Franz Gabriel Mayer Traumann Altschuhl nació en septiembre de 1882 en la ciudad alemana de Mannheim. Proveniente de una familia de condición económica muy acomodada, decidió a pesar de todo salir de su país a la temprana edad de 19 años. El primer destino del joven emigrante fue Londres en donde empezó a trabajar en el conocido banco de inversión, Merrill Lynch, decidiendo al poco tiempo mudar su residencia a Nueva York en el año 1903. En la urbe de hierro Mayer siguió trabajando para la sucursal de Merrill Lynch en esa ciudad y fue entonces cuando afloró en él un interés por visitar México, tierra en donde existían condiciones favorables para los inversionistas extranjeros. Habiendo desembocado en Veracruz en el año 1905, el nuevo inmigrante llegó a la Ciudad de México en pleno auge porfirista (faltaba aproximadamente un lustro para el inicio de la Revolución). Las capacidades de ese financiero fueron pronto reconocidas en México y con el paso de los años logró formar su propia correduría que se denominó Crédito Bursátil. Y en paralelo con su creciente prestigio como inversionista, pronto sus actividades profesionales empezaron a redituarle beneficios importantes.
¿Qué hacer con las muy generosas ganancias que le redituaban a Franz Mayer sus actividades de inversionista financiero? Nació así en ese inmigrante de origen judío alemán una pasión paralela a la de los negocios bursátiles: la adquisición de objetos artísticos que después de varias décadas terminó en la formación de una colección muy grande y también muy valiosa. Coleccionar arte fue para Franz Mayer casi un impulso vivencial. Según la señora Hanna Behrens, también coleccionista y gran conocedora de los objetos artísticos, “el gusto por coleccionar piezas artísticas no se adquiere, se nace con él”. Y en el caso de Franz Mayer, haya sido por nacimiento o por adopción, lo cierto es que su inclinación por coleccionar objetos de arte llegó a niveles de excelencia pocas veces vistos en México o en otras latitudes. En Franz Mayer el coleccionismo fue algo más que una afición, fue un ritual, un ejercicio intelectual y una forma de interpretar la vida. Con ese resorte en la conciencia, se adentró, dueño de una perseverancia extraordinaria, en la práctica de leer con avidez sobre las materias artísticas. Y esas lecturas fueron el fundamento para las compras de objetos en que se involucró con gran persistencia.
Así, durante su muy productiva y prolongada vida, Franz Mayer compró mucho arte y por lo general compró con acierto. Se apoyó para esa tarea tanto en las informaciones que recababa como en las referencias que obtenía a través de sus muchos contactos con expertos, estudiosos e intermediarios de objetos. Si a ello se agrega el gran amor que desarrolló por México, el arte mexicano y la campiña del país, se obtiene una visión todavía más exacta de aquel inmigrante europeo que decidió invertir sus cuantiosos ahorros en la integración de una muy vasta colección que llegó a contar con más de 10 mil piezas sin incluir los objetos de talavera que también se integraron al rico acervo. Pero los acervos que formó en vida Franz Mayer no sólo sobresalen por la calidad de las obras sino también por su diversidad. Y a las colecciones que formó de plata, cerámica, muebles, pinturas, esculturas y textiles cabe agregar las fotografías y los libros que acumuló. En particular, Mayer siempre consideró a su biblioteca como una parte muy importante de la colección que integró.
Según todos los indicios, la incursión inicial de Franz Mayer en el coleccionismo fue la fotografía. Desde su llegada a México tomó en costumbre recorrer el país de costa a costa y frontera a frontera capturando con su cámara paisajes asombrosos, personas que encontraba en el camino y los objetos de arte que le despertaban interés. Así, el repositorio de instantáneas que logró acumular sumaba al crearse el museo casi tres mil piezas en las que quedó plasmado el amor de “don Pancho” por su país de adopción. Tanta fue la identificación de ese inmigrante con México que en diciembre de 1933 decidió obtener su ciudadanía mexicana. Por su parte, se cuenta con noticas de que Franz Mayer empezó a coleccionar objetos de arte hacia finales de la década de los veinte. Y con el tiempo, su gusto de coleccionista encontró una directriz muy original hacia las artes aplicadas: todo lo que compraba había funcionado y además servía para ornamentar su casa. Así, en razón de la gran cantidad de objetos artísticos que reunió en su residencia, ubicada sobre Paseo de la Reforma en las Lomas de Chapultepec, se vio en un momento en la necesidad de agrandar la construcción para acondicionar las salas al albergue de las obras de la colección.
El coleccionismo de objetos de arte es una práctica antigua en la cultura occidental. El tema se ha abordado desde perspectivas distintas: con base en la psicología para descubrir los resortes profundos de esa inclinación hasta por supuesto el punto de vista de la historia. Lo que cabe destacar aquí del proceso histórico del coleccionismo es que primeramente emperadores, reyes, caballeros y comerciantes acaudalados conformaron los acervos y posteriormente ese fenómeno de acumulación dio lugar al surgimiento histórico de los museos para exhibir las obras de arte. En el pasado remoto las grandes civilizaciones empezaron a formar colecciones “y en el final de la antigüedad los latinos crean el museum (de monseion, templo dedicado a las musas) como el sitio donde se reúnen los signos de un pasado que admiran”.[1] Implícitamente, a ese proceso se apegó con pasión Franz Mayer, según la perspicaz interpretación de Guillermo Tovar y de Teresa: “Franz Mayer viviría noventa y tres años y los últimos de su vida los dedicaría a pensar en el destino de su colección, inspirando en el Victoria and Albert Museum en Londres, la colección Gubelkian en Lisboa y la de Lázaro Galdiano, pero especialmente en la Hispanic Society of America y en otras instituciones herederas de colecciones importantes en países donde la herencia de un patrimonio cultural no procedía de las vastas colecciones regias y palaciegas y ni siquiera de los acervos eclesiásticos”. Tal fue el caso estadounidense y la singularidad del caso mexicano, en donde todo lo procedente de las llamadas ‘manos muertas’ fue devastado y destruido en beneficio de nadie como se puede documentar ampliamente. Por eso, desde 1962 realizaría con el Banco de México el Fideicomiso Cultural Franz Mayer”.[2]
En el muy interesante y bien informado texto que el experto en arte y arquitectura Guillermo Tovar y de Teresa escribió sobre Franz Mayer y su colección de arte, ese cronista nos ilustra sobre el universo de personas, dentro y fuera de México, con las cuales el coleccionista mantuvo una relación de amistad o de negocios.[3] Quizás el más sobresaliente heredero de una generosa tradición de coleccionismo mexicano que floreció en el siglo XIX e incluso antes, Franz Mayer mantuvo sobre todo contacto con su colegas coleccionistas entre quienes sobresalen las figuras de Ted Behrens y Salomón Hale. Además de esos amigos, también extranjeros, Mayer se relacionó con Romero de Terreros –famoso coleccionista numismático–, Rafael García Granados, Francisco Pérez Salazar, la familia Bello de Puebla –todos coleccionistas de arte célebres– y Genaro Estrada y Manuel Toussaint –entre los historiadores y expertos en arte que frecuentó asimismo con asiduidad. También cultivó Franz Mayer importantes vínculos con anticuarios y comerciantes como Paul Gendrop en Oaxaca, Salas y Navalón en la calle de Donceles y el importante caso de Salvador Miranda, “más parisino que mexicano, bizantinista inédito en México pero muy conocido entre los grandes expertos de Europa y Oriente”. Es una lástima que en esa red de contactos de Mayer, el cronista no haya ubicado a Diego Rivera. Ese nexo habría sido una de las claves para explicarse no sólo por qué el coleccionista decidió crear un museo sino también por qué la fórmula utilizada fuera la figura del fideicomiso y que el Banco de México resultara el fiduciario.
Un antecedente importante en la vida de Franz Mayer fue su matrimonio con María Antonieta de la Macorra, hija de un destacado empresario propietario de la fábrica Papelera de San Rafael. Con su esposa, mucho más joven que él, Mayer viajaba con frecuencia a Europa impulsado por dos motivos. Por un lado, conseguir en el viejo continente piezas de arte para enriquecer su importante colección; por otro, buscar remedios médicos para el tratamiento de María Antonieta afectada de algún mal crónico muy agresivo. Desafortunadamente el remedio nunca llegó y después de algunos años Franz Mayer quedó viudo de manera prematura. No procrearon hijos y el coleccionista nunca más volvió a casarse. “Don Pancho”, como familiarmente empezó a conocérsele en México, continuó viajando solo ya sea a Europa o a otros destinos con interés artístico e histórico como Egipto, Bolivia y Perú. Lo importante para el arte es que a raíz del fallecimiento de su esposa se adentró aun con mayor profundidad en el corazón de Mayer su inclinación por el coleccionismo de piezas artísticas y años después, sin descendencia, le sería más fácil tomar la decisión de donar el rico acervo acumulado para la creación de un museo. Los amigos de Franz Mayer siempre recordaron una de sus frases favoritas: “Hice mi fortuna en México y aquí la dejaré para beneficio de todos”.
Es probable que Franz Mayer haya conocido al pintor Diego Rivera y también a don Isidro Fabela, y que incluso haya establecido con ellos una relación fructífera. Los tres eran personajes sobresalientes en la pequeña sociedad que se fue formando en la Ciudad de México después de la Revolución. Si ése fue el caso, es perfectamente sostenible la hipótesis clave en este capítulo, de que primeramente la decisión del pintor respecto de los museos de Frida y Anahuacalli y después de don Isidro Fabela para su Centro Cultural hayan sido determinantes para una decisión semejante que también tomó posteriormente el coleccionista Frank Mayer. Sin embargo, aparte de ese paralelismo evidente hubo entre los casos de Diego y de don Franz diferencias grandes. Una de ellas, ya mencionada, de que mientras este último no tuvo hijos ése no fue el caso de Diego, que procreó con su primera esposa, Lupe Marín, a Guadalupe y a Ruth Rivera Marín. Viudo desde hacía décadas, Franz Mayer pudo tomar decisiones sobre su patrimonio personal y posteriormente de tipo sucesorio, sin resentir presiones de origen familiar. Si este último fue el caso o no de Diego Rivera no es éste el lugar para ventilarlo, pero por lo menos el asunto puede quedar abierto a debate.
Siguiendo con las diferencias que hubo en el momento de la fundación y posteriormente entre los museos que crearon Diego Rivera y don Isidro Fabela y el que estableció Franz Mayer, una muy grande tuvo que ver con la sede discurrida para esas instituciones culturales. En tanto que Diego dejó ese tema perfectamente resuelto disponiendo que el domicilio para ambos museos fuese, respectivamente, la casa de Frida Kahlo y el edificio Anahuacalli con sus terrenos colindantes, ese asunto no parece ni siquiera habérselo planteado Franz Mayer. De ahí que el museo correspondiente no abriera sus puertas sino hasta muchos años después a la creación del fideicomiso. Lo que sí no dejó sin solución Mayer fue la cuestión de un fondo líquido con cuyo usufructo pudiera sostenerse el museo que había dispuesto establecer para albergar su colección. La otra faceta relevante a destacar es la conformación definitiva del acervo del museo. A pesar de lo que podría suponerse, éste no fue un asunto que se resolviera en el primer contrato de fideicomiso que suscribiera Franz Mayer con el Banco de México en diciembre de 1962, ni tampoco en las tres modificaciones sucesivas de 1967, 1971 y 1973.
Sorpresivamente, esas tres modificaciones que acordó Franz Mayer para el contrato original tuvieron que ver principalmente con cuestiones relativas al Comité Técnico del Fideicomiso (Patronato) y no con la constitución definitiva del patrimonio fideicomitido. Cabe adelantar que esto último se decidió de manera testamentaria una vez que falleció el célebre coleccionista. La primera modificación al contrato respondió a la intención, un tanto modesta por parte del fideicomitente, de cambiar la integración original del Comité Técnico del museo. Cabe destacar que entre los 15 consejeros designados, exactamente cinco –o sea, el 33.3 por ciento– eran personas que tenían que ver directa o indirectamente con el Banco de México. Sobresalían en ese recuento el director general de la institución, Rodrigo Gómez, su segundo de a bordo, Ernesto Fernández Hurtado, y también el abogado Plácido García Reynoso. En ese elenco destacaban también Manuel Sánchez Cuén, consejero de la institución vinculado a la Secretaría de Hacienda, y el exmandamás del instituto central Eduardo Villaseñor.[4]
La segunda modificación del contrato, de abril de 1971, estuvo dirigida a precisar la integración y las normas de operación del Comité Técnico y la administración del fondo líquido del fideicomiso acordado por el fideicomitente. En ese instrumento acordó el fideicomitente que el Comité Técnico tuviese siete miembros propietarios y cinco suplentes. Entre los miembros propietarios quedaron por parte del Banco de México el ya mencionado Ernesto Fernández Hurtado –futuro director general del instituto central– y el abogado Alfonso García Belaunzarán. Ningún funcionario del instituto central quedó entre los consejeros suplentes. También acordó el fideicomitente en ese instrumento que los representantes del fiduciario podrían concurrir a las sesiones del Comité Técnico “con voz, pero sin voto”. En complemento, fueron designados delegados fiduciarios por parte del Banco de México los funcionarios Daniel J. Bello, Ernesto Fernández Hurtado, Enrique Landa Berriozábal y Alfonso García Belaunzarán.[5] En la tercera y última modificación al contrato original, acordada en diciembre de 1973, se establecieron aún con mayor precisión las normas relativas a la integración, responsabilidades y funciones del Comité Técnico del fideicomiso. Pero lo que principalmente cabe destacar en ese instrumento son las disposiciones relativas al fiduciario. Sobresale entre éstas la facultad para adquirir en favor del fideicomiso “toda clase de bienes y derechos, muebles o inmuebles, sea en México o en el extranjero, a fin de destinarlos a instalar el Museo, a aumentar las colecciones y a sostener al mismo museo y a sus actividades”. Y en cuanto a las facultades del Comité Técnico, el fiduciario tendría la posibilidad de intervenir en el nombramiento del personal operativo del museo, ser escuchado en caso de proyectos de inversión, construcción o donaciones, y presentar propuestas y sugerencias de todo tipo. Finalmente:
“En los asuntos que conforme al presente instrumento sean de la competencia del Patronato del Fideicomiso, el fiduciario deberá actuar de acuerdo con las resoluciones del mismo Patronato en el concepto de que, ajustándose a ellas, estará libre de toda responsabilidad. Sin embargo, el fiduciario podrá vetar por motivos fundados, las resoluciones del Patronato, cuando a criterio del propio Fiduciario, puedan implicar perjuicio o menoscabo de significación para el patrimonio del fideicomiso”.[6]
Aparte de la importante referencia de los museos creados por Diego Rivera y poco después por don Isidro Fabela, otro antecedente fundamental de lo que posteriormente –después de la modificación del año 1973 al contrato de fideicomiso original– se vino a conocer como “Fideicomiso Cultural Franz Mayer”, provino de un acuerdo a que el famoso coleccionista había llegado con el Museo de San Carlos, Asociación Civil. Mediante dicho acuerdo que se concretó en un contrato de comodato, un acervo de setenta y siete pinturas de origen europeo, conocidas como “Colección Franz Mayer”, había sido prestado a esa asociación para su exhibición. A continuación, en razón del contrato de fideicomiso que Mayer suscribió con el Banco de México, se transmitieron al fiduciario “todos sus derechos de propiedad” sobre el lote de pinturas a que se hace referencia líneas atrás. Así, expresamente quedó especificado en ese contrato que “el fideicomitente daría aviso por escrito al Patrono del Museo de San Carlos comunicándole que el Fiduciario (Banco de México) había quedado subrogado en todos los derechos de propiedad de dichas setenta y siete pinturas”. Por último, la finalidad expresa contrato sería “el establecimiento y el mantenimiento de un Museo de Arte en la Ciudad de México” y el fideicomiso a constituirse se denominaría “Colección Franz Mayer”.[7]
Es clara en ese contrato la voluntad del fideicomitente de que la mencionada colección de pinturas fuera tan solo la base inicial para la conformación hacia el futuro del museo deseado. En consecuencia, en ese instrumento quedó también especificado que en adición al lote de pinturas, el fondo del fideicomiso se formaría con “cualesquiera otros bienes muebles o inmuebles así como recursos en efectivo y toda clase de títulos de crédito y valores que el Fideicomitante (Franz Mayer) u otras personas físicas o morales, tengan a bien dar en lo futuro” para dicho acervo. Fue así muy evidente desde un principio que los planes del fideicomitente tenían un horizonte amplio e iban mucho más allá de crear un recinto para únicamente exhibir 77 pinturas europeas. La cláusula tercera del contrato fue muy explícita respecto de esas intenciones de Mayer:
“Tendrá también por objeto este fideicomiso, la formación de una biblioteca y organizar exposiciones, concursos, conferencias, cursos de estudio, conceder becas, hacer publicaciones y promover y fomentar en cualquier otra forma el desarrollo de las artes plásticas”.[8]
Destaca también en ese contrato la decisión de Mayer de crear un Comité Técnico para el museo y al cual deseaba que se le llamase Patronato. Sin embargo, a pesar de la importancia que se concedió a ese órgano colegiado –como “órgano supremo del fideicomiso”– y al papel clave que debería cumplir en el funcionamiento del museo dándole una organización institucional, se incorporó en el contrato una disposición transitoria un tanto sorprendente en el sentido de que “el Fideicomitente se reserva mientras viva, respecto de las setenta y siete pinturas materia de este contrato, o de otros bienes que en vida decida entregar al Fiduciario, todas la facultades que conforme al presente instrumento corresponderán al Patronato, el cual se integrará y entrará en funciones hasta después de la muerte del Fideicomitente”. Con esta última disposición se aclara el enigma de lo que tenía en mente en concreto Franz Mayer. Primero, el museo no adquiriría un perfil institucional hasta que él, el fideicomitente, emprendiera la partida definitiva. Segundo, el patrimonio definitivo del museo no se integraría en completo –con los acervos de plata, talavera y alfarería, muebles, tapices y tapetes y textiles– hasta que después de la muerte del coleccionista éste decidiera por la vía sucesoria la entrega al fideicomiso de todos esos bienes.
Los textos y las crónicas que se han escrito sobre el museo Franz Mayer se han concentrado lógicamente en el acervo de las piezas analizándolo desde un ángulo artístico. En consecuencia, en esos textos se ha dejado de lado la visión del fiduciario y sus obligaciones y facultades. Sin embargo, en un volumen sobre la historia del Banco de México es precisamente ésa la perspectiva que debe analizarse. En la materia del fideicomiso la ley confiere a todo fiduciario la oportunidad de excusarse del cumplimiento de ese papel. Sin embargo, es claro que en el caso de Franz Mayer el ejercicio de esa prerrogativa hubiera sido imposible para Banxico, dada la aprobación que ya había concedido la Secretaría de Hacienda para que el instituto central tomase ese papel que deseaba otorgarle el coleccionista y sobre todo en razón del interés público que significaría la apertura y mantenimiento del nuevo Museo.
El Patronato del Museo –o sea, don Franz Mayer mientras se mantuviera con vida– sería la máxima autoridad en el fideicomiso. Sin embargo, dentro de esa directriz general también se concedieron al Banco de México importantes prerrogativas para que pudiese cumplir eficazmente con su encomienda de fiduciario (Cláusula vigésima). Por tanto, el fiduciario tendría “todos los derechos y acciones para el cumplimiento del fideicomiso, así como todas las facultades inherentes al desempeño de su cargo”. Asimismo, en caso de que a juicio del Banco de México el Patronato se extralimitase en el ejercicio de sus facultades, el fiduciario tendría derecho de veto para sus resoluciones cuando éstas pudieran “implicar perjuicio o menoscabo de significación para el patrimonio del fideicomiso” (Cláusula decimosexta). En general, el fiduciario se comprometió a procurar “la conservación y administración ordinaria de los bienes que forman el patrimonio del fideicomiso…” e incluso, en casos extremos, podría tomar “bajo su responsabilidad las medidas que estime pertinentes, dando cuenta al Patronato a la brevedad posible” (Cláusula decimoquinta). Por último, sólo el Patronato del fideicomiso podría conocer y decidir con voto unánime la solicitud del fiduciario para renunciar a su encomienda, en cuyo caso también le tocaría designar a una nueva institución para desempeñar ese papel (Cláusula decimosegunda, fracción j).
En términos más concretos, varias facultades adicionales le fueron asignadas al fiduciario. Por ejemplo, presentar a consideración del Patronato el presupuesto anual de gastos e inversiones y también participar en las decisiones relativas a inversiones del fondo líquido que el fideicomitente había aportado para mantenimiento del museo o respecto de las construcciones que se decidiera realizar. En este último caso, el Patronato podría encomendar al fiduciario la realización de esas obras “conforme a los proyectos, planos y presupuestos que el Patronato apruebe” (Cláusula decimosegunda, fracción h). Se acordó incluso que el fiduciario podría solicitar la reunión del Patronato para examinar asuntos de urgencia o presentar a su consideración propuestas y otras cuestiones. Con todo, en un tema en particular el fideicomitente otorgó al Patronato poderes que no podía delegar: en cuanto al nombramiento del personal que prestaría sus servicios en el museo. Así, aunque escuchando el parecer del fiduciario, el Patronato debería designar al director artístico del Museo y al resto del personal técnico. Sin embargo, quedaron específicamente reservadas al fiduciario (o sea, al Banco de México) “las designaciones del personal administrativo que el propio Fiduciario estime convenientes para el desempeño del fideicomiso y fijar sus remuneraciones conforme al presupuesto anual de gastos…” (Cláusula decimosegunda, fracción c).
Años después, el funcionario del Banco de México, Fernando Liceaga, dejó un interesante aunque escueto testimonio de la forma en que se dio inicio al fideicomiso Franz Mayer. El proceso arrancó con una llamada del abogado Francisco Borja Martínez dando la orden para actuar: “¡nos acaban de avisar del fallecimiento de Mayer, hay que ir lo más rápidamente posible a tomar posesión del patrimonio fideicomitido!”.[9] Procedió en consecuencia Liceaga y ese mismo día se presentó en la residencia del fallecido coleccionista acompañado de dos policías. Fueron recibidos por el personal de servicio del señor Mayer, todos tristes por el fallecimiento de su patrón. La primera tarea de esos enviados del fiduciario, fue hacer una separación del patrimonio entre bienes fideicomitidos y el resto que formaba parte de la sucesión. Entre esta última parte se encontraba la colección de orquídeas y de claveles que había formado tan sobresaliente personaje y la cual se encontraba albergada en el invernadero del inmueble. Precisamente, una de las personas que recibieron a Liceaga y sus acompañantes fue el jardinero que se encargaba del mantenimiento del invernadero. Y a la colección de claveles y orquídeas cabría agregar la colección de perros que también tenía el propietario del inmueble. Según testimonio de Liceaga, la colección de flores fue donada al poco tiempo a la Sociedad Mexicana de Orquideología.
Hacer el inventario del vasto patrimonio cultural y artístico de Franz Mayer –tanto el comprometido mediante fideicomiso como el restante– resultó una tarea monumental. Para su realización fue necesario, antes que nada, ponerse de acuerdo sobre la mejor manera de llevarlo a cabo con los albaceas testamentarios Rogelio Casas Alatriste y Berni Rohe. Probablemente de ellos salió la sugerencia de que en el inventario de la colección de piezas artísticas interviniese Gonzalo Obregón, experto en arte muy amigo de Franz Mayer y por cuyo conducto el coleccionista compró muchas piezas durante los últimos años de su vida. Manos a la obra, el Banco de México contrató a Obregón para dicha tarea, y trabajando en colaboración con los auditores de la institución se logró hacer un levantamiento “ya formal por así decirlo” de la colección de Franz Mayer ofrecida en fideicomiso. Era tanto lo que había acumulado ese coleccionista que un problema particular que se suscitó fue que la lista de bienes no coincidía exactamente con el acervo físico. Así, tuvo que hacerse la conciliación con gran cuidado. En cuanto al inventario de los libros, se procedió de igual forma habiendo contratado el Banco al experto bibliófilo, Ignacio Conde y Díaz Rubín.[10] Finalmente, hacia 1984 en el Boletín Mensual del Museo Franz Mayer se enunció de la siguiente manera al grupo de funcionarios del Banco de México que tenía contacto con el fideicomiso para administrar la función de fiduciario:
“Por el Banco de México, el Fideicomiso Cultural Franz Mayer es atendido por sus delegados fiduciarios, Lic. Francisco Borja Martínez, Subdirector General, Lic. Emilio Gutiérrez Moller, Subdirector Jurídico, C.P. Fernando Liceaga, Subdirector Administrativo y Lic. Francisco Navarro Ortiz, Gerente Jurídico. La administración del fideicomiso se encuentra a cargo de la Oficina de Fideicomisos en Administración del propio banco”.[11]
[1] Guillermo Tovar y de Teresa (Cronista de la ciudad de México), “Franz Mayer. Paradigma de un coleccionista visionario”, en Museo Franz Mayer. 20 Años de Arte y Cultura en México, Banco de México, 2006, p. 30.
[2] Guillermo Tovar y de Teresa, op. cit., p. 48.
[3] Guillermo Tovar y de Teresa, op. cit., pp. 29-53.
[4] Reforma al contrato de fideicomiso suscrito entre Franz Mayer-Traumann y el Banco de México, 8 de mayo de 1967, Notario Luis Farías Angulo, vol. 335, número 20985.
[5] Segunda reforma al contrato de fideicomiso suscrito entre Franz Mayer Traumann y el Banco de México, 28 de abril de 1971, Notario Luis Farías Angulo, vol. 471, número 19211.
[6] Tercera reforma al contrato de fideicomiso entre Franz Mayer Traumann y el Banco de México, 10 de diciembre de 1973, Notaría Luis Farías Angulo, vol. 611, número 36851, ver en particular cláusulas 12ª, fracciones c), f), g), h), i), j) y k), 15ª y 16ª.
[7] Contrato de fideicomiso suscrito entre Franz Mayer Traumann y el Banco de México, S.A., Notario Luis Farías Angulo, escritura 13434 de 3 de diciembre de 1963, Cláusula primera.
[8] Ibid.
[9] Entrevista de Ignacio Cejudo (auditor del Banco de México, 1957-1960) con el C.P. Fernando Liceaga (s.f.).
[10] Ibid.
[11] Eduardo García Guerra, “El Fidecomiso Cultural Franz Mayer”, Boletín Mensual del Museo Franz Mayer, abril de 1984, No. 4, pp. 4-5.