Tomo XVI: Las consecuencias del inflacionismo
III. Devaluación

 

5. Las fugas de capital

 

Para el presidente López Portillo, la gran fuga de capitales que se desató con furia creciente durante las etapas finales de su sexenio fue un fenómeno de inmensa preocupación personal y de gobierno, y fuerte impacto dramático. Las notas relativas a ese tema en el diario que llevó durante sus días en el poder, destilan un sentimiento muy evidente de angustia y desesperación. También de desconcierto. ¿Por qué? En esas notas es posible captar, primeramente, el elemento de la sorpresa, del azoro. ¡No lo esperaba! Así, en una entrada correspondiente al 7 de julio de 1981 López Portillo escribió: “De modo inesperado se precipitan los rumores devaluatorios y están saqueando al Banco de México. Es increíble lo que ocurre, pero ocurre”. Y en esas reacciones del presidente ante las fugas de capital, se aparecieron también las actitudes de la incredulidad y el rechazo: “… están saliendo muchos dólares, hay fuga de capitales. Alguien me quiere reproducir un clima como el de 1976. Rumores, fugas de dinero, intrigas. El año político de las decisiones graves. No acabo de entender qué pasa. Extraña psicosis”. Y en esas elucubraciones del mandatario, se advierte asimismo una actitud de desconcierto, de incomprensión: “Aquí siguen saliendo dólares… Los financieros no me explican a satisfacción la situación. No está claro si son movimientos de estación, pagos anticipados o qué diablos”. Y desde luego, siendo López Portillo como era, no podía faltar el elemento de paranoia con respecto a los extranjeros, de amenazas del exterior contra México: “No sé si de afuera empiezan a actuar, tratando de desestabilizarnos. Hay algo raro”. O más adelante, en esos apuntes autobiográficos el memorialista agregó que se empezaba a aclarar “la posición monetarista de E.U.A. con su juego de tasas de interés altas”, tal vez para succionar en favor de ese país el ahorro mundial. Se trataba del “liberalismo a ultranza, de un neoconservadurismo fanático… Daño para muchos. Tragedia para el Tercer Mundo”. Por último, cabe destacar el sentimiento de traición que apareció en el espíritu de aquel presidente, de puñalada por la espalda: “El miedo, legítimo si se quiere, pero el miedo de los ricos insolidarios, ante el primer factor negativo nos agravó la crisis. Después, para justificar su abandono y cobardía, construyeron toda una teoría explicativa fundada en la calumnia…”.[1]

En sus memorias López Portillo asentó que “la fuga masiva de capitales se inició por la baja del petróleo y no por otras razones”. La declaración es muy reveladora, en la medida en que permite confirmar la confusión que había en la mente de aquel presidente entre el detonante o banderazo de salida para el inicio de la salida de fondos –la caída de los precios del petróleo– y la causa originaria del fenómeno –la apreciación tan marcada del peso mexicano durante aquellos años de su periodo gubernamental. En ese orden, también fue muy evidente en aquel mandatario su intento por achacarle la causalidad de aquel fenómeno tan nocivo a la exclusiva gravitación de factores del exterior. Al respecto, el mandatario escribió en sus apuntes autobiográficos que “la desconfianza no se originó por actos del Gobierno, sino por fenómenos económicos fuera de nuestro control que, como el colapso de precios, llegaron del exterior”. La falsedad de esta afirmación es sobradamente evidente. Como se señala líneas atrás, la causa fundamental de las fugas de capital se derivó de manera directa de la política económica expansionista que esa administración había decidido seguir al menos desde fines del año 1978. O para decirlo en otras palabras: eran insostenibles los alegatos de inocencia por parte de la administración que gobernó el país de 1976 a 1982, en cuanto a las causas que dieron lugar a las fugas de capital. Pero don José López Portillo nunca fue un dechado de congruencias reflexivas. Así, al margen de tantas divagaciones distractivas, es posible, de todas maneras, encontrar en sus apuntes autobiográficos al menos una referencia a la causa verdadera de las fugas de capital. En ese sentido, a principios de noviembre de 1981 escribió en su bitácora de sexenio: “La situación económica se me ha deteriorado en función de un déficit muy severo… Peso sobrevaluado, fuga de capitales”.[2] La explicación era indudablemente correcta, pero López Portillo la enunciaba prácticamente sin convicción alguna. Es decir, como si no entendiera la semántica del vocablo “sobrevaluado”, sin conocimiento visible del significado del concepto y de sus implicaciones para la política económica.

En sus apuntes autobiográficos, el expresidente López Portillo hizo en efecto referencia a la “sobrevaluación y fugas de capital” y también, aunque visiblemente de manera no interconectada, a la “diferencia de los índices de inflación con los Estados Unidos”. De forma muy obvia, este último era el factor causal inmediato anterior que había dado lugar a la mencionada “sobrevaluación”; o sea, a la apreciación tan marcada a que había llegado el tipo de cambio real de la moneda mexicana.[3] Sin embargo, cabe hacer notar que referencia o enunciado no es equivalente a entendimiento o comprensión. Indudablemente, para entender los orígenes y las implicaciones de la sobrevaluación de la moneda nacional se necesitaba la explicación secuenciada de las causalidades subyacentes, algo que ni siquiera se intenta en esos apuntes autobiográficos del expresidente. Pero no únicamente los paradigmas de la ciencia económica, sino el más puro sentido común, podían indicar la secuencia de eventos que se habían encadenado para la conformación de la aludida sobrevaluación cambiaria. Desde luego, el principio de la enfermedad –el pecado original, en metáfora con la Biblia– se remontaba al momento en que el gobierno de López Portillo optó por aplicar una política económica expansiva con implicaciones inflacionistas. Acto seguido, por razón de las presiones alcistas que se habían desatado en la economía interna, se generaba el diferencial de tasas de inflación ya aludido entre México y los Estados Unidos. Así, con un régimen en el país de tipo de cambio controlado, lo que sucedió a continuación es que se concretaba la sobrevaluación de la moneda nacional, lo cual, en términos prácticos, significaba un encarecimiento general de la economía local con respecto a la de Estados Unidos y de manera más amplia con las del resto de los países del mundo. Y el desenlace es que, tarde o temprano, la sobrevaluación de la moneda local terminaba por desatar la muy temida fuga masiva de capitales. Ante la sobrevaluación, los agentes económicos decidían expatriar sus ahorros para protegerlos de una eventual corrección del tipo de cambio de la moneda mexicana. Y en términos coloquiales, esa corrección del tipo de cambio se conocía con el nombre pedestre de devaluación.

La causa fundamental, ya se ha dicho, de la gran fuga de capitales que se desató hacia finales del sexenio de López Portillo fue la sobrevaluación de la moneda. Pero la historia también registra la ocurrencia de al menos dos banderazos de inicio para esas fugas. El primero de ellos, ya mencionado, fue la caída de los precios del crudo cuando, López Portillo dixit, el petróleo se había convertido en el eje de la confianza para ese sexenio. Y un segundo banderazo de salida para las fugas de capital lo dio el propio presidente López Portillo cuando en un esfuerzo de comunicación incurrió en un error de inmensa gravedad. El dislate se cometió en ocasión de una entrevista de prensa que aquel mandatario concedió a los corresponsales extranjeros acreditados en México, a mediados de julio de 1981. Al respecto, el expresidente escribió en sus apuntes autobiográficos: “Las preguntas de siempre, de esas que evidencian problemas de los que uno no quisiera hablar, porque causan lo que suponen. Pero ya está en la lengua de todos los problemas de la paridad y la alarma, y declaré, terminante, que defenderé al peso como un perro”. La declaración fue terriblemente lesiva para la figura de aquel presidente “hasta entonces absolutamente respetada”. Y las reacciones de ese memorialista a tan desafortunado exabrupto quedaron contenidas en esos pasajes de su diario “… pontífices de la insolidaridad que se desentendieron del propósito y me dejaron solo…”, pero no hay referencia directa alguna a los efectos que aquel dislate declarativo monumental pudo haber tenido en el mercado cambiario, si bien no inmediatamente, sí con el paso del tiempo.[4]

No existe en la ciencia económica un método o un procedimiento para determinar con toda exactitud cuando una moneda ha llegado a un nivel de sobrevaluación, ni tampoco para medir la magnitud precisa de la sobrevaluación. Sin embargo, en la historia económica se han observado casos tan excesivos de apreciación del tipo de cambio real que para ser notados no se ha requerido de esa medición exacta del fenómeno. Uno de esos casos se concretó de manera muy visible en México, durante los años finales del sexenio del presidente López Portillo. También, no por casualidad, durante el gobierno anterior del presidente Echeverría. Y cuando este fenómeno de encarecimiento general de la economía interna frente al exterior se volvía muy extremo y visible, solo tenía para su solución dos posibles caminos de salida. El primero de ellos podía consistir, al menos desde el punto de vista teórico, en dar lugar en la economía local a un proceso de deflación (es decir, lo opuesto a la inflación, que significaba una reducción del nivel general de precios) a manera de restaurar el nivel de equilibrio del tipo de cambio real. En términos intuitivos, esta restauración del equilibrio del tipo de cambio real podía entenderse como un emparejamiento en su poder de compra de los precios internos con los del exterior. De entrada, cabe aclarar que, desde un punto de vista práctico, esta opción de solución se presentaba totalmente inviable al menos por dos razones. La inicial, era la imposibilidad de aplicar una gran deflación en una economía moderna como era la mexicana en ese tiempo, en donde muchos precios y en particular los salarios nominales, estaban determinados contractualmente. Además, la magnitud a que había llegado la sobrevaluación habría requerido una deflación de un tamaño imposible tan siquiera de considerar en términos operativos. La otra y segunda posibilidad de solución que se presentaba para la sobrevaluación del tipo de cambio era la devaluación cambiaria. Es decir, un ajuste hacia arriba del precio en moneda nacional del dólar de Estados Unidos. Pero esa era precisamente la salida a la cual se negaba de manera tajante el presidente López Portillo a esas alturas de su sexenio, bajo el argumento de que “presidente que devalúa, se devalúa”.[5]

¿A cuánto ascendía la sobrevaluación a que había llegado el peso mexicano en esa época? Como ya se ha dicho, nunca se ha contado con un método exacto de medición para el fenómeno de las tendencias modificatorias del tipo de cambio real de una moneda. Sin embargo, en su libro La Economía Presidencial el ensayista Gabriel Zaid ofrece una primera estimación del fenómeno: “En el tercer trimestre de 1981, los precios al menudeo habían subido 130 por ciento con respecto al primer año del sexenio, mientras que el dólar no había subido más que 10 por ciento”.[6] Era, según ese escritor, “la barata del sexenio”. De hecho, una mera comparación simple de los diferenciales de inflación entre México y Estados Unidos ofrecía una buena medición aproximada de la sobrevaluación en esos años.

¿Había sido informado en su momento el presidente López Portillo del concepto de la sobrevaluación de la moneda? Probablemente sí, aunque posiblemente nunca comprendió plenamente sus implicaciones para el comportamiento de los agentes económicos. Así, tal vez en razón de que estaba al menos avisado del fenómeno, fue que, en ocasión de la Quinta Reunión de la República, en febrero de 1982, al improvisar en su discurso señaló: “Defendamos nuestro peso, que no es necesariamente sobrevaluado…”. Sin embargo, es probable que ya en retrospectiva, cuando a mediados de los años ochenta escribió sus memorias, el expresidente se haya enterado con mayor precisión de lo que significaba el concepto de la sobrevaluación y al hacer un balance muy pormenorizado del año 1981, crítico para su gobierno, explicó que “nuestra abundancia motivó un aumento inusitado del turismo nacional que salía del país, no solo a disfrutar sino, fundamentalmente, a comprar, incentivado, además, por un tipo de cambio ya sobrevaluado y por expectativas de devaluación…”. Y en ese mismo balance de 1981, en un pasaje también revelador escribió aquel exmandatario que “al abrirse la diferencia de inflación con los E.U.A., resultaba una grave disparidad cambiaria, que propiciaba especulación y fuga de capitales”. Y en la nota de pie de página correspondiente a esa última afirmación se encuentra la que podría ser para López Portillo su prueba incriminatoria irrefutable: “Los criterios ortodoxos, que establecen la paridad de equilibrio conforme al diferencial de inflación entre México y el exterior, señalaban en 1981 una sobrevaluación del orden de 43 por ciento, lo que significaba llevar el tipo de cambio a 35 pesos por dólar, aproximadamente”.[7] A explicación no pedida, reza el viejo refrán, acusación manifiesta.

Entre las defensas de la paridad que aquella administración intentó aplicar estuvo el programa de desliz del tipo de cambio que se puso en vigor a partir de principios de 1981. Según la edición del Informe del Banco de México para dicho año, ese desliz se inició a una tasa anual de 8 por ciento en el primer trimestre. A continuación, el desliz se aumentó a 10.7 por ciento durante el segundo trimestre; se elevó de nueva cuenta en el tercero de esos periodos a 12.4 por ciento y una vez más a 16.2 por ciento anual en el cuarto trimestre. Y ya no hubo tiempo para imprimirle mayor velocidad a ese desliz, toda vez que la devaluación que se intentaba impedir a toda costa, se anunció en febrero de 1982. Tan solo una mirada a vuelo de pájaro confirma la insuficiencia de esa medida en razón de que mientras en 1981 la inflación general anual se ubicó en 28.7 por ciento, el desliz que se aplicó al tipo de cambio sumó en el año tan sólo 12.4 por ciento. O sea, que el programa de desliz en nada ayudó a corregir el proceso de sobrevaluación que se venía dando desde principios del sexenio.[8]

En su momento, el ensayista Gabriel Zaid hizo una crítica devastadora al programa de deslizamiento del tipo de cambio de cuatro centavos diarios que se aplicó a lo largo de ese año de 1981. Tomando en cuenta los diferenciales de tasas de interés entre México y Estados Unidos (42 por ciento contra 14 por ciento) y de niveles de inflación (30 por ciento contra 3 por ciento), dicho autor demostró que para que un inversionista quedara indiferente entre hacer la misma inversión en México o en el mencionado país del norte el desliz debería haber sido de nueve centavos diarios en lugar de cuatro. Así, al acordar una devaluación diaria de tan solo cuatro centavos, la combinación de la política cambiaria y de la política interna de tasas de interés estaba implícitamente favoreciendo o impulsando la inversión financiera hacia los Estados Unidos.[9]

En la medida en que la sobrevaluación de la moneda nacional se fue agrandando, al Banco de México le debe haber resultado crecientemente más difícil participar en la defensa del tipo de cambio. No debe caber duda de que si hubiera estado en su posibilidad hacerlo, en congruencia con los principios universales de la banca central habría hecho esa defensa de una manera muy diferente a como se propuso desde la presidencia. E indudablemente, esa manera habría consistido en impulsar una política económica que no fuera conducente a generar inflación. Es decir, una política con finanzas públicas sanas y un manejo monetario prudente. Con todo, dentro de aquellas circunstancias que estuvieron marcadas por una política inflacionista y que, por tanto, deben seguramente haberse vuelto cada vez más complicadas, el Banco de México hacía lo que estaba a su alcance para coadyuvar a que se mantuviera la estabilidad cambiaria. Un caso ilustrativo se dio en junio de 1980 en ocasión de que el Consejo Regional de la sucursal Guadalajara fuera invitado en pleno a asistir a una sesión del Consejo de Administración. Y en dicha reunión, uno de los ilustres visitantes, el empresario jalisciense Ignacio Aranguren, sacó a colación el tema candente de la sustentabilidad de la paridad. Así, habiéndose expresado en esa junta preocupación por “el debilitamiento del ritmo de crecimiento de las exportaciones de manufacturas”, el señor Aranguren intervino para señalar, respecto del problema planteado, que había también que considerar “la conveniencia de realizar ajustes en el tipo de cambio para adecuarlo a los requerimientos de las mencionadas ventas al exterior”. A continuación, en cuidadosa réplica, el director general, Romero Kolbeck, explicó que “presionar a la baja al peso frente al dólar podría tener amplios efectos negativos, incluso en el incremento de demandas laborales”. Y desde el punto de vista de las consideraciones de balanza de pagos, “bien podríamos estar revaluando la moneda nacional aun cuando esto no se hará dado los inconvenientes que entrañaría dicha política”. Tan la situación del tipo de cambio se presentaba desahogada, concluyó el banquero central en aquella sesión de Consejo, que el Banco de México estaba “siguiendo la política de retirar de dicho mercado –o sea, del mercado cambiario– excedentes de divisas”.[10]

Episodios semejantes al evocado se han de haber producido en número importante durante aquellas épocas que estuvieron marcadas por la inflación y por la sobrevaluación de la moneda. En confesión personal, en una plática privada que tuvo lugar en el año 1985, el economista Gustavo Romero Kolbeck explicó el brete comunicacional en el que lo metió siendo cabeza del Banco de México la sobrevaluación de la paridad, que se ampliaba de manera continua. Ante la pregunta reiterada por los reporteros en todos los eventos públicos: ¿habrá devaluación?, el funcionario se encontraba prácticamente sin respuesta posible. En caso de contestar afirmativamente, en ese momento firmaba su sentencia de muerte como servidor público; si respondía que quién sabe la respuesta se entendía como que sí sucedería y en caso de responder no, nadie le creería.[11] Y, además, en adición a todas esas dificultades en materia de comunicación, amenazaba como telón de fondo la desconfianza personal que le guardaba el presidente López Portillo a todo lo que sonara al Banco de México. En la nota de sus memorias relativa al episodio en que proclamó que defendería al peso como perro, agregó a continuación con un espíritu claramente acusatorio: “Lo malo es no sentir la solidaridad de los responsables del área”. Y en un sentido parecido señaló hacia diciembre de ese año que al enterarse todos los días del saldo de la reserva de divisas del Banco de México, faltaba “explicación racional de la salida de dólares que, por la naturaleza de los registros, eran pagos, muchos y cuantiosos, anticipados por compras en el exterior, que las estadísticas y controles no reportaban como ingresos de mercancías”.[12]

En fin, ya en una situación de elevada inflación y muy avanzada sobrevaluación del tipo de cambio, era realmente poco lo que la banca central podía hacer para defender la paridad cambiaria más que proclamar públicamente que poseía una reserva internacional cuantiosa, además de mantenerla en disposición para intervenir en el mercado de cambios cuando la demanda de dólares sobrepasara a la oferta. No había duda de las finalidades que se asignaban a la reserva internacional y a ello se alude explícitamente en el Informe Anual del Banco de México para el año 1981: “Las reservas primaria y secundaria garantizan la libre convertibilidad y transferibilidad de nuestra moneda, el cumplimiento oportuno de nuestras obligaciones internacionales y la estabilidad de nuestro sistema cambiario”. La reserva primaria bruta se integraba con todos los recursos en divisas disponibles para el Banco de México, tanto en metales como en inversiones de gran liquidez. Por su parte, la llamada reserva secundaria se integraba con la capacidad de giro del país en el Fondo Monetario Internacional y los convenios de cooperación monetaria que se tenían suscritos con la Reserva Federal y la Tesorería de los Estados Unidos, además de con otros tres países: Francia, España e Israel. Y el punto a considerar era la forma en que ambos saldos se habían incrementado al cierre de 1981 con respecto a su nivel de cierre del año anterior. La reserva primaria había pasado de 4 003 a 5 035 millones de dólares, aunque el monto de la reserva secundaria se había mantenido aproximadamente estable en poco más de 5 700 millones de dólares. Y desde luego, ninguna mención es posible encontrar en esa publicación a las fugas de capital que se habían iniciado en grande a partir de junio de ese año.[13]

Aunque con sus limitaciones en términos de monto –los activos de divisas de un banco central son siempre finitos y de magnitud relativamente pequeña frente a los volúmenes a que puede llegar la especulación–, la reserva internacional del Banco podía ser indudablemente un instrumento útil para la defensa de la paridad. En paralelismo metafórico, también el presidente López Portillo creyó contar en esa coyuntura histórica con reservas muy vastas de capacidad retórica que decidió poner al servicio de la defensa de la paridad. Según confesión propia, aspiró a recrear en ese episodio la experiencia a cuando mediante su discurso inaugural logró mesmerizar a la nación mexicana para restaurar la confianza colectiva en sus gobernantes. La pretensión no obtuvo el éxito esperado por una razón monda y lironda: porque se había tratado de una problemática totalmente diferente, restaurar la confianza pública en el país, que defender a un tipo de cambio que, con muy buenas razones, los agentes económicos percibían como demasiado sobrevaluado y que presentían en peligro de crisis cambiaria. De cualquier manera, aquel mandatario se entregó con toda convicción a ese intento de defensa mediante sus talentos de tribuno. Sin dejo de modestia, López Portillo llegó a escribir en sus memorias que con motivo de su redacción, años después llegó a releer aquellas improvisaciones y le parecieron “algunas bastante buenas, me conmuevo: no pude acreditar razón contra el egoísmo”. La primera de esas intervenciones oratorias en defensa de la paridad del peso mexicano se produjo en ocasión de una entrevista de prensa a la que López Portillo accedió el 13 de julio de 1981:

“Resolvamos con quién vamos a solidarizarnos, si con nuestro país, que es esta tierra, nuestros padres, nuestros hijos, o con economías ajenas, a las que vamos a premiar con nuestro miedo, nuestro pánico, nuestra ingenuidad. ¿Vamos a premiar el manipuleo, la mala información, el mercado especulativo de ‘futuros’ del peso que hay en E.U.A. y que se tasa como el café en la Bolsa, negociando así el futuro de un país? No dejemos en manos de manipuladores y de especuladores la salud y la economía de México”.[14]

“Creía yo en la comunicación; en mi obligación de informar. Y suponía, a veces, que informando, comunicando, la realidad se hacía comprensible y posible la comprensión”, escribió López Portillo en sus memorias. En ese orden, fue dentro de ese esfuerzo por defender al régimen cambiario mediante la palabra, que en un dislate cometido ante la prensa extranjera acreditada en México aquel presidente cayó en el gran error de decir que defendería al peso “como perro” y lo dijo “con el rostro crispado y enseñando los puños”. Pero a pesar de las muy negativas repercusiones que tuvo ese indudable error comunicacional, López Portillo persistió en el enfoque de defender a la paridad mediante la oratoria: “Tenía, tengo, fe en la fuerza convocatoria y convincente de la palabra, del logos al verbo; de Adán que da nombre a las cosas, a Freud, que las sublima”. Así, la más importante de esas improvisaciones retóricas tuvo lugar con motivo de la última Reunión de la República en ese sexenio, que tuvo verificativo en febrero de 1982:

“Por eso hemos puesto a flotar al peso y para compensar su ritmo de flotación, hemos establecido aranceles y restablecido el sistema de licencias. No importaciones de lujo, no irnos al extranjero, por más barato que sea… Yo los invito a hacer el turismo en México. No adquiramos en el extranjero inmuebles de lujo para asegurar fortuna… [No] traicionemos el espíritu de la ley; no nos traicionemos unos a otros… actuemos como mexicanos, no como extranjeros vergonzantes… Estamos dándole ritmo al valor de nuestra moneda con el desliz, con los aranceles, con las licencias y con los estímulos y fomento de las exportaciones. Esa es la estructura que conviene al país… la que me he comprometido a defender como perro… Esa es la estructura que le hemos dado a nuestra política monetaria, porque no queremos hacerle el juego a la parte más despreciable de la sociedad: aquéllos que se enriquecen con la especulación y con el fracaso de los demás… ¿A quién interesa… que cambiemos nuestra política monetaria?... no a intereses mexicanos. Por eso les pido con todo énfasis, con toda pasión: sigamos defendiendo… no caigamos en el pánico, en especulaciones, en trampas… Si tenemos el privilegio de ser mexicanos, actuemos como tales. Combatamos el contrabando… Impulsemos nuestras exportaciones y realicemos un esfuerzo supremo para atraer turismo… A eso los invito. No salgan. No traigan. Ayuden al país, ayudémonos todos…”.[15]

El presidente López Portillo entendió muy bien, aunque a toro pasado, la futilidad de aquel esfuerzo comunicacional. Sin embargo, por desgracia nunca intentó comprender las razones profundas de ese fracaso. Poniendo atención en lo primero, apuntó en sus memorias que aquella última reunión de la República fue “nueva ocasión para que la sinceridad presidencial despertara la alarma de los intereses insolidarios. Y yo creyendo, sinceramente, que con la palabra se comunicaba, se entendía, se tranquilizaba… Los dólares, con o sin discurso, hubieran salido de todos modos. Yo levanté un espejo e hice una pública llamada a la solidaridad nacional…”.[16] Pero aparte de ese lamento retrospectivo, como ya se ha planteado no es posible encontrar en aquellas páginas autobiográficas de López Portillo la más mínima intención analítica por entender las motivaciones de los especuladores, por ponerse en sus zapatos. Para empezar, era totalmente falso, como lo afirma el expresidente en sus memorias, que “las fuerzas desestabilizadoras de afuera venían…”, que no era a “intereses mexicanos” a los que convenía que aquella administración cambiara su política monetaria. La afirmación es visiblemente errónea. Hacia 1979 y 1980 pero principalmente durante 1981, los mexicanos que viajaban al extranjero caían muy pronto en la cuenta del muy obvio encarecimiento de México y el abaratamiento consiguiente de lugares tradicionalmente muy onerosos, como Nueva York, París, Londres o Tokio. De dicha observación debe haber mediado tan solo un paso para que algunos de esos viajeros empezaran a deducir que la marcada apreciación a que había llegado la moneda mexicana era insostenible y que su mantenimiento no podría durar indefinidamente. Esto último, aunque dijera lo que dijera en contrario en sus discursos y declaraciones el presidente de la República.

Los ciudadanos que pueblan un país no son como los desea o imagina el gobernante soñador. Así lo debe entender el verdadero estadista. López Portillo debió conocer la reacción usual de las mayorías frente a la posibilidad de que hubiese un ajuste cambiario, en especial cuando contaban, y mucho, dos experiencias previas: primera, el privilegio de haber fungido como secretario de Hacienda y, segunda, el haber sido testigo, ya en calidad de candidato y presidente electo, del proceso devaluatorio del año 1976. No había que rasgarse las vestiduras con falsas concepciones. Los empresarios buscan siempre maximizar las ganancias en sus negocios; los consumidores, obtener la mejor oferta y los ahorradores, optimizar la protección del patrimonio ahorrado. Si estos últimos empiezan a percibir el peligro de una devaluación cambiaria, procurarán pasar sus ahorros a una divisa más segura, como el dólar. La actitud puede parecer mezquina, egoísta, rastrera, pero es real y además completamente racional.

La inclinación a comprar barato y vender más caro es consustancial al ser humano. El arbitraje consiste en realizar una operación de esa naturaleza, pero en forma simultánea. La especulación, por su parte, radica en comprar algo con la esperanza de venderlo más tarde a un precio más elevado. Eso es lo que hacían en México los especuladores en el mercado cambiario durante aquellos tiempos agitados de 1981 y principios de 1982. Y actuaban de esa manera, en razón de que el dólar se encontraba ridículamente barato en su cotización en pesos y era de esperarse que el tipo de cambio se ajustase pronto a un nivel más realista. Proteger los ahorros mediante esa operación era una conducta racional, aunque en lo colectivo resultara perjudicial para el país. Pero el ciudadano, al intentar proteger su patrimonio familiar nunca piensa en lo colectivo, ni tiene por qué hacerlo. No es su papel. Reflexionar en términos del bienestar colectivo es sólo obligación de las altas autoridades.

Aquel mandatario (López Portillo) debió ser informado de la manera en que en México se formaban las expectativas sobre el tipo de cambio. El ciudadano mexicano, por razones obvias, siempre estaba muy atento a los indicadores que le permitieran decidir si el tipo de cambio vigente podía mantenerse. Las indicaciones de sobrevaluación siempre habían sido interpretadas como indicios de la debilidad de la paridad en vigor. Y a falta de otros indicadores confiables, se encontraba orientación en el rumor, en la conseja confidencial, en la conjetura. La orientación podía provenir de quien sí tenía acceso a los indicadores confiables o de los asesores profesionales que brindaban su recomendación por una remuneración pecuniaria. Y por esa asesoría, por lo menos algún segmento del público estaba en posibilidad de conocer que en el caso de México, hacia las postrimerías del sexenio de López Portillo, no sólo se trataba de la sobrevaluación del tipo de cambio, sino de la deuda externa que había crecido de manera exorbitada, de las finanzas públicas que estaban muy desordenadas, de la elevada inflación interna y su diferencial con la inflación en el exterior, principalmente en los Estados Unidos, del muy importante déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, del financiamiento externo que ya sólo se conseguía de corto plazo.

Al igual que las corridas bancarias, los ataques especulativos contra las monedas nacionales son fenómenos que se gestan en forma larvada. Así, cuando la masa crítica ha adquirido suficiente volumen, al menor y menos previsto indicio se desata la estampida. De este hecho, de vigencia universal, debió haber sido informado el presidente López Portillo por sus asesores económicos. Si no ocurrió de esa manera, la omisión fue de esos asesores y en última instancia de su jefe, que tenía en sus manos todo el poder.

Esos mismos asesores debieron haber advertido al presidente López Portillo que si algún objetivo de la política pública no era posible concertar o negociar con los grupos de poder de la sociedad ése era el caso del mantenimiento de la paridad del tipo de cambio. El mero intento de negociar ese asunto, se interpretaría de inmediato como la señal para salir corriendo en busca de la protección del dólar. De esa forma, la intención individual por ser el beneficiado único, termina por llevar a la totalidad (a la gran masa) la conducta no deseada por la autoridad. Hacia finales del sexenio de López Portillo, el dólar ya estaba muy barato para los mexicanos. La primera señal para que se desatara en grande la fuga de capitales en contra de la moneda nacional –la “sacadera de dólares”, según la expresión propia de López Portillo– fue la caída del precio internacional del petróleo hacía junio de 1981. Poco tiempo después, ese mismo presidente dio un banderazo de salida adicional a la estampida cuando declaró que defendería al peso “como perro”. Más adelante, ya en febrero de 1982, emitió una nueva convocatoria para contribuir a mantener la paridad estable. Todo en vano. La devaluación se anunciaría el 17 de febrero de 1982.

En el episodio de las fugas de capital que se escenificó durante el segundo semestre del año 1981 y principios de 1982 hubo tres variables clave necesitadas de estimación. La primera de ellas fue sobre el monto de la sobrevaluación, la cual, como ya se ha visto aquí, fue la causa originaria de las especulaciones cambiarias. A continuación, también parecía necesario hacer una estimación del capital que se fugó y a la vez del monto de crédito externo que se aplicó al financiamiento de las fugas de capital. Esto último, con la idea de poder vencer a la especulación y de esa manera conservar el régimen cambiario en vigor con su desliz preanunciado, como lo había prometido con determinación perruna el mandatario. Según el presidente López Portillo, originalmente se había programado para el año de 1981 un monto de endeudamiento externo para el sector público de, aproximadamente, 5 mil millones de dólares. Sin embargo, a final de cuentas esa cantidad casi se cuadriplicó, para ubicarse en alrededor de 19 mil millones de dólares. ¿Qué pasó? En términos muy gruesos, de ese diferencial de aproximadamente 14 mil millones de dólares, 10 mil se aplicaron a absorber el costo de la caída de los precios del petróleo y de otras exportaciones, el cual ascendió en opinión de aquel presidente a 10 mil millones de la moneda estadounidense. Presumiblemente, el remanente por 4 mil millones se aplicó al ya mencionado financiamiento de las fugas de capital.[17]

¿Incurrió aquella administración en la práctica de financiar mediante crédito externo las salidas de capital, con el fin de poder sostener el esquema cambiario en vigor con un desliz preanunciado? El propio presidente López Portillo lo admite en sus memorias. Al respecto, primero señala ese memorialista que los dólares excedentes de las ventas de petróleo “se destinaron a otras inversiones, como lo he explicado, y cuando se pervirtió la economía a financiar demanda de dólares que resultaron a cargo del déficit público”. Y más adelante añade en ese mismo sentido aquel mandatario, que “cuando fuimos cuantificando el daño combinado de precio de petróleo y alza de intereses… resolví seguir adelante y autoricé contratar deuda por arriba de lo programado…”. Y al proceder de esa manera, acepta López Portillo en sus memorias, “implícitamente aceptaba financiar la fuga de capitales, consecuencia morbosa del libre cambio, en proporción desconocida…”.[18]

Explicada la política cambiaria en esa forma, el lector se siente tentado a considerar como un instrumento operativo adicional para intentar defender al tipo de cambio, al financiamiento mediante deuda de las fugas de capital. Pero ese argumento parece dudoso y de hecho resulta totalmente falso. Ello, en la medida en que el financiamiento de las fugas por conducto de crédito externo no estaba dirigido, ni tenía la capacidad, para incidir sobre la causa fundamental de esas fugas que era la sobrevaluación de la moneda. En este sentido, se presenta una gran diferencia operativa con el desliz que se puso en operación y cuya acción sí estaba en posibilidad de tener efecto sobre ese último factor. Pero si este último era el caso, ¿por cuáles razones la puesta en ejecución del desliz no fue capaz de detener las fugas de capital y, en última instancia, impedir la devaluación? La primera razón, es que esa puesta en ejecución fue muy tardía, cuando a principios de 1981 ya la sobrevaluación se encontraba muy avanzada con una magnitud de más de 40 por ciento. Y la segunda razón, también determinante, es que el ritmo del desliz se aplicó a una velocidad totalmente insuficiente, incapaz de incidir, aunque fuese marginalmente, sobre el monto de la sobrevaluación. Con lo que, en términos de la terminología de la medicina, el financiamiento mediante deuda de las fugas de capital nunca pudo haber llegado a la categoría de medicina curativa y se quedó tan solo en mero paliativo.


[1] José López Portillo, Mis Tiempos. Biografía y Testimonio Político, México, Fernández Eds., 1988, t. II, pp. 1074, 1078, 1090, 1092 y 1079.

[2] Ibid., p. 1112.

[3] Ibid., p. 1978.

[4] Ibid., p. 1085.

[5] Ver, por ejemplo, Enrique Campos Suárez, “Presidente que devalúa, se devalúa”, El Economista, 11 de marzo de 2020.

[6] Gabriel Zaid, La Economía Presidencial, México, Ed. Vuelta, 1987, p. 75.

[7] López Portillo, Mis Tiempos…, op. cit., t. II, pp. 1142, 1151 y 1168.

[8] Banco de México, Informe Anual, 1981, p. 34.

[9]  Gabriel Zaid, “Los cuatro centavos diarios”, en La Economía Presidencial, pp. 50-55.

[10] Banco de México, Actas del Consejo de Administración, Acta 2458, 24 de junio de 1980, Libro 10, pp. 61-63.

[11] Entrevista Gustavo Romero Kolbeck–Eduardo Turrent Díaz (ETD), marzo de 1985.

[12] López Portillo, Mis Tiempos…, op. cit., t. II, pp. 1084 y 1136.

[13] Banco de México, Informe Anual, 1981, pp. 31-33.

[14] López Portillo, Mis Tiempos…, op. cit., t. II, pp. 1081 y 1093.

[15] Ibid., p. 1168.

[16] Ibid., p. 1169.

[17] Ibid., p. 1147.

[18] Ibid., pp.1151–1152.

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