajo en equipo era que en la modernidad muy pocos problemas de naturaleza técnica “caían en un único campo de estudio”. De ahí que fuera una realidad ver cómo “las ideas se fertilizaban de manera recíproca a través de los especialistas que trabajaban en los distintos ramos de la ciencia”. En el caso específico del IMIT, por la relativa juventud de esa organización la aplicación del concepto del trabajo en equipo había requerido de la participación de otras instituciones, tanto de origen nacional como internacional. Esto, en razón de la carencia por parte del IMIT de equipos de trabajo plenamente integrados y que además fueran totalmente complementarios entre sí dentro de la organización. Así, los apoyos externos habían sido de gran ayuda y en el orden interno hay que destacar los que brindaron la Oficina de Investigaciones Industriales del Banco de México y el Departamento de Promoción de Nacional Financiera. En el orden internacional, la ARF había sido en todo momento el principal promotor del trabajo en equipo aportando no únicamente información y asesoría en relación a los proyectos de investigación en marcha sino también criterios para la selección y organización de nuevos proyectos. En un caso particular, la llamada Misión Forestal establecida por la Organización sobre Agricultura y Alimentos de las Naciones Unidas, había sido de mucha ayuda para impulsar los proyectos de investigación que se habían montado sobre celulosa y taninos.

¿De qué manera habían colaborado al despegue del IMIT la Oficina de Investigaciones Industriales del Banco de México y el Departamento de Promoción de Nacional Financiera? Esta colaboración se había dado principalmente en lo relativo a los servicios económicos requeridos por los proyectos de investigación en proceso. Había dos dimensiones a considerar. Primero, en cuanto a los efectos económicos generales que eran de esperarse por la introducción en el mercado de un nuevo producto o insumo. Segundo, en lo relativo a los aspectos microeconómicos de un nuevo proceso productivo cuyo estudio se encargaba usualmente a un ingeniero economista. En el IMIT, la colaboración de los grupos de trabajo del Banco de México y de Nacional Financiera había sido de gran importancia para esas tareas. Además había una insinuación muy clara por parte de los asesores de la ARF en el sentido de que “era necesario hacer notar que una mayor coordinación con el IMIT por parte de los economistas de la Oficina de Investigaciones Industriales en cuanto a los aspectos económicos generales de los proyectos podría mejorar de manera importante la disponibilidad de información para su evaluación, especialmente durante las fases iniciales de los trabajos de investigación”. En el documento se puso también énfasis en la importancia que debía tener dentro de la operación del IMIT el Comité de Seguimiento. Sin embargo, se hacía ver al respecto que, aunque en la mayoría de los proyectos de investigación que se habían puesto en marcha el papel de patrocinador había sido cumplido por el Banco de México o por la Nacional Financiera, esas instituciones no habían tenido el cuidado de nombrar representantes para su participación activa dentro del Comité de Seguimiento. De esta forma, los patrocinadores habían perdido la oportunidad de tener voz y voto dentro de ese órgano colegiado. Pero toda vez que esas entidades eran de una naturaleza muy diferente a la de una “organización industrial” que pudiera beneficiarse de los proyectos de investigación en proceso, “industrialistas bien calificados e independientes del Banco de México y de Nacional Financiera deberían ser incorporados al Comité de Seguimiento para orientar la investigación en algunos proyectos”.[7]

Como debía ser natural, en el documento citado se puso un relieve particular en la colaboración que había aportado la propia ARF en el despegue del IMIT. Así, el IMIT no únicamente se había beneficiado del trabajo del funcionario designado para fungir como director de los laboratorios (Dr. Milton Nelson) sino también del resto de los recursos de esa institución aportados desde su matriz en la ciudad de Chicago, Estados Unidos. Un aspecto fundamental en ese sentido tuvo que ver con las visitas periódicas que realizaron al IMIT tanto funcionarios de elevado rango de la ARF como personal técnico. De esas visitas se derivaron muchas recomendaciones y consultas que permitieron que el personal situado en Chicago pudiera familiarizarse con lo que se estaba logrando en México en el IMIT. Pero esta expresión muy importante del trabajo en equipo no sólo se derivó de las visitas personales que se recibieron sino también de las consultas que en forma epistolar tuvieron una expresión continua. Los temas que se trataron en esas comunicaciones fueron de carácter muy variado: aspectos específicos sobre los proyectos de investigación en proceso, presupuestación de costos para las fases de esos proyectos para las cuales el IMIT carecía de los equipos e instalaciones indispensables, evaluación de las rutas de solución para los problemas que se presentaran en las investigaciones, diseño de equipos, adquisición de materiales e insumos no disponibles en México y notas sobre la literatura disponible de aspectos de interés para las investigaciones en marcha. Y por supuesto, en la base de todos esos contactos estaba la experiencia y los conocimientos del funcionario de la ARF a quien se había encomendado la dirección de los laboratorios.

En la publicación de consulta, un importante capítulo se dedicó a la enumeración de otros apoyos directos que la ARF había ofrecido al IMIT en su etapa de despegue. Entre ellos se contaron visitas importantes de técnicos y científicos del IMIT a las instalaciones de la ARF en Chicago. Además, en esas misiones con frecuencia estuvieron incluidos empleados del Banco de México. Y en el catálogo de esos apoyos se contó también con una asesoría directa que se brindó a los laboratorios de cerámica y celulosa mediante un amplio estudio sobre los recursos minerales de México a la vez de apoyos de investigación en relación a la industria pesquera, industrias agrícolas regionales, producción de seda, techos de lámina corrugada, análisis de insecticidas y otras colaboraciones semejantes. Un caso a destacar fue el del ingeniero químico Irving Canton del Departamento Internacional de la ARF quien fue designado por las autoridades de esa institución para hacer funciones de enlace entre los técnicos y directivos del IMIT y los diferentes departamentos de esa organización en su sede matriz. Así, cumpliendo de manera muy eficaz con su encomienda, el ingeniero Canton visitó en varias ocasiones las instalaciones del IMIT en la ciudad de México y puso mucho esfuerzo personal para conocer en forma directa los proyectos de investigación que se desarrollaban en el instituto. Los conocimientos del ingeniero Canton respecto de la estructura y las funciones de la ARF fueron de gran utilidad para establecer un contacto con los técnicos y científicos mejor capacitados a fin de atender eficazmente las consultas que se les presentaran desde México. Y todo ese trabajo fue realizado en forma paralela con las funciones y responsabilidades del director de los laboratorios en el IMIT, Milton Nelson.

También otro capítulo muy importante en la publicación se dedicó a uno de los aspectos más relevantes en el proyecto de colaboración que se desarrolló entre la ARF y el IMIT: la capacitación del personal del instituto en materia de investigación industrial aplicada, “campo de actividad prácticamente desconocido en México” antes del establecimiento de esa organización. De ahí el interés creciente del Banco de México para ofrecer a algunos elementos jóvenes del IMIT la posibilidad “de especializarse en ciertos campos de la industria a través de apoyos para viajes de trabajo en el extranjero”. Y desde el establecimiento del Instituto esos apoyos se habían también otorgado para tomar cursos o cumplir estancias de especialización en laboratorios o universidades de los Estados Unidos. Asimismo, el programa también incluyó subsidios para visitar fábricas, laboratorios de investigación y proyectos piloto en el extranjero.

Pero desde luego, la forma más importante de capacitación fue la que se ofrecía mediante los propios proyectos de investigación que se ponían en ejecución en el IMIT. En el documento citado se explica que en el momento del establecimiento del IMIT en 1950, la institución únicamente contaba entre su personal con siete técnicos especializados en investigación, principalmente científicos e ingenieros. Así, todos los años nuevos equipos y personal se fueron agregando a la organización hasta que en 1954 el personal técnico del instituto había llegado a 23 investigadores. De ese universo, seis técnicos contaban ya con un mínimo de 6 años de experiencia en investigación y a ellos se había encargado la dirección de un número igual de áreas de investigación en el IMIT: Grasas, Aceites y Ceras; Bioquímica Aplicada; Celulosa, Pulpa y Papel; Taninos y Químicos Forestales; Minerales y Carbón e Investigaciones Diversas. Aunque el crecimiento del personal técnico del IMIT no había resultado “espectacular”, la política aplicada había sido que la expansión se llevara a cabo “de acuerdo con los requerimientos crecientes de los proyectos de investigación, pero sin poner presiones excesivas sobre el presupuesto del Instituto”.

Una entidad como el IMIT no tenía precedentes en el país y en su momento el Banco de México decidió apoyarlo con toda la generosidad posible, aunque siempre dentro de las lIMITaciones que imponen inexorablemente las restricciones presupuestales. En cuanto a la sede del instituto, una gran novedad fue que todos los edificios fueron diseñados y construidos con la idea específica de albergar laboratorios de investigación industrial aplicada. Como ya se ha mencionado, hacia el año 1954 ya eran seis los laboratorios con que contaba el instituto además de un edificio adicional en donde quedó ubicado el taller de mecánica y carpintería además del comedor para el personal. Otra noticia que podía ser alentadora era que en estructuras temporales construidas afuera de los edificios estaban en proceso de instalación algunas plantas piloto. Éstas se habían instalado a manera de apoyo para algunos de los proyectos de investigación que se habían emprendido. Sin embargo, la ARF señalaba premonitoriamente respecto de la cuestión inmobiliaria: “la expansión del espacio de laboratorio dentro de las instalaciones actuales del IMIT ha llegado prácticamente a su límite” aunque sin duda más actividades podrían incluirse “sin mayores dificultades dentro de las instalaciones con las que se cuenta”.

Y en paralelo con el espacio inmobiliario estuvo también el tema del equipamiento de los laboratorios, campo en el cual se habían logrado, dentro de las ineludibles restricciones presupuestales, avances considerables de montaje. La adquisición de equipos se había llevado a cabo con la idea de darle prioridad a las máquinas versátiles que pudieran ser utilizadas por todos los laboratorios y así evitar duplicaciones innecesarias. Todo ello, con la intención de que los equipos más costosos pudieran ser usados de manera compartida en todos los proyectos y por todos los laboratorios. En cuanto a los equipos más especializados la ARF se permitió comentar lo siguiente: “Es muy conocido que los equipos unitarios para operaciones e instalaciones son de muy alto costo. En esa forma, la adquisición de esos equipos para satisfacer las necesidades de los proyectos de investigación ha planteado mayores dificultades que el mero equipamiento de los laboratorios. Éste es un tema pendiente de resolución para el cual debe buscarse en el IMIT alguna fórmula funcional”.

¿Cómo se obtuvieron los equipos para los laboratorios del IMIT? Muchos de ellos se adquirieron en forma directa en el mercado tal vez con alguna asesoría por parte de la Armour Research, de los técnicos de Investigaciones Industriales o de alguna otra unidad operativa del Banco de México. En otros casos, indudablemente de mucho interés, los equipos de laboratorio fueron aportados directamente por los fabricantes en forma gratuita o a un costo muy bajo para el instituto. Un ejemplo ilustrativo fue el de los equipos para el laboratorio de minerales y carbón que fueron aportados por la empresa Sandy Hill and Brass Works. Asimismo, otros laboratorios del IMIT también se beneficiaron por donaciones como las aportadas por la empresa South West Engineering Company, De Laval Company y “un filtro de vacío vendido al instituto a un costo muy bajo por la empresa Eimco”. Y después de esa exposición, venían unos pasajes de naturaleza propositiva en los cuales la ARF sugería al IMIT seguir otra senda de carácter principalmente proactivo para hacerse de más y mejores equipos. Ese procedimiento implicaría ofrecer servicios de asesoría a industrias del país para verificar el funcionamiento de sus equipos en las condiciones típicas de operación. De esta forma, los trabajos del IMIT podrían ser de ayuda tanto para las industrias como para los fabricantes de equipos y así al instituto se le facilitaría poder recibir en compensación equipos de una manera más económica. De ahí también la conveniencia de involucrar al IMIT y al Banco de México en labores más intensivas de promoción para sus servicios. En opinión de la ARF, si el IMIT pudiera desplegar mayores esfuerzos en el sentido indicado podría hacerse de más equipos y experiencia operativa a la vez de atraer a nuevos patrocinadores que pudieran apoyar sus actividades.

Toda vez que en los planes del IMIT estaba desde un principio la posibilidad de convocar a otros patrocinadores de proyectos en adición al Banco de México y a Nacional Financiera, al tema de las Actividades Promocionales se le otorgó una importancia especial en el documento que se cita. Los retos a superar eran ciertamente inmensos en este ámbito. El principal objetivo a alcanzar sería el de desarrollar en la mente de los industrialistas mexicanos y de los principales funcionarios de las industrias una cultura de valoración de la investigación. Según la ARF, en el funcionamiento operativo de las industrias constantemente surgen problemas con los insumos y las materias primas, con los procesos productivos o con la propia producción. Las personas que se encontraban a la cabeza de las industrias debían tomar conciencia que en numerosas ocasiones los problemas podían solucionarse mediante la investigación o tal vez sin ella la solución podía tornarse mucho más difícil y costosa. Así, cuando esa cultura se encontrara ampliamente difundida, los patrocinadores o la clientela para las actividades del IMIT se volverían un universo mucho más amplio y por esa vía podría empezarse a romper el círculo de las restricciones presupuestales que tanto lIMITaban el desarrollo de la entidad. En ese sentido, para la ARF una tarea de promoción muy importante podía ser un programa de publicaciones de las investigaciones técnicas que se realizaran en los laboratorios. “Al momento de llegar a las manos de partes interesadas, esas publicaciones podrían llevar al establecimiento de proyectos de investigación con la participación del Instituto”. Adicionalmente, también se planteó el lanzamiento de una campaña de relaciones públicas por parte del IMIT encaminada a captar patrocinadores. “Y cada contacto debe estar planificado con pormenor y estar impulsado con un cuidadoso seguimiento. En Estados Unidos ya se estaban utilizando estrategias de mercadotecnia con la finalidad de captar patrocinadores para los proyectos de investigación”.[8]

Así, un ejemplo ilustrativo de los esfuerzos de promoción que se emprendieron en favor del IMIT obra en la actualidad en la Biblioteca del Banco de México. Se trata de una especie de gran folleto con el formato de libro integrado con 28 fotografías amplias y prácticamente sin ningún texto. Teniendo como primera imagen en la portada una gran fotografía de la fachada del edificio cuyos muros lucen el anuncio “Banco de México, S.A. Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas”, la única información digna de evocar en esa publicación es la maqueta que se presenta en la última página con la lista de sus instalaciones y su respectiva ubicación. Curiosamente, en esa maqueta la planta avícola con sus secciones de criaderos, desarrollo y pastura, colinda al oriente con una cancha de beisbol y al norte con un campo de golf, seguramente en el formato de driving range.[9]

La vocación del IMIT era en su esencia desarrollar proyectos de investigación. Durante el periodo 1950-1954 el Instituto trabajó en 130 de ellos establecidos formalmente. Independientemente de la magnitud e importancia de cada uno de ellos, “en todos los casos el énfasis se puso en aquellas actividades capaces de tener un impacto sobre el desarrollo industrial del país”. Así, en la medida en que los proyectos que se llevaron a cabo se diferenciaron entre sí en magnitud, también hubo diferencias en cuanto al monto de los recursos que absorbieron y en relación al tiempo que llevó su realización. Los que se demoraron mayormente en el tiempo, fue debido a la falta de facilidades adecuadas en personal y equipo tanto en el orden de unidades productivas como en cuanto a investigación en plantas piloto. En cuanto a los proyectos que ya se encontraban en proceso antes del establecimiento del Instituto, su continuación se llevó a cabo de manera conjunta por el personal del organismo y el de la Armour Research.

Entre los proyectos de mayor envergadura e importancia llevados a cabo por el IMIT de 1950 a 1954 los más importantes fueron los siguientes: Harina de maíz; Estabilización y enriquecimiento de la harina de maíz; Carbón y combustibles oriundos; Aceites vegetales; Cera de henequén; Taninos; Industrialización de los productos del garbanzo; Desfibración del cascalote y Estudios sobre la celulosa además de otros proyectos de menor trascendencia. En cuanto a estos últimos, “muchos proyectos pequeños podrían haber sido de atractivo para los productores, inversionistas y propietarios de empresas pequeñas, importadores, etc. “Cada día –se dijo en la publicación de la ARF– el IMIT está siendo más y más útil en estas actividades”. Una comprobación al menos preliminar de la pertinencia del IMIT fueron las 17 solicitudes de patente que entraron a trámite durante su etapa de despegue y de las cuales hacia 1959 ya se habían obtenido seis y el resto se encontraba en proceso.[10]

Asimismo, algunas palabras deben decirse respecto del detonante de los proyectos de investigación, tema en el cual revestía una importancia prioritaria la cuestión de la idea inicial para su realización. En el caso crucial de la identificación de algunos problemas a estudiar, la Auditoría Tecnológica de Empresas Mexicanas Seleccionadas de 1945 fue un punto clave de partida. Posteriormente, algunos otros temas de interés nacional fueron propuestos al IMIT y en muchas ocasiones patrocinados por el Banco de México y también por Nacional Financiera. En la construcción del IMIT estaba previsto que con el paso del tiempo fueran en su mayoría las empresas privadas las que principalmente vinieran a proponer los temas de investigación a desarrollar. Sin embargo, mientras eso se alcanzaba era claro que el IMIT tendría que depender del Banco de México y de la Nacional Financiera en la forma de “proyectos de investigación industrial de interés nacional”. Las investigaciones que se realizaron sobre insumos y materias primas fueron usualmente propuestas por el Banco de México y Nacional Financiera y fueron en su mayor parte realizadas por los técnicos del IMIT o de la ARF. En lo relativo al estudio del contexto económico general para los proyectos el IMIT recibió los máximos apoyos posibles del Banco de México y de Nacional Financiera. Lo mismo ocurrió para las fases de laboratorio para la evaluación de los insumos y materias primas al igual que en cuanto a la preparación de los diagramas de balance de flujo para cada proyecto. Asimismo, la intervención del Banco de México y también de Nacional Financiera resultó clave para muchos proyectos en lo relativo a la fase de planta piloto. Ello, en razón de que con frecuencia esa etapa requirió de la adquisición de equipo de elevado costo lo cual ponía presiones excesivas sobre el presupuesto institucional. En consecuencia, “el elevado precio de algunos equipos llevó en ocasiones a que el Banco de México y Nacional Financiera tuvieran dudas sobre la inversión de equipos costosos para plantas piloto…”. El problema se enfrentó parcialmente, ya se ha visto, mediante la adquisición de equipos versátiles que pudieran utilizarse en diversos proyectos.

No parece haber duda de que por lo menos hasta la década de los años setenta las autoridades del país veían con buenos ojos la existencia del IMIT y consideraban útiles las tareas que tenía encomendadas ese organismo. Al parecer en lo que hubo inseguridades y desacuerdos fue respecto de la personalidad jurídica idónea que debería de tener. Por desgracia no subsiste en los archivos históricos del Banco de México el contrato por el cual el IMIT fue transformado en fideicomiso en el año de 1958 y por lo tanto tampoco se conocen las razones de fondo por las cuales se llevó a cabo esa acción legal. En un oficio que se envió del IMIT a la Oficina de Control de Operaciones del Banco de México en 1980 se explicó lacónicamente que la transformación de esa entidad en fideicomiso había respondido a la conveniencia de formalizar el apoyo que venían dando al IMIT Nacional Financiera y el Bancomext en paralelo al Banco de México. Posteriormente, en el acta constitutiva que se suscribió para transformar al IMIT en asociación civil se explicó que el fideicomiso mencionado se había creado para “impulsar las actividades del aludido instituto…”. En ese documento también se especificó que el fideicomiso mencionado había tenido características muy especiales pues si bien en su formación los fideicomitentes habían sido concurrentemente Nafinsa, Bancomext y el Banco de México éste también había cumplido en el instrumento el papel de fiduciario y a él se había encomendado “la dirección técnica y administrativa del IMIT”.[11]

Ya en el año 1960, cuando el IMIT fue convertido en asociación civil sin fines de lucro, se especificó en el acta constitutiva correspondiente que ese paso se había acordado con el fin de reorganizar a esa entidad “para darle vida jurídica propia… con las tres instituciones nacionales de crédito como propietarias”. En esa acta constitutiva también se señaló que la nueva asociación civil tendría “por objeto continuar la dirección técnica y administrativa del IMIT” cuya encomienda fundamental seguiría siendo “efectuar investigaciones y estudios en relación con el mejor desarrollo de las actividades industriales del país”. La máxima autoridad en el Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas A.C. sería la Asamblea General que debería reunirse por lo menos una vez al año y la cual tendría premonitoriamente entre sus facultades decidir la disolución de la entidad en caso de que así se considerara necesario. Por su parte, el órgano ejecutivo supremo sería el Consejo Directivo que estaría integrado por tres representantes de los asociados fundadores además de otros consejeros invitados y bajo cuya jurisdicción quedaría el director general del organismo.[12]

Tal vez el IMIT vivió sus épocas más felices durante la década de los setenta. Un momento clave fue cuando en 1976 se firmó un convenio entre el organismo, el Banco de México y el Gobierno Federal para que este último aportara al presupuesto institucional fondos adicionales para el impulso de industrias “preferentemente medianas y pequeñas”. Esta finalidad se perseguiría mediante “un programa de apoyo para la realización de estudios que identifiquen… proyectos relativos a la creación, ampliación o restructuración” de unidades industriales que se consideren benéficas para la economía nacional. Pero un augurio no muy favorable para el IMIT apareció en el horizonte a principios de 1991. En el archivo histórico del Banco de México obra un oficio de la Secretaría de Programación y Presupuesto por el cual se informaba al IMIT de la decisión que había tomado la Comisión Intersecretarial de Gasto Financiamiento sobre la aprobación que se había otorgado a la solicitud del Banco de México para el retiro de su participación en esa asociación civil y la cual debería venir acompañada por la decisión de que ese organismo dejara de ser considerado como entidad paraestatal. Se trataba nada más ni nada menos que de los pasos básicos para que pudiera procederse a la disolución y liquidación definitivas del IMIT. La decisión quedó confirmada en la sesión de la Asamblea General que tuvo verificativo el 20 de mayo de 1992.

En el orden del día para esa asamblea se especificó como primer punto a tratar la disolución y liquidación de la asociación civil IMIT lo cual estaría condicionado a que esa entidad quedara previamente desincorporada del sector paraestatal. Pero lo más importante e interesante en el acta correspondiente fueron las razones que se expusieron para que se determinara esa decisión tan drástica. La primera de esas razones es que a lo largo de su existencia el IMIT “no había podido obtener una autosuficiencia económica” y por tanto había requerido que los accionistas hicieran aportaciones extraordinarias además del Gobierno Federal. En adición a lo anterior también se expresó que en esas fechas ya existían en México otras organizaciones tanto públicas como privadas con la capacidad y los medios para cumplir de manera eficaz y dinámica con los fines que se le habían asignado al IMIT. De ahí que fuera conveniente haber acordado su disolución y liquidación. En el segundo punto del orden del día se mencionó que también debería aprobarse que se devolvieran al Banco de México todos los inmuebles que se encontraban en el patrimonio de IMIT. Ello, “en cumplimiento de lo establecido en los Estatutos de la asociación” pero también como reconocimiento al hecho de que esos bienes habían sido aportados desde un principio al proyecto por el banco central.[13]


[1] Banco de México, “Actas del Consejo de Administración”, Libro 22, pp. 21, 23-24 y 65, actas 1587, 1588 y 1612, 9 de febrero de 1955, 16 de febrero de 1955 y 3 de agosto de 1955; Libro 23, pp. 28, acta 1702, 24 de abril de 1957 y Libro 24, pp. 2-4, acta 1815, 24 de junio de 1958.

[2] Ibid., Libro 22, pp. 155-156, acta 1657, 13 de junio de 1956.

[3] Ibid., Libro 25, pp 15 y 166, acta 1942, 21 de noviembre de 1961 y acta 2036, 18 de septiembre de 1963 y Libro 26, p. 18, acta 2066, 15 de abril de 1964.

[4] Armour Research Foundation, Direction of the Laboratories of the Instituto Mexicano de Investigaciones Tecnológicas, Final Report, 3 de noviembre de 1954, pp. vi y 2-3.

[5] Armour, op. cit., p. 3 y apéndice.

[6] Ibid., pp. 1, 3 y 5.

[7] Ibid., p. 12.

[8] Ibid., pp. 35 y 37-38.

[9] IMIT, México, (s.e.), (s.f.).

[10] Ibid., pp. 53-54.

[11] Oficio del IMIT a la Oficina de Control de Operaciones y Crédito del Banco de México, Atención C.P. Mario Hernández, 29 de septiembre de 1980, en AHBM.

[12] Acta Constitutiva del Instituto Nacional de Investigaciones Tecnológicas A.C., Cláusulas primera, segunda y cuarta en AHBM.

[13] IMIT, Acta de la sesión de Asamblea General del 20 de mayo de 1992, en AHBM.

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