Un momento cumbre, o quizás el momento cumbre, en la carrera política de John F. Kennedy como presidente de Estados Unidos tuvo verificativo a raíz de la llamada crisis de los misiles. Ya hacia el otoño de 1962, llevaba bastante tiempo que bajo el liderazgo de Fidel Castro el gobierno revolucionario de Cuba se había alineado con el bando de los países comunistas y con su superpotencia que era la Unión Soviética. No se sabe exactamente desde cuándo las agencias estadounidenses de contraespionaje habían detectado la instalación en la isla de cohetes soviéticos con cabezas atómicas. También habían detectado el ensamblado de aviones de bombardeo con capacidad para arrojar explosivos nucleares.
Para el gobierno de Estados Unidos no se trataba de un incidente aislado. Era una etapa adicional de mucha gravedad en una sucesión de episodios que habían deteriorado el prestigio de ese país como potencia mundial y mucho más la imagen de estadista del presidente Kennedy. En las confrontaciones recientes con la Unión Soviética se habían dado ya otras derrotas estadounidenses: el derribamiento del avión de espionaje U2, la radicalización del régimen cubano y el fracaso de Bahía de Cochinos. Fue entonces cuando Kennedy decidió endurecer su posición contra los soviéticos y en junio de 1961 se realizó en Viena una entrevista con Kruschev que resultó sumamente tensa. A continuación siguió la decisión estadounidense de defender Berlín a toda costa mediante el establecimiento de un abastecimiento aéreo.
Ése era el panorama del enfrentamiento Unión Soviética – Estados Unidos cuando los servicios estadounidenses de contraespionaje descubrieron la instalación de armas nucleares en Cuba. Así, la decisión firme del gobierno de Estados Unidos de quitar esas armas de la isla, fue anunciada por Kennedy a principios de octubre de ese año. Sobre esos acontecimientos se han escrito cientos de páginas y en al menos dos documentos fílmicos quedaron ilustrados con gran dramatismo. Sin embargo, muy poco se ha reflexionado sobre ese episodio desde la perspectiva de México y cómo y por qué reaccionó frente a sus implicaciones el gobierno mexicano.
En un principio, ya se ha dicho, para México las relaciones con el gobierno revolucionario de Cuba fueron fáciles. Sin embargo, los problemas para la diplomacia mexicana se hicieron ya evidentes cuando en diciembre de 1960, Fidel Castro anunció en un discurso que se volvió histórico pronunciado en la Universidad Popular de la Habana, la creación en ese país de un partido único apegado a la ideología socialista y la decisión de transitar de una democracia popular a una dictadura del proletariado. No obstante, todavía a principios de 1961 las autoridades de México procuraban que sus relaciones con Cuba se rigieran por la doctrina vigente en materia de diplomacia. Una prueba más para ese enfoque se dio a raíz de la participación de México en una asamblea general de las Naciones Unidas. En ese foro, al reiterar la representación mexicana el respeto que requería el principio de no intervención y de libertad y autodeterminación de los pueblos, implícitamente reiteró su apoyo al régimen cubano.
Las primeras reservas se manifestaron a raíz de la fallida invasión a la isla en el verano de 1961, patrocinada por el gobierno de Estados Unidos y que se vino a conocer como el fiasco de Bahía de Cochinos (o Playa Girón desde la perspectiva cubana). En el orden declarativo o retórico, el gobierno de México decidió adoptar frente a ese acontecimiento una postura de discreción:
“… la opinión del gobierno mexicano podía deducirse de las políticas internas relacionadas con Cuba. Desde los días de la invasión a Playa Girón, al reprimir las manifestaciones procastristas, el gobierno anunció su intención de evitar que la Revolución cubana siguiera siendo motivo de movilizaciones populares en México. Durante la misma época, comenzaron a imponerse controles policiacos severos a los pasajeros que iban o venían de Cuba, fueron confiscados los materiales impresos provenientes de la Isla y se adoptó una actitud, si no de apoyo, al menos de tolerancia hacia los múltiples grupos de la iniciativa privada y de la Iglesia que llevaban a cabo una fuerte campaña contra la influencia de la Revolución Cubana en México”.[1]
El cambio de actitud definitivo por parte de México se hizo público con motivo de una reunión de consulta de la OEA que se celebró en enero de 1962 en Punta del Este, Uruguay. Aunque el presidente López Mateos no asistió a ese evento, la redefinición de la postura tuvo jerarquía ministerial y corrió a cargo del secretario de Relaciones Exteriores, Manuel Tello. Así, venciendo una larga tradición de resistencia por parte de la diplomacia mexicana a tomar posición frente a acontecimientos que ocurrían en otros países, el gobierno se pronunció claramente frente al sistema que se estaba implantando en Cuba. En el discurso de Tello también se hicieron explícitas las diferencias que distinguían a ese régimen del que existía en México y las implicaciones de ese hecho sobre los ciudadanos de ambos países.
“Parece pues indudable que existe una incompatibilidad entre la pertenencia a la Organización de Estados Americanos y una profesión marxista leninista, como lo sería también con una profesión monárquica absoluta. Con la misma energía con que defendemos el derecho a la autonomía de los pueblos, del pueblo cubano por consiguiente, sostenemos que es inconciliable la calidad de miembro de nuestra organización con la adopción de un régimen de gobierno cuyas características no son las de las democracias representativas”.[2]
Pero el canciller mexicano también consideró pertinente marcar la posición de México frente a un sistema que era contradictorio con la democracia adoptada por los pueblos de América Latina y del continente americano en general. El señalamiento se hizo en términos abiertos, sin ambigüedad alguna:
“México es un país que al mismo tiempo que persigue la justicia social, sustenta el más profundo respeto por la dignidad de la persona humana… Condicionándola a su carácter indeclinable de función social, reconocemos y respetamos la propiedad privada; y en lo que hace al trabajo, aunque rodeándolo de todas las garantías de humanidad y justicia e inclusive con decidida protección en favor del trabajador, reconocemos asimismo el régimen de libre empresa”.[3]
Así, a pocos meses de la reunión de la OEA en Punta del Este, estalló la crisis de los misiles. Pero la postura que México debería adoptar frente a ese conflicto había quedado determinada de antemano. Se había agotado el margen de acción para mantener una posición diferente. Era claro que el gobierno de Estados Unidos no estaba dispuesto a permitir que las armas nucleares se quedaran en Cuba y por tanto que los soviéticos y los líderes revolucionarios de la isla se salieran con la suya.
Las acusaciones de Kennedy y la posibilidad de que estallara la tercera guerra mundial despertaron gran inquietud entre los estratos sociales de México. Con todo, en ese episodio de preocupación y desconfianza no hubo ya necesidad de que las autoridades volvieran a recurrir a la estrategia que antes se había usado en ocasión de los conflictos gremiales de 1958-1959, de la visita del vicepresidente Dorticós a México y de la nacionalización eléctrica. En este episodio de preocupación los altos funcionarios de México ya no tuvieron que salir a hacer cuidadosas explicaciones ante los grupos empresariales o viajar al extranjero para obtener créditos de los organismos financieros ni de los bancos privados. En este episodio el mecanismo de defensa que se usó para proteger la confianza consistió en las propias acciones políticas y diplomáticas que acordó poner en práctica el gobierno mexicano y también en las declaraciones públicas que se emitieron al respecto.
Para aplicar su estrategia, Kennedy necesitó primeramente enfrentar y doblegar a los actores más radicales dentro de su gabinete. Después tendría que confrontar a sus antagonistas en el debate público. Externamente, era de la mayor importancia que los Estados Unidos pudieran convocar el mayor apoyo posible tanto en el orden hemisférico como continental. Si bien estos apoyos no le eran estrictamente indispensables al gobierno de Estados Unidos en el orden militar, sí era conveniente que los pudiera convocar en el orden diplomático y político. Así, una vez que Kennedy hizo la denuncia de las armas nucleares que se estaban instalando en Cuba, solicitó una reunión urgente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde el secretario Adlai Stevenson denunció formalmente la amenaza. Por su parte, el encargado de hacer lo procedente ante la OEA y solicitar una acción colectiva de los países del continente fue el secretario Dean Rusk. Ya contando con el respaldo de los países suscriptores del Pacto de Río de Janeiro, se inició el bloqueo naval de Cuba a partir del 23 de octubre de 1962.[4]
El peligro de holocausto nuclear se mantuvo en vilo durante largos 13 días que duró la crisis de los misiles. La opinión pública de México también recibió con mucho temor y alarma la noticia de que los soviéticos estaban instalando armas nucleares en Cuba y que los Estados Unidos se habían decidido a quitarlas por la fuerza. El asunto se percibió como una amenaza de ataque nuclear que podría involucrar directamente a México como vecino que era de Estados Unidos. La reacción fue así muy diferente a la que en su momento se observó cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y el problema se juzgó desde México con una visión lejana y sin compromiso: se trataba de “un conflicto europeo”. Tal vez el factor que marcó la gran diferencia en 1962 fue el peligro de guerra nuclear. En caso de holocausto atómico, no habría para ningún país lejanía geográfica suficiente. El aniquilamiento total de ambos bandos estaba asegurado de antemano. No habría neutrales; todos perderían.
El gobierno de México entendió perfectamente el peligro militar. Y además comprendió que el problema de la relación con Cuba había cambiado de esencia. Ya no era sólo cuestión de paralelismos históricos, simpatías románticas o posturas doctrinales en el orden diplomático. El problema se había trasladado a los campos mucho más delicados de la seguridad nacional y de la capacidad militar. Súbitamente, los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos se ampliaron para coincidir con exactitud con los de México. Los cohetes nucleares que se querían instalar en Cuba y los bombarderos que se intentaban ensamblar, lo mismo podrían atacar cualquier población de Estados Unidos que la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Tijuana o Tuxtla Gutiérrez. La amenaza era continental. El presidente López Mateos captó todas esas implicaciones con intuición política y diplomática. Por ello, cuando se encontraba en Manila, Filipinas, mientras realizaba una gira por Asia, al ser interrogado por los corresponsales respecto de la acusación que había lanzado el presidente Kennedy el mandatario mexicano explicó:
“En tanto que Cuba se arme defensivamente, no creo que ello pueda representar peligro alguno para la paz, pero si, por el contrario, Cuba se arma en forma ofensiva, podría representar un serio peligro para ello… actuaríamos entonces de acuerdo con nuestros compromisos interamericanos”.[5]
Los investigadores suponen que antes de esas declaraciones del mandatario mexicano, o tal vez muy poco tiempo después, el presidente Kennedy habría entrado en contacto con él y le habría informado de la forma en que procedería su gobierno ante tan grave incidente. Supuestamente también le habría explicado el peligro que traería una modificación tan drástica del equilibrio estratégico entre el poderío militar de la Unión Soviética y el de los Estados Unidos. Seguramente no por casualidad, las declaraciones que emitió López Mateos al regresar a México de su periplo por oriente fueron coincidentes con la decisión que pocos días después se aprobó unánimemente en la OEA exigiendo “el desmantelamiento inmediato y retiro de Cuba de todas las armas con capacidad ofensiva”.
“Tenemos un credo permanente en el que se han basado nuestras relaciones internacionales: somos partidarios de la paz, el desarme completo, la proscripción de las pruebas nucleares con fines bélicos, estamos en contra de la tenencia y empleo de bombas atómicas… México es responsable de los pactos que ha suscrito en el uso de su soberanía. Formaremos parte del sistema interamericano y de los órganos de las Naciones Unidas… Estamos con las filas de la democracia; lucharemos por la paz y por la libertad”.[6]
Ya de regreso en México fue cuando López Mateos hizo su famosa declaración en favor “del desarme completo y general” y de la prohibición de “las pruebas nucleares con fines bélicos”. A ello le siguió la censura por “la tenencia de bombas atómicas y su posible empleo”. En ese trance México reiteraba su credo pacifista, “un credo permanente en el que se han basado nuestras relaciones internacionales”. En la nota editorial que se escribió a partir de esas declaraciones se estableció lo siguiente respecto de la postura adoptada por México:
“Tenemos confianza en los organismos internacionales de que formamos parte y en sus finalidades organizadoras y pacifistas. En el ceño de esos organismos libraremos la gran batalla para evitar que las controversias degeneren en una catástrofe de proporciones incalculables. Nuestras armas son el respeto a la dignidad del hombre, el amor a la vida, el derecho que los pueblos tienen para existir”.[7]
En el transcurso de la crisis de los misiles surgió otra oportunidad para que el gobierno de López Mateos hiciera una declaración adicional de crítica y condena en contra del sistema comunista. La oportunidad surgió a raíz de que China comunista invadió unos territorios que pertenecían a India. A este tema se refirió el canciller Tello al señalar su preocupación por que China estuviera “quebrantando la paz” por sus acciones agresivas contra un país vecino. El sostenimiento de la paz y la defensa del principio de no intervención debían ser universales, fuese donde fuese que se pusieran en entredicho.[8]
Los apoyos a la acción estadounidense se fueron multiplicando y en México contribuyeron a que la tensión y la desconfianza interna fueran disminuyendo. Ése fue el caso de la reunión anual que celebró por esos días la Sociedad Interamericana de Prensa de la cual formaban parte todos los dueños y los directores de periódicos del continente y que convocó a más de 300 asistentes. La nota de prensa respectiva dice que aunque la mayoría de los asistentes a ese evento se negó a que se les atribuyeran declaraciones concretas, en forma privada estuvieron de acuerdo en que al gobierno de Estados Unidos “no le quedaba otro camino que el de la acción directa para contener la amenaza comunista que se extiende al beneficio desde Cuba”. Un motivo más de los asistentes a ese evento para apoyar la decisión del gobierno de Kennedy era que la expansión comunista en América Latina constituía una amenaza para la libertad de prensa.[9]
Ya hacia finales de octubre de 1962, cuando la Unión Soviética y también la Cuba revolucionaria se habían plegado a la exigencia de que se desmantelaran las instalaciones nucleares en la isla, el gobierno de México volvió a intervenir para confirmar la postura sostenida a lo largo de todo el episodio. Actuando como vocero el ministro de Relaciones Exteriores Manuel Tello, explicó que el gobierno de México se había dirigido oficialmente al de Cuba reiterando “el deseo ferviente de que los proyectiles nucleares no se utilizaran en forma alguna y que las armas ofensivas fueran retiradas de Cuba”. De gran importancia fueron esas declaraciones en cuanto a la ubicación de México frente a los países del bando comunista, ya que la administración de López Mateos no sólo se manifestó en contra de las bases nucleares en Cuba sino también por la agresión que se había producido por parte de la China comunista contra la India.[10]
Quizás el broche de oro, al menos por lo que hace a México, en el affaire de los misiles nucleares en Cuba se haya dado por unas declaraciones periodísticas que corrieron a cargo del propio presidente López Mateos. Los pronunciamientos se produjeron a raíz de que los líderes de las cámaras de diputados y senadores visitaron a ese mandatario para confirmarle el apoyo del Poder Legislativo en las orientaciones que había dado “a la política exterior de nuestro país”. El escenario parece haber sido preparado deliberadamente para que López Mateos pudiera explayarse sobre el tema y reiterara las enseñanzas que podían derivarse de ese incidente crítico que había puesto al mundo al borde de un cataclismo nuclear. Según López Mateos, la tesis sostenida tendría que extenderse “cada vez más en el mundo, porque siendo fundamentalmente humanista, contribuiría a lograr la justicia social entre los pueblos y la paz entre las naciones”.
¿Cómo se vio la crisis de los misiles desde la perspectiva de las altas autoridades de México? Hacia 1962 Antonio Ortiz Mena fungía como presidente del Consejo Interamericano Económico y Social (ECOSOC) a nivel ministerial. El estallido de la crisis de los misiles ocurrió mientras se celebraba en México D.F. la reunión de dicho Consejo siendo la sede el Hotel María Isabel, sito en Paseo de la Reforma. Como delegado por Estados Unidos asistía a esa reunión el secretario del Tesoro, Douglas Dillon. El día de la apertura se acercó Dillon a su similar de México y le señaló que quería hablarle en su oficina a las 3 de la tarde. Ya en la reunión le dijo que lo había convocado para hacerle oficialmente la notificación que en ese momento el gobierno de los Estados Unidos estaba presentando a todos los jefes de Estado del mundo. Sacó de su maletín algunos planos y le explicó detalladamente al funcionario mexicano la ubicación de las bases soviéticas en Cuba y le delineó claramente el radio de acción de los cohetes ahí instalados, haciendo ver que todo el territorio mexicano quedaba amenazado por esas armas. Acto seguido, explicó cuál era la política adoptada al respecto por el gobierno de su país. Reiteró que si en esa coyuntura los soviéticos decidían crear otro conflicto en Berlín o en algún otro punto álgido del mundo, los Estados Unidos estaban decididos a llegar al enfrentamiento incluso armado. Entonces le solicitó Dillon a Ortiz Mena que fuese el primer orador en la sesión del Consejo Interamericano que se iniciaría el día siguiente, pues él debía volar a Washington para estar presente en la reunión del Consejo de Seguridad de su país, que encabezaría el propio presidente Kennedy.
Cuando al día siguiente se abrió la sesión del Consejo Interamericano, el anuncio de Ortiz Mena no hizo más que confirmar lo que ya sabían todos los reunidos pues la noticia estaba en los periódicos, en la radio y en la T.V. Así que en su calidad de secretario de Hacienda de México y en ausencia de López Mateos, convocó al resto de los miembros del gabinete para acordar lo que debería hacer cada ministro en su campo respectivo de responsabilidad. En cuanto al área hacendaria, Ortiz Mena ordenó a las aduanas que se impidiese el desembarco en tierras mexicanas de cualquier carga originalmente destinada a Cuba, fuera la que fuese la bandera del buque transportista. De hecho, ante el bloqueo muchos barcos que tenían a Cuba como destino solicitaron depositar su carga en puertos mexicanos a lo cual recibieron una negativa rotunda por parte del gobierno mexicano.
La reacción de las autoridades mexicanas ante el episodio de los misiles en Cuba terminó por disipar las inquietudes que en cadena se habían despertado por las relaciones de México con el gobierno revolucionario de Castro. Con esa reacción quedaron disueltas las dudas que por bastante tiempo habían existido, al menos desde principios de 1960, por la supuesta cubanofilia de México y también por la supuesta tendencia socializante del gobierno mexicano. Gran parte de la opinión pública llegó a entender sin necesidad de que se los explicara un experto en diplomacia que había ciertos principios básicos a los que se apegaba la política internacional de México, pero que ello nunca había significado que el país derivara hacia el socialismo. Tan las aguas volvieron a su nivel de normalidad y se calmaron que, cuando en agosto de 1964 hubo una moción en la OEA impulsada por el gobierno de Estados Unidos para que todos los países iberoamericanos rompieran relaciones diplomáticas con Cuba, México volvió a rehusarse. Así, la prensa mexicana anunció:
“El señor Presidente de la República (Adolfo López Mateos) ha resuelto mantener nuestros contactos con el gobierno cubano en el mismo estado que guardan en la actualidad”.[11]
[1] Olga Pellicer de Brody, México y la Revolución Cubana, México, El Colegio de México, 1972, p. 28.
[2] Organización de Estados Americanos, Actas y Documentos de la VIII Reunión de Consulta, Washington, 1962, pp. 83-89.
[3] Ibid.
[4] Ibid., p. 646.
[5] Pablo Marentes (Ed), Presencia Internacional de Adolfo López Mateos, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1963, p. 391.
[6] Op. cit., p. 398.
[7] “La postura de México”, Novedades, 25 de octubre de 1962, pp. 1 y 4.
[8] “La celda China comenzó con la conquista roja del Tibet”, Novedades, 30 de octubre de 1962, p. 10.
[9] “Buena acogida en la SIP a la acción norteamericana” y “Campaña a fondo de la SIP contra la prensa”, Novedades, 24 de octubre de 1962, p. 2.
[10] Olga Pellicer de Brody, México y la Revolución Cubana, México, El Colegio de México, Centro de Estudios Internacionales, 1972, pp. 35-37.
[11] Novedades, 4 de agosto de 1964, 1ª plana.