Corría la primavera de 1968. En México las imágenes de la sublevación estudiantil de París despertaban estupor e incredulidad. Muy impresionantes fueron las fotografías que aparecían en los periódicos de las barricadas callejeras que habían levantado los sublevados para impedir la recuperación por la policía de las instalaciones de la Sorbona, en el histórico Barrio Latino. Y mucho mayor impacto causaron las secuencias televisivas que mostraban a los estudiantes arrancando los adoquines del pavimento para aventárselos retadoramente a las fuerzas del orden. Ya no era Robespierre, Danton o Marat quien encabezaba las protestas; lideraba y representaba a los estudiantes sublevados un condiscípulo barbudo y pelirrojo originario de Alemania: Daniel Cohn Bendit o “Eric el rojo”. El movimiento había escalado de manera peligrosa en razón de que las protestas originales, únicamente parisinas, habían sido secundadas por el resto de las universidades del país y también se habían sumado al movimiento los poderosos sindicatos franceses.
Muy poca gente estaba al tanto en México de que lo que ocurría en Francia era una secuela más, la de mayor intensidad y visibilidad hasta ese momento, de un proceso generacional y cultural de carácter global. Durante los años sesenta surgieron en los países avanzados movimientos juveniles que buscaban revaluar críticamente diversos aspectos de la vida social, política, económica y cultural. Una de las principales fue darle un nuevo enfoque a la democracia con una participación más abierta, igualitaria y permanente de todos los grupos sociales. En Estados Unidos, aparte de las inquietudes libertarias de una generación rebelde, irreverente y retadora, dos motivaciones concretas alentaron el activismo: la reivindicación de los derechos civiles de los ciudadanos de raza negra y la protesta contra la guerra en Vietnam. En Europa esas inquietudes estuvieron también permeadas por la influencia de la ideología socialista en su amplia gama de enfoques: estalinismo, maoismo, trotskismo, etc.
Antes del caso francés, ya había habido movimientos estudiantiles menos publicitados y trascendentes en Alemania Occidental, Italia, España, Holanda y Suecia. Y esa suerte de marea global tuvo también expresiones, aunque de menor intensidad y repercusión, en Gran Bretaña, Noruega y Dinamarca. El espíritu y el ambiente de ese proceso también se trasminaron detrás de la cortina de hierro. En Checoeslovaquia los estudiantes jugaron un papel clave en favor del movimiento que se denominó “Primavera de Praga” que propugnaba por un socialismo con rostro más humano. Se trataba de transformaciones profundas en la conciencia y en el espíritu de la juventud. No era tan sólo que los jóvenes hubieran adoptado la moda del pacifismo con pelos largos y atuendos estrafalarios. En el orden musical, el grupo británico Los Beatles con sus mensajes irreverentes ejercía influencia en millones alrededor de todo el mundo. Otra expresión de la nueva ola fue la celebración de conciertos de rock multitudinarios y estridentes como el de Woodstock que convocó a cerca de 400 mil jóvenes.
Mientras se desarrollaban los acontecimientos de París durante la primavera de ese 1968, nadie pudo imaginar que en México tendría verificativo un episodio que, en sus aspectos más generales, se asemejó bastante al que detonó en Francia. Todo empezó a partir de un incidente menor, casi insignificante, y a manera de bola de nieve se fue intensificando, creciendo y expandiéndose, impulsado por diversos aceleradores que lo exacerbaron en momentos cruciales. Muy posiblemente uno de esos aceleradores fue la infiltración del movimiento por fuerzas ajenas y oscuras que lo contaminaron y lo volvieron más turbio. Una de las grandes diferencias entre el movimiento estudiantil de París y el que afloró en México fue que el local no fue secundado por las organizaciones sindicales. En otras palabras, el apoyo de los trabajadores no fue uno de esos aceleradores, pero sí lo fueron y de manera importante al igual que en Francia, las fuerzas de la izquierda y una simpatía muy difundida entre el estudiantado por las ideas afines a la ideología socialista. Sobresale en ese orden el culto a la violencia como fuerza transformadora de la historia y la fascinación, en abstracto, por un llamado a “hacer la revolución”.
En México, ya se dijo, el movimiento estudiantil se inició en el mes de julio con un incidente menor: un pleito de estudiantes entre una preparatoria afiliada a la Universidad y una escuela vocacional del sistema Politécnico. En la coyuntura muchos pensaron que la efervescencia se iría diluyendo de manera paulatina hasta que las fuerzas de la inercia terminaran por difuminarla. No ocurrió de esa forma e incluso la tendencia fue la contraria. Diversas influencias fueron escalando la movilización en número de actores y en la intensidad de las protestas. Ya suficientemente impresionante fue la multitudinaria marcha que encabezó el Rector Javier Barros Sierra por la violación de la autonomía universitaria además de otros mítines masivos que se realizaron posteriormente. Empero, motivo de especial preocupación resultó la formación hacia mediados de agosto del llamado Consejo Nacional de Huelga. El pliego petitorio emitido por ese órgano, pletórico de vaguedades y de reclamaciones fútiles, pareció indicación de que sus integrantes no buscaban resolver problemas concretos o satisfacer reclamaciones válidas, sino algo muy diferente: amagar a las autoridades y a la sociedad, ganar todo el tiempo que se pudiera y, quizá, lograr que abortaran las Olimpiadas. Dicho evento, con repercusiones mundiales, estaba programado para iniciarse a principios del mes de octubre.
El director general del Banco de México Rodrigo Gómez y el secretario de Hacienda Antonio Ortiz Mena, habían observado con interés y con solidaridad las consecuencias que había producido en Francia la sublevación estudiantil. La administración del presidente Charles de Gaulle se había visto obligada a conceder alzas salariales a los sindicatos y ese hecho había puesto presión sobre las finanzas públicas. Al solicitar apoyos a algunos países europeos éstos habían puesto como condición al gobierno francés una devaluación del franco, a lo que el presidente de Gaulle se negó rotundamente. Sin embargo, la administración encabezada por de Gaulle no pudo sostenerse y después de un referéndum con respuesta negativa, el legendario militar había tenido que renunciar.Así, tocó a su sucesor Georges Pompidou llevar a cabo la devaluación que se había intentado resistir. Y como suele suceder en casos semejantes, el ajuste cambiario resultó muy dañino por sus efectos inflacionarios y recesivos.
Ortiz Mena y Rodrigo Gómez vieron esos acontecimientos de Francia con intranquilidad y ciertamente no deseaban que en México se produjera un desenlace semejante. Y esa preocupación se intensificó cuando se hizo evidente que el conflicto estudiantil no amainaba. Fue entonces que se decidió poner en ejecución una estrategia orientada a conservar la confianza de los agentes económicos, inquietos a causa de la movilización de los estudiantes y probablemente de otros grupos infiltrados: “a río revuelto, ganancia de pescadores”. A este tema se refiere ampliamente Ortiz Mena en el libro que publicó sobre el Desarrollo Estabilizador.[1] Señala en ese texto el memorialista que se afianzó en las autoridades la intención de “evitar que se generara una crisis de confianza que afectara el desempeño de la economía”. A tal fin, se decidió trabajar simultáneamente en dos frentes. En el frente interno se inició una campaña de contactos “con los principales dirigentes de la iniciativa privada para evitar que se alarmaran por la situación”.
En esos acercamientos que se llevaron a cabo con grupos de empresarios y con sus líderes, una táctica que rindió buenos frutos fue la de simplemente aportarles guías para que pudieran deducir por sus propias reflexiones, explicaciones que los tranquilizaran. En todas esas reuniones, con o sin la participación del presidente de la República, el argumento principal era que lo sucedido en México con el conflicto estudiantil de ninguna manera era una experiencia exclusiva de nuestro país. En México estaba teniendo lugar tan sólo una expresión local de una ola global. Había que ver las cosas con perspectiva y equilibrio. También en Italia, Alemania, Suecia, Estados Unidos y Francia la policía había tenido que entrar a las universidades y someter por la fuerza a los estudiantes sublevados.
El otro frente de la estrategia fue el ya conocido de buscar apoyos y créditos en el exterior como medio para influir por esa vía sobe el ánimo de los agentes económicos locales:
“… el hecho de que los extranjeros mostraban que conservaban su confianza en México tenía un efecto muy positivo entre los empresarios mexicanos, que tendían a reaccionar en estas situaciones de manera muy similar a como lo hacían los inversionistas internacionales”.[2]
En el exterior, muchos de los principales interlocutores con los que las autoridades mexicanas buscaron contacto se encontraban en Estados Unidos: órganos de gobierno, instituciones financieras, empresarios e inversionistas. Era clave que pudieran conservar su interés en México a fin de que siguieran fluyendo los recursos en la forma de inversiones directas y de cartera y como préstamos. Un contacto particularmente decisivo se estableció con el secretario del Tesoro Henry Fowler y también con las cabezas de los principales grupos financieros de ese país. Según Ortiz Mena, “el principal mensaje que enviaba era que el gobierno mexicano reaccionaba en forma adecuada ante los disturbios y que mantenía firme su política económica”. Con la política económica de los últimos años, México había conseguido mucha credibilidad y por ello las explicaciones que se proporcionaban tenían una recepción favorable. Además, esos interlocutores podían verificar las explicaciones con otras fuentes que nunca les faltan a las instancias con poder e influencia.
Un capítulo importante en ese esfuerzo de diplomacia económica se escribió cuando el secretario Ortiz Mena atendió durante septiembre de 1968 las asambleas de otoño del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional que se celebraron en Washington. El funcionario aprovechó esos eventos para reunirse con los ministros de hacienda de los países avanzados y explicarles el buen desempeño que había tenido la economía mexicana en los años recientes y enfatizar que durante 1968 se mantenía en esa senda de crecimiento con estabilidad. Una oportunidad de oro para reiterar esas tesis se presentó cuando ese funcionario mexicano fue designado para representar a los países latinoamericanos asistentes a la asamblea del Banco Mundial. Fue durante la segunda quincena de septiembre de 1968 cuando se anunciaron los principales créditos que obtuvo México en ese episodio álgido de la historia del país.
En total, tres importantes operaciones de crédito pudo suscribir México en el exterior durante la etapa en que transcurrieron los disturbios estudiantiles. Una de ellas tuvo que ver con un financiamiento que se contrató con Francia para poder iniciar la construcción del tren subterráneo de la Ciudad de México, posteriormente bautizado como Metro. A esa transacción le siguió una colocación de bonos de gran trascendencia que hizo México en el mercado de más difícil acceso que existía entonces en el mundo: el de Suiza. A continuación, el ministro Ortiz Mena actuó con gran iniciativa para conseguir un importante crédito de ventanilla o aparador con la filial del Bank of America en Italia.[3]
El crédito otorgado por Francia tuvo características particularmente especiales. Ortiz Mena había estado en Europa durante la primavera de 1968 y la operación pactada con el gobierno francés para financiar la construcción del Metro se había quedado inconclusa precisamente por la detonación del movimiento estudiantil de París. El acuerdo se concretó finalmente en septiembre de ese año con una operación que resultó muy benéfica para México. El préstamo fue por 225 millones de francos equivalentes a 25 millones de dólares. Del total de la operación, 70 por ciento se otorgó a un plazo entre 12 y 13 años a una tasa de interés en la parte baja del rango para mercado y el resto se otorgó a 4 años con una tasa de 4 por ciento. Este segundo tramo del crédito sería para financiar la participación de empresas mexicanas en la construcción del Metro y las autoridades francesas se comprometieron a proporcionar la asistencia técnica que requería el proyecto.
La emisión de bonos en Suiza que realizó en 1968 el gobierno de México fue la primera concretada por un país de América Latina en ese mercado. Se trataba de un mercado de muy difícil acceso pero era también donde se podían conseguir las menores tasas de interés y los plazos más largos. Cuando los grandes bancos de Suiza realizaban emisiones internacionales estaban obligados por ley a colocar una parte de los bonos entre los inversionistas locales. Así, resulto muy favorable para el gobierno de México no sólo que la colocación se realizara en ese año de 1968 sino además la operación resultó muy exitosa ya que se consiguió en condiciones financieras muy favorables. El monto de la operación fue por 50 millones de francos suizos (11.6 millones de dólares) y los recursos fueron utilizados principalmente para financiar inversiones de la Comisión Federal de Electricidad.
Finalmente, el crédito que se negoció en Italia tuvo motivaciones muy personales para el ministro Ortiz Mena. Estando de visita en ese país por razones de trabajo, el funcionario mexicano leyó en algunos periódicos que los deportistas italianos no asistirían a las Olimpiadas de México porque el factor de la altura podría poner en riesgo sus vidas. Se trataba obviamente de tan solo un rumor, pero su difusión podría ser dañina para la imagen de México. Fue así que el ministro mexicano decidió llamar al director del Bank of America en Italia que tenía su matriz en Milán. Felizmente se logró armar en muy corto plazo una operación de crédito en favor de México que resultó muy útil. Varios bancos italianos se sumaron a la propuesta que al ser anunciada “tuvo un efecto favorable” tanto en la opinión pública de Italia como en la de México.
¿Cómo se reflejó la estrategia explicada de protección a la confianza en los medios de comunicación locales? ¿De qué manera dio a conocer la prensa mexicana los créditos que las autoridades conseguían en el exterior? Como ya se ha dicho, el activismo estudiantil continuó e incluso se intensificó a lo largo de agosto de 1968. Y no fue de extrañar que por esos acontecimientos empezaran a brotar manifestaciones incipientes de inquietud social. En ese tenor, a finales de ese mes informaron los diarios que “sin justificación, hubo ayer compras de pánico”. Así, la nota en primera plana del diario El Universal señaló lo siguiente:
“Varias ventas de pánico registraron ayer algunos centros comerciales del Distrito Federal, especialmente los que expenden artículos de primera necesidad, con motivo de los recientes disturbios”.[4]
En respuesta, apenas el día siguiente el mismo diario publicó otra nota bajo el título “La existencia de toda clase de alimentos está garantizada”. El reportaje se produjo a raíz de unas declaraciones que había expresado el presidente de la Cámara de Industria y Transformación (Canacintra). Según ese declarante, la industria de productos alimenticios estaba “en condiciones de satisfacer ampliamente las necesidades normales del mercado y atender también con amplitud las demandas extras que se le formulen”.[5]
La agitación estudiantil llevaba ya algún tiempo de estar en ebullición cuando empezaron a darse también algunas manifestaciones de apoyo en favor del gobierno y del presidente. El viernes 6 de septiembre apareció en la prensa la noticia de que “Empresarios del país se adhieren a GDO”. Esa expresión de respaldo para el presidente Díaz Ordaz provenía de siete cámaras industriales del país encabezadas por la Cámara Nacional de la Industria de Lavanderías. En ese mismo sentido, algunas semanas después se publicó la noticia de que se anunciaban elevadas inversiones para hacer resurgir al sector minero. Y poco después, específicamente el 21 de septiembre, la noticia indicó: “Decidido apoyo del comercio organizado al Gobierno Federal”.[6] ¿Estuvo detrás de estos apoyos la intervención propositiva del secretario de Hacienda o de algún otro alto funcionario de la administración? No resulta posible confirmarlo, pero la probabilidad de que así haya ocurrido no era remota.
Sin embargo, las acciones directas en defensa de la confianza se concentraron de preferencia a finales de septiembre y principios de octubre. No es de extrañar que así haya sucedido en la medida en que se aproximaba el inicio de los Juegos Olímpicos y las manifestaciones estudiantiles no terminaban por ser sofocadas. “Créditos de Francia y Suiza a México por 2,650 millones” rezó la cabeza de una nota que se publicó en primera plana de los periódicos el domingo 22 de septiembre. A un costado aparecía la fotografía del secretario de Hacienda Ortiz Mena abordando el avión que lo llevaría a París. El itinerario del alto funcionario sería inicialmente la capital francesa –para suscribir el Protocolo Franco Mexicano por cerca de mil millones de francos–, posteriormente Zúrich, Suiza –a fin de concluir la colocación ya mencionada de bonos mexicanos hasta por 50 millones de francos suizos– y finalmente la ciudad de Washington –en donde participaría en las reuniones anuales del Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y otros organismos financieros globales. Al partir de México, ese alto funcionario comentó sobre la colocación de bonos que se había conseguido en Suiza:
“… la apertura de este nuevo mercado proporciona a nuestro país más fuentes de recursos pero sobre todo implica un claro reconocimiento a la solidez económica y prestigio internacional de nuestro país, pues el mercado suizo es uno de los más estrictos del mundo y los valores que ahí se colocan pasan por los más severos trámites, ya que se hace un examen a fondo de la situación económica del inversor para garantizar a los ahorradores”.[7]
El pie de la foto que apareció en primera plana el martes 24 de septiembre de 1968 señaló: “El secretario de Hacienda de México, Antonio Ortiz Mena, firma en la oficina del Ministerio de Finanzas de Francia un acuerdo de crédito entre los dos países, ante la mirada de su colega francés, Francois Ortoli”. El ministro mexicano puntualizó en París que el importe de esa operación sería destinado a la construcción del Metro capitalino, al impulso de la industria petroquímica y para financiar otros proyectos industriales que se determinarían posteriormente con la participación de las autoridades francesas. Según la nota periodística, esa operación acordada con Francia, que tomaría “la forma de créditos bancarios garantizados, asociados a préstamos del tesoro francés”, era una “ratificación de la confianza internacional en México y en su gobierno”.[8]
Adicionalmente, la conclusión de la colocación de bonos que se llevó a cabo en Suiza dio oportunidad para que se reforzaran los mensajes en favor de la confianza en la economía de México. Así, la cabeza a ocho columnas de la edición del diario El Universal del 1 de octubre de 1968 proclamó “Confianza Mundial en GDO” y el subtítulo remató con el siguiente mensaje: “Fue Autorizada en Suiza una Nueva Emisión de Valores; Reflejo de Nuestra Estabilidad”. En términos de ese reportaje, la emisión de valores mexicanos en Suiza tenía el importante “significado de la confianza mundial en el gobierno del Presidente Díaz Ordaz y en la estabilidad política y financiera de México”.[9]
Súbitamente, por virtud de una celebración muy exitosa de los Juegos Olímpicos y después una ceremonia de clausura brillante, emotiva y nostálgica el estado de ánimo en el país se modificó radicalmente. Las Olimpiadas obraron el milagro de transformar las preocupaciones en tranquilidad y la incertidumbre en optimismo. Al menos eso fue lo que sucedió en el orden económico. Según el ministro Ortiz Mena ese año de 1968 fue el de más alto crecimiento económico durante el Desarrollo Estabilizador; se había restaurado la confianza y el ahorro y la inversión continuaron adelante de manera sólida. En qué medida las acciones que emprendieron las autoridades para defender la confianza contribuyeron a contener las fugas de capital y a sostener el tipo de cambio es algo imposible de contestar. Lo único que queda sin discusión son los hechos duros. La paridad de 12.50 pesos por dólar pudo conservarse sin grandes pérdidas de reservas y en los años restantes de ese sexenio el crecimiento fue también muy satisfactorio.
En esos episodios de incertidumbre y vulnerabilidad que tuvieron lugar en México en el gozne entre 1958 y 1959, en ocasión de los apoyos a la Revolución Cubana, con motivo de la nacionalización eléctrica y de la crisis de los misiles y en la delicada coyuntura creada por el movimiento estudiantil de 1968 ¿pudieron las autoridades financieras de México actuar de una manera diferente a como lo hicieron? La respuesta es que seguramente no. La opción de permanecer en la pasividad y no hacer nada era claramente inaceptable. Además, en favor de la forma de actuar que se discurrió desde los acontecimientos traumáticos de 1958-1959 obró el importante factor de la experiencia. La experiencia había mostrado que las intervenciones para fortalecer la confianza daban buenos resultados. Si ése era el caso, lo indicado resultaba perseverar por esa senda y, eventualmente, aplicar sobre la marcha las correcciones que fuesen necesarias. Sin embargo, no hay evidencias de que en alguno de los episodios tratados se hubiesen tenido que hacer ajustes a la estrategia que se seguía. La conclusión final que puede aportarse es que esa estrategia de defensa de la confianza habría sido imposible de aplicar sin una estabilidad bien afianzada y sin finanzas públicas sanas. En ausencia de estos últimos requisitos, habría sido imposible obtener créditos en el extranjero. Tampoco habría sido posible convencer a los agentes económicos de no actuar en forma desestabilizadora en un ambiente inflacionario en el que el tipo de cambio tendiera inexorablemente hacia la sobrevaluación.
[1] Antonio Ortiz Mena, El Desarrollo Estabilizador: Reflexiones sobre una Época, México, El Colegio de México y Fondo de Cultura Económica, 1998, pp. 104-107.
[2] Op. cit., p. 111.
[3] Op. cit., p. 113.
[4] El Universal, 30 de agosto de 1968, p. 1.
[5] El Universal, 31 de agosto de 1968, p. 1.
[6] “Empresarios del país se adhieren a GDO “; “Anuncian elevadas inversiones para resurgir el esplendor minero” y “Decidido apoyo del comercio organizado al Gobierno Federal”, El Universal, 13 y 21 de septiembre de 1968, p. 1.
[7] “Créditos de Francia y Suiza a México por 2650 millones”, El Universal, 22 de septiembre de 1968, pp. 1 y 11.
[8] “Otorgó Francia importante crédito a nuestro país”, El Universal, 24 de septiembre de 1968, pp. 1 y 8.
[9] El Universal, 1 de octubre de 1968, pp. 1 y 15.